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Cenáculo de París, sábado 22 de enero de
1966. Conferencia: "El hombre es posible"
"Los físicos, unos de ellos al menos, fundándose en la segunda ley de termodinámica, admiten que, puesto que la entropía aumenta
sin cesar, el mundo terminará en una especie de neutralidad absoluta, es decir
que no habiendo ya ninguna diferencia de potencial, ya no sucederá nada. Todas
las energías estarán inertes, ya no habrá intercambios, no habrá fenómenos, no
sucederá nada, y por tanto, no habrá más nada.
¿No se puede imaginar el origen del mundo precisamente en esa especie de
estado inmóvil, inerte, donde no sucede nada, hasta que haya una arruguita que
ponga todo en movimiento en alguna parte? Pero suponiendo que el universo haya surgido de
la nada, si estas palabras tienen sentido, suponiendo incluso que haya un
constructor trascendente, ese
constructor no habría necesitado tener objetivo, ya que la naturaleza no lo
tiene. No habría necesitado tener objetivo, no habría tenido que construir
cosas muy complicadas, sólo habría tenido que construir o producir en alguna
parte una diferencia de potencial, tan pequeña como fuera, en elementos
indefinibles además, y no tenía que hacer más, porque los resultados habrían
venido espontáneamente.
Suponiendo que sea necesario para
desencadenar los fenómenos, es muy
difícil ver en ese constructor algo semejante a un creador, al creador tal
como lo presenta la tradición y, finalmente, a esa especie de constructor
trascendente, le habría bastado, una vez más, con desencadenar elementos
extremamente indiferenciados, a condición de que hubiera en alguna parte una
diferencia de potencial que permitiera el movimiento.
Ahora bien, es totalmente imposible no
tener hoy en cuenta la cibernética que invade toda la vida. Es imposible no
tener en cuenta la biología a la cual recurrimos además espontáneamente: cuando
estamos en una situación en que el dolor se hace intolerable, tomamos
calmantes, volvemos a la química, compramos morfina, elementos físico-químicos
que suspenden la sensibilidad y nos procuran un momento de reposo. Admitimos,
pues, constantemente la intervención de la físico-química en nuestro organismo,
y hay medicaciones fundadas en la quimioterapia, precisamente en las
enfermedades mentales.
Muchos psiquiatras renuncian a curas de
psicoterapia, a curas psicoanalíticas, para limitarse a la quimioterapia en los
casos de que se ocupan y pretenden que la eficacia está asegurada casi al 100%.
Entonces, si la quimioterapia es eficaz, si la química interviene en la
sensibilidad, si suspende el dolor, si cantidades de remedios sintéticos, sin
ningún origen natural, que resultan de fabricación humana son eficaces en el organismo,
¿qué dificultad habría para admitir que nuestro organismo mismo es de origen
físico-químico?
Esta situación es, en efecto, extremamente
grave, y es incontestable. Se irá cada vez más hacia una cibernética universal
que confirmará justamente una biología que excluye toda finalidad en que el
desarrollo de la vida se explica únicamente por acontecimientos
físico-químicos.
El espíritu va a retroceder más y más. La razón aparecerá cada vez más como una
máquina y devendrá absolutamente imposible afirmar una trascendencia del
espíritu fundándose sobre la experiencia de la vida cotidiana. Y entonces
el Dios creador de la tradición devendrá cada vez más impensable, ya que no se
le pedirá, si fuera necesario que construya a ciegas un mecanismo elemental que
se desarrolle por sí mismo.
Tenemos que considerar todo eso para no devenir un gueto, un gueto de gente
que no quiere ver, que no
quiere darse cuenta, que pretende saber más que los sabios, que cree que sus
soluciones son intangibles porque jamás ha mirado las demás.
Uno de estos días nos vamos a encontrar ante una especie de océano de eslóganes
presentados por todas las revistas que vulgarizan los resultados de la ciencia.
Nos vamos a encontrar ante un océano de
afirmaciones que ponen exactamente todo en duda, que serán moneda
corriente, que serán aceptadas por la mayoría de las mentes y que los periodistas divulgarán como la
última palabra de la ciencia.
Confieso que todo eso no me sorprende porque hace mucho tiempo me convencí
de que el hombre no existe, que es a lo sumo una posibilidad, pero que tal como
nace, tal como es arrojado a la existencia, es en efecto producto del universo, es una máquina como tantas otras, un
resultado, algo que se padece y que no puede prevalerse de dignidad o valor
particular". (Continuará)