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Cenáculo de París, febrero 3 del 74. 4ª conferencia: La Santísima Trinidad,
fuente del misterio del hombre. 4ª parte.
"Afortunadamente, Jesús nos reveló la
humildad de Dios. Ustedes recuerdan el hermoso texto "De Beatitudine", texto increíble y maravilloso del siglo 13,
que es quizá de santo Tomás de Aquino, y que es admirable en todo sentido:
"Lo que incita al alma y la enciende en el amor de Dios es la humildad
de Dios, el cual se sometió a los ángeles y a las almas santas, como un esclavo
que se compra en el mercado, como si cada una de sus criaturas fuera su
Dios".
Creo que no se ha ido más lejos en la ortodoxia
cristiana para expresar el cambio de la situación, para expresar la posibilidad
de alcanzar la humildad sin humillación. Porque justamente la
revelación de la Santísima Trinidad es la revelación de la grandeza, de la
grandeza suprema en el despojamiento absoluto.
Entonces nuestro deseo de
ser Dios puede ser satisfecho sin blasfemia. Eso era lo que constituía el pecado original según
el Génesis, y eso va a constituir, por el contrario, la perfección en la
versión evangélica: ser como el Padre celestial, ser perfecto como Dios, ser perfecto a la manera de Dios que consiste precisamente en despojarse
radicalmente, en tener contacto con su ser sólo comunicándolo.
Es cierto que sólo en esta perspectiva, que es la de nuestro Señor arrodillado
para el lavatorio de los pies, sólo en esta perspectiva es como podemos
satisfacer nuestro apetito, nuestro apetito de grandeza, sin tener jamás la
menor decepción, ya que esta grandeza sólo puede realizarse por la evacuación
total de nuestro yo posesivo.
En favor del yo posesivo hay que decir además que es también el yo cósmico,
que hunde sus raíces en toda la historia del universo, que la corriente, el
impulso vital sube del fondo, del fondo de los abismos del universo mineral a
través del desarrollo vegetal y animal hasta nosotros; hay ese inmenso deseo de
la vida, que es como un océano que nos inunda y, en cierta forma, imita el
infinito, hay un indefinido que es el fundamento del panteísmo; cuando el
inconsciente se manifiesta con potencia, hay de qué justificar el panteísmo, es
una divinidad difusa que se confunde con el cosmos, que desposa su tumulto, y que
finalmente se confunde con nuestros instintos engrandecidos y no rectificados.
¿Entonces cómo ordenar el yo
cósmico, el yo que vibra en todas las corrientes del universo? ¿Cómo rectificarlo? ¿Cómo transmutarlo?
¿Cómo liberarlo?
Es necesario el infinito en persona para este combate justamente y para
mantener a distancia ese indefinido que imita al infinito, y que nos embruja y
nos da el vértigo. Y justamente el verdadero infinito, en su simplicidad
adorable, se revela como despojamiento. Esa es la suprema grandeza: la suprema grandeza es arrodillarse, la
suprema grandeza es darse, la suprema grandeza es no poseer nada, la suprema
grandeza es no poder ni siquiera mirarse.
Esa humildad de Dios, como dice el De
Beatitudine, esa humildad de Dios es la que puede exorcizar a la vez el
desvío de nuestros esfuerzos de grandeza y realizar nuestra vocación de
grandeza, dándonos la seguridad de estar llamados a ser Dios, es decir a
realizarnos a la manera de Dios, y de que esa es nuestra vocación más imperiosa
y profunda: se trata de devenir como Dios, a la manera de Dios. ¡Ya no hay
obstáculos!
Para Nietzsche, en cierto nivel, ¡Dios era el rival, el rival odioso,
monstruoso e indecente!
"Si hubiera dioses, ¿cómo podría
yo soportar el no ser dios?" Justamente, porque Dios era percibido
como límite y no como el supremo desarrollo; Dios era percibido como
prohibición y no como el fermento de liberación.
Hay pues una posibilidad de
canonizar las pasiones,
haciéndolas conformes con su más profunda exigencia, encaminándolas hacia la
grandeza interior, asumiéndolas en la
línea del espíritu, ya que el espíritu es la capacidad que cubre todo nuestro
ser, la capacidad de no vivir pasivamente sino salir a cada instante completamente nuevos de un nuevo encuentro con el
infinito en persona". (Continuará)