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Cenáculo de París, 3 de febrero de 1974 – 4ª conferencia:
la Santísima Trinidad, fuente del misterio del hombre.
"Existe
pues otro aspecto de la pasión, de la pasión de la justicia, que es también
reivindicación del valor. Quiero ser tratado como los demás, o quiero que los
demás sean tratados como yo. Rehúso la desigualdad de principio que da
primacías a unos sobre otros, sin que tengan que hacer nada por adquirirlos. Existe
un instinto de justicia que quiere expresarse de manera generosa y apasionada a
la vez, y movilizar a seres que comprometan su vida misma por el triunfo de la
causa en que militan.
Ahí también es
indispensable el modelo trinitario. En efecto, no hay que olvidar que la justicia no puede
ser en un solo sentido, que la justicia no puede ser parcial, que no puede inclinarse
hacia un solo lado y que la justicia no tiene sentido si el hombre es producto
del azar. La justicia supone una visión del hombre revestido de su dignidad humana.
En efecto, si en cada uno existe la misma presencia divina, si cada uno es
portador de Dios, si la revelación de Dios está confiada a cada uno, lo
criminal es poner a un hombre, aunque sea uno solo, en condiciones tales que no
pueda expresar la vida del espíritu, que esté tan condicionado por las cargas
materiales que lo sumergen que no pueda conocer la respiración de luz y de amor
en que se revela la presencia de Dios. La
justicia es pues la reivindicación para todos de la capacidad de devenir santuario
de esa Presencia.
Y es lo que parece tan paradójico en el marxismo, quiero
decir en principio, es el desconocimiento de la interioridad única, que es el
verdadero bien común, como una música que nos reúne en la medida en que cada
uno la vive. Nos reúne tanto más cuanto que cada uno la vive en lo más íntimo
suyo, como los bienes del espíritu sólo pueden circular si son vividos, y un
maestro enseñar si posee primero la disciplina y la comunica tanto mejor cuanto
más se alimente de ella.
Lo sorprendente es justamente el desconocimiento de la
interioridad del hombre. Toda la civilización, toda la construcción de la
Sociedad, debería estar ordenada a la posibilidad de la expresión totalmente
personal en el sentido de que se trata de una liberación en lo más profundo del
ser; porque si la liberación en lo más profundo del ser es lo que va a ejercer
el contagio a su derredor sobre toda la humanidad, si no es eso lo que se quiere preservar, entonces se llega a una justicia de clase, y
precisamente se veía recientemente en China popular el rechazo de Mozart, de
Beethoven, de Schubert, como artistas burgueses cuya música sólo expresa el
espíritu de su clase. Si el espíritu de clase ha de ser la única legitimación
de la actividad humana, todos los que no sean de la clase quedan excluidos, y
el espíritu de clase moviliza finalmente un instinto gregario que va a
contracorriente de una liberación auténtica.
Es claro que no se trata de repetir continuamente la
palabra revolución para estar en la corriente sino de comprender el riesgo que
conlleva, es necesario comprender que
toda revolución que no se realiza desde adentro para llegar precisamente a la
afirmación del espíritu en lo más íntimo de cada uno, está condenada al fracaso
y a provocar innumerables catástrofes.
Justamente, para que tengamos que realizar el modelo
divino, quiero decir que el modelo divino es el único que puede iluminar
nuestras realizaciones, ya que la suprema grandeza es interior, es la
evacuación de sí mismo, la liberación de sí mismo en un amor sin fronteras. Es
evidentemente en esa dirección que se debe realizar toda revolución auténtica,
sin despreciar a nadie, sin excluir a nadie, cambiando las estructuras de modo
que todos puedan reconocer su humanidad y desarrollarla sin fin en la línea de
la liberación que brilla en la Trinidad divina.
Es pues posible una moral, una moral de interioridad, una
moral de la liberación que exige todo, siempre y a cada instante, ya que se
sitúa a la raíz de la persona y que el yo es el centro de gravedad de toda
nuestra existencia y nuestra acción, es
posible una moral pero deviene finalmente mística: se trata de mirar el rostro
adorable impreso en lo más hondo de nuestros corazones, el rostro del Padre, del
Hijo, y del Espíritu Santo.
Mirando a ese Dios es como nos liberamos más
profundamente, ya que entramos en el ritmo mismo de la personalización divina,
que es pura relación. Y todo eso no
tiene nada de quimérico ya que esa luz suprema ilumina nuestras bases más
íntimas y nos permite afirmar cada una de nuestras pasiones, pero rectificadas,
interiorizadas, para hacer de todo el organismo, de todas esas pulsiones, el
teclado de las virtudes". (Fin)