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El misterio de la Trinidad. La Trinidad, misterio
de la pobreza de Dios. (Ghazir, 5.08.59)
"En el catecismo aprendimos que la
Trinidad es un misterio, un misterio impenetrable y nos contaron la falsa
anécdota de Agustín, que caminando en la playa vio un niñito que trataba de
meter el mar en una conchita. ¡Eso no es verdad! ¡No es verdad! Si Jesús habló
de la Trinidad, no fue para confundir la inteligencia sino para liberarla.
El misterio cristiano no es algo oscuro.
Es algo deslumbrante de luz. Es una luz que no se puede expresar y no se puede
agotar. Es lo contrario de un velo, de un límite, de un muro contra el cual
chocamos. Es todo el espacio que se abre, y en que podemos avanzar eternamente,
eternamente, eternamente… y será siempre, siempre, siempre nuevo. Jamás lo
agotaremos.
Si Jesús nos introdujo en el secreto, es
porque es la libertad de la inteligencia y del corazón. Porque hay que confesar
que mientras estemos ante el Dios solitario del judaísmo o del Islam, estamos
aplastados. ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Dios es alguien centrado en sí mismo? Es solitario,
se alaba, se mira, se admira, se ama, ¿y nos pide que lo alabemos y lo amemos?
Eso nos asfixia, eso nos ahoga…
Y comprendemos que la pequeña egipcia de
nueve años, habiendo oído decir que Dios era la Causa Primera, que todo viene
de Él, que todo vuelve a Él, que hace algo sólo para Él, que tiene todo, que
nada se le puede quitar, que es infinitamente feliz, que es indiferente a la
desgracia y a la felicidad de los demás porque Su gozo es completo en Sí mismo,
se decía: "Tiene suerte. ¿Y eso lo tiene así no más? No hizo nada para ser
Dios, eso lo tiene desde siempre. Qué cosa tan curiosa… Pues tiene suerte.
¿Porqué Él, y nosotros no? En el fondo, eso no es justo. ¡Todo el mundo debería
tener su turno!" Y en su cabecita, esperaba su turno para ser Dios.
Como decía Nietzsche, el filósofo alemán:
"Si existen dioses, ¿cómo podría yo soportar no ser dios?
Justamente, porque la niñita, como sus
catequistas, como Nietzsche, construían todos a Dios en lo alto, en la línea de
la pirámide. Lo veían allá arriba, arriba, arriba, como una aplanadora que nos
aplasta con Su Potencia y Majestad.
No sabían que Dios es el que está
arrodillado para el Lavatorio de los pies. Y justamente, la Trinidad nos abre
el Corazón de Dios. La Trinidad nos enseña que Dios no es solitario. Es único
pero no solitario, único pero no solitario, que justamente no es Alguien que se
mira y se admira, que se alaba, se inciensa y se ama, porque en Él toda la vida
brota, brota, brota como una comunicación que va del Padre al Hijo, del Hijo al
Padre, en la Unidad del Espíritu Santo, que en Dios está el Otro, que en Él
"Yo es Otro", que el Él la vida es "Tú eres Yo"… el Padre
lo dice al Hijo, el Hijo al Padre y el Hijo y el Padre al Espíritu Santo y el
Espíritu Santo al Hijo y al Padre.
En Dios no hay un Yo único, un Yo
solitario, un Yo aferrado a Sí mismo, sino tres focos, tres focos de luz, tres
focos de amor y de comunicación, donde toda la Vida Divina se renueva continuamente
en un Don inagotable. El Padre no se mira a sí mismo: es sólo mirada hacia el
Hijo, y éste es sólo una mirada hacia el Padre, y el Padre y el Hijo no se
idolatran: son sólo un impulso hacia el Espíritu Santo que respira al Padre y
al Hijo.
Así la Vida Divina es en estado de
pobreza. Dios sólo tiene contacto consigo mismo comunicándose: el Padre al
Hijo, y el Padre no es nada más que esa comunicación viva con el Hijo. No es
como un padre humano que primero existe y luego deviene padre. En Dios la
Paternidad es eterna; en Dios la Filiación es eterna; y a mí no me gusta que
digan: "Dios tiene un Hijo". Dios es Padre, Dios es Hijo, Dios es
Espíritu Santo. No existe primero el Padre que se da un Hijo: la Trinidad es
eternamente ese surgimiento de luz y de amor. La Trinidad es eternamente el
despojamiento de Dios. Eternamente, Dios es todo dado en la circumincesión, en
la circulación del Padre en el Hijo, del Hijo en el Padre, en el beso de fuego
del Espíritu Santo que es sólo una respiración de amor hacia el Padre y el
Hijo.
¡Es tan grande este descubrimiento, este
descubrimiento justamente que sobreviene a San Francisco cuando comprende que
él es el esposo de Dama Pobreza! La Divinidad no es una propiedad. Cuando
Lutero dice esas palabras horribles: "Dios no suelta el poder, no quiere
soltar las riendas del poder", vuelve la espalda, sin saberlo, a la
esencia misma del Evangelio.
Dios no es un poder aferrado a Sí mismo,
un poder que se defiende, nos aleja, nos prohíbe acercarnos a Él, y que se
venga con los peores castigos de toda tentativa de usurpar sus derechos
divinos. Dios es justamente el que no tiene nada, el que no puede tener nada,
no puede poseer nada, porque en Él la Vida es toda personificada, es toda
personal y una Persona es justamente un ser que es totalmente DON…"