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Mauricio Zundel, en Ghazir, el 8 de agosto
de 1959 a
las 6 y 30. 4ª parte de la conferencia
"No
nos demoremos en nuestro pasado, no rumiemos los pecados que hemos
cometido. No nos perdamos en inagotables exámenes de conciencia. Es verdadera
pérdida de tiempo. Es hoy, ahora, que todo comienza y lo maravilloso del
Evangelio es justamente que todo comienza. El pecado original, no, es el
pasado. "Bienaventurada falta que nos valió un Redentor tan grande".
En el presente, en el regalo, en el don infinito que Dios nos hizo en
Jesucristo, el pecado original se hace tema de alabanza y se transforma en
grito de júbilo. Y la
Magdalena hace de sus faltas la catedral de su acción de
gracias y de su amor.
Se trata de comenzar.
Y ya que hoy es la fiesta del Cura de Ars,
no olvidemos justamente que en ese hombre tan pobre en recursos humanos, tan
privado de todas las capacidades para aprender o enseñar, cuyos sermones se ha
probado recientemente que eran tomados de colecciones de sermones y que el
ponía una tras otra frases sacadas de una y otra fuente – y sabe Dios cuanto
trabajo y sudor le daba esa especie de rapsodia – pero ese texto pobre que
había sacado de miserables sermonarios, cuando él lo decía, se convertía en fuego,
en el fuego de Pentecostés. Y había en él una llama tal, una presencia tal, un
amor tal, que todas las palabras estaban consumidas por la Presencia que las
animaba.
Y venía la gente desde el fondo de
América, venía de las Universidades, venía de la Academia y del Instituto,
venían a escuchar a ese pobre hombre porque ya no eran las palabras lo que se escuchaba sino una Presencia que se
recibía, era un sacramento que transmitía al Verbo de Dios. Y todos los que
lo escucharon, todos los que lo vieron, recibieron de él el fermento de una
libertad que los acompañó hasta la muerte. Y eso es lo que se nos propone.
Dios nos está buscando a nosotros y no
nuestros dones. No hay pues que caer en la superstición de las obras, la
superstición del papel que podemos jugar. Todo eso literalmente no existe.
Basta existir realmente, basta amar y todo queda hecho. Por eso santa Teresa, cuando su salud la obliga a
renunciar a las duras mortificaciones a las que se había sometido
alegremente, comprende que su vocación
es únicamente la de amar, y acaba por comprender que en la Iglesia ella no tiene sino
que ser sino el corazón de la
Iglesia: "En la Iglesia, yo seré el corazón". Qué más
podemos hacer nosotros, a la luz de la santidad de esa jovencita y de ese pobre
cura de campaña, sino realizar la obra de amor y conservar en el fondo del alma
el mismo deseo: "En la Iglesia, yo seré el
corazón". (Fin)