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25-26/05/10 - ¿Existe el hombre?

Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Cenáculo de París, sábado 22 de enero de 1966. Conferencia: "El hombre posible"

"¿Existe el hombre? Es una pregunta capital, más aún, la única pregunta que debemos plantearnos. ¿Existe el hombre? Todos se cuestionan sobre la existencia de Dios. Pero hay que plantearse primero la cuestión de la existencia del hombre y debemos plantearnos esa cuestión tanto más cuanto que la cibernética parece introducir o fundar o difundir un nuevo materialismo.

La cibernética, es decir el arte de hacer eficaz la acción humana. La cibernética, es decir el arte de construir máquinas que reemplacen al hombre, se ha desarrollado de manera considerable y se va a desarrollar aún más para llegar a realizaciones increíbles, pues se admite, se constata hoy en día que las máquinas calculan, las máquinas razonan, las máquinas construyen teorías, las máquinas recuerdan, las máquinas se corrigen, las máquinas son eventualmente capaces de construir teorías que le hombre es absolutamente incapaz de entender.

Y llegaremos a la situación en que la máquina hará todo en el universo, es decir, realizará todas las operaciones que en otro tiempo decíamos mentales y el hombre se limitará a sacar partido de los resultados para su propio beneficio, es decir, en la inmensa mayoría de los casos, para satisfacer sus necesidades pasionales.

El hombre será parásito de las máquinas, las cuales pensarán, razonarán, calcularán, descubrirán en su lugar, y él vivirá como parásito de las máquinas que le permitirán satisfacer sus deseos con el máximo de eficacia.

La situación se agrava por el hecho de que, por su lado, los biólogos consideran el origen de la vida a partir de la fotosíntesis de ciertos elementos como nitratos o fosfatos irradiados por rayos ultravioletas. La vida habría surgido de manera elemental de un proceso puramente fotoquímico y no habría en ella nada más que química que se perfecciona y se equilibra, hasta llegar a la sensibilidad y al razonamiento, razonamiento que por otra parte no tiene nada de sensacional pues si las máquinas pueden razonar no hay por qué imaginar que el hombre que razona sea más que una máquina, una máquina deficiente además, ya que es incapaz de realizar mentalmente ciertas operaciones que realiza la máquina con una facilidad increíble.

Por otra parte, estudiando la evolución, los biólogos llegan a la conclusión de que la evolución se realizó únicamente por fuerzas naturales que además no tenían ni autor ni finalidad, que se establecieron o se desarrollaron en ciertas direcciones por determinismo físico-químico, por cierta necesidad de equilibrio fundada sobre diferencias de potencial.

Para los biólogos no hay pues duda alguna, y tienen ustedes la prueba si leen el enorme libro sobre biología publicado por Gallimard, una especie de enciclopedia de los conocimientos biológicos actuales, en el cual todos los autores sin excepción rechazan toda finalidad: la evolución, como la vida y como el origen de la vida, no supone dirección, es decir no supone intención: no hay objetivo, sólo hay resultados fundados sobre energías físico-químicas.

Si se tiene en cuenta el inmenso impacto de la cibernética en que la electrónica es naturalmente activada o continuamente estudiada, si se tiene en cuenta el impacto de las teorías biológicas que para el lector sincero que busca la verdad constituyen la última palabra de la ciencia actual, se llega al cuadro extraordinario en que finalmente la vida se establece cada vez más sobre un maquinismo exterior al hombre, construido por él si se quiere, pero exterior a él, y que sugiere cada vez más que él mismo es una máquina ya que las operaciones que se le creían reservadas a la mente – a lo que se llamaba la mente – son realizadas, y mucho mejor por las máquinas.

Esto lleva a la conclusión de que el hombre mismo es sólo una máquina, una máquina deficiente además à causa de una afectividad de la que afortunadamente están exentas las máquinas que construimos: eso asegura justamente la infalibilidad de las máquinas artificiales, porque no las embaraza ninguna afectividad.

Cuando el hombre razona, su actividad o el peso de su afectividad puede desviar ciertas conclusiones, por temerlas, o interpretarlas. De todos modos, su afectividad constituye un obstáculo en el desarrollo de sus facultades mentales, las cuales son exitosas, una vez más, en las máquinas artificiales.

Naturalmente, esta visión se puede corregir hasta cierto punto, recordando que las máquinas artificiales, las calculadoras que fabricamos, son sensibles sobre todo a formas. Me voy a explicar de la manera más sencilla: cuando abordamos una lengua desconocida, imaginando además que tal inscripción representa realmente un lenguaje, si por otra parte ese lenguaje hipotético está escrito con signos desconocidos lo cual redobla la dificultad, ¿cómo hacemos? Es claro que descifrar lo que suponemos ser una inscripción, una inscripción de origen humano, una inscripción que contiene un mensaje, ¿cómo procedemos?

El hombre tiene antenas para ese tipo de descubrimientos. Naturalmente, en los signos grabados en las piedras, busca los motivos que se repiten. Ése será un primer dato en ese desierto indescifrable. Existen indicaciones. Las primeras son las semejanzas: los signos que se repiten suponen uniones, lazos, y constituyen un primer dato. Se estudiará al menos la frecuencia de los signos semejantes. Se estudiará su posición, ¿dónde están situados? Se supone que sirven de conjunción, y paso a paso, se supone que tal grupo de letras, que se presentan con más frecuencia, juega el papel de sustantivo, o de predicado, o de verbo, y todo eso sin comprender nada de la inscripción, sino simplemente a partir de los trazos visibles, simplemente en función de la disposición de los signos se tiene ya cierto número de indicaciones, las cuales, multiplicándose nos acercarán a la solución.

Es decir que la lectura de una inscripción en lenguaje desconocido y trazada en escritura desconocida no se puede abordar naturalmente, no se puede abordar buscando un sentido, sino primero descubriendo ciertas formas. Es decir que se aborda la interpretación por medio de cierto formalismo y se termina, si se tiene suerte, si se tiene disposiciones para ese trabajo, se termina por descifrar una o dos palabras o una frase cuya coherencia puede ser garantizada por el contexto, por los dibujos que acompañan la inscripción y orientan hacia el sentido mismo del mensaje. Habiendo descifrado una frase o unas palabras, a partir de ahí se puede avanzar para llegar a descifrar lo demás, pero todo eso a partir del mero dibujo, de la forma y no del sentido. Es decir que se considera el soporte, como se dice en cibernética, el soporte y no la semántica, es decir el significado.

Y parece, en efecto, que así es como se debe situar el razonamiento de las máquinas, su pensamiento, su corrección y su memoria. Se trata de una operación puramente formal orientada hacia los contornos, hacia los signos, hacia los soportes, y no hacia el sentido.

Es muy probable que la máquina no comprenda nada, no sepa nada, no quiera nada, y que toda su actividad se realice sobre formas comparadas, juzgadas compatibles o no, en virtud de cierto equilibrio formal que no tiene nada que ver con la semántica, con el significado, con el sentido que se le pueda atribuir a los signos mismos.

Además, los cibernéticos están perfectamente de acuerdo para reconocer que el alfabeto cibernético se funda en formas, en correspondencias entre ciertos cifras, por lo general sencillamente dos cifras que representan letras y que se traducen en la máquina por impulsos eléctricos de cierta duración, más o menos larga, que le da valor a cada signo.

Es pues probable que las máquinas no piensen, no razonen, no sientan, no quieran, y que se trate realmente de un formalismo automático. Pero al cibernético no le preocupa saber si la máquina piensa o razona. Le interesa saber si le da resultados que para nosotros se traducen por razonamiento, por teoría, por corrección, por memoria o por mensaje que por otra parte nos escapa y es completamente indescifrable.

Sin embargo, el gran público, que no puede informarse a fondo sobre esos métodos, que recibe además de los informáticos toda la información sobre esos trabajos, que sólo pide resultados a las máquinas sin inquietarse de lo que sucede en ellas, porque no le interesa.

Es imposible que el gran público no se impresione y no termine por concluir que las máquinas son capaces de hacer todo lo que hace el hombre, y mucho más, que las máquinas son inteligentes y por porta parte, y esa es la conclusión a que llegará más fácilmente, que las operaciones mentales del hombre son pura y simplemente operaciones mecánicas.

En síntesis, existen dos clases de máquinas: las máquinas artificiales fabricadas por el hombre y las máquinas naturales que son los vegetales, los animales, o los minerales, los vegetales, los animales y nosotros mismos. La única diferencia entre el hombre y las máquinas artificiales es entonces que las máquinas artificiales son fabricadas por el hombre y las máquinas naturales son producto de las fuerzas que obran en el universo. (Continuará)

 

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