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20-21/05/10 - La Biblia es un sacramento. No es un libro, es Alguien.

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Entonces nunca, nunca, digamos a los niños que Dios es ése del capítulo 26 del Levítico. Comencemos por el rostro del Nuevo Testamento, y a través de ese rostro, cuando hayamos tratado de imprimirlo en su corazón, cuando estén seguros de ir hacia un amor infinitamente más maternal que el de la madre más tierna, entonces podremos contarles cómo se representaban a Dios en el Antiguo Testamento, en diferentes épocas, cuando tenían tanto miedo de Dios que al pie del Sinaí el pueblo decía: "¡Sobre todo, que no nos hable Dios, que no nos hable Dios! ¡Que nos hable Moisés, pero no Dios, porque si Dios nos habla moriremos!" (Ex 20, 19). Como el profeta Isaías, en su visión inaugural, tiene la impresión de que va a morir porque es indigno de encontrarse ante Dios.

Hay pues que pensar de nuevo todo el catecismo en esta perspectiva. No hay que hacer creer a los niños que ese estadio primitivo representado por el Génesis – es decir el primer libro de la Biblia y todos los que lo siguen – que ese primer estadio primitivo corresponde a la verdad definitiva. Era un primer aproche, que era verdad en la medida en que era movimiento hacia Dios, pero que es falso si lo cerramos ahí como verdad última.

Es claro que si presentan a los niños la historia del pecado original bajo el aspecto de un señor que prohibió acceder en su hermoso huerto a los árboles más hermosos que son el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal, porque él es el dueño y tiene derecho de ponerle condiciones a la felicidad, si les cuentan la historia de esa manera, concluyendo que fue porque Adán y Eva comieron del fruto prohibido por lo que fueron castigados y nosotros también, si se limitan a eso, no tienen en cuenta el otro huerto que es el huerto de la agonía, pues, finalmente, en el huerto de la agonía es donde aprendemos lo que significa el primer huerto.

En el abandono de nuestro Señor, en la soledad infinita en que se revela plenamente el amor infinito de Dios, comprendemos las palabras de Pascal cuando decía: "Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo. No hay que dormir durante ese tiempo". Esas palabras hay que ponerlas en relación con el origen del mundo: el cordero es inmolado desde el comienzo, como dice el Apocalipsis, desde el comienzo del mundo; desde el comienzo del mundo Jesús está en agonía porque justamente el pecado es ante todo, esencial y únicamente, un rechazo de amor.

Dios no quiso poner al hombre a prueba para hacerle sentir su poder. Dios le presentó al hombre sus nupcias. Le presentó al hombre el matrimonio de amor que no cesa de ofrecer a través de todos los siglos, y el primer pecado fue el primer juicio de Dios por el hombre, el primer rechazo, la primera condenación, la primera crucifixión, y lo que debemos retener justamente del primer capítulo del Génesis, a la luz del segundo huerto, del huerto de la agonía, es el grito de la inocencia de Dios, que atraviesa toda la Biblia y resuena en el calvario, y será escuchado hasta el fin de los siglos, el grito de la inocencia de Dios.

No fue Dios el que inventó la muerte, no fue Dios el que inventó el sufrimiento, no fue Dios el que inventó el dolor, no fue Dios el que inventó el mal: todo eso vino a pesar de Dios y él es su víctima, como cordero inmolado desde el comienzo del mundo.

La Biblia debe absolutamente ser leída bajo la luz de Cristo. Además, la Biblia es un sacramento, como tendremos ocasión de precisarlo. La Biblia es un sacramento. No es un libro, es Alguien, es alguien. Y la Imitación lo dice de manera admirable hablando del banquete eucarístico y del banquete de las escrituras, ya que en uno y otro recibimos y comemos la palabra eterna de Dios. En los dos banquetes recibimos al Verbo de Dios que es Jesús. El verdadero sentido de las Escrituras es Jesús. Y ese libro es una Persona, y hay que leerlo como una confidencia, como la confidencia de una madre que cuenta cómo se adaptó a bárbaros, a salvajes, a primitivos, cómo se adaptó a gente que progresaba para ir más lejos, a seres que comenzaban a amar, que iban aún más lejos, hasta que por fin brillara la plena luz, el pleno medio día de la verdad en la humanidad de nuestro Señor.

Y por otra parte, eso lo sentimos al leer en la misa los bellos textos integrados en la liturgia, textos que pueden ser tomados de cualquier lugar (de las escrituras), de cualquier lugar…

No los leemos en el sentido literal, sino en el sentido eucarístico. (Por ejemplo), hay un texto admirable para la fiesta de la preciosa sangre de nuestro Señor, que dice: "¿Porqué es rojo tu vestido y tus ropas como las del que pisa en el lagar?" (Is. 63:12). Cuando uno lee esta imagen en el breviario o en la liturgia es algo magnífico que nos hace pensar inmediatamente en la ternura infinita del cordero inmolado.

Cuando lo leemos en Isaías, se trata del lagar de la ira de Dios justamente, en que la gente es pisada y brota la sangre, brota del lagar, como la sangre del manojo de uvas bajo los pies del que pisa la vendimia. Es otra cosa muy distinta. Pero la Iglesia conservó muy justamente la primera imagen, la integró en el misterio de Jesús, porque su verdadero sentido es, finalmente Jesús, como el sentido de todo. Y además la Biblia no es jamás tan hermosa como en la liturgia.

A veces, al principio, la lectura del texto de la Biblia nos choca. Puede chocarnos mientras no pensemos que se trata de pedagogía y de adaptación, de misericordia y de pobreza, ya que Dios se hizo palabra humana. Pero en la liturgia de la misa jamás nos choca, porque todos los textos están integrados en el misterio de Jesús y se hacen vivos bajo su luz. Entonces todo está animado con su Presencia y late con los latidos de su corazón.

Y eso es: en cada palabra de la Biblia están los latidos de su corazón. Y si la leemos en ese espíritu sólo vemos su rostro y sólo sentimos su amor.

Pero, justamente, ya que todo el mundo no ha sido introducido en la confidencia, no hay que prodigar esos textos delante de todos. Y al enseñar el catecismo no hay que dar nunca esa visión de Dios como última. Se trata de una visión de Dios en una época, y el verdadero rostro de Dios se encuentra precisamente a la luz de la pascua, se encuentra en el silencio y en la adoración, se encuentra escuchando interiormente la música de que habla magníficamente la Escritura, sabiendo que la verdadera palabra de Dios sólo se puede escuchar estando enraizados en su intimidad y acordados con los latidos de su corazón, entonces podremos escuchar la música que percibe el que ya no hace ruido consigo mismo y a propósito del cual nos dice la Escritura: "No impidan la música…" (Fin de l a conferencia)

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