in

Sotamenta.Net

El sitio Internet de nuestra tribu!

Zundel

June 2010 - Posts

  • 30/06/10 et 01/07/10 - En Jesús, la humanidad abre sus cortinas.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Carmelo de Matarieh El Cairo, Mayo de 1972: "La Divinidad de Jesucristo". 8ª parte.

    "Somos pues hijos de Dios, hijos, pero no en plenitud absoluta. Siempre hay una falla. Siempre hay una distancia. Siempre hay un hiato que nuestras caídas nos recuerdan dolorosamente.

    Cuando Jesús dice que es el Hijo, no sólo un hijo, como todos nosotros, no solamente hijo de Dios, sino El Hijo, el Hijo, en sentido único y absoluto, ¿qué quiere decir eso?

    El Cardenal de Berulio lo expresa con lenguaje emocionante, con un lenguaje de comienzos del siglo 17, cuando el francés comenzaba a tomar su forma definitiva. El Cardenal de Berulio sin querer explicar o al menos proponer el misterio de la Encarnación, sino al contrario, como san Pablo que da en la Epístola a los Filipenses una de las más altas fórmulas de la Encarnación exhortándonos a la humildad: "Tengan los mismos sentimientos que Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina no se aferró a su igualdad con Dios, sino que tomó la condición de esclavo, etc." Entonces san Pablo, en una exhortación a la humildad, expresa del modo más profundo el misterio de la Encarnación (Fp. 2,7).

    Así mismo Berulio, exhortándonos a la unión con Cristo, expresa a su manera el misterio de la Encarnación diciendo: "Y debemos mirar a Jesús como nuestra perfección, porque lo es y quiere serlo". Jesús es pues nuestra perfección: "Lo es y quiere serlo". Como el Verbo, dice, el Verbo, luego el Hijo eterno, eterno porque el Verbo no comienza con la encarnación, como ustedes saben: el Verbo es eterno. La humanidad de Jesús comienza en el seno de María, pero el Verbo no, es eterno. Entonces, Jesús es nuestra perfección. "Lo es y quiere serlo". Como el Verbo es la perfección de esta naturaleza humana que subsiste en él y aquí justamente Berulio, en un lenguaje nuevo pues eso no había sido jamás expresado así en francés "pues, como esta naturaleza", la naturaleza humana de Jesús "considerada en su origen está en manos del Espíritu Santo, el cual la saca de la nada", hace entonces existir esta naturaleza humana, la hace existir en el seno de María sacándola de la nada pues antes no existía, pues cuando la naturaleza humana de Jesús "está en manos del Espíritu Santo que la saca de la nada y la priva de su subsistencia", es decir que esa naturaleza, en vez de mantenerse en la existencia con una personalidad como la nuestra, en vez de estar encerrada en sí misma como la nuestra: nuestra naturaleza nos ha revestido de una personalidad humana, cerrada sobre sí misma, aunque por otra parte pueda superar sus límites. Al contrario en Jesús, la naturaleza humana es privada de subsistencia, no está cerrada sobre sí misma y el Espíritu Santo "la priva de su subsistencia y la da al verbo", ¿verdad? Esta naturaleza dada al Verbo es enraizada en el Verbo, subsiste en le Verbo, es sostenida en la existencia a través del Verbo. Entonces el Espíritu Santo "la da al Verbo para que el Verbo la invista, la revista de sí mismo y la haga suya, dándose a ella y dándole su propia subsistencia divina. Así mismo nosotros, estamos en las manos del Espíritu Santo que nos saca del pecado, nos une a Jesús como Espíritu de Jesús, emanado de Jesús, por él adquirido y enviado".

    Ustedes ven la comparación en que nuestra unión con Jesús bajo la acción del Espíritu Santo que nos saca del pecado es comparada con la Encarnación del Verbo en la cual "la naturaleza humana sacada de la nada y creada en el seno de María es unida en el Verbo, o mejor unida al Verbo como principio de su subsistencia". Esto es a la vez sencillo y profundo y dicho en una lengua admirable. ¿Qué quiere decir eso finalmente? Quiere decir que lo comunicado a la humanidad de nuestro Señor es la pobreza divina en persona, es la libertad divina en persona, pues ¿qué pasa con la humanidad de nuestro Señor? Precisamente de que es totalmente liberada de sí misma para ser totalmente transparente a Dios.

    Llevamos a Dios en nosotros. Está en el fondo de nuestros corazones. Si no somos Cristo no es porque Dios no esté en nosotros sino porque nosotros no estamos en Dios. Llevamos a Dios como lo lleva la humanidad de Jesús, es decir que Dios está tan realmente presente en nosotros como en la humanidad de nuestro Señor. Somos nosotros los que no estamos presentes. Ese sol interior está en el fondo de nuestros corazones. Pero nosotros, con las cortinas cerradas, no acogemos esa luz.

    En Jesús, la humanidad abre sus cortinas. En Jesús, la casa humana deviene casa de vidrio. En Jesús, la naturaleza humana es totalmente diáfana. En Jesús, la humanidad es totalmente liberada de sus límites. En Jesús, la humanidad no puede poseerse. No está limitada a un "yo" que la encierra en sí. Está abierta a un "yo" inmenso, infinito, que la saca de sí y le permite expresar a Dios en persona.

    Lo que se comunica a la humanidad de nuestro Señor es la libertad de Dios en persona, que vacía radicalmente de ella misma esa humanidad y hace de ella el sacramento transparente e inseparable de la Presencia divina en nuestra historia. Es la cumbre de la Encarnación, es la plenitud de la Encarnación en una historia que es el corazón de la historia pues Dios, necesariamente, se manifiesta en la historia como acontecimiento de la historia. En este caso, el acontecimiento brilla como centro de la historia y le da un sentido definitivo.

    Pero hay que comprender y reconocer que es bajo la forma de liberación, de liberación absoluta y definitiva y total y en beneficio de toda la humanidad y además de todo el universo como se realiza la liberación de la humanidad creada en el seno de María. Es pues unión en la persona, unión en la personalidad y la personalidad es en Dios justamente el despojamiento absoluto, la pobreza eterna, la libertad subsistente.

    Eso es la personalidad en Dios y eso es lo comunicado a la humanidad de nuestro Señor. Es tomada en una ola, en una ola que arroja eternamente al Hijo en el Seno del Padre y lo empuja en la ola como una cáscara de nuez llevada por todo el océano. Entonces ya no testimonia de sí misma sino del océano, testimonia de Dios, Lo hace presente. A través de ella, se dirige en persona a nuestra libertad la libertad divina, pues justamente la humanidad de nuestro Señor no tiene más lazo consigo misma que la relación subsistente que hace del Hijo una eterna ofrenda al Padre.

    La humanidad de Jesús no se posee como la nuestra. Es totalmente dada, radicalmente ofrecida y llevada en la ofrenda eterna que arroja eternamente al Hijo en el seno del Padre.

    Evidentemente, habrá que explorar todavía en esta profundidad, en esta profundidad comenzamos a entrar en el Credo cristiano, en esta afirmación del Hijo de Dios hecho hombre de la cual ven que representa algo muy distinto de lo que a primera vista parecen significar las palabras, pues se trata de una generación interior, de una generación en el centro de relaciones dentro de la vida divina, en una comunidad absoluta de naturaleza, en consubstancialidad total, pues todo lo que está en el Padre está igualmente en el Hijo, eternamente, y en el mismo grado, e igualmente en el Espíritu Santo.

    La única distinción en Dios se funda en la desapropiación. Eso es lo formidable. Mientras nosotros arriesgamos a cada instante devenir propietarios de nosotros mismos y reivindicar nuestro dominio sobre los demás, en Dios la única propiedad es la desapropiación.

    Es que Dios no puede poseerse. Él es la desapropiación radical y sólo tiene contacto consigo mismo comunicándose. En el fondo de esa pobreza divina se enraíza la Encarnación. Pero basta por hoy. Si nuestra mirada queda fija sobre esta zarza ardiente que es para nosotros la Trinidad divina, esa es la cumbre, es nuestro Sinaí: la Trinidad divina que está escondida en el fondo de nuestros corazones como llamado infinito a nuestra liberación".

  • 29/06/10 - La Trinidad, modelo de nuestra liberación.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Carmelo de Matarieh El Cairo, Mayo de 1972: "La Divinidad de Jesucristo". 7ª parte.

    "Pero esto nos predispone ya a considerar en Dios una generación que no tiene nada que ver con la multiplicación de su naturaleza, sino con la santidad de la naturaleza divina puesto que la generación interior expresa la posibilidad de que esa naturaleza se vacíe de sí misma, no sea presa de sí misma, no se apegue a sí misma, no esté encerrada en sí misma, no esté aferrada a sí misma de manera egocéntrica, sino que realice una transparencia absolutamente virginal en una libertad infinita.

    En Dios, la generación y la procesión, la dicción perfecta, pues eso es lo que supone la santidad divina, está en expresarse no en provecho propio, en expresarse no para encerrarse en sí mismo, no para complacerse en sí mismo, sino en expresarse en Otro y para él.

    Expresarse en Otro y para él, expresarse en una renuncia total en que no se conserva nada de sí mismo, nada: la naturaleza pasa totalmente en la Palabra y el que habla, el que se expresa es sólo relación, relación, mirada hacia la Palabra viva que brota eternamente del Padre, el cual es sólo relación eternamente viva con el Hijo, y el Hijo es sólo relación viva con el Padre.

    E igualmente, el amor no es complacencia del uno en el otro ni del uno para el otro, sino éxtasis, salida de sí mismo, desapropiación total del uno en el otro y del uno para el otro en la respiración del Espíritu Santo. El Padre y el Hijo no se poseen en un abrazo en que se encontrarían para colmarse el uno por medio del otro. Se dan, se encuentran en el despojamiento radical que suscita el Espíritu Santo, es decir que en Dios el amor es radicalmente desposeído, radicalmente despojado, radicalmente virginal, excluye toda especie de complacencia en sí mismo, lo cual no tenemos dificultad alguna para admitirlo.

    Al contrario, eso nos colma el corazón. Eso nos ilumina la inteligencia. Es la liberación de la mente. Es lo que nos impide odiar a Dios, detestarlo como enemigo de nuestra dignidad e inviolabilidad. Eso interioriza toda la vida espiritual. Interioriza toda la creación. Eso nos permite ir hasta nosotros mismos, eso le da sentido a nuestra libertad. En la liberación de Dios en el seno de la Trinidad encontramos el modelo de nuestra propia liberación.

    Podemos ser libres porque Dios lo es. Podemos ser libres porque Dios es el camino hacia nuestra libertad, porque justamente Dios nos enseña a ser libres, pues no nos hicimos nosotros, por ser necesariamente prefabricados, la única libertad posible es darlo todo sin guardar nada para sí mismo, y Dios es Dios precisamente porque lo da todo en la circulación interior en que se vacía eternamente de sí mismo en la eterna comunión de amor de las relaciones intra-divinas, de las relaciones subsistentes que hacen de cada persona una pobreza subsistente.

    Cada persona solo tiene el ser relación con la otra o con las otras, con las otras dos. En Dios, la única posesión es la desapropiación absoluta, radical y eterna. Eso nos colma, eso nos llena de alegría, eso ilumina nuestra experiencia de nosotros mismos y todo eso nos permite devenir más aún nosotros mismos al hacernos imitadores de Dios, o mejor, estando enraizados en el seno de su vida trinitaria la cual debe convertirse en la nuestra.

    Y ahí encuentra su luz y su expresión la Encarnación de Jesús. Dios es ya nuestro polo de atracción, el polo de nuestra personalidad. Sólo llegamos a ser nosotros mismos en referencia a él".

     

  • 28/06/10 -¿Qué dices de ti mismo?

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Carmelo de Matarieh El Cairo, Mayo de 1972: "La Divinidad de Jesucristo". 6ª parte.

    "Y aquí debemos volver a nuestra experiencia, al diálogo interior que tenemos con nosotros mismos. Un niño dijo un día estas palabras extraordinarias a su madre: "¡Mamá, mamá, están hablando aquí dentro, están hablando" Ese niño descubrió el pensamiento. Descubrió lo extraordinario de una dicción interior a sí mismo.

    En efecto, un ser inteligente se refleja necesariamente a sí mismo, se refleja en el espejo de sí mismo. Un ser inteligente se expresa sobre sí mismo. Un ser inteligente se dice a sí mismo: ¿Quién soy yo? El ser inteligente se plantea la pregunta: ¿Quién soy yo? Y se responde como puede. Se dice lo que piensa de sí mismo. La pregunta hecha a Juan Bautista: "¿Qué dices de ti mismo?" "¿Qué dices de ti mismo?" es la más grave pregunta que le se pueda hacer a un ser humano: "¿Qué dices de ti mismo?"

    ¡Pues bien! Necesariamente, todos debemos afrontar esta pregunta. Cada uno se habla a sí mismo. Cada uno tiene un verbo interior, una palabra interior en la que expresa lo que descubre de sí mismo y cada uno tiene también una reacción afectiva ante sí mismo. Se interesa por sí mismo. Se ama a sí mismo. No está ante sí mismo como ante una abstracción, como ante una idea escrita en el tablero. Está ante sí mismo como ante una existencia sobre la cual tiene que tomar posición. Tiene pues una reacción de voluntad, una reacción de sensibilidad, una reacción afectiva.

    Hay entonces en nosotros, como lo expresó san Agustín tan profundamente, una especie de bosquejo de la Trinidad, existe en nosotros una dicción interior. El hombre se habla de sí mismo. Justamente, existe en nosotros un verbo interior, una palabra interior que expresa lo que descubrimos en nosotros o de nosotros, y hay una reacción afectiva: nos apegamos a nosotros mismos, tomamos decisiones sobre nosotros mismos, decidimos, y con la decisión nos comprometemos en cierta dirección. Nos amamos, bien o mal, pero nos amamos, ya sea por nosotros o por otra persona, pero siempre tenemos una reacción afectiva, una reacción de la voluntad, de la sensibilidad y del corazón.

    Pero, desde luego, ese bosquejo de la Trinidad, ese verbo interior y esa aspiración interior son balbucientes en nosotros. Sólo mirando a Dios llegamos a conocernos. Sólo amándonos en Dios llegamos a amarnos y, si cesamos de mirarnos en Dios ya no sabemos quién somos, estamos desgarrados por tendencias divergentes que nos dividen y ya no logramos orientarnos por haber perdido nuestra unidad y nuestro amor se corrompe en la medida misma en que perdemos la transparencia de la palabra interior, si no miramos a Dios, nuestro amor se corrompe, nos amamos mal, nos amamos pasionalmente, nos amamos para defender lo menos bueno de nosotros, o lo peor, nos amamos para justificarnos a nuestros propios ojos o a los ojos de los demás. Entonces, aunque hay en nosotros un bosquejo de la Trinidad, es muy imperfecto, es balbuciente, es intermitente". (Continuará)

     

  • 27/06/10 -¿Qué quiere decir "Hijo de Dios"?

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Carmelo de Matarieh El Cairo, Mayo de 1972: "La Divinidad de Jesucristo". 5ª parte.

    "Entonces, todas las dificultades que enunciaba hace un momento quedan radicalmente superadas pues no se trata de un Dios distante, abstracto, separado, sino de un Dios tan presente, tan interior en nosotros que es el único camino hacia nosotros mismos y que no podemos llegar a nosotros mismos sin pasar por Él. Ese Dios ya está ahí. Está presente siempre, siempre encarnado. Ya está encarnado puesto que está en nosotros, ya es un acontecimiento de nuestra historia y lo conocemos justamente porque está encarnado.

    Si no se hubiera hecho acontecimiento de nuestra historia, jamás podríamos encontrarlo. No sería la experiencia esencial de nuestra vida. Entonces, en nuestra experiencia de cada día tratamos con un Dios interior que ya está presente, desde siempre: somos nosotros los que no estamos presentes. Dios no tiene que venir: somos nosotros los que tenemos que venir, no él, pues él ya está ahí, esperándonos, en lo más íntimo de nuestro corazón y es un Dios encarnado, pues está enraizado en nuestra vida como acontecimiento esencial o como acontecimiento esencial de nuestra vida, ya que, una vez más, por él llegamos a nosotros mismos.

    El debate se simplifica entonces, se simplifica, se interioriza y la cuestión que se plantea es evidente: ¿Cuál es la diferencia entre la encarnación en mí, en nosotros y en Jesús? Si Dios entra en la historia y si sólo entra en la historia encarnándose en ella, haciéndose acontecimiento en la historia, tomando raíz en ella y transformando la vida humana y la vida del universo, ¿qué diferencia hay entre esa encarnación general y la encarnación en Jesús?

    Podemos constatarlo desde luego, podemos constatar a cada instante que la encarnación de Dios en nosotros es intermitente. Se produce cuando prestamos atención, cuando estamos realmente presentes; se produce cuando estamos realmente liberados de nosotros mismos, pero desaparece. Hay momentos en que no estamos presentes. Hay momentos en que estamos ausentes. Hay momentos en que estamos distraídos. Hay momentos en que lejos de estar liberados de nosotros mismos, retornamos a las antiguas esclavitudes, recaemos bajo el yugo del yo propietario que nos arranca o apaga la luz divina dentro de nosotros y nos impide ser testimonio eficaz de la Presencia única. Entonces, la encarnación es imperfecta en nosotros, es imperfecta e intermitente.

    Veamos ahora la encarnación perfecta en Cristo, entremos en contacto con ella. Porque para que Cristo sea el centro de toda vida humana, la encarnación en Cristo debe situarse en otro nivel: y su Encarnación, la Encarnación en él debe tener un carácter único para que, a través de su historia, a través de su historia singular, a través de su humanidad individual, el hombre Jesús sea realmente el centro y el Dios de nuestra vida.

    Aquí debemos hacer un trabajo, partiendo de una experiencia, nuéstra claro está. Toda experiencia es nuestra. Una experiencia que no sea nuestra no nos impresiona, no nos llega, no nos ilumina. Toda experiencia que nos enriquece, que concurre a nuestra liberación, se realiza en nosotros.

    Hay que recurrir a una experiencia delicada y sutil, que todos hacemos para ir al encuentro con Cristo y, en especial, para dar sentido a la palabra Hijo. El cristiano ordinario sabe - o al menos lo afirma - que Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre. El cristiano ordinario, quiero decir, el cristiano común, que puede ser además un excelente cristiano, y aun santo – el cristiano ordinario, es decir que no tiene cultura filosófica o teológica profunda, pero que puede ser un gran cristiano – el cristiano ordinario, es decir lo corriente entre cristianos, los cristianos en general no comprenden esa afirmación, no la analizan.

    ¿Qué quiere decir eso de "Hijo de Dios"? Repetimos las palabras "Hijo de Dios" como las repitieron los apóstoles, pero salvo atención particular, el cristiano en general no se plantea el problema. ¿Qué quiere decir eso de "Hijo de Dios"? ¿Es que Dios tiene hijos?

    Un sabio musulmán me decía hace poco: "En el fondo, la gran dificultad ente el Islam y el cristianismo es quizás una cuestión de palabras" porque cuando a un musulmán le hablan de "Hijo de Dios", comprende esa filiación como una generación humana, una generación natural.

    Cuando deviene padre, un padre humano suscita la vida de un hijo de la misma naturaleza que él, la misma naturaleza que él pero no su misma naturaleza singular, el hijo tiene la misma naturaleza humana que su padre, pero su padre puede morir y él seguirá viviendo, y entonces no tiene la misma naturaleza singular que su padre, aunque tenga la misma naturaleza humana.

    Pero el musulmán ordinario piensa que el cristiano cree que Dios engendró, o concibió un hijo, como lo concibe un padre humano, y que, para el cristiano, entonces la generación multiplica la naturaleza divina lo mismo que la generación humana multiplica la naturaleza humana, y para el musulmán, eso hace dos dioses: si se multiplica la naturaleza divina se multiplican los dioses.

    Y justamente, eso lo rechaza absoluta y categóricamente la fe cristiana en las definiciones solemnes; en Dios la generación no implica multiplicación de la naturaleza divina, es una generación interna, una generación espiritual, una generación según la persona en que la misma naturaleza idéntica y no multiplicada es la raíz común, idénticamente común de la personalidad en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo". (Continuará)

     

  • 24-26/06/10 – Dios es libertad y entra en la historia.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Dios es libertad.

    Carmelo de Matarieh El Cairo, Mayo de 1972: "La Divinidad de Jesucristo". 3ª y 4ª parte.

    "Naturalmente, podemos especular, razonar sobre Dios. Podemos hablar del primer motor, de los primeros motores. Podemos decir que el mundo no se basta, que existe en el mundo una perpetua novedad que el mundo no puede explicar. Pero si esos razonamientos no terminan transformando la vida quedan fuera de la vida espiritual.

    Razonar sobre la causa primera o sobre el primer motor puede ser un juego interesante de la mente, pero el Dios de los filósofos y de los sabios, como dice Pascal, no tiene influencia sobre la vida. Para que Dios tenga impacto en la vida es necesario que se convierta en experiencia vivida, que lo encontremos en la vida, es necesario que si, como Agustín, hasta ahora no habíamos podido superarnos, liberarnos, triunfar sobre las pasiones, es necesario que surja de repente en el fondo de nosotros una luz que opere justamente la transformación, la liberación.

    Entonces Dios deviene realidad evidente. Se convierte en el corazón de la realidad ya que nos introduce en el centro de nuestra intimidad. Si en él llego a ser yo mismo, si constato en mí esa transformación radical, si nuestros intereses se desplazan, si él deviene el centro de mi existencia, si a su contacto respiro la luz, ya no puedo dudar de su realidad, pues la experimento a través de mi realidad. Dios se hace entonces historia en mi historia, acontecimiento de mi vida y suceso esencial de mi vida.

    Y en efecto, así es como se presenta la Revelación. La Revelación no es un resultado de razonamientos. Moisés no inventó la fórmula: "Anokhy ehyeh asher ehyeh": "Yo soy lo que soy" cuando se encontró ante la zarza ardiente. Esa fórmula misteriosa que todavía no ha sido explicada, que quiere decir probablemente: "No me preguntes por mi nombre porque es inefable, yo soy lo que soy", sea cual fuere su significado, Moisés no inventó la fórmula. Evidentemente, sea cual fuere el significado que se le dé, Moisés no la sacó de un razonamiento. La vivió como un acontecimiento que lo impresionó profundamente y que fue uno de los datos esenciales de su existencia.

    Entonces, la revelación de Moisés, como la de Abraham o de David, es un acontecimiento que se inscribe en la historia. Y no puede ser de otro modo si Dios es la realidad de la realidad. Si la realidad de Dios no cambiara la realidad humana, Dios permanecería en el dominio de la especulación. Seguiría siendo una idea, producto de un juego mental interesante, del más alto juego que la mente del hombre pueda practicar.

    Pero en fin, no sería percibido como realidad candente, como realidad de todo momento, como realidad que nos requiere a cada segundo, como realidad que da sentido a toda nuestra existencia.

    Es pues cierta la constatación de que la Presencia de Dios, en fin, de que el Dios vivo sólo puede ser conocido a través de un acontecimiento de la vida humana, a través de la transformación de la vida humana, es decir, finalmente, a través de una liberación del hombre.

    Es lo que constituye la actualidad candente de Dios. Un juego de la mente, uno lo puede jugar y luego dejarlo. Un juego de la mente puede satisfacer la inteligencia pero no transforma radicalmente la vida. El Dios vivo sólo puede ser percibido precisamente, realmente, hoy, en este instante mismo en que estamos, sólo puede ser percibido por la respuesta que le damos nosotros, por la respuesta que nosotros llegamos a ser.

    Cuando entro en el juego del amor, cuando cierro el anillo de oro de las nupcias eternas, cuando devengo respuesta al llamado de Dios en el fondo de mi corazón, en ese momento experimento la actualidad de Dios, en ese momento lo encuentro de manera indiscutible, ya que es indiscutible que me transformo, que sigo el impulso de mi liberación.

    Entonces cuando digo que Dios es libertad, libertad en la Trinidad, libertad en lo más íntimo de mí, libertad en la moral a la que adhiero, moral que es justamente moral de liberación, si digo que él es libertad en mis relaciones con los demás, que él es libertad en la virtud de justicia porque él quiere precisamente, mediante el respeto de los demás a que me siento llamado, mediante ese respeto, él quiere liberarnos a los demás y a mí mismo. La libertad es pues la clave de la experiencia de Dios, de toda experiencia de Dios si tomamos esa experiencia como liberación, liberación continua de sí mismo en una unión e identificación cada vez más profunda con el Dios interior a nosotros".

    Dios entra en la historia

    25-26/06/10. Ése es un dato muy importante: por una parte, Dios es liberación, Dios es libertad, por otra, Dios entra en la historia. Sólo puede ser conocido a través de un acontecimiento de mi vida, de nuestra vida, es decir por una transformación de nuestra vida, mediante el encuentro con Él. Creo que eso es perfectamente claro para ustedes. No tienen ninguna dificultad para entender las palabras de Agustín: "Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva", no tienen ninguna dificultad para comprender esas palabras, surgidas precisamente en el momento en que Agustín sintió la transformación. Esas palabras sólo expresan la transformación radical que lo hizo pasar de afuera a dentro. Entonces, a través de ese acontecimiento, percibe toda la realidad de Dios y conoce la realidad en que se transforma por el encuentro con la belleza tan antigua y tan nueva.

    Ahora podemos volver al punto de partida, a la experiencia de ese cristiano de buena voluntad que, aun cuando comulgaba todos los días, nunca pudo creer en la divinidad de Jesucristo. Podemos aplicarle lo que decía yo ahora sobre los teólogos anglicanos o protestantes: vivió finalmente la divinidad de Jesucristo pero no pudo comprenderla. Comulgaba, porque estaba atraído por Cristo Dios, quiero decir por Cristo como centro de su vida, por Cristo que ocupaba en su vida el lugar de Dios, pero cuando trató de comprenderlo encontró dificultades insuperables.

    ¿De dónde provienen esas dificultades? Evidentemente, de cierta concepción de Dios. Si partimos del Dios de los filósofos, del Dios abstracto, del Dios que es la causa primera, del Dios que es el primer motor, del Dios que es la conclusión de un raciocino, del Dios que es finalmente una idea, ¿cómo entender que ese Dios trascendente, trascendente en el sentido de inexpresable, trascendente igualmente en el sentido de extranjero, de exterior a nosotros, en fin, ese Dios que con Aristóteles podemos concebir como el pensamiento que se piensa a sí mismo, cómo podría ese Dios caminar en la tierra? ¿Cómo podría ser un hombre como los demás? ¿Cómo podría marchar en los caminos, en los senderos de Nazaret? ¿Cómo podría nacer de una mujer y morir, morir, como mueren los hombres?

    El carácter abstracto de ese conocimiento de Dios como causa primera, primer motor inmóvil, el carácter abstracto, el carácter insondable de esa afirmación, el carácter del Dios trascendente en el sentido filosófico, en fin, de una idea subsistente, es lo que parece hacer imposible la Encarnación como algo absurdo. Eso sería limitar a Dios, eso sería mezclarlo con el mundo cambiante. Dejaría de ser causa primera. Dejaría de ser el motor inmóvil si entrara en el devenir, si entrara en el tiempo, si estuviera sometido al tiempo. Eso parece totalmente absurdo.

    Y lo mismo se puede decir del Dios bíblico, en la medida en que es el Dios ante el cual uno se descalza como en la zarza ardiente. Es alguien separado, separado, cuya visión hace morir, como en la visión de Isaías o en la teofanía del Sinaí. En la manifestación de Dios en el Sinaí, el terror es tan grande que los israelitas piden sobre todo que Dios no les hable, si no, morirían.

    Ese Dios del que no podemos acercarnos sin morir, ese Dios separado, ¿cómo podría entrar en la historia? ¿Cómo podría devenir uno de nosotros? Toda la santidad que se le atribuye protesta, protesta, protesta contra esa imaginación que parece sacrílega. Sólo puede estar encerrado en su santidad inefable, inclinándose quizá – es otra imagen – inclinándose hacia los hombres por ser misericordioso, pero que, claro está,  no puede participar en su vida sin dejar de ser Él.

    Resumiendo burdamente, la grandeza de Dios, vista con los ojos de los filósofos o de los profetas del Antiguo Testamento, parece oponerse a la verdad de la Encarnación.

    Si Dios es ese Dios separado, ese Dios inefable, si sólo podemos alcanzarlo por vía de negación, de eminencia y de negación, si las palabras aplicadas a él no significan lo mismo que para nosotros, en fin, si es tan trascendente que no se le puede ni siquiera nombrar, ¿cómo podría devenir uno de nosotros?

    Creo que estas dificultades son muy reales. Es evidente que el cristiano de que hablo, que comulgaba todos los días y no creía en la divinidad de Jesucristo, al menos conceptualmente, al menos en la idea que tenía de él, tenía ciertamente en la mente dificultades de este género: es imposible que Dios se haya hecho hombre. Hay contradicción entre los dos términos, el hombre es finito, limitado, tiene comienzo y fin, y es imposible que Dios se haga hombre pues eso sería encerrarse, se encerraría en esos límites y se negaría a sí mismo.

    No cabe duda de que si Bultmann, que es una mente superior, un hombre de prodigiosa erudición, redujo a Jesús a un profeta oscuro que anunció de manera muy equívoca el fin del mundo y si todo se limita a eso, es evidente que también Bultmann tiene en la mente la idea de un Dios tan trascendente, tan lejano, tan separado que la Encarnación aparece como una monstruosidad, aunque prácticamente y en el campo de la vida concreta, esté ciertamente en la luz de una fe que implica la divinidad de Jesucristo y por ende la Encarnación de Dios.

    Todas esas dificultades caen de un solo golpe si hablamos de un Dios interior al hombre, de un Dios que está siempre ahí, de un Dios que no tiene que bajar del cielo, de un Dios que nos está esperando en lo más íntimo nuestro, en fin, recurriendo a una referencia que ustedes conocen perfectamente, si hablamos del Dios de que habla Jesús a la samaritana.

    Precisamente, en ese diálogo Jesús responde a la samaritana a todas las dificultades que acabo de enunciar burdamente, porque la orienta para que no mire a Dios como alguien exterior a ella, al cual podría localizar en una montaña y construirle un templo de piedra para honorarlo. La persuade. Trata de llevarla a descubrir a un Dios interior a ella, y cuyo santuario es ella misma". (Continuará)

  • 22-23/06/10 – Cierta dirección de pensamiento...

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Carmelo de Matarieh El Cairo, Mayo de 1972: "La Divinidad de Jesucristo". 2ª parte.

    "Pero tratemos de clarificar las ideas sobre eso con mucha humildad porque probablemente no lograremos la fórmula adecuada, la fórmula perfecta, que abarque todos los aspectos del problema y satisfaga plenamente la inteligencia.

    Creo que en primer lugar podemos considerar cierta dirección de pensamiento familiar para ustedes. Es la dirección que no ceso de recordarles, la dirección de pensamiento tiene como raíz, como fundamento, la experiencia de la libertad humana como liberación. Sigo hablando de la libertad y afirmo en seguida que sólo tiene sentido si es liberación.

    Todos hablan de libertad. Es un término que agrada a la sensibilidad, un término que nos emociona, un término que corresponde a nuestras más profundas aspiraciones. Todos hablan de ella y yo mismo no ceso de hacerlo, con la diferencia que yo identifico siempre libertad y liberación, viendo a la vez precisamente la más alta experiencia del hombre y la más alta experiencia de Dios, en la experiencia de la libertad entendida como liberación,.

    El hombre sólo se encuentra liberándose de sí mismo, y sólo se puede liberar de sí mismo encontrando a Dios en lo más íntimo de sí mismo. Y recíprocamente, sólo conoce auténticamente a Dios si se libera realmente de sí mismo. Esto es de inmensa importancia y ustedes pueden sentirlo, es decir, pueden encontrar inmediatamente una referencia que conocen perfectamente en la conversación de Jesús con Nicodemo. En efecto, la conversación de Jesús con Nicodemo toca y clarifica de manera infinitamente profunda el problema de nuestra libertad, comprendida como liberación. Entonces, ¿quién es Nicodemo?

    Nicodemo es un doctor. Nicodemo es un hombre que ha estudiado las Escrituras durante toda su vida. Un hombre cuya profesión consiste en leer las Escrituras e interpretarlas. Es un hombre religioso: si le quitan las Escrituras, si ya no tiene que interpretarlas, deja de existir, pues su profesión consiste precisamente en conocer las Escrituras e interpretarlas. Parece pues calificado de manera especial para dialogar con Jesús, y en efecto viene – con prudencia además, pues decide encontrarse con él de noche – viene a conversar con Jesús.

    Comienza por cumplimentarlo por los prodigios que realiza, por los signos que acaba de dar durante la primera Pascua, según la cronología de san Juan, durante la primera Pascua que nuestro Señor pasó en Jerusalén.

    Pero en vez de seguirlo, nuestro Señor hace inmediatamente una observación y le propone esta exigencia: "Nadie puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo". Evidentemente, eso quiere decir que el conocimiento que Nicodemo puede tener de las Escrituras que no ha cesado de estudiar, que ese conocimiento es insuficiente si Nicodemo no se transforma radicalmente: tiene que volver a nacer, o nacer de nuevo. Tiene pues que pasar por una transformación que lluegue hasta la raíz de su ser pues esa transformación es lo que le dará, le conferirá una mirada nueva, llenará su mirada con la luz indispensable para comprender el sentido de las Escrituras, para llegar, a través de las Escrituras a la Presencia misma de Dios y para descubrir en Jesucristo al que anuncia la Escritura y que está ahí ante él, pero al que no puede reconocer si no deviene interior a sí mismo.

    Entonces, en el encuentro con Nicodemo tenemos o encontramos el tema de la liberación. "Debes liberarte de tus límites. Tienes que liberarte de tus oscuridades. Tienes que vaciarte de ti mismo. Tienes que dejarte llenar por Dios. Entonces conocerás, no mediante las conclusiones que podrás sacar de la lectura de las Escrituras, sino de experiencia, de un encuentro cuya luz vendrá toda de ser tú mismo transformado por la Presencia que reconocerás como más íntima que lo más íntimo de ti mismo".

    Vuelvo pues a la dirección de pensamiento que ya nos es familiar: a Dios, lo experimentamos; a Dios, lo reconocemos en nuestra liberación. Es la experiencia de Agustín: "Tú estabas dentro y yo, afuera". Cuando Agustín está "dentro" pues no puede constatar que estaba afuera ni darse cuenta de ello sino porque ha pasado de afuera a dentro. Ese cambio radical es pues el que lo pone frente al verdadero Dios que le hace descubrir a Dios como la vida de su vida: "Viva estará mi vida en adelante, toda llena de ti".

    Además, nosotros tampoco dudamos cuando nos dicen: "Ése es un hombre de Dios" o "esa mujer está llena de Dios". No dudamos un segundo. Si ese hombre o esa mujer no están vacíos de sí mismos, si no están totalmente despojados de su yo propietario, el caso queda juzgado y terminado. Sólo reconocemos la Presencia de Dios en alguien en la medida en que se ha vaciado de sí mismo y por lo mismo, en que se ha liberado totalmente de sí.

    Al menos en esa dirección dirigimos la mirada y a través de ese criterio, de esa piedra de toque, es como comprobamos la santidad de un ser humano. No nos engañan con gestos, no nos engañan con palabras. Lo que nos garantiza que se trata de un hombre o de una mujer de Dios, es que justamente no está apegado a sí mismo, nos abre un espacio ilimitado, que deviene fermento de liberación para nosotros por estar liberado de sí mismo.

    Y de esa experiencia o de ese punto de partida, de esa experiencia que encontramos siempre por doquiera, en todas las etapas de la vida espiritual, podemos concluir – o podemos traducir, porque es lo mismo finalmente – que Dios sólo puede ser conocido en la historia y por la historia y haciéndose historia". (Continuará)

     

  • 20-21/06/10- ¿Qué significa la divinidad de Jesucristo?

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Carmelo de Matarieh El Cairo, Mayo de 1972: "La Divinidad de Jesucristo". 1ª parte.

    "Un hombre de excepcional inteligencia, nacido cristiano, y que había practicado su cristianismo a través de los sacramentos, hacía esta confidencia a una de sus parientas: "Aun cuando comulgaba todos los días, jamás he creído en la divinidad de Jesucristo". Ahí tienen una posición que parece singular: un cristiano que ha sido ferviente toda su vida, que incluso se ha dedicado con mucha generosidad al servicio de los demás, y que abandona finalmente la práctica sacramental sin abandonar a Dios. Ora con fervor y sin embargo había vivido su cristianismo sin creer en la divinidad de Jesucristo.

    Eso nos permite preguntarnos: ¿Qué significa la divinidad de Jesucristo? Es cierto que la divinidad de Jesucristo está en el centro del cristianismo. Hay una diferencia esencial entre el Islam y el cristianismo porque en el Islam, el profeta Mahoma no ocupa prácticamente ningún lugar. Es simplemente el que recitó el Corán.

    Es simplemente el instrumento de la Revelación, pero su persona y su vida, no tienen ninguna importancia en la más auténtica piedad musulmana. Lo único que importa es el libro, el libro que contiene la Revelación concebida como Palabra de Dios.

    En el cristianismo, al contrario, Cristo está en el centro de todo. Es menos la doctrina de Jesús que su Persona lo que cuenta, y eso es verdad incluso para los cristianos más despegados de la tradición dogmática. Por ejemplo los anglicanos, son totalmente racionalistas, no creen en milagros, ni en la presencia real, y tienen en la mente un cristianismo puramente filosófico, que es más filosofía que cristianismo. También hay teólogos protestantes como Bultman, que es uno de los teólogos más considerables actualmente, hay teólogos protestantes que ven en Jesús un personaje que no tiene casi ningún significado histórico, que esperaba el fin del mundo, que lo anunció y además se equivocó pues el fin del mundo no llegó, que murió trágicamente pero no daba ninguna importancia a su muerte.

    Hay teólogos que hablan de esta manera, que vacían el Evangelio prácticamente de todo contenido y que sin embargo, en su vida, son cristianos, se sienten interpelados por Cristo y conforman su vida finalmente con la Presencia de Cristo que mantienen, no en el pensamiento ya que su pensamiento es totalmente racionalista y reducen a nada su significación histórica, pero la tradición cristiana sigue a pesar de todo en el fondo de su corazón. Recuerdan la infancia, en particular los recuerdos de Navidad, las emociones de niños que pudieron tener, todo eso sigue muy vivo en el fondo de su corazón, y a pesar de toda la contradicción que hay entre sus opiniones de historiadores o de filósofos, siguen siendo cristianos en el sentido que a pesar de eso Cristo está en el centro de su vida.

    Es pues cierto que no se puede ser cristiano sin admitir implícitamente al menos la divinidad de Jesucristo. Sin la divinidad de Jesucristo, el cristianismo queda vacío de toda sustancia y es cierto que los protestantes liberales que se manifestaron a lo largo del siglo 19 sobre todo en Alemania, los protestantes liberales que redujeron a Jesús a un hombre que revela la paternidad de Dios, que nos invita a amar a Dios, a encontrarnos en el amor de Dios, pero que es un hombre, con dones indudables desde el punto de vista religioso, esos mismos protestantes habrían cesado completamente de ser cristianos si no los hubieran sostenido la sensibilidad cristiana, la religión de su infancia, las fórmulas litúrgicas que encontraban en los manuales de su Iglesia.

    Un pastor totalmente racionalista como Harnack, un pastor que veía en el dogma un principio de división, que veía en el dogma una fuente de guerras de religión, que deseaba reducir el cristianismo a una pura afirmación del amor de Dios sin implicar absolutamente la divinidad de Jesucristo, pero encontraba en los libros litúrgicos de su Iglesia esa afirmación y no podía celebrar un culto en su Iglesia sin estar penetrado por la fe de su Iglesia.

    No hay pues duda posible en este aspecto. Sólo admitiendo la divinidad de Jesucristo pudo el cristianismo hacer de Jesús el centro de su fe, de su amor y de su culto. En san Pablo, cuya vida entera se realiza en Cristo Jesús, vemos bien que Jesús juega en su vida. Jesús es su absoluto. Jesús el centro. Jesús es todo. Jesús es la vida. En Jesús triunfa san Pablo de todas las pruebas y de la misma muerte.

    Pero aunque eso es incontrovertible, es muy difícil expresar en palabras humanas la experiencia de la divinidad de Jesucristo y cuando uno trata de expresarla, se encuentra con dificultades difícilmente superables. (Continuará)

     

  • 18-19/06/10 – ¿Qué haría Jesús en mi lugar?

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} "Ser cristiano es devenir Jesús", conferencia pronunciada en el Carmelo de Matarieh (El Cairo) en mayo/junio de 1967. 3ª parte.

    Sea cual fuere el estado de la sociedad eclesial, sea cual fuere la conducta de los miembros de la jerarquía, digamos... apostólica – pues recibió la sucesión apostólica – la jerarquía que será siempre, quiéralo o no, puro sacramento de la Presencia del Señor – sea cual fuere su comportamiento: el nuéstro no tiene que regirse por el suyo, nuestra misión de cristianos es necesaria y radicalmente siempre ésa: ser Jesús.

    Sólo podemos llegar a nosotros, en cuanto bautizados y confirmados, sólo podemos llegar a nosotros mediante la persona de Jesucristo pues justamente por el bautismo y la confirmación, por el sacramento de la iniciación, hemos sido desposeídos de nosotros mismos, hemos sido injertados en la persona de nuestro Señor, en todo nuestro ser, para que nuestra Presencia sea realmente su Presencia, de suerte que nuestra conducta sólo puede regirse finalmente modelándose a cada instante según el rostro de Jesús.

    ¿Qué haría Jesús en mi lugar? ¿Qué diría Jesús en mi lugar? ¿Cuál sería el comportamiento de Jesús en mi lugar? Nuestra regla es la persona de nuestro Señor. No estamos reducidos a conformarnos con normas, con reglas abstractas. Tenemos que identificarnos con la persona eternamente viva que es la persona de nuestro Señor.

    Y ése es el principio de nuestra conversión. Ése debe ser al menos el principio de nuestra conversión: a cada instante, ser Jesús. Cualquiera que haya sido mi conducta hasta ahora, cualesquiera que hayan sido mis infidelidades, ¡qué importa! No tengo que apreciar mi vida desde mi punto de vista. Tengo que cumplir esta misión, consustancial a mi bautismo, ser Jesús. Entonces, si no lo he sido, ¡apresurarme a serlo ya que ése es el único problema!

    "Les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito, el Espíritu Santo no vendrá a ustedes". El fracaso, como acabamos de verlo, viene precisamente de que los apóstoles, a pesar de que en cierto modo amaban a Jesús apasionadamente, no lograron realmente estar presentes a su humanidad-sacramento. La Iglesia nace en el fuego de Pentecostés, del nacimiento de ellos a Jesús en la intimidad de su corazón transfigurado: su misión tendrá éxito en cuanto sean para los demás la revelación de la Presencia de Jesús y la suerte de la Iglesia estará unida hasta el fin de los siglos a esa transparencia de los miembros de la Iglesia a la persona del Señor.

    Y henos ahí confrontados con la exigencia fundamental en que se resume toda la perfección, toda nuestra vocación y toda la misión eclesial: ser Jesús. El espejo de la perfección es Jesús. De modo que todos los santos auténticos lo fueron en la medida en que dieron constantemente la impresión de que su Presencia era la Presencia de Otro y de que, a través de ellos, uno comulgaba con la Presencia divina. No tenemos más que hacer.

    Pidamos al Señor la gracia de volvernos la espalda a nosotros mismos, de no considerar lo que somos, de olvidar incluso nuestras faltas para desaparecer completamente en Él, a fin de que nuestra vida sea verdaderamente la Presencia de Jesús.

    La Presencia eucarística misma no es suficiente. Tendremos la ocasión de hablar de ella. Pero evidentemente no es suficiente. No basta encerrar la hostia en un tabernáculo para que el mundo se transforme. Es necesario vivir la Eucaristía. Transformarnos en eucaristía nosotros para que la Presencia eucarística dé sus frutos.

    El Padre de Foucauld pensaba que su misión era justamente suscitar la Presencia eucarística en medio de los Tuaregs, en medio del desierto de la naturaleza y de las almas, y de las almas, pero si él no hubiera estado ardiendo de amor por el Señor, la evocación de la Presencia eucarística no habría tenido significación alguna.

    En último término, la hostia somos nosotros, nosotros mismos… La eucaristía debe transformarnos en Jesús y en la medida en que la transformación es real nosotros somos auténticamente cristianos. No perdamos el tiempo preguntándonos hasta qué punto hemos traicionado a Dios o en qué medida hemos realizado su Presencia en nosotros.

    Todo comienza hoy. Estamos en el fuego del Espíritu. Estamos en el misterio de Pentecostés: la Iglesia nace, o puede nacer. En todo caso quiere nacer hoy en nuestros corazones para comenzar de nuevo, entonces no tenemos sino que inscribir en la luz de los dones del Espíritu Santo derramado sobre nosotros, no tenemos sino que inscribir esta frasecita que lo dice todo: "Yo soy Jesús".

    Pidámosle a la Santísima Virgen, que había implorado con los apóstoles la efusión del Espíritu Santo, pidámosle que inscriba en nosotros esa luz inmensa: ser Jesús. San Agustín que alimentaba a su pueblo de Hipona con sus frecuentes sermones tan sustanciosos, tan profundos y tan bien adaptados a su auditorio, no temía decirles, aunque no eran genios como él: "Ustedes saben, ustedes comprenden, hermanos, que no solamente fuimos hechos cristianos, sino que fuimos hechos Cristo". Era la manera más hermosa de rendirles homenaje y de grabar en su corazón lo esencial de su vocación de bautizados: "No solamente fuimos hechos cristianos, sino que fuimos hechos Cristo". ¡Qué verdad es!

    Entonces alegrémonos. No se trata de nuestra perfección ni de nuestra salvación, sino de Él, cuya Presencia es la única que puede mediatizar, significar y comunicar la Presencia y, si, como se debe, nos damos como campo de acción el mundo entero, si pensamos que ser cristiano es necesariamente ser universal, tendremos de que llenar nuestros días hasta hacerlos desbordar, ya que debemos comunicar esa Presencia, por medio de la nuéstra; a todo el universo, a toda la creación, si es verdad que toda nuestra vida está encerrada, comprendida, esclarecida e iluminada por esa frasecita: "Yo soy Jesús". (Fin)

     

  • 18/06/10 - La vida del cristiano se realiza en Cristo Jesús.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} "Ser cristiano es devenir Jesús", conferencia pronunciada en el Carmelo de Matarieh (El Cairo) en mayo/junio de 1967. 3ª parte.

    No se puede decir mejor que la vida del cristiano es la persona de Jesucristo, como lo expresa además de otro modo en la Epístola a los Gálatas el mismo apóstol: "Y ahora no soy yo el que vive, ya no soy yo el que vive, sino Cristo el que vive en mí" (Gal. 2:20). Por eso en sus epístolas Pablo exclama con tanta frecuencia: "En Cristo Jesús". En Cristo Jesús, porque toda la vida del cristiano se realiza en Cristo Jesús.

    Jesucristo nos lleva a repetir que la vida del cristiano es necesaria y esencialmente mística, es vida de identificación con nuestro Señor, vida que se resume en las palabras dichas por nuestro Señor a Saulo: "Yo soy Jesús".

    Toda la libertad cristiana está en esta afirmación. El cristiano sólo depende de Jesús, que es su libertad soberana, ya que en Jesús encuentra el desprendimiento y la humildad eterna de Dios mismo. Si vivimos auténticamente el misterio de Jesús en la Iglesia no tendremos que embarazarnos mucho tiempo con las normas y las reglas de la percepción: se nos dan en esta frasecita: "Yo soy Jesús".

    "Queremos ver a Jesús", dicen los griegos en los últimos días de nuestro Señor, antes de la pasión. "Queremos ver a Jesús" (Jn. 12:21). Es lo que no cesa de reclamar el mundo, lo que quiere es ver a Jesús, no que le hablen de Jesús – ya le han hablado tanto, vacía e inútilmente – lo que quiere es "ver a Jesús", encontrarlo en persona porque sólo en Jesús puede ser liberado de sí mismo, sólo en él puede constituirse una verdadera humanidad.

    Los hombres fueron "separadas por el pecado", como dice la oración de la fiesta de Cristo Rey, se separaron por el pecado, se separaron unos de otros por el "yo" cómplice que nos encierra a cada uno en sí mismo, de suerte que aunque estemos aglutinados, revueltos, unos con otros, aunque estemos sin cesar en contacto unos con otros, aunque la humanidad constituya una unidad biológicamente, por la carne y la sangre, hace falta que constituya una unidad por el espíritu, que asuma a todos los demás haciendo de su vida un espacio ilimitado, y eso es justamente lo que debe realizar el misterio de la Iglesia: una sociedad humana fundada en la circulación de la Presencia del Espíritu Santo, en que cada uno es el centro de la unidad, porque cada uno es Presencia infinita ofrecida a todos los demás, porque cada uno se ha transformado en Jesús. En ese momento existirá plenamente la Iglesia…

    En ese momento se realizará la humanidad en toda su universalidad y esa es precisamente nuestra misión, sea cual fuere nuestra función en la Iglesia. Nuestra misión es la misma: ser Jesús.

    Así vemos bien que estamos llamados a una renuncia radical de nosotros mismos, y que esa es nuestra única misión, la renuncia radical que hará de nuestra vida el sacramento diáfano de la vida de Jesús.

    Y esto simplifica enormemente la visión de la vida auténticamente cristiana: se trata únicamente de realizar a Cristo en nosotros, no de combatir nuestros defectos bajo uno u otro aspecto, ni de adquirir tal o cual virtud mediante un proceso laborioso – sin duda que es necesario hacer todo eso, que es indispensable – pero sólo estaremos en el centro de nuestra vocación en la medida en que tomemos conciencia de que no hacemos nada útil, que la única acción útil es devenir la Presencia misma de Jesús para los demás.

    No hay otro apostolado concebible, no hay otra acción eficaz sino esa acción de una Presencia auténtica. Justamente porque estamos en un mundo interpersonal, justamente porque se trata de asimilar la intimidad de Dios que es puro interior, justamente por eso, el apostolado sólo puede consistir en la comunicación de la Presencia de Jesús mediante nuestra Presencia. El que está presente a Dios, el que respira la vida divina, el que la vive en todas las fibras de su ser, está necesariamente presente al mundo entero. Obra en todas partes, derrumba todos los muros de separación y no hay quien no beneficie del resplandor de su existencia. Claro que los hombres pueden ignorarlo. Él mismo no sabe hasta donde puede extenderse su acción, ¡y no necesita saberlo! Pero el hecho mismo de ser Presencia real concierne el universo entero y contribuye a unificar toda la creación.

    El éxito del Señor, la fecundidad misma de su misión, está pues ligada finalmente a nuestra Presencia. Nada se puede realizar sin la mediación humana y por eso nuestra fidelidad no nos concierne en primer lugar. Lo importante para nuestra vocación no es la perfección sino la vida de la humanidad, el destino de los demás, el sentido del universo, de toda la creación, es ante todo y esencialmente la vida del Señor en el universo y en la humanidad.

    Entonces, si nos falta generosidad, si no realizamos nuestra identificación con Jesús, nos oponemos al Reino de Dios y constituimos el obstáculo más terrible a su difusión. Eso es lo que espera de nosotros el mundo: Jesús. Tenemos pues que devenir Jesús para realizar la obra de Jesús. (Continuará).

     

  • 17/06/10 - "Yo soy Jesús".

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} "Ser cristiano es devenir Jesús", conferencia pronunciada en el Carmelo de Matarieh (El Cairo) en mayo/junio de 1967. 2ª parte.

    Toda esta mediación se puede dividir en dos tiempos, de cierto modo, se puede presentar bajo dos aspectos: el aspecto sacramento, el cual de todos modos despoja de sí mismos a los apóstoles aunque no lo quieran, pues justamente su misión es radicalmente una dimisión. Ellos sólo dan testimonio de Jesús eclipsándose en él y sólo pueden comunicar la vida y la gracia de Jesús en virtud de un poder recibido de él, y que sólo pueden ejercer por él, eclipsándose en él y para llevar a él.

    Aunque no lo quisieran, así será. No tienen ninguna posibilidad de apropiarse ese poder sin perderlo inmediatamente. Es lo que Pedro significa cuando Simón el Mago pretende comprarle el poder de conferir el Espíritu Santo (He. 13:6-12). En el rechazo indignado que opone a ese negocio escandaloso testifica que no puede disponer del Espíritu Santo, para negociarlo porque justamente ese poder reside totalmente en la persona de Jesús y él es un canal para ejercerlo sólo en la medida en que se comporta como sacramento de Jesús. Todo su poder reside pues en su eclipsamiento y dimisión.

    Ese es el aspecto sacramental en que el poder del apóstol, el poder de la Iglesia aparece esencialmente como ligado a la persona y la Presencia de Jesús. De suerte que quienes se rinden a la palabra de los apóstoles, quienes la reciben y la aceptan, se unen inmediata, única y exclusivamente a la Persona y a la Presencia de nuestro Señor. Están libres del hombre que anuncia y comunica la palabra, el cual es instrumento y sacramento de esa vida y de esa gracia. Están completamente liberados de él, y son llamados a liberarse de sí mismos.

    Pero evidentemente la garantía de la libertad, que está a la base del poder del apóstol y de la Iglesia, esa liberación esencial no tendría ningún sentido si no desembocara en una dimisión de toda la vida en la persona del apóstol y en la persona de aquellos a quienes se dirige.

    Finalmente, el fracaso de Cristo sería completo si la mediación sacramental no estuviera acompañada de una mediación personal, es decir si no respondiera a la Presencia de Jesucristo ofrecida eternamente a la humanidad, la Presencia humana que mediatiza, que significa, que llama y comunica esa Presencia. No habría Iglesia. Finalmente, no habría Iglesia sin la Presencia humana que hace sensible la Presencia de Jesús en la vida cotidiana.

    Y eso es lo que nos concierne personalmente, sea cual fuere nuestra situación en la Iglesia, sea cual fuere la función que tenemos que realizar en ella, ya seamos sacerdotes o laicos, religiosos o viviendo en lo que llamamos "el mundo": no podemos ser cristianos sino en la medida en que aportamos a Jesús nuestra Presencia y en que nuestra Presencia deviene signo vivo y manifestación visible de la suya.

    Eso quiere decir que el sacramento eclesial – el sacramento que es la Iglesia misma – sólo puede cumplir su misión en la medida en que nosotros lo vivimos místicamente, interiormente, y en que nuestra vida significa y comunica la Presencia de Jesús.

    Eso quiere decir que es lo mismo ser cristiano y dar testimonio de la Presencia de Jesús y comunicarla. Quiere decir que la vida mística es consustancial con la vida cristiana. No significa nada recibir el bautismo o la confirmación o la Eucaristía, no significa nada si no nos unimos así con la persona de nuestro Señor para vivir de ella, para testimoniar de ella y para comunicarla. Estar inscrito en un registro o participar en ritos sin vivir de ellos es renovar el fracaso de nuestro Señor, es ponerlo de nuevo fuera de nosotros, y delante de nosotros, en vez de llevarlo dentro. Pero sólo el acceso a nuestro Señor por dentro puede ponernos en contacto con él, establecer el contacto entre él y nosotros, enraizar su Presencia en la historia humana.

    De modo que finalmente la vocación del cristiano puede resumirse en las palabras que nuestro Señor dijo a Saulo a las puertas de Damasco: "Yo soy Jesús"… Toda la vida del cristiano está resumida en esta frasecita: "Yo soy Jesús". San Pablo mismo, que vivió tan apasionada y profundamente el misterio de Jesús, resume su vida en la Epístola a los Filipenses diciendo: "Para mí, la vida es Cristo" (Fil. 1:21). (Continuará)

     

  • 14-15/06/10 – Creo en la vida del Otro en mí.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Homilía en Nuestra Señora del Valensín, Lausana, en enero de 1955

    "Un cura anciano, viñador, con un rostro hermoso esculpido por la tierra y el sol, me preguntó con gravedad el año pasado: "¿En fin de cuentas, existe el infierno? ¿Corremos realmente ese riesgo? – Pero, le dije, ante la Cruz de Nuestro Señor, me parece que esa no es la cuestión que debemos plantearnos. Ante la cruz de Nuestro Señor, es claro que es Dios y no nosotros el que corre todo el riesgo. - ¡No! Dijo él, Nuestro Señor ya terminó, Él murió una vez por todas y resucitó. Dios está seguro de su suerte y no tiene necesidad de nosotros. Lo que me importa, lo que me inquieta, es el destino mío. ¿Qué va a ser de mí en la otra vida? ¿Cree usted que existe otra vida? – Otra vida no me interesa, le respondí yo. Yo creo en la vida de Otro en mí, la vida de Otro. Esa es la verdadera cuestión.

    ¡Creo en la vida de Otro! Porque la vida eterna es la vida de Otro en mí. Y esa vida de Otro está confiada a mi vida. Y ese es el verdadero problema, esa es la verdadera cuestión, ese es el riesgo infinito. Creo que Otro vive en mi vida.

    Si fuéramos insectos, hormigas, nuestra vida sería un cero perfecto completo, si no fuera más que nuestra, si todo gravitara alrededor del pequeño yo, que no es más que un grumo cósmico.

    Lo que hace grande y patético la vida humana, es que en esa vida se juega una tragedia divina, en mi vida está y se juega la vida de Otro. Toda la historia tiene su centro en ese drama divino. ¿Cómo podría yo ocuparme de mí mismo? ¿Dónde situar el yo? ¿Qué importancia atribuirle? ¿Cómo entusiasmarme por mi existencia si no fuera más que yo mismo? Eso es lo que hay que salvar: la vida de Otro que está confiada a mi amor.

    El monje asesinado que tuvo tiempo de gritarle al asesino: "¡Tú también llevas a Dios dentro de ti!", ese monje iba al centro del Evangelio. Para Él, morir no era nada. Él moría, pero Dios no moría en él y el último grito de su vida era la afirmación de su vida divina. Más aún, era la revelación de la vida divina de su asesino, que lo salvaría del crimen, que lo haría volver a sí mismo, que le iba a revelar su real humanidad, a darle a su existencia una dimensión infinita.

    Así podría resumir toda mi fe, esa es realmente. Si pudiera resumirla en palabras: creo en la vida de Otro en mí, creo en el infinito riesgo que corre Dios en mí, creo en la tragedia eterna del amor crucificado, ¡creo en la fragilidad de Dios, precisamente porque si no existe nada más fuerte que el amor, tampoco existe nada más frágil!

    Nuestro egoísmo es evidente: la fiera interior no cesa de surgir. Estamos continuamente en el camino de nuestra gravedad. La maravilla es que de vez en cuando surja la luz de esa Presencia infinita, que seamos de pronto rebasados por ella, invadidos, transfigurados, que no expresemos nuestros pequeños intereses que ni siquiera nos apasionan y que al menos por un instante no seamos sino un impulso hacia ese Otro que nos habita y que es la vida de nuestra vida.

    Esa es la única esperanza de nuestra existencia: ese tesoro confiado a nuestra vida, esa posibilidad de despegar de sí mismo, de perderse en el Otro y de ser testimonio de Jesucristo hasta el final.

    Una tarde de verano, cuando se incendiaban las montañas en el esplendor del poniente, cuando toda la naturaleza se recogía en la paz de la noche, cuando el lago estaba perfectamente tranquilo y participaba en toda la inmensa transfiguración en que todas las cosas se sumergen en la luz y la paz, cuando yo me dejaba ir espontáneamente contemplando el universo que se recogía en Dios, cuando yo sentía, cuando yo respiraba la Presencia que nos libera de nosotros mismos haciéndonos realmente presentes a nosotros, haciendo de nuestra vida una ofrenda, un don, un verdadero presente, de repente un gramófono imbécil vomitó "berridos de París". En un instante todo se derrumbó, toda la naturaleza quedó en caos, toda la Presencia se eclipsó porque aunque nos penetre hasta el fondo y nos libere y nos ilumine y nos calme, también es de fragilidad infinita y el menor ruido puede disiparla.

    Es una imagen, una parábola del verdadero Dios, tan fuerte, tan presente íntimamente, tan únicamente revelador del hombre y del universo, y sin embargo un soplo, un soplo es suficiente para alejarlo y eclipsarlo. Y tomar conciencia de esa fragilidad, sentir que llevamos esa responsabilidad es suficiente: no hay más problema que salvar en nosotros esa vida de Otro, volver siempre a esa maravillosa luz: ¡no estoy solo dentro de mí, lo importante no soy yo, sino él, que es la vida eterna!

    Un día estaba yo en Limoges reemplazando a un sacerdote enfermo durante una Cuaresma. Eran los comienzos de la Acción Católica, y una noche me habían invitado a hablar en un hotel, a unos hombres que veía por primera vez. Eran unos 250, y estábamos confrontados unos a otros, y yo quería decirles cosas necesarias. Quería precisamente tratar de llevarlos al punto de vista central del Evangelio: no se trata de nosotros, sino de Él; no se trata de salvarnos, sino de salvar a Dios de nosotros. ¿Cómo decírselo? ¿Cómo llegar a ellos inmediatamente sin escandalizar a los teólogos o al obispo de Limoges, el anciano obispo que estaba presente?

    Entonces recurrí a esta parábola muy sencilla: la epopeya de Juana de Arco. Juana de Arco, pequeña campesina, que se siente de repente responsable del Reino. ¡Es locura! Y sin embargo, irá hasta el final de su vocación. Ella identificará al rey escondido entre sus cortesanos, ella hará levantar el sitio de Orleans, ella conducirá al delfín a su consagración en la catedral de Chartres. Va a morir ciertamente como víctima de su vocación, pero realizará hasta el final el don total de sí misma.

    ¡Pues eso es! Ése es Dios: el Rey escondido entre nosotros. No lo identificamos bajo las sombras de la vida cotidiana que nos Lo ocultan. Pero nuestro amor debe reconocerlo y llevarlo interiormente al lugar de su consagración. ¡Y el tema de la salvación de Dios tomaba cuerpo en esa parábola ejemplar!

    Y tomando la palabra el anciano Obispo de Limoges dijo: "¡Qué deseos me dan, qué deseos me dan de repetir cada frase! ¡Qué verdad! ¡Qué verdad!" Y pensar que ese anciano, que era realmente un hombre de Dios, reconoció inmediatamente bajo el nuevo lenguaje la expresión del Evangelio eterno, o al menos una referencia infinitamente impresionante.

    Es cierto que así es. Es cierto que la Buena Nueva del Evangelio no consiste en prometernos algo que vamos a tocar, no es un consuelo, un refugio, una especie de opio contra el dolor o la muerte. Es algo inmenso, infinitamente viril, algo que se dirige a lo más alto de nuestra inteligencia y nuestro corazón, algo que apela a nuestra generosidad.

    Dios se les entrega, ¡hagan lo que quieran! Dios está en sus manos, Él corre todos los riesgos. Pueden matarlo, está indefenso. Pueden crucificarlo, está sin apelación. Cree en ustedes, ¡eso es todo!

    Eso traté de decir al cura viñador: es necesario cambiar todas las perspectivas o mejor, simplemente, hay que mirar la cruz! Y en la cruz, nuestra única esperanza, leer el corazón de Dios.

    ¡Ese es Dios! No es una amenaza emboscada al recodo del camino. Es los dos brazos del amor que sólo ustedes pueden liberar. Porque si va a resucitar, sólo puede hacerlo en la vida de ustedes, en su corazón, en su amor. Entonces no necesito ocuparme de mi destino, del más allá. Hay algo mucho más urgente ahora: tengo que ocuparme de la Otra Vida que vive en mí, de la Vida confiada a mi vida, de la Vida que da a mi existencia su verdadera dimensión: es una dimensión de generosidad como lo sugieren las palabras que leí sobre una tumba: "¡el hombre, el hombre es la esperanza de Dios!"

     

  • 16/06/10 – ¿Porqué fracasó nuestro Señor de esa manera?

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} La conferencia "Ser cristiano es devenir Jesús" fue pronunciada en el Carmelo de Matarieh (El Cairo) en mayo/junio de 1967.

    "Les conviene que yo me vaya, dijo nuestro Señor, les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito, el Espíritu Santo no vendrá a ustedes" (Juan 16,7). En estas palabras de sus últimas charlas con sus discípulos, según el evangelio de san Juan, nuestro Señor reconoce su fracaso. En efecto, no hay confesión más explícita que esa: "Les conviene que yo me vaya, pues soy obstáculo para ustedes, obstáculo para la venida del Espíritu Santo".

    ¿Porqué fracasó nuestro Señor de esa manera? Evidentemente, porque los apóstoles, viéndolo presente, no lo veían dentro de ellos. Es decir que no reconocieron el carácter sacramental de su humanidad. No veían más allá de su humanidad. Por eso unían a la humanidad de nuestro Señor los sueños que llenaban su imaginación y su corazón. Lo veían como deseaban que fuera, conforme a sus deseos y ambiciones.

    En efecto, nuestro Señor escapa necesariamente a quien lo mire desde afuera. De modo que finalmente nadie lo vio, excepto la Santísima Virgen, nadie lo vio en su realidad esencial, ni sus amigos ni sus enemigos, ni los que lo siguieron con amor y entusiasmo, ni los que lo persiguieron, ni los que lo juzgaron y condenaron.

    Es muy cierto que en Jesús entró de manera definitiva la Presencia de Dios en la historia. Es muy cierto que la humanidad de nuestro Señor es la suprema revelación de Dios, precisamente por estar totalmente eclipsada, sólo se ve el desapego subsistente y eterno que es la personalidad del Hijo de Dios, no hay revelación que pueda ir más allá que la revelación que se nos comunica por este supremo despojamiento.

    Siempre habrá que recurrir a Jesucristo. Siempre habrá que volverse hacia Jesucristo para obtener la verdadera visión del rostro de Dios. Pero para encontrar esa revelación suprema hay que hacerse presente a Jesucristo.

    En el universo interpersonal encontramos la ley del universo interpersonal, en el universo fundado sobre la comunicación de personas, sobre el intercambio de sus intimidades. El contacto sólo es posible a través del don de sí mismo, y mientras más perfecto sea el don más perfecto es el conocimiento, y si falta el don no hay conocimiento posible.

    Y eso es justamente lo que explica el fracaso de nuestro Señor, expresado en esas palabras conmovedoras: "Les conviene que yo me vaya pues si no me voy el Espíritu Santo no vendrá a ustedes"

    La vida de nuestro Señor quedaría sin ninguna consecuencia, sin ningún efecto, si no reviviera en el corazón de aquellos a quienes había escogido para continuar su misión y eso es justamente lo que constituye el carácter tan dramático de sus últimos instantes: él va a desaparecer, va a cesar de estar visible, va a atravesar la muerte, y aunque triunfe de la muerte, aunque la venza por la Resurrección, la Resurrección misma, ya lo hemos señalado, es reservada y sólo tiene por testigos a los discípulos, los cuales no entendieron nada y hasta el día de la Ascensión conservaron el antiguo sueño de una restauración de Israel.

    El milagro de Pentecostés va a decidir todo, pues mediante la efusión del Espíritu Santo, que se apodera del alma de los apóstoles, mediante la efusión del Espíritu, los apóstoles devienen presentes a Jesús y, dejando de verlo como un personaje exterior a ellos, lo van a ver como la vida de su vida, lo van a ver como interior a ellos mismos.

    Pero viéndolo en su interior, como la fuente misma de su misión, como la luz misma que ellos comunican, como la gracia que difunden, en fin, como la única Presencia que legitima y da eficacia su acción, viendo a Jesús como interior a ellos mismos, se van a ver como sacramentos de Jesús. Se van a ver como despojados de sí mismos para ser sólo signos vivos que significan o atestiguan su Presencia y la comunican.

    Así, a través de ellos, aparece inmediatamente la Iglesia como una sociedad mística, como sociedad sacramental en que el hombre se eclipsa totalmente en la Presencia de Jesucristo. Ese carácter sacramental de la Iglesia, que hemos visto miles de veces que se anuncia en la visión que transforma a Saulo en Pablo, que hace del perseguidor un apóstol: "Yo soy Jesús a quien tú persigues". Así entra Jesús en la historia, mediante el misterio de la Iglesia, por la mediación sacramental de los hombres que escogió para continuar su misión.

    Es decir que, finalmente, una Presencia humana es indispensable para acoger la Presencia divina, que se ofrece en persona a la humanidad en Jesucristo y, sin la Presencia mediadora del hombre, primero de los Apóstoles, de aquellos a quienes impongan las manos y de todos los que crean en la Palabra de Jesús mediante la de ellos, sin mediación humana, sin la mediación de una Presencia humana, no sucedería nada".

  • 13/06/10. La justicia supone una visión del hombre revestido de su dignidad infinita.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Cenáculo de París, 3 de febrero de 1974 – 4ª conferencia: la Santísima Trinidad, fuente del misterio del hombre.

    "Existe pues otro aspecto de la pasión, de la pasión de la justicia, que es también reivindicación del valor. Quiero ser tratado como los demás, o quiero que los demás sean tratados como yo. Rehúso la desigualdad de principio que da primacías a unos sobre otros, sin que tengan que hacer nada por adquirirlos. Existe un instinto de justicia que quiere expresarse de manera generosa y apasionada a la vez, y movilizar a seres que comprometan su vida misma por el triunfo de la causa en que militan.

    Ahí también es indispensable el modelo trinitario. En efecto, no hay que olvidar que la justicia no puede ser en un solo sentido, que la justicia no puede ser parcial, que no puede inclinarse hacia un solo lado y que la justicia no tiene sentido si el hombre es producto del azar. La justicia supone una visión del hombre revestido de su dignidad humana. En efecto, si en cada uno existe la misma presencia divina, si cada uno es portador de Dios, si la revelación de Dios está confiada a cada uno, lo criminal es poner a un hombre, aunque sea uno solo, en condiciones tales que no pueda expresar la vida del espíritu, que esté tan condicionado por las cargas materiales que lo sumergen que no pueda conocer la respiración de luz y de amor en que se revela la presencia de Dios. La justicia es pues la reivindicación para todos de la capacidad de devenir santuario de esa Presencia.

    Y es lo que parece tan paradójico en el marxismo, quiero decir en principio, es el desconocimiento de la interioridad única, que es el verdadero bien común, como una música que nos reúne en la medida en que cada uno la vive. Nos reúne tanto más cuanto que cada uno la vive en lo más íntimo suyo, como los bienes del espíritu sólo pueden circular si son vividos, y un maestro enseñar si posee primero la disciplina y la comunica tanto mejor cuanto más se alimente de ella.

    Lo sorprendente es justamente el desconocimiento de la interioridad del hombre. Toda la civilización, toda la construcción de la Sociedad, debería estar ordenada a la posibilidad de la expresión totalmente personal en el sentido de que se trata de una liberación en lo más profundo del ser; porque si la liberación en lo más profundo del ser es lo que va a ejercer el contagio a su derredor sobre toda la humanidad, si no es eso lo que se quiere preservar, entonces se llega a una justicia de clase, y precisamente se veía recientemente en China popular el rechazo de Mozart, de Beethoven, de Schubert, como artistas burgueses cuya música sólo expresa el espíritu de su clase. Si el espíritu de clase ha de ser la única legitimación de la actividad humana, todos los que no sean de la clase quedan excluidos, y el espíritu de clase moviliza finalmente un instinto gregario que va a contracorriente de una liberación auténtica.

    Es claro que no se trata de repetir continuamente la palabra revolución para estar en la corriente sino de comprender el riesgo que conlleva, es necesario comprender que toda revolución que no se realiza desde adentro para llegar precisamente a la afirmación del espíritu en lo más íntimo de cada uno, está condenada al fracaso y a provocar innumerables catástrofes.

    Justamente, para que tengamos que realizar el modelo divino, quiero decir que el modelo divino es el único que puede iluminar nuestras realizaciones, ya que la suprema grandeza es interior, es la evacuación de sí mismo, la liberación de sí mismo en un amor sin fronteras. Es evidentemente en esa dirección que se debe realizar toda revolución auténtica, sin despreciar a nadie, sin excluir a nadie, cambiando las estructuras de modo que todos puedan reconocer su humanidad y desarrollarla sin fin en la línea de la liberación que brilla en la Trinidad divina.

    Es pues posible una moral, una moral de interioridad, una moral de la liberación que exige todo, siempre y a cada instante, ya que se sitúa a la raíz de la persona y que el yo es el centro de gravedad de toda nuestra existencia y nuestra acción, es posible una moral pero deviene finalmente mística: se trata de mirar el rostro adorable impreso en lo más hondo de nuestros corazones, el rostro del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.

    Mirando a ese Dios es como nos liberamos más profundamente, ya que entramos en el ritmo mismo de la personalización divina, que es pura relación. Y todo eso no tiene nada de quimérico ya que esa luz suprema ilumina nuestras bases más íntimas y nos permite afirmar cada una de nuestras pasiones, pero rectificadas, interiorizadas, para hacer de todo el organismo, de todas esas pulsiones, el teclado de las virtudes". (Fin)

     

     

  • 11-12/06/10 – Hacer de las pasiones el teclado de las virtudes.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Cenáculo de París, febrero 3 del 74. 4ª conferencia: La Santísima Trinidad, fuente del misterio del hombre. 5ª parte

    "Otro aspecto del haz de deseos y codicias es lo que san Pablo, o al menos san Juan nombra en primer lugar, la codicia de la carne, y no es necesario subrayar que el erotismo es ahora desbordante y que quien quiera estar a la moda debe renunciar absolutamente a los tabúes sexuales: ¡ya no hay tabúes! ¿Para qué? ¿Porqué no ejercer una función tan natural abiertamente, sin ningún límite?

    Ahí es donde la Trinidad divina va a proyectar la luz más profunda sobre nuestras raíces biológicas, porque la Trinidad es trinidad: hay tres personas.

    La desapropiación justamente, comporta a la vez sobre conocimiento y amor. El acto de conocimiento surge entre el Padre y el Hijo en una desapropiación radical, y el acto de amar surge entre el Padre y el Hijo por una parte y el Espíritu Santo por la otra. Es decir que toda la acción divina es desapropiada en la mirada hacia el Otro, y eso constituye toda la personalidad en Dios.

    Y ahí es justamente donde vamos a encontrar el equilibrio del amor humano, si lo consideramos como trinitario. Y es fácil considerarlo como trinitario a partir de la morfología sexual misma, a partir de los elementos que constituyen el origen mismo de nuestra vida. Todos fuimos un huevo fecundado, es decir un óvulo fecundado por un espermatozoide. Ahí comenzó nuestro camino, y en la diferencia de sexos se encuentra precisamente la ordenación hacia estos elementos, el óvulo y el espermatozoide que se deben conjugar para que nazca y se desarrolle la vida.

    Es claro que la mera toma de conciencia de que el espermatozoide y el óvulo son el principio o están a la base de una tercera persona, constituye una dimensión prodigiosa.

    El adolescente convencido, o la adolescente convencida de que los gérmenes que se desarrollan en él o en ella son alguien, de que hay una tercera persona, de que ahí existe una ordenación hacia el hijo, de que ahí está todo el misterio de la creación de una humanidad que quiere brotar del amor, todo eso transforma la mirada. No puedo disponer de una tercera persona que ya está virtualmente confiada a mi organismo y a mi amor.

    Y siguiendo esta línea, se ve en efecto que toda la morfología sexual de una y otra parte, en el hombre y en la mujer, dibuja precisamente el impulso hacia el hijo. La tercera persona ilumina entonces a las otras dos focalizando su mirada sobre el nuevo rostro desconocido que los dos consortes llevan en sí.

    La herejía del amor es justamente no haber realizado la Trinidad. La herejía del amor es haberse detenido en el dúo: todas las canciones de amor hablan de un dúo, no hablan jamás de la tercera persona y eso provoca la perversión suprema, porque la libertad sólo puede surgir ante el infinito, y que sólo a la luz de la persona escapamos al embrujo de la especie.

    Si la sexualidad se limita al dúo, evidentemente el hombre natural no puede evitarlo, ya que es la ley misma de la generación en todas las especies animales, en particular en las superiores, que las parejas se embriaguen el uno en el otro, sobre todo el macho en la hembra, que se embriaguen el uno en la otra, sin tener la menor conciencia de que no son más que agentes de la generación, que están simplemente al servicio de la especie; no son en absoluto conscientes, sólo tienen una conciencia posesiva, conciencia de su propio gozo, ya que son incapaces de superar las solicitaciones de su ser hormonal.

    El hombre que no ha nacido del espíritu es necesariamente prisionero de la corriente cósmica, sufre el embrujo y el vértigo de la corriente de la especie, y no podría escapar mientras sólo su psiquismo esté en acción, porque como hemos observado con frecuencia, en el hombre el psiquismo es mucho más profundamente sexuado que la fisiología animal, pues justamente es el psiquismo el que debe crear la tendencia, la inclinación a la unión indispensable a la propagación de la especie.

    Existe pues un embrujo del psiquismo que va hasta la ceguera completa, hasta la exclusión total de la generación, aun realizando el acto generador.

    Sólo podemos salir de la línea horizontal, y superar ese embrujo psíquico rompiendo el techo, viendo precisamente que no es la pareja la que está implicada como tal en las relaciones en que los gérmenes de vida están implicados o se intercambian, que hay la tercera persona que les está confiada, que apela a su virginidad, es decir al despojamiento de sí mismos.

    Porque así es como todo hijo quisiera nacer, ningún hijo quisiera ser el precio de un amor que no es suyo, que no lo implica, no quisiera nacer de un olvido, no quisiera nacer de un simple éxtasis en el que no tiene parte, porque entonces nacería del azar, y del azar nace en efecto la mayoría de los hijos.

    Si queremos superar el azar es justamente necesario volver a la Trinidad, la cual comprende tres personas. El cuerpo humano se re-crea interiormente cuando el rostro del hijo se imprime en él, el rostro de todos los  hijos del mundo que podrían surgir de la pareja, el rostro de todos los hijos del mundo confiados a nuestro amor.

    Y eso justamente como exigencia de liberación, pues no hay libertad si no nos liberamos de la especie; si la especie triunfa sobre la persona, no hay persona – el sentido de la castidad es precisamente que la castidad comporta o al menos implica todos los estados, todos los estados, todos los hombres, pues ningún hombre puede ser dispensado de su liberación que lo hace hombre y le confiere su verdadera dimensión. El sentido profundo de la castidad es ése: liberarnos de la especie para asumirla, para interiorizarla, para escapar a una proliferación absurda, pues no se trata de multiplicar individuos al infinito, sino de suscitar personas a las que dedicamos toda nuestra persona.

    Hay una maternidad de la especie, una maternidad de la especie que es espontánea e instintiva, y hay una maternidad de la persona que es infinitamente más esencial, y una paternidad que no es menos necesaria, que concierne justamente la liberación en el niño, respecto de su yo posesivo, liberación a la que podemos concurrir sólo en la medida en que estamos liberados.

    El que no está liberado o que no está en camino de liberación, el que no lo emprende seriamente, ¿cómo podría asistir, es decir, concurrir al desarrollo de una liberación en el hijo? Se necesita un espacio infinito para que el espíritu descubra su espacio, y es justamente la liberación infinita lo que se requiere de los padres si la quieren suscitar en sus hijos.

    Hay tres personas y no dos.

    Todo deviene inteligible, todo deviene transparente si miramos al ser humano en sus dos expresiones, masculina y femenina, si lo miramos a través del rostro del hijo.

    Toda posesión queda excluida, toda posesión del hombre por la mujer y de la mujer por el hombre, toda posesión del hijo por los padres, y recíprocamente, en la medida justamente en que se fija la mirada sobre la Trinidad divina donde la vida circula sin jamás ser poseída en la eternidad del amor.

    Por otra parte, hay otro aspecto en el universo pasional.

    Se trata de transmutar, no de reprimir ni de suprimir, sino de transmutar, haciendo de las pasiones mismas el teclado de las virtudes. Como se hacen sonidos que pueden ser ruidos aterradores, y se hace música cuando las vibraciones son armonizadas, entonces el ruido se interioriza hasta devenir fuente interior de silencio. Es lo que tenemos que hacer de las pasiones, hay que ordenarlas y no destruirlas, transfigurarlas y no despreciarlas". (Continuará)

     

  • 10/06/10 - De la posibilidad de canonizar las pasiones...

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Cenáculo de París, febrero 3 del 74. 4ª conferencia: La Santísima Trinidad, fuente del misterio del hombre. 4ª parte.

    "Afortunadamente, Jesús nos reveló la humildad de Dios. Ustedes recuerdan el hermoso texto "De Beatitudine", texto increíble y maravilloso del siglo 13, que es quizá de santo Tomás de Aquino, y que es admirable en todo sentido: "Lo que incita al alma y la enciende en el amor de Dios es la humildad de Dios, el cual se sometió a los ángeles y a las almas santas, como un esclavo que se compra en el mercado, como si cada una de sus criaturas fuera su Dios".

    Creo que no se ha ido más lejos en la ortodoxia cristiana para expresar el cambio de la situación, para expresar la posibilidad de alcanzar la humildad sin humillación. Porque justamente la revelación de la Santísima Trinidad es la revelación de la grandeza, de la grandeza suprema en el despojamiento absoluto.

    Entonces nuestro deseo de ser Dios puede ser satisfecho sin blasfemia. Eso era lo que constituía el pecado original según el Génesis, y eso va a constituir, por el contrario, la perfección en la versión evangélica: ser como el Padre celestial, ser perfecto como Dios, ser perfecto a la manera de Dios que consiste precisamente en despojarse radicalmente, en tener contacto con su ser sólo comunicándolo.

    Es cierto que sólo en esta perspectiva, que es la de nuestro Señor arrodillado para el lavatorio de los pies, sólo en esta perspectiva es como podemos satisfacer nuestro apetito, nuestro apetito de grandeza, sin tener jamás la menor decepción, ya que esta grandeza sólo puede realizarse por la evacuación total de nuestro yo posesivo.

    En favor del yo posesivo hay que decir además que es también el yo cósmico, que hunde sus raíces en toda la historia del universo, que la corriente, el impulso vital sube del fondo, del fondo de los abismos del universo mineral a través del desarrollo vegetal y animal hasta nosotros; hay ese inmenso deseo de la vida, que es como un océano que nos inunda y, en cierta forma, imita el infinito, hay un indefinido que es el fundamento del panteísmo; cuando el inconsciente se manifiesta con potencia, hay de qué justificar el panteísmo, es una divinidad difusa que se confunde con el cosmos, que desposa su tumulto, y que finalmente se confunde con nuestros instintos engrandecidos y no rectificados.

    ¿Entonces cómo ordenar el yo cósmico, el yo que vibra en todas las corrientes del universo? ¿Cómo rectificarlo? ¿Cómo transmutarlo? ¿Cómo liberarlo?

    Es necesario el infinito en persona para este combate justamente y para mantener a distancia ese indefinido que imita al infinito, y que nos embruja y nos da el vértigo. Y justamente el verdadero infinito, en su simplicidad adorable, se revela como despojamiento. Esa es la suprema grandeza: la suprema grandeza es arrodillarse, la suprema grandeza es darse, la suprema grandeza es no poseer nada, la suprema grandeza es no poder ni siquiera mirarse.

    Esa humildad de Dios, como dice el De Beatitudine, esa humildad de Dios es la que puede exorcizar a la vez el desvío de nuestros esfuerzos de grandeza y realizar nuestra vocación de grandeza, dándonos la seguridad de estar llamados a ser Dios, es decir a realizarnos a la manera de Dios, y de que esa es nuestra vocación más imperiosa y profunda: se trata de devenir como Dios, a la manera de Dios. ¡Ya no hay obstáculos!

    Para Nietzsche, en cierto nivel, ¡Dios era el rival, el rival odioso, monstruoso e indecente!

    "Si hubiera dioses, ¿cómo podría yo soportar el no ser dios?" Justamente, porque Dios era percibido como límite y no como el supremo desarrollo; Dios era percibido como prohibición y no como el fermento de liberación.

    Hay pues una posibilidad de canonizar las pasiones, haciéndolas conformes con su más profunda exigencia, encaminándolas hacia la grandeza interior, asumiéndolas en la línea del espíritu, ya que el espíritu es la capacidad que cubre todo nuestro ser, la capacidad de no vivir pasivamente sino salir a cada instante completamente nuevos de un nuevo encuentro con el infinito en persona". (Continuará)

     

More Posts Next page »
Powered by Community Server (Non-Commercial Edition), by Telligent Systems