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El P. de Boissière nos aclara que cuando el
P. Zundel pronunció esta homilía, acababa de regresar de Roma, después de
predicar el retiro de cuaresma en el Vaticano al Papa Pablo VI, en febrero de
ese año. Se encontró primero con las carmelitas de Beirut en marzo, en Nuestra
Sra. de los Ángeles, y fue acogido en Matarieh (El Cairo) con una alegría muy grande
y cálida. Al despedirse de la comunidad, pronunció una hermosa homilía en que
dejó hablar su corazón con toda confianza…
Homilía de la misa de Pentecostés. 21 de mayo
de 1972
Queridos amigos, ustedes recuerdan la
última pregunta que hicieron los apóstoles el día de la Ascensión. Mientras
Jesús los invitaba a recogerse para esperar el Espíritu Santo que iba a
enviarles, la última pregunta que le hicieron fue: "¿Es entonces cuando vas a restablecer el Reino a favor de Israel?"
Y aquí tenemos hoy la respuesta inesperada
y maravillosa: el Reino de Dios, el Reino en que Jesús quiere introducirnos no
puede construirse, no puede advenir sino dentro de nosotros. El cielo al que
estamos llamados es justamente un cielo dentro de nosotros, como dice el Papa
san Gregorio: "El cielo es el alma del justo".
Y es inagotable la luz que debemos seguir,
la luz que nos conduce de afuera a dentro. Todos somos esclavos del afuera.
Queremos jugar papeles, llevamos máscara, deseamos tener influencia, gozar de
privilegios, ser alabados y admirados y, mientras seguimos exhibiéndonos
perdemos nuestra sustancia, nos volvemos cada vez más exteriores a nosotros mismos
y terminamos por ser sólo apariencia de existencia.
Pero justamente la luz de Pentecostés nos
hace volver a lo esencial, nos revela nuestra dignidad, nuestra vocación,
nuestra grandeza, nuestra inmortalidad, nos revela nuestra igualdad, nuestra
igualdad en lo alto, nuestra igualdad en el amor, nuestra igualdad en el
despojamiento, nuestra igualdad en la pobreza, nuestra igualdad en el don de
nosotros mismos.
Toda alma, desde la de un niño recién
nacido, toda alma, todo espíritu humano es capaz de esa inmensidad, está
llamado a esa grandeza y debe convertirse en Reino de Dios. Cada uno de
nosotros está llamado a tener y a ser interior…
interioridad. ¡Qué maravillosa es esta palabrita insignificante!
Cuando Agustín dice a Dios: "Tú
estabas dentro y yo afuera", nos hace sentir toda la grandeza de esa
palabrita estar adentro, es decir,
ser fuente, ser origen, ser un valor, un tesoro, ser un creador, ser uno mismo
todo un universo.
Pasternak lo comprendió muy bien. Tiene
una página extraordinaria, conmovedora y magnífica, donde nos muestra que han
llegado los tiempos nuevos, los tiempos de grandeza. Han llegado los tiempos
nuevos, como dice Tagore, de embriaguez
por ser.
Hasta entonces se veían multitudes, se
veían ejércitos. Hasta entonces se veía, se asistía a migraciones de pueblos,
se contaba por número y multitud. ¿Y qué sucede ahora? Miren como el Ángel se
dirige a María, miren el diálogo de la Anunciación: se
tiene cuenta del "sí" de
una jovencita, ese "sí" es
indispensable para culminar la
Creación, y en el secreto de su corazón es donde se decide el
destino del mundo.
En adelante, ya no se trata de multitudes,
ya no se trata de asambleas donde el hombre forma tumultos. Ahora lo que cuenta es el secreto de amor
que se murmura en el fondo del corazón. Lo que cuenta es el interior donde cada uno es liberado del exterior, donde cada uno lleva
dentro su eternidad, donde cada uno puede llegar a ser para los demás un
espacio ilimitado, un fermento de liberación y de grandeza.
Nada es más maravilloso, nada nos toca más
profundamente, porque nada es más liberador. Ser libre de sí es totalmente imposible si no se ha encontrado en el
fondo del corazón la
Presencia infinita que es la única capaz de colmarnos, que es
el único camino hacia nosotros mismos, el único camino hacia los demás, el
único sentido del universo.
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Tenemos pues que recibir esa herencia
maravillosa, descubrir esta mañana el don infinito del eterno amor.
Vamos a nacer de nuevo.
Hoy comienza todo.
Como los apóstoles que son radicalmente transformados cuando cesan de mirarse,
cuando sólo ven el rostro de Cristo impreso en su corazón.
Como ellos van a ir hasta el martirio
ahora, que parten a la conquista del mundo, también nosotros podemos nacer hoy
de nuevo y entrar en la inmensa aventura que consiste en dar el mundo a la luz
infinita y al eterno amor y consagrar el mundo a Cristo que dio su vida y la
sigue dando hoy eternamente.
Hoy podemos
entrar en ese inmenso amor justamente en
la medida en que comenzamos por recogernos, por entrar en el silencio infinito
donde nacen todas las vidas.
El silencio es lo que está al origen de
toda grandeza, en el silencio es donde se descubre la Presencia infinita, en el
silencio es donde uno nace a sí mismo, en el silencio es donde uno encuentra
todas las presencias, en el silencio es donde uno llega hasta la raíz de sí
mismo y hasta la raíz de los demás.
Vamos pues a sumergirnos en el silencio, pidiéndole al Señor que nos
comunique la plenitud de su Espíritu y los libere por fin del viejo yo gastado,
raído, que nos dé un
punto de vista nuevo que sea sólo mirada de amor hacia él.
Que nos envíe a dar, por la simple
presencia, a dar al mundo la alegría de Dios, la alegría del eterno amor, la
alegría del rostro de Cristo por que suspira toda la tierra. (Fin de la
homilía)