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28/05/10 - De la posibilidad de ser hombre

Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Cenáculo de París, sábado 22 de enero de 1966. Conferencia: "El hombre es posible"

"Los físicos, unos de ellos al menos, fundándose en la segunda ley de termodinámica, admiten que, puesto que la entropía aumenta sin cesar, el mundo terminará en una especie de neutralidad absoluta, es decir que no habiendo ya ninguna diferencia de potencial, ya no sucederá nada. Todas las energías estarán inertes, ya no habrá intercambios, no habrá fenómenos, no sucederá nada, y por tanto, no habrá más nada.

¿No se puede imaginar el origen del mundo precisamente en esa especie de estado inmóvil, inerte, donde no sucede nada, hasta que haya una arruguita que ponga todo en movimiento en alguna parte? Pero suponiendo que el universo haya surgido de la nada, si estas palabras tienen sentido, suponiendo incluso que haya un constructor trascendente, ese constructor no habría necesitado tener objetivo, ya que la naturaleza no lo tiene. No habría necesitado tener objetivo, no habría tenido que construir cosas muy complicadas, sólo habría tenido que construir o producir en alguna parte una diferencia de potencial, tan pequeña como fuera, en elementos indefinibles además, y no tenía que hacer más, porque los resultados habrían venido espontáneamente.

Suponiendo que sea necesario para desencadenar los fenómenos, es muy difícil ver en ese constructor algo semejante a un creador, al creador tal como lo presenta la tradición y, finalmente, a esa especie de constructor trascendente, le habría bastado, una vez más, con desencadenar elementos extremamente indiferenciados, a condición de que hubiera en alguna parte una diferencia de potencial que permitiera el movimiento.

Ahora bien, es totalmente imposible no tener hoy en cuenta la cibernética que invade toda la vida. Es imposible no tener en cuenta la biología a la cual recurrimos además espontáneamente: cuando estamos en una situación en que el dolor se hace intolerable, tomamos calmantes, volvemos a la química, compramos morfina, elementos físico-químicos que suspenden la sensibilidad y nos procuran un momento de reposo. Admitimos, pues, constantemente la intervención de la físico-química en nuestro organismo, y hay medicaciones fundadas en la quimioterapia, precisamente en las enfermedades mentales.

Muchos psiquiatras renuncian a curas de psicoterapia, a curas psicoanalíticas, para limitarse a la quimioterapia en los casos de que se ocupan y pretenden que la eficacia está asegurada casi al 100%. Entonces, si la quimioterapia es eficaz, si la química interviene en la sensibilidad, si suspende el dolor, si cantidades de remedios sintéticos, sin ningún origen natural, que resultan de fabricación humana son eficaces en el organismo, ¿qué dificultad habría para admitir que nuestro organismo mismo es de origen físico-químico?

Esta situación es, en efecto, extremamente grave, y es incontestable. Se irá cada vez más hacia una cibernética universal que confirmará justamente una biología que excluye toda finalidad en que el desarrollo de la vida se explica únicamente por acontecimientos físico-químicos.

El espíritu va a retroceder más y más. La razón aparecerá cada vez más como una máquina y devendrá absolutamente imposible afirmar una trascendencia del espíritu fundándose sobre la experiencia de la vida cotidiana. Y entonces el Dios creador de la tradición devendrá cada vez más impensable, ya que no se le pedirá, si fuera necesario que construya a ciegas un mecanismo elemental que se desarrolle por sí mismo.

Tenemos que considerar todo eso para no devenir un gueto, un gueto de gente que no quiere ver, que no quiere darse cuenta, que pretende saber más que los sabios, que cree que sus soluciones son intangibles porque jamás ha mirado las demás.

Uno de estos días nos vamos a encontrar ante una especie de océano de eslóganes presentados por todas las revistas que vulgarizan los resultados de la ciencia. Nos vamos a encontrar ante un océano de afirmaciones que ponen exactamente todo en duda, que serán moneda corriente, que serán aceptadas por la mayoría de las mentes y que los periodistas divulgarán como la última palabra de la ciencia.

Confieso que todo eso no me sorprende porque hace mucho tiempo me convencí de que el hombre no existe, que es a lo sumo una posibilidad, pero que tal como nace, tal como es arrojado a la existencia, es en efecto producto del universo, es una máquina como tantas otras, un resultado, algo que se padece y que no puede prevalerse de dignidad o valor particular". (Continuará)

 

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