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10/06/10 - De la posibilidad de canonizar las pasiones...

Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Cenáculo de París, febrero 3 del 74. 4ª conferencia: La Santísima Trinidad, fuente del misterio del hombre. 4ª parte.

"Afortunadamente, Jesús nos reveló la humildad de Dios. Ustedes recuerdan el hermoso texto "De Beatitudine", texto increíble y maravilloso del siglo 13, que es quizá de santo Tomás de Aquino, y que es admirable en todo sentido: "Lo que incita al alma y la enciende en el amor de Dios es la humildad de Dios, el cual se sometió a los ángeles y a las almas santas, como un esclavo que se compra en el mercado, como si cada una de sus criaturas fuera su Dios".

Creo que no se ha ido más lejos en la ortodoxia cristiana para expresar el cambio de la situación, para expresar la posibilidad de alcanzar la humildad sin humillación. Porque justamente la revelación de la Santísima Trinidad es la revelación de la grandeza, de la grandeza suprema en el despojamiento absoluto.

Entonces nuestro deseo de ser Dios puede ser satisfecho sin blasfemia. Eso era lo que constituía el pecado original según el Génesis, y eso va a constituir, por el contrario, la perfección en la versión evangélica: ser como el Padre celestial, ser perfecto como Dios, ser perfecto a la manera de Dios que consiste precisamente en despojarse radicalmente, en tener contacto con su ser sólo comunicándolo.

Es cierto que sólo en esta perspectiva, que es la de nuestro Señor arrodillado para el lavatorio de los pies, sólo en esta perspectiva es como podemos satisfacer nuestro apetito, nuestro apetito de grandeza, sin tener jamás la menor decepción, ya que esta grandeza sólo puede realizarse por la evacuación total de nuestro yo posesivo.

En favor del yo posesivo hay que decir además que es también el yo cósmico, que hunde sus raíces en toda la historia del universo, que la corriente, el impulso vital sube del fondo, del fondo de los abismos del universo mineral a través del desarrollo vegetal y animal hasta nosotros; hay ese inmenso deseo de la vida, que es como un océano que nos inunda y, en cierta forma, imita el infinito, hay un indefinido que es el fundamento del panteísmo; cuando el inconsciente se manifiesta con potencia, hay de qué justificar el panteísmo, es una divinidad difusa que se confunde con el cosmos, que desposa su tumulto, y que finalmente se confunde con nuestros instintos engrandecidos y no rectificados.

¿Entonces cómo ordenar el yo cósmico, el yo que vibra en todas las corrientes del universo? ¿Cómo rectificarlo? ¿Cómo transmutarlo? ¿Cómo liberarlo?

Es necesario el infinito en persona para este combate justamente y para mantener a distancia ese indefinido que imita al infinito, y que nos embruja y nos da el vértigo. Y justamente el verdadero infinito, en su simplicidad adorable, se revela como despojamiento. Esa es la suprema grandeza: la suprema grandeza es arrodillarse, la suprema grandeza es darse, la suprema grandeza es no poseer nada, la suprema grandeza es no poder ni siquiera mirarse.

Esa humildad de Dios, como dice el De Beatitudine, esa humildad de Dios es la que puede exorcizar a la vez el desvío de nuestros esfuerzos de grandeza y realizar nuestra vocación de grandeza, dándonos la seguridad de estar llamados a ser Dios, es decir a realizarnos a la manera de Dios, y de que esa es nuestra vocación más imperiosa y profunda: se trata de devenir como Dios, a la manera de Dios. ¡Ya no hay obstáculos!

Para Nietzsche, en cierto nivel, ¡Dios era el rival, el rival odioso, monstruoso e indecente!

"Si hubiera dioses, ¿cómo podría yo soportar el no ser dios?" Justamente, porque Dios era percibido como límite y no como el supremo desarrollo; Dios era percibido como prohibición y no como el fermento de liberación.

Hay pues una posibilidad de canonizar las pasiones, haciéndolas conformes con su más profunda exigencia, encaminándolas hacia la grandeza interior, asumiéndolas en la línea del espíritu, ya que el espíritu es la capacidad que cubre todo nuestro ser, la capacidad de no vivir pasivamente sino salir a cada instante completamente nuevos de un nuevo encuentro con el infinito en persona". (Continuará)

 

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