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17/06/10 - "Yo soy Jesús".

Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} "Ser cristiano es devenir Jesús", conferencia pronunciada en el Carmelo de Matarieh (El Cairo) en mayo/junio de 1967. 2ª parte.

Toda esta mediación se puede dividir en dos tiempos, de cierto modo, se puede presentar bajo dos aspectos: el aspecto sacramento, el cual de todos modos despoja de sí mismos a los apóstoles aunque no lo quieran, pues justamente su misión es radicalmente una dimisión. Ellos sólo dan testimonio de Jesús eclipsándose en él y sólo pueden comunicar la vida y la gracia de Jesús en virtud de un poder recibido de él, y que sólo pueden ejercer por él, eclipsándose en él y para llevar a él.

Aunque no lo quisieran, así será. No tienen ninguna posibilidad de apropiarse ese poder sin perderlo inmediatamente. Es lo que Pedro significa cuando Simón el Mago pretende comprarle el poder de conferir el Espíritu Santo (He. 13:6-12). En el rechazo indignado que opone a ese negocio escandaloso testifica que no puede disponer del Espíritu Santo, para negociarlo porque justamente ese poder reside totalmente en la persona de Jesús y él es un canal para ejercerlo sólo en la medida en que se comporta como sacramento de Jesús. Todo su poder reside pues en su eclipsamiento y dimisión.

Ese es el aspecto sacramental en que el poder del apóstol, el poder de la Iglesia aparece esencialmente como ligado a la persona y la Presencia de Jesús. De suerte que quienes se rinden a la palabra de los apóstoles, quienes la reciben y la aceptan, se unen inmediata, única y exclusivamente a la Persona y a la Presencia de nuestro Señor. Están libres del hombre que anuncia y comunica la palabra, el cual es instrumento y sacramento de esa vida y de esa gracia. Están completamente liberados de él, y son llamados a liberarse de sí mismos.

Pero evidentemente la garantía de la libertad, que está a la base del poder del apóstol y de la Iglesia, esa liberación esencial no tendría ningún sentido si no desembocara en una dimisión de toda la vida en la persona del apóstol y en la persona de aquellos a quienes se dirige.

Finalmente, el fracaso de Cristo sería completo si la mediación sacramental no estuviera acompañada de una mediación personal, es decir si no respondiera a la Presencia de Jesucristo ofrecida eternamente a la humanidad, la Presencia humana que mediatiza, que significa, que llama y comunica esa Presencia. No habría Iglesia. Finalmente, no habría Iglesia sin la Presencia humana que hace sensible la Presencia de Jesús en la vida cotidiana.

Y eso es lo que nos concierne personalmente, sea cual fuere nuestra situación en la Iglesia, sea cual fuere la función que tenemos que realizar en ella, ya seamos sacerdotes o laicos, religiosos o viviendo en lo que llamamos "el mundo": no podemos ser cristianos sino en la medida en que aportamos a Jesús nuestra Presencia y en que nuestra Presencia deviene signo vivo y manifestación visible de la suya.

Eso quiere decir que el sacramento eclesial – el sacramento que es la Iglesia misma – sólo puede cumplir su misión en la medida en que nosotros lo vivimos místicamente, interiormente, y en que nuestra vida significa y comunica la Presencia de Jesús.

Eso quiere decir que es lo mismo ser cristiano y dar testimonio de la Presencia de Jesús y comunicarla. Quiere decir que la vida mística es consustancial con la vida cristiana. No significa nada recibir el bautismo o la confirmación o la Eucaristía, no significa nada si no nos unimos así con la persona de nuestro Señor para vivir de ella, para testimoniar de ella y para comunicarla. Estar inscrito en un registro o participar en ritos sin vivir de ellos es renovar el fracaso de nuestro Señor, es ponerlo de nuevo fuera de nosotros, y delante de nosotros, en vez de llevarlo dentro. Pero sólo el acceso a nuestro Señor por dentro puede ponernos en contacto con él, establecer el contacto entre él y nosotros, enraizar su Presencia en la historia humana.

De modo que finalmente la vocación del cristiano puede resumirse en las palabras que nuestro Señor dijo a Saulo a las puertas de Damasco: "Yo soy Jesús"… Toda la vida del cristiano está resumida en esta frasecita: "Yo soy Jesús". San Pablo mismo, que vivió tan apasionada y profundamente el misterio de Jesús, resume su vida en la Epístola a los Filipenses diciendo: "Para mí, la vida es Cristo" (Fil. 1:21). (Continuará)

 

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