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Dios es libertad.
Carmelo de Matarieh El Cairo, Mayo de 1972: "La Divinidad de
Jesucristo". 3ª y 4ª parte.
"Naturalmente, podemos especular,
razonar sobre Dios. Podemos hablar del primer motor, de los primeros
motores. Podemos decir que el mundo no se basta, que existe en el mundo una
perpetua novedad que el mundo no puede explicar. Pero si esos razonamientos no terminan transformando la vida quedan
fuera de la vida espiritual.
Razonar sobre la causa primera o sobre el primer motor puede ser un juego
interesante de la mente, pero el Dios de los filósofos y de los sabios, como
dice Pascal, no tiene influencia sobre la vida. Para que Dios tenga impacto en la vida es necesario que se convierta en
experiencia vivida, que lo encontremos en la vida, es necesario que si,
como Agustín, hasta ahora no habíamos podido superarnos, liberarnos, triunfar
sobre las pasiones, es necesario que surja de repente en el fondo de nosotros una
luz que opere justamente la transformación, la liberación.
Entonces Dios deviene realidad evidente. Se convierte en el corazón de la
realidad ya que nos introduce en el centro de nuestra intimidad. Si en él llego
a ser yo mismo, si constato en mí esa transformación radical, si nuestros
intereses se desplazan, si él deviene el centro de mi existencia, si a su
contacto respiro la luz, ya no puedo dudar de su realidad, pues la experimento
a través de mi realidad. Dios se hace entonces historia en mi historia,
acontecimiento de mi vida y suceso esencial de mi vida.
Y en efecto, así es como se presenta la Revelación. La Revelación no es un
resultado de razonamientos. Moisés no inventó la fórmula: "Anokhy ehyeh
asher ehyeh": "Yo soy lo que soy" cuando se encontró ante la
zarza ardiente. Esa fórmula misteriosa que todavía no ha sido explicada, que
quiere decir probablemente: "No me preguntes por mi nombre porque es
inefable, yo soy lo que soy", sea cual fuere su significado, Moisés no
inventó la fórmula. Evidentemente, sea cual fuere el significado que se le dé,
Moisés no la sacó de un razonamiento. La vivió como un acontecimiento que lo
impresionó profundamente y que fue uno de los datos esenciales de su
existencia.
Entonces, la revelación de Moisés,
como la de Abraham o de David, es un acontecimiento que se inscribe en la
historia. Y no puede ser de otro modo si Dios es la realidad de la
realidad. Si la realidad de Dios no cambiara la realidad humana, Dios permanecería
en el dominio de la especulación. Seguiría siendo una idea, producto de un
juego mental interesante, del más alto juego que la mente del hombre pueda
practicar.
Pero en fin, no sería percibido como realidad candente, como realidad de
todo momento, como realidad que nos requiere a cada segundo, como realidad que
da sentido a toda nuestra existencia.
Es pues cierta la constatación de que la Presencia de Dios, en fin, de que
el Dios vivo sólo puede ser conocido a través de un acontecimiento de la vida
humana, a través de la transformación de la vida humana, es decir, finalmente,
a través de una liberación del hombre.
Es lo que constituye la actualidad candente de Dios. Un juego de la mente,
uno lo puede jugar y luego dejarlo. Un
juego de la mente puede satisfacer la inteligencia pero no transforma
radicalmente la vida. El Dios vivo sólo puede ser percibido precisamente,
realmente, hoy, en este instante mismo en que estamos, sólo puede ser percibido
por la respuesta que le damos nosotros, por la respuesta que nosotros llegamos
a ser.
Cuando entro en el juego del amor, cuando
cierro el anillo de oro de las nupcias eternas, cuando devengo respuesta al
llamado de Dios en el fondo de mi corazón, en ese momento experimento la
actualidad de Dios, en ese momento lo encuentro de manera indiscutible, ya
que es indiscutible que me transformo, que sigo el impulso de mi liberación.
Entonces cuando digo que Dios es
libertad, libertad en la Trinidad, libertad en lo más íntimo de mí,
libertad en la moral a la que adhiero, moral que es justamente moral de
liberación, si digo que él es libertad en mis relaciones con los demás, que él
es libertad en la virtud de justicia porque él quiere precisamente, mediante el
respeto de los demás a que me siento llamado, mediante ese respeto, él quiere liberarnos
a los demás y a mí mismo. La libertad es pues la clave de la experiencia de
Dios, de toda experiencia de Dios si tomamos esa experiencia como liberación,
liberación continua de sí mismo en una unión e identificación cada vez más
profunda con el Dios interior a nosotros".
Dios entra en la historia
25-26/06/10. Ése es un dato muy importante: por una parte, Dios es
liberación, Dios es libertad, por otra, Dios entra en la historia. Sólo puede
ser conocido a través de un acontecimiento de mi vida, de nuestra vida, es
decir por una transformación de nuestra vida, mediante el encuentro con Él. Creo
que eso es perfectamente claro para ustedes. No tienen ninguna dificultad para
entender las palabras de Agustín: "Tarde
te amé, belleza tan antigua y tan nueva", no tienen ninguna dificultad
para comprender esas palabras, surgidas precisamente en el momento en que
Agustín sintió la transformación. Esas
palabras sólo expresan la transformación radical que lo hizo pasar de afuera a
dentro. Entonces, a través de ese acontecimiento, percibe toda la realidad
de Dios y conoce la realidad en que se transforma por el encuentro con la
belleza tan antigua y tan nueva.
Ahora podemos volver al punto de partida, a la experiencia de ese cristiano de buena voluntad que,
aun cuando comulgaba todos los días, nunca
pudo creer en la divinidad de Jesucristo. Podemos aplicarle lo que decía yo
ahora sobre los teólogos anglicanos o protestantes: vivió finalmente la
divinidad de Jesucristo pero no pudo comprenderla. Comulgaba, porque estaba atraído por Cristo Dios, quiero decir por
Cristo como centro de su vida, por Cristo que ocupaba en su vida el lugar de
Dios, pero cuando trató de comprenderlo
encontró dificultades insuperables.
¿De dónde provienen esas
dificultades? Evidentemente, de cierta
concepción de Dios. Si partimos del Dios de los filósofos, del Dios
abstracto, del Dios que es la causa primera, del Dios que es el primer motor,
del Dios que es la conclusión de un raciocino, del Dios que es finalmente una
idea, ¿cómo entender que ese Dios trascendente, trascendente en el sentido de inexpresable,
trascendente igualmente en el sentido de extranjero, de exterior a nosotros, en
fin, ese Dios que con Aristóteles podemos concebir como el pensamiento que se
piensa a sí mismo, cómo podría ese Dios caminar en la tierra? ¿Cómo podría ser
un hombre como los demás? ¿Cómo podría marchar en los caminos, en los senderos
de Nazaret? ¿Cómo podría nacer de una mujer y morir, morir, como mueren los
hombres?
El carácter abstracto de ese conocimiento de Dios como causa primera,
primer motor inmóvil, el carácter abstracto, el carácter insondable de esa
afirmación, el carácter del Dios trascendente en el sentido filosófico, en fin,
de una idea subsistente, es lo que parece hacer imposible la Encarnación como
algo absurdo. Eso sería limitar a Dios, eso sería mezclarlo con el mundo
cambiante. Dejaría de ser causa primera. Dejaría de ser el motor inmóvil si
entrara en el devenir, si entrara en el tiempo, si estuviera sometido al
tiempo. Eso parece totalmente absurdo.
Y lo mismo se puede decir del Dios bíblico, en la medida en que es el Dios
ante el cual uno se descalza como en la zarza ardiente. Es alguien separado, separado,
cuya visión hace morir, como en la visión de Isaías o en la teofanía del Sinaí.
En la manifestación de Dios en el Sinaí, el terror es tan grande que los
israelitas piden sobre todo que Dios no les hable, si no, morirían.
Ese Dios del que no podemos acercarnos sin morir, ese Dios separado, ¿cómo
podría entrar en la historia? ¿Cómo podría devenir uno de nosotros? Toda la
santidad que se le atribuye protesta, protesta, protesta contra esa imaginación
que parece sacrílega. Sólo puede estar encerrado en su santidad inefable, inclinándose
quizá – es otra imagen – inclinándose hacia los hombres por ser misericordioso,
pero que, claro está, no puede participar
en su vida sin dejar de ser Él.
Resumiendo burdamente, la
grandeza de Dios, vista con los ojos de los filósofos o de los profetas del
Antiguo Testamento, parece oponerse a la verdad de la Encarnación.
Si Dios es ese Dios separado, ese Dios inefable, si sólo podemos alcanzarlo
por vía de negación, de eminencia y de negación, si las palabras aplicadas a él
no significan lo mismo que para nosotros, en fin, si es tan trascendente que no
se le puede ni siquiera nombrar, ¿cómo podría devenir uno de nosotros?
Creo que estas dificultades son muy reales. Es evidente que el cristiano de
que hablo, que comulgaba todos los días y no creía en la divinidad de
Jesucristo, al menos conceptualmente, al menos en la idea que tenía de él,
tenía ciertamente en la mente dificultades de este género: es imposible que
Dios se haya hecho hombre. Hay contradicción entre los dos términos, el hombre
es finito, limitado, tiene comienzo y fin, y es imposible que Dios se haga
hombre pues eso sería encerrarse, se encerraría en esos límites y se negaría a
sí mismo.
No cabe duda de que si Bultmann, que es una mente superior, un hombre de
prodigiosa erudición, redujo a Jesús a un profeta oscuro que anunció de manera
muy equívoca el fin del mundo y si todo se limita a eso, es evidente que
también Bultmann tiene en la mente la idea de un Dios tan trascendente, tan
lejano, tan separado que la Encarnación aparece como una monstruosidad, aunque
prácticamente y en el campo de la vida concreta, esté ciertamente en la luz de
una fe que implica la divinidad de Jesucristo y por ende la Encarnación de
Dios.
Todas esas dificultades caen
de un solo golpe si hablamos de un Dios interior al hombre, de un Dios que está
siempre ahí, de un Dios que no tiene que bajar del cielo, de un Dios que nos
está esperando en lo más íntimo nuestro, en fin, recurriendo a una referencia
que ustedes conocen perfectamente, si hablamos del Dios de que habla Jesús a la
samaritana.
Precisamente, en ese diálogo Jesús responde a la samaritana a todas las
dificultades que acabo de enunciar burdamente, porque la orienta para que no
mire a Dios como alguien exterior a ella, al cual podría localizar en una montaña
y construirle un templo de piedra para honorarlo. La persuade. Trata de llevarla a descubrir a un Dios
interior a ella, y cuyo santuario es ella misma". (Continuará)