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Cenáculo de París, febrero 3 del 74. 4ª conferencia: La Santísima Trinidad,
fuente del misterio del hombre. 5ª parte
"Otro aspecto del haz
de deseos y codicias es lo que san Pablo, o al menos san Juan nombra en primer
lugar, la codicia de la carne, y no es necesario subrayar que el erotismo es ahora desbordante y que
quien quiera estar a la moda debe renunciar absolutamente a los tabúes
sexuales: ¡ya no hay tabúes! ¿Para qué? ¿Porqué no ejercer una función tan
natural abiertamente, sin ningún límite?
Ahí es donde la Trinidad
divina va a proyectar la luz más profunda sobre nuestras raíces biológicas, porque la Trinidad es trinidad: hay tres
personas.
La desapropiación justamente, comporta a la vez sobre conocimiento y amor.
El acto de conocimiento surge entre el Padre y el Hijo en una desapropiación
radical, y el acto de amar surge entre el Padre y el Hijo por una parte y el
Espíritu Santo por la otra. Es decir que
toda la acción divina es desapropiada en la mirada hacia el Otro, y eso
constituye toda la personalidad en Dios.
Y ahí es justamente donde vamos a encontrar el equilibrio del amor humano,
si lo consideramos como trinitario. Y es fácil considerarlo como trinitario a
partir de la morfología sexual misma, a partir de los elementos que constituyen
el origen mismo de nuestra vida. Todos fuimos un huevo fecundado, es decir un
óvulo fecundado por un espermatozoide. Ahí comenzó nuestro camino, y en la
diferencia de sexos se encuentra precisamente la ordenación hacia estos
elementos, el óvulo y el espermatozoide que se deben conjugar para que nazca y
se desarrolle la vida.
Es claro que la mera toma de
conciencia de que el espermatozoide y el óvulo son el principio o están a la
base de una tercera persona, constituye una dimensión prodigiosa.
El adolescente convencido, o la adolescente convencida de que los gérmenes que
se desarrollan en él o en ella son alguien, de que hay una tercera persona, de que
ahí existe una ordenación hacia el hijo, de que ahí está todo el misterio de la
creación de una humanidad que quiere brotar del amor, todo eso transforma la
mirada. No puedo disponer de una tercera
persona que ya está virtualmente confiada a mi organismo y a mi amor.
Y siguiendo esta línea, se ve en efecto que toda la morfología sexual de
una y otra parte, en el hombre y en la mujer, dibuja precisamente el impulso
hacia el hijo. La tercera persona ilumina entonces a las otras dos focalizando
su mirada sobre el nuevo rostro desconocido que los dos consortes llevan en sí.
La herejía del amor es justamente no haber realizado la Trinidad. La
herejía del amor es haberse detenido en el dúo: todas las canciones de amor
hablan de un dúo, no hablan jamás de la tercera persona y eso provoca la
perversión suprema, porque la libertad sólo puede surgir ante el infinito, y
que sólo a la luz de la persona escapamos al embrujo de la especie.
Si la sexualidad se limita al dúo, evidentemente el hombre natural no puede
evitarlo, ya que es la ley misma de la generación en todas las especies
animales, en particular en las superiores, que las parejas se embriaguen el uno
en el otro, sobre todo el macho en la hembra, que se embriaguen el uno en la
otra, sin tener la menor conciencia de que no son más que agentes de la
generación, que están simplemente al servicio de la especie; no son en absoluto
conscientes, sólo tienen una conciencia posesiva, conciencia de su propio gozo,
ya que son incapaces de superar las solicitaciones de su ser hormonal.
El hombre que no ha nacido del espíritu es necesariamente prisionero de la
corriente cósmica, sufre el embrujo y el vértigo de la corriente de la especie,
y no podría escapar mientras sólo su psiquismo esté en acción, porque como
hemos observado con frecuencia, en el hombre el psiquismo es mucho más
profundamente sexuado que la fisiología animal, pues justamente es el psiquismo
el que debe crear la tendencia, la inclinación a la unión indispensable a la
propagación de la especie.
Existe pues un embrujo del
psiquismo que va hasta la ceguera completa, hasta la exclusión total de la
generación, aun realizando el acto generador.
Sólo podemos salir de la línea horizontal, y superar ese embrujo psíquico
rompiendo el techo, viendo precisamente que no es la pareja la que está
implicada como tal en las relaciones en que los gérmenes de vida están
implicados o se intercambian, que hay la tercera persona que les está confiada,
que apela a su virginidad, es decir al despojamiento de sí mismos.
Porque así es como todo hijo quisiera nacer, ningún hijo quisiera ser el precio de un amor que no es suyo, que no lo
implica, no quisiera nacer de un olvido, no quisiera nacer de un simple
éxtasis en el que no tiene parte, porque
entonces nacería del azar, y del azar nace en efecto la mayoría de los hijos.
Si queremos superar el azar es justamente necesario volver a la Trinidad,
la cual comprende tres personas. El cuerpo humano se re-crea interiormente
cuando el rostro del hijo se imprime en él, el rostro de todos los hijos del mundo que podrían surgir de la
pareja, el rostro de todos los hijos del mundo confiados a nuestro amor.
Y eso justamente como exigencia de liberación, pues no hay libertad si no
nos liberamos de la especie; si la especie triunfa sobre la persona, no hay
persona – el sentido de la castidad es precisamente que la castidad comporta o
al menos implica todos los estados, todos los estados, todos los hombres, pues
ningún hombre puede ser dispensado de su liberación que lo hace hombre y le
confiere su verdadera dimensión. El
sentido profundo de la castidad es ése: liberarnos de la especie para asumirla,
para interiorizarla, para escapar a una proliferación absurda, pues no se trata
de multiplicar individuos al infinito, sino de suscitar personas a las que
dedicamos toda nuestra persona.
Hay una maternidad de la especie, una maternidad de la especie que es
espontánea e instintiva, y hay una maternidad de la persona que es
infinitamente más esencial, y una paternidad que no es menos necesaria, que
concierne justamente la liberación en el niño, respecto de su yo posesivo,
liberación a la que podemos concurrir sólo en la medida en que estamos
liberados.
El que no está liberado o que no está en camino de liberación, el que no lo
emprende seriamente, ¿cómo podría asistir, es decir, concurrir al desarrollo de
una liberación en el hijo? Se necesita
un espacio infinito para que el espíritu descubra su espacio, y es justamente
la liberación infinita lo que se requiere de los padres si la quieren suscitar
en sus hijos.
Hay tres personas y no dos.
Todo deviene inteligible, todo deviene transparente si miramos al ser
humano en sus dos expresiones, masculina y femenina, si lo miramos a través del
rostro del hijo.
Toda posesión queda excluida, toda posesión del hombre por la mujer y de la
mujer por el hombre, toda posesión del hijo por los padres, y recíprocamente,
en la medida justamente en que se fija la mirada sobre la Trinidad divina donde
la vida circula sin jamás ser poseída en la eternidad del amor.
Por otra parte, hay otro aspecto en el universo pasional.
Se trata de transmutar, no
de reprimir ni de suprimir, sino de transmutar, haciendo de las pasiones mismas
el teclado de las virtudes. Como se hacen sonidos que pueden ser ruidos aterradores, y se hace música
cuando las vibraciones son armonizadas, entonces el ruido se interioriza hasta
devenir fuente interior de silencio. Es lo que tenemos que hacer de las
pasiones, hay que ordenarlas y no destruirlas, transfigurarlas y no
despreciarlas". (Continuará)