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Homilía en Nuestra Señora del Valensín,
Lausana, en enero de 1955
"Un cura anciano, viñador, con un rostro
hermoso esculpido por la tierra y el sol, me preguntó con gravedad el año
pasado: "¿En fin de cuentas, existe
el infierno? ¿Corremos realmente ese riesgo? – Pero, le dije, ante la Cruz
de Nuestro Señor, me parece que esa no es la cuestión que debemos plantearnos.
Ante la cruz de Nuestro Señor, es claro que es Dios y no nosotros el que corre
todo el riesgo. - ¡No! Dijo él, Nuestro Señor ya terminó, Él murió una vez por
todas y resucitó. Dios está seguro de su suerte y no tiene necesidad de
nosotros. Lo que me importa, lo que me inquieta, es el destino mío. ¿Qué va a
ser de mí en la otra vida? ¿Cree usted
que existe otra vida? – Otra vida no me interesa, le respondí yo. Yo creo en la
vida de Otro en mí, la vida de Otro. Esa es la verdadera cuestión.
¡Creo en la vida de Otro! Porque la vida eterna
es la vida de Otro en mí. Y esa vida de Otro está confiada a mi vida. Y ese es
el verdadero problema, esa es la verdadera cuestión, ese es el riesgo infinito.
Creo que Otro vive en mi vida.
Si fuéramos insectos, hormigas, nuestra vida
sería un cero perfecto completo, si no fuera más que nuestra, si todo gravitara
alrededor del pequeño yo, que no es más que un grumo cósmico.
Lo que hace grande y patético la vida humana,
es que en esa vida se juega una tragedia divina, en mi vida está y se juega la
vida de Otro. Toda la historia tiene su centro en ese drama divino. ¿Cómo podría
yo ocuparme de mí mismo? ¿Dónde situar el yo? ¿Qué importancia atribuirle?
¿Cómo entusiasmarme por mi existencia si no fuera más que yo mismo? Eso es lo
que hay que salvar: la vida de Otro que está confiada a mi amor.
El monje asesinado que tuvo tiempo de gritarle
al asesino: "¡Tú también llevas a Dios dentro de ti!", ese monje iba
al centro del Evangelio. Para Él, morir no era nada. Él moría, pero Dios no
moría en él y el último grito de su vida era la afirmación de su vida divina.
Más aún, era la revelación de la vida divina de su asesino, que lo salvaría del
crimen, que lo haría volver a sí mismo, que le iba a revelar su real humanidad,
a darle a su existencia una dimensión infinita.
Así podría resumir toda
mi fe, esa es realmente. Si pudiera resumirla en palabras: creo en la vida de
Otro en mí, creo en el infinito riesgo que corre Dios en mí, creo en la
tragedia eterna del amor crucificado, ¡creo en la fragilidad de Dios,
precisamente porque si no existe nada más fuerte que el amor, tampoco existe nada
más frágil!
Nuestro egoísmo es evidente: la fiera interior
no cesa de surgir. Estamos continuamente en el camino de nuestra gravedad. La
maravilla es que de vez en cuando surja la luz de esa Presencia infinita, que
seamos de pronto rebasados por ella, invadidos, transfigurados, que no
expresemos nuestros pequeños intereses que ni siquiera nos apasionan y que al
menos por un instante no seamos sino un impulso hacia ese Otro que nos habita y
que es la vida de nuestra vida.
Esa es la única esperanza de nuestra
existencia: ese tesoro confiado a nuestra vida, esa posibilidad de despegar de
sí mismo, de perderse en el Otro y de ser testimonio de Jesucristo hasta el
final.
Una tarde de verano,
cuando se incendiaban las montañas en el esplendor del poniente, cuando toda la
naturaleza se recogía en la paz de la noche, cuando el lago estaba perfectamente tranquilo
y participaba en toda la inmensa transfiguración en que todas las cosas se
sumergen en la luz y la paz, cuando yo me dejaba ir espontáneamente contemplando
el universo que se recogía en Dios, cuando
yo sentía, cuando yo respiraba la Presencia que nos libera de nosotros mismos
haciéndonos realmente presentes a nosotros, haciendo de nuestra vida una
ofrenda, un don, un verdadero presente, de repente un gramófono imbécil
vomitó "berridos de París". En un instante todo se derrumbó, toda la
naturaleza quedó en caos, toda la Presencia se eclipsó porque aunque nos
penetre hasta el fondo y nos libere y nos ilumine y nos calme, también es de
fragilidad infinita y el menor ruido
puede disiparla.
Es una imagen, una parábola del verdadero Dios,
tan fuerte, tan presente íntimamente, tan únicamente revelador del hombre y del
universo, y sin embargo un soplo, un soplo es suficiente para alejarlo y
eclipsarlo. Y tomar conciencia de esa fragilidad, sentir que llevamos esa
responsabilidad es suficiente: no hay más problema que salvar en nosotros esa
vida de Otro, volver siempre a esa maravillosa luz: ¡no estoy solo dentro de
mí, lo importante no soy yo, sino él, que es la vida eterna!
Un día estaba yo en Limoges reemplazando a un
sacerdote enfermo durante una Cuaresma. Eran los comienzos de la Acción
Católica, y una noche me habían invitado a hablar en un hotel, a unos hombres
que veía por primera vez. Eran unos 250, y estábamos confrontados unos a otros,
y yo quería decirles cosas necesarias. Quería precisamente tratar de llevarlos
al punto de vista central del Evangelio: no se trata de nosotros, sino de Él;
no se trata de salvarnos, sino de salvar a Dios de nosotros. ¿Cómo decírselo?
¿Cómo llegar a ellos inmediatamente sin escandalizar a los teólogos o al obispo
de Limoges, el anciano obispo que estaba presente?
Entonces recurrí a esta parábola muy sencilla:
la epopeya de Juana de Arco. Juana de Arco, pequeña campesina, que se siente de
repente responsable del Reino. ¡Es locura! Y sin embargo, irá hasta el final de
su vocación. Ella identificará al rey escondido entre sus cortesanos, ella hará
levantar el sitio de Orleans, ella conducirá al delfín a su consagración en la
catedral de Chartres. Va a morir ciertamente como víctima de su vocación, pero
realizará hasta el final el don total de sí misma.
¡Pues eso es! Ése es
Dios: el Rey escondido entre nosotros. No lo identificamos bajo las sombras de la
vida cotidiana que nos Lo ocultan. Pero nuestro amor debe reconocerlo y llevarlo
interiormente al lugar de su consagración. ¡Y el tema de la salvación de Dios
tomaba cuerpo en esa parábola ejemplar!
Y tomando la palabra el anciano Obispo de
Limoges dijo: "¡Qué deseos me dan, qué deseos me dan de repetir cada
frase! ¡Qué verdad! ¡Qué verdad!" Y pensar que ese anciano, que era
realmente un hombre de Dios, reconoció inmediatamente bajo el nuevo lenguaje la
expresión del Evangelio eterno, o al menos una referencia infinitamente impresionante.
Es cierto que así es. Es cierto que la Buena
Nueva del Evangelio no consiste en prometernos algo que vamos a tocar, no es un
consuelo, un refugio, una especie de opio contra el dolor o la muerte. Es algo
inmenso, infinitamente viril, algo que se dirige a lo más alto de nuestra
inteligencia y nuestro corazón, algo que apela a nuestra generosidad.
Dios se les entrega, ¡hagan lo que quieran!
Dios está en sus manos, Él corre todos los riesgos. Pueden matarlo, está
indefenso. Pueden crucificarlo, está sin apelación. Cree en ustedes, ¡eso es
todo!
Eso traté de decir al cura viñador: es
necesario cambiar todas las perspectivas o mejor, simplemente, hay que mirar la
cruz! Y en la cruz, nuestra única esperanza, leer el corazón de Dios.
¡Ese es Dios! No es una amenaza emboscada al
recodo del camino. Es los dos brazos del amor que sólo ustedes pueden liberar.
Porque si va a resucitar, sólo puede hacerlo en la vida de ustedes, en su
corazón, en su amor. Entonces no
necesito ocuparme de mi destino, del más allá. Hay algo mucho más urgente
ahora: tengo que ocuparme de la Otra Vida que vive en mí, de la Vida
confiada a mi vida, de la Vida que da a mi existencia su verdadera dimensión:
es una dimensión de generosidad como lo sugieren las palabras que leí sobre una
tumba: "¡el hombre, el hombre es la
esperanza de Dios!"