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Conferencia de Ghazir, en 1959: "Jesús,
verdadero sentido de las Escrituras". 2ª parte.
Sólo muy, muy tarde y
en los siglos justo antes de la venida de Nuestro Señor surge en el pueblo judío la idea de la vida eterna, especialmente en el
libro de la Sabiduría. Pero hasta entonces, para ellos, todas las bendiciones y
todas las maldiciones se realizan en la tierra.
Aunque existía, la vida del más allá era
algo muy miserable para todos: era una vida de lágrimas, una vida de sombra,
sin luz, sin esperanza y sin religión, ya que a menudo el salmista, o los salmistas dicen a menudo: "¿Quién
te alabará en la tumba? Los que descienden a la tumba, a las regiones
inferiores, no pueden alabarte", porque allá cesa toda vida real y
justamente allá Dios no recibe ningún homenaje.
Entonces, evidentemente, ese pueblo que dudaba de la vida después de la
muerte y en el que era
necesario mantener cierta rectitud, había
que prometerle a la vez bendiciones sensibles y en el terreno más
inmediatamente verificable, cosechas, posteridad abundante, poder ver hijos
hasta la cuarta generación, y al mismo tiempo había que pintar de rojo las
maldiciones, con los más sangrientos colores, para que supieran precisamente
que si no se conducían rectamente las consecuencias serían terribles.
Esa pedagogía puede ser necesaria, y hasta ser una forma de amor, pero claro está que ese rostro de Dios
es un rostro que el hombre le da y que Dios acepta, para esperarlo.
Por eso, aunque nuestro Señor asume a
veces en el Nuevo Testamento las ideas tradicionales y toma el cuadro del
Juicio con azufre y fuego, no debemos reaccionar, como tampoco reacciono yo
cuando leo el "Dies Irae" de la Misa, el "Dies Irae" que muestra el
Juicio con un gran libro y todo ese escenario en que yo naturalmente no creo.
Pero no me incomoda nada recitar el
"Dies Irae" que es un magnífico poema y que representa cierta visión conforme
con la imaginería de la época en que el poema fue compuesto.
Asimismo, en la famosa escena del capítulo
25 de san Mateo, nuestro Señor pudo retomar el "Dies Irae" corriente
de su época, sin darle el peso de su persona, hablando del juez que pone las
ovejas por un lado y los carneros por otro diciendo: "Venid, benditos de
mi Padre, o id malditos al fuego eterno".
No hay que ver en esa escena una
confirmación literal de las terribles amenazas que acabamos de leer y que por
otra parte eran de orden puramente temporal. Hay que ver la punta de toda la
perícopa, de todo el fragmento de san Mateo. La punta no está en la descripción
del Juicio y de sus consecuencias; la punta de la perícopa es: "Tuve hambre, tuve sed, estaba prisionero,
estaba desnudo, etc." Es decir que el Juicio será sobre el amor. Es el
amor el que juzgará, es su amor el que los introducirá en la luz, y su
falta de amor, su rechazo de amar lo que creará en ustedes las tinieblas.
En efecto, no hay que olvidar que en
cierto modo Nuestro Señor ya estaba en el Antiguo Testamento. El Nuevo
Testamento comienza a la muerte de Jesús. Ahí es cuando se sella en la sangre la Nueva Alianza, ahí
es cuando se desgarra el velo, y comienzan los tiempos nuevos.
Hasta entonces, de cierta manera, nuestro
Señor es todavía un profeta del Antiguo Testamento y retoma a veces su lenguaje
y sus procedimientos, justamente porque "la hora no ha llegado
todavía". Él mismo lo dice además formalmente: "No se mete vino nuevo
en odres viejas".
El vino nuevo brotará, brotará del
misterio de Pentecostés. Será en el fuego del Espíritu que brillará toda verdad
en el corazón de los Apóstoles.
Hasta entonces, hay que poner un velo, o
mejor, hay que conservar el velo del Santo de los Santos, que no podía romperse
sino cuando todo estuviera consumado. Y no debe tampoco extrañarnos que nuestro
Señor en ciertos momentos hable el lenguaje de los Antiguos, ni que lo veamos
ir al Templo, al Templo que será pronto destruido y del que no quedará piedra
sobre piedra. Y Él va al Templo, y asimismo se somete a los ritos judíos desde
su infancia.
Él no rompe, no rompe con el culto
tradicional, no rompe con los ayunos a que se somete toda la nación. Vive a la
judía, aunque sabe que todo eso se va a acabar. Igualmente puede recurrir a
ciertas descripciones, a ciertas tradiciones por ser corrientes, por formar el
tesoro común del lenguaje y porque, para llegarle a esas gentes, hay que
encontrarlas donde están.
Dice hartas cosas nuevas y que
escandalizaron lo suficiente como para que no nos extrañe que tempere la
novedad de su mensaje poniéndose en el terreno de sus auditores.
Pero hay momentos en que ya no puede más y basta con recordar la escena de
los vendedores del Templo. ¿Qué significa eso? Ahí se siente que estamos en el dintel de la Nueva Alianza, se siente que Jesús ya no puede más, que si
acepta todo eso es por amor, por misericordia, por adaptación, pero que Él está
infinitamente mucho más allá.
Él es quien anuncia a la samaritana que el
verdadero santuario está dentro de ella. Pero cuando ve que el Templo, el atrio
del Templo es un lugar de negocios, cuando escucha los rebaños que balan, cuando
escucha los gritos de los cambistas, ya no aguanta más…
Que Dios haya aceptado sacrificios
sangrientos, que haya aceptado esos ritos bárbaros y salvajes, que Dios, por
misericordia, haya aceptado toda esa carnicería repugnante y la sangre con que
ungían los cuernos del altar, pues si el gesto, lleno de piedad, podía
significar que reconocían en Él al señor de todas las cosas: ya era un paso
hacia su conocimiento y su amor. Pero si
no hay más que rito sin intención, cuando no hay sino rito sin alma, entonces
Jesús ya no resiste más.
Es como si Dios
fuera deshonorado, ofendido en su propia casa. Entonces justamente se arma con un
fuete, pero no lo utiliza: su amenaza y su autoridad son suficientes. Hace callar
todos los gritos y hace silencio en el atrio de la casa de Dios, para que sepan
que los ritos no significan nada si no están animados por el soplo del Espíritu
y del amor. "Tengo todavía muchas
cosas que decirles, pero ahora no pueden entenderlas" (Juan 16,12).
(Continuará)