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19/05/10 – El alma sabe que el verdadero Dios es todo Amor.

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No nos extrañará pues, al lado de las novedades más revolucionarias y que durarán para siempre, ver en el Evangelio ciertas adaptaciones en función de los auditores y que sólo valen por un tiempo, como las palabras "No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mt 15, 24), palabras que serían escandalosas si se tomaran a la letra.

Es evidente que estas palabras significan que durante su misión terrestre, debía limitarse a eso, tenía que tratar primero de atraer al pueblo que pretendía ser depositario de todas las verdades. Quería hacerlo entrar en el movimiento misionero para la salvación del mundo entero, y cuando el rechazo por ese pueblo se hubiera realizado, la Palabra sería dirigida a las naciones.

Pero es evidente que con esas palabras Cristo no excluye a todos los pueblos de la tierra, pues vino por ellos expresamente y las últimas palabras con que confía la misión a los apóstoles son precisamente para enviarlos a hacer discípulos de todas las naciones.

Leamos pues los textos con la mirada interior, buscando en todas partes el amor de Dios que pasa por los textos del Antiguo Testamento, porque el Antiguo Testamento es un movimiento que sube hacia Jesús. Sube lentamente, lentamente, a través de muchas hesitaciones, muchos retrocesos, pero sube, sube. Y ése es su sentido: llevar hacia Jesús.

En Jesús todo eso es rebasado. Por eso no hay que leer jamás el Antiguo Testamento sino a través del Nuevo. Hay que leer todo eso a través del corazón del Señor, como se ha dicho magníficamente que "una de las mayores pobrezas de Dios es haber aceptado hacerse palabra humana".

Aceptó hacerse palabra humana. Aceptó caricaturas de él que son indignas de él, pero que eran necesarias para una humanidad primitiva y bárbara que se debía elevar por encima de su miseria y de su estiércol y que era necesario tomarla allá donde estaba.

Además, san Juan de la Cruz nos da la exégesis de esa situación y de la manera más clara y profunda, san Juan de la Cruz, que es un poeta inmenso, uno de los más grandes poetas de todos los tiempos y la gloria de la literatura española. Ustedes saben que San Juan de la Cruz al estudiar las noches místicas, las noches terribles que constituyen una especie de infierno para ciertos místicos – no todos, afortunadamente – pero ciertos místicos pasan por esa especie de infierno que es un túnel tan oscuro, tan doloroso que les da la impresión, dice san Juan de la Cruz, de que Dios se encarniza, se encarniza contra ellos con una especie de enemistad implacable. En resumen, tienen la impresión de que Dios se les ha hecho enemigo. Tienen también la impresión de haberse convertido en enemigos de Dios, de que jamás podrán unirse con él, de estar como separados definitivamente de él y, en ese estado, su condición es tan miserable, dice san Juan de la Cruz, que no pueden recibir ninguna consolación. Es inútil querer avivar su esperanza, porque en esa especie de escrúpulo invencible, tienen siempre la impresión de que no ser comprendidos o de ser comprendidos sólo a medias y de que nadie puede compartir y medir la inmensidad de su sufrimiento.

Pero llega justamente un día en que las purificaciones a que han sido sometidos en el túnel, llega un día en que "surge la luz". Salen del túnel, desembocan en plena luz y en esa luz vuelven a encontrar, o mejor, encuentran el verdadero rostro de Dios. Y lo ven como un rostro de amor, lo ven como un rostro nupcial, lo ven como un rostro de ternura y entran justamente en lo que los místicos llaman las nupcias espirituales y avanzan hasta el matrimonio de amor en que todo es consumado, en que el temor es echado fuera, y en adelante el alma se reposa en una luz y una vida ya es sólo intercambio de persona a Persona, como un Cantar de los Cantares que es el término de la más elevada santidad.

Y entonces, el alma, mirando su historia, tratando de sobrevolar su pasado, se pregunta cómo pudo, en ese túnel, dar a Dios ese rostro de enemigo, ese rostro amenazante, ese rostro hostil que la crucificaba.

¿Cómo pudo darle ese rostro si el rostro que descubre ahora en la plena luz es un rostro donde no hay sino bondad y amor? Es, dice san Juan de la Cruz, que ahora en la luz, comprende que en la noche en que estaba, en la noche en que luchaba, envuelta en sus imperfecciones, enredada en su crisálida que se interponía entre ella y la luz, ella misma proyectaba sobre Dios su propio estado, sus propios límites, le daba a Dios su propio rostro, hacía de él el inventor de su miseria, cuando la miseria venía de ella misma. Ahora que ha salido del túnel, ya no es así. Sabe que el verdadero Dios es todo amor, que en él hay sólo ese rostro nupcial, ese rostro de madre, que tiene un solo rostro, el del término, el rostro del alba de pascua, y que todo el resto, todo lo que se encuentra en la Biblia, en el Evangelio, en las Epístolas, en el Apocalipsis, todo lo que no es ese rostro es simplemente reflejo de nuestras imperfecciones y de la misericordia de Dios que se adapta a ellas. (Continuará)

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