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24-05/10 – Homilía de la misa de adiós.

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Homilía de la misa de adiós, 2 de junio de 1972. Al despedirse de la comunidad, M.Z. pronuncia una homilía muy hermosa donde deja hablar su corazón con toda confianza...

Miren el misterio de hoy, el Pentecostés. Pentecostés dispersa los Apóstoles por todo el mundo, pero la dispersión tiene como fin la deificación del mundo. Entonces los apóstoles tienen que llevar al mundo, a transmitirle, la presencia de Cristo que es nuestra unidad.

Hay un centro único escondido en el fondo de nosotros esperando el fin de una soledad y los apóstoles al dispersarse sólo se dispersan para unir, para reunir todos los pueblos, o mejor, todas las personas humanas, para reunirlos a todos en un solo cuerpo, en una sola vida, en una sola Persona, en un solo amor, en un solo corazón, en un solo punto de luz donde todos se van a encontrar dentro unos de otros en la Presencia de Cristo.

Es la experiencia más constante, más profunda, más cierta que Dios, de que tenemos a Dios escondido en el fondo nuestro, el Dios silencioso, el Dios del que san Juan de la Cruz dice precisamente que es una música silenciosa. La experiencia más constante es que ese Dios funda nuestra interioridad, es el único camino hacia nosotros mismos, el único camino hacia los demás. Imposible reunirnos, imposible unirse a los demás sin pasar por él, sin reconocer la Presencia infinita que es él, sin dejarla transparentar en nosotros de manera que lleguemos a los demás, no en lo que tienen de superficial en su vida, sino en las profundidades eternas de su espíritu.

Eso es lo que constituye hoy la luz de nuestra vida. Eso ilumina esta reunión alrededor de la mesa del Señor, y es que no vamos a separarnos sino a profundizar los lazos en él, con él y por él; vamos a encontrarnos en la medida en que nos encontremos con él, permaneceremos interiores unos a otros, Si Cristo es realmente la vida de nuestra vida.

Todos los días descubrimos qué vana, qué vacía y decepcionante es la vida superficial, la vida dispersada al exterior, qué estériles son las conversaciones la mayor parte del tiempo, cuántas heridas deja el alboroto, y una de las heridas más profundas de la vida es precisamente encontrar tan rara vez el interior que hace de cada ser humano una fuente, un origen, un espacio infinito, un bien universal, y al contrario, nos sentimos tanto más seguros, de que en la intimidad de nuestra vida con Dios, en la desapropiación que provoca en nosotros la Presencia divina vivida, estamos absolutamente seguros de ser por lo mismo presencia real a nosotros mismos y a los demás, a toda la humanidad y a todo el universo.

Dios es el camino más corto y más profundo, porque justamente ese camino tan corto alcanza la suprema profundidad y nos permite encontrarnos en el infinito.

Nada es bastante grande para nosotros, nada puede colmarnos fuera de esa respiración divina, fuera del intercambio del infinito en persona. Hay un punto focal, un punto único, un centro único en el cual todos estamos reunidos, en que todos tenemos la misma raíz y donde podemos encontrarnos a cada instante en la más indiscutible realidad.

Y eso es lo que quisiera poner en el centro de esta despedida: quisiera poner al centro del encuentro la Presencia del Señor, único que nos hace presentes, que hace de nuestra vida un presente, un regalo, un don inagotable.

Vamos pues al encuentro de Cristo en el silencio de esta liturgia, tratando de escuchar hasta el fondo el llamado de Jesús, identificándonos con él, poniéndonos totalmente en sus manos como se pone él totalmente en las nuestras a fin de que intercambiemos con él, de que seamos interiores los unos a los otros y realicemos de esa única manera infinita que es todo el misterio de la Iglesia que hace de nosotros el cuerpo místico de Jesús.

Ofrezcámonos pues juntos, ofreciendo toda la humanidad y todo el universo para que el Señor diga sobre nosotros, como diremos nosotros sobre él: "Esto es mi cuerpo. Esto es mi sangre". (Fin de la homilía).

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