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"Ser cristiano es devenir Jesús", conferencia
pronunciada en el Carmelo de
Matarieh (El Cairo) en mayo/junio de 1967. 2ª parte.
Toda esta mediación se puede dividir en dos
tiempos, de cierto modo, se puede presentar bajo dos aspectos: el aspecto
sacramento, el cual de todos modos despoja de sí mismos a los apóstoles aunque
no lo quieran, pues justamente su misión es radicalmente una dimisión.
Ellos sólo dan testimonio de Jesús eclipsándose en él y sólo pueden
comunicar la vida y la gracia de Jesús en virtud de un poder recibido de él, y
que sólo pueden ejercer por él, eclipsándose en él y para llevar a él.
Aunque no lo quisieran, así será. No tienen ninguna posibilidad de
apropiarse ese poder sin perderlo inmediatamente. Es lo que Pedro significa
cuando Simón el Mago pretende comprarle el poder de conferir el Espíritu Santo
(He. 13:6-12). En el rechazo indignado que opone a ese negocio escandaloso
testifica que no puede disponer del Espíritu Santo, para negociarlo porque
justamente ese poder reside totalmente en la persona de Jesús y él es un canal
para ejercerlo sólo en la medida en que se comporta como sacramento de Jesús.
Todo su poder reside pues en su eclipsamiento y dimisión.
Ese es el aspecto sacramental en que el poder del apóstol, el poder de la
Iglesia aparece esencialmente como ligado a la persona y la Presencia de Jesús.
De suerte que quienes se rinden a la palabra de los apóstoles, quienes la
reciben y la aceptan, se unen inmediata, única y exclusivamente a la Persona y a
la Presencia de nuestro Señor. Están libres del hombre que anuncia y comunica la
palabra, el cual es instrumento y sacramento de esa vida y de esa gracia. Están
completamente liberados de él, y son llamados a liberarse de sí mismos.
Pero evidentemente la garantía de la libertad, que está a la base del poder
del apóstol y de la Iglesia, esa liberación esencial no tendría ningún sentido
si no desembocara en una dimisión de toda la vida en la persona del apóstol y
en la persona de aquellos a quienes se dirige.
Finalmente, el fracaso de Cristo sería completo si
la mediación sacramental no estuviera acompañada de una mediación personal, es decir si no
respondiera a la Presencia de Jesucristo ofrecida eternamente a la humanidad,
la Presencia humana que mediatiza, que significa, que llama y comunica esa
Presencia. No habría Iglesia. Finalmente, no habría Iglesia sin la Presencia
humana que hace sensible la Presencia de Jesús en la vida cotidiana.
Y eso es lo que nos concierne personalmente, sea cual fuere nuestra situación
en la Iglesia, sea cual fuere la función que tenemos que realizar en ella, ya
seamos sacerdotes o laicos, religiosos o viviendo en lo que llamamos "el mundo": no podemos ser
cristianos sino en la medida en que aportamos a Jesús nuestra Presencia y en
que nuestra Presencia deviene signo vivo y manifestación visible de la suya.
Eso quiere decir que el sacramento eclesial – el sacramento que es la
Iglesia misma – sólo puede cumplir su misión en la medida en que nosotros lo
vivimos místicamente, interiormente, y en que nuestra vida significa y comunica
la Presencia de Jesús.
Eso quiere decir que es lo mismo ser cristiano y dar testimonio de la
Presencia de Jesús y comunicarla. Quiere decir que la vida mística es
consustancial con la vida cristiana. No significa
nada recibir el bautismo o la confirmación o la Eucaristía, no significa nada
si no nos unimos así con la persona de nuestro Señor para vivir de ella, para
testimoniar de ella y para comunicarla. Estar inscrito en un registro o
participar en ritos sin vivir de ellos es renovar el fracaso de nuestro Señor,
es ponerlo de nuevo fuera de nosotros, y delante de nosotros, en vez de
llevarlo dentro. Pero sólo el acceso a nuestro Señor por dentro puede ponernos
en contacto con él, establecer el contacto entre él y nosotros, enraizar su
Presencia en la historia humana.
De modo que finalmente la vocación del cristiano puede resumirse en las
palabras que nuestro Señor dijo a Saulo a las puertas de Damasco: "Yo soy Jesús"… Toda la vida del cristiano está resumida en esta frasecita: "Yo soy Jesús". San Pablo mismo,
que vivió tan apasionada y profundamente el misterio de Jesús, resume su vida
en la Epístola a los Filipenses diciendo: "Para
mí, la vida es Cristo" (Fil. 1:21). (Continuará)