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Homilía
de la misa de adiós, 2 de junio de 1972. Al
despedirse de la comunidad, M.Z. pronuncia una homilía muy hermosa donde deja
hablar su corazón con toda confianza...
Miren el misterio de hoy, el Pentecostés. Pentecostés dispersa los Apóstoles por todo
el mundo, pero la dispersión tiene como fin la deificación del mundo.
Entonces los apóstoles tienen que llevar al mundo, a transmitirle, la presencia
de Cristo que es nuestra unidad.
Hay un centro único escondido en el fondo de nosotros esperando el fin de
una soledad y los apóstoles al dispersarse sólo se dispersan para unir, para reunir todos los pueblos, o mejor,
todas las personas humanas, para reunirlos a todos en un solo cuerpo, en una
sola vida, en una sola Persona, en un solo amor, en un solo corazón, en un solo punto de luz donde todos se van a
encontrar dentro unos de otros en la Presencia de Cristo.
Es la experiencia más constante, más
profunda, más cierta que Dios, de que tenemos a Dios escondido en el fondo
nuestro, el Dios silencioso, el Dios del que san Juan de la Cruz dice precisamente que es
una música silenciosa. La experiencia
más constante es que ese Dios funda nuestra interioridad, es el único camino
hacia nosotros mismos, el único camino hacia los demás. Imposible
reunirnos, imposible unirse a los demás sin pasar por él, sin reconocer la Presencia infinita que
es él, sin dejarla transparentar en nosotros de manera que lleguemos a los
demás, no en lo que tienen de superficial en su vida, sino en las profundidades
eternas de su espíritu.
Eso es lo que constituye hoy la luz de
nuestra vida. Eso ilumina esta reunión alrededor de la mesa del Señor, y es que
no vamos a separarnos sino a profundizar los lazos en él, con él y por él;
vamos a encontrarnos en la medida en que nos encontremos con él, permaneceremos
interiores unos a otros, Si Cristo es realmente la vida de nuestra vida.
Todos los días descubrimos qué vana, qué
vacía y decepcionante es la vida superficial, la vida dispersada al exterior,
qué estériles son las conversaciones la mayor parte del tiempo, cuántas heridas
deja el alboroto, y una de las heridas más profundas de la vida es precisamente
encontrar tan rara vez el interior que hace de cada ser humano una fuente, un
origen, un espacio infinito, un bien universal, y al contrario, nos sentimos
tanto más seguros, de que en la intimidad de nuestra vida con Dios, en la
desapropiación que provoca en nosotros la Presencia divina vivida, estamos absolutamente
seguros de ser por lo mismo presencia real a nosotros mismos y a los demás, a
toda la humanidad y a todo el universo.
Dios es el camino más corto y más profundo, porque justamente ese camino
tan corto alcanza la suprema profundidad y nos permite encontrarnos en el
infinito.
Nada es bastante grande para nosotros,
nada puede colmarnos fuera de esa respiración divina, fuera del intercambio del
infinito en persona. Hay un punto focal, un punto único, un centro único en el
cual todos estamos reunidos, en que todos tenemos la misma raíz y donde podemos
encontrarnos a cada instante en la más indiscutible realidad.
Y eso es lo que quisiera poner en el
centro de esta despedida: quisiera poner al centro del encuentro la Presencia del Señor,
único que nos hace presentes, que hace de nuestra vida un presente, un regalo,
un don inagotable.
Vamos pues al encuentro de Cristo en el silencio de esta liturgia, tratando de escuchar hasta el fondo el
llamado de Jesús, identificándonos con él, poniéndonos totalmente en sus manos
como se pone él totalmente en las nuestras a
fin de que intercambiemos con él, de que seamos interiores los unos a los otros
y realicemos de esa única manera infinita que es todo el misterio de la Iglesia que hace de
nosotros el cuerpo místico de Jesús.
Ofrezcámonos pues juntos, ofreciendo toda la humanidad y todo el universo
para que el Señor diga sobre nosotros, como diremos nosotros sobre él: "Esto es mi cuerpo. Esto es mi sangre". (Fin de la homilía).