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"Ser cristiano es devenir Jesús",
conferencia pronunciada en el Carmelo de Matarieh (El Cairo) en mayo/junio de 1967. 3ª parte.
No se puede decir mejor que la vida del cristiano es la persona de
Jesucristo, como lo expresa además de otro modo en la Epístola a los Gálatas el
mismo apóstol: "Y ahora no soy yo el que vive, ya no soy yo el que vive,
sino Cristo el que vive en mí" (Gal. 2:20). Por eso en sus epístolas Pablo
exclama con tanta frecuencia: "En
Cristo Jesús". En Cristo Jesús, porque toda la vida del cristiano se
realiza en Cristo Jesús.
Jesucristo nos lleva a
repetir que la vida del cristiano es necesaria y esencialmente mística, es vida
de identificación con nuestro Señor, vida que se resume en las palabras dichas por nuestro Señor a Saulo:
"Yo soy Jesús".
Toda la libertad cristiana está en esta afirmación. El cristiano sólo
depende de Jesús, que es su libertad soberana, ya que en Jesús encuentra el desprendimiento
y la humildad eterna de Dios mismo. Si vivimos auténticamente el misterio de
Jesús en la Iglesia no tendremos que embarazarnos mucho tiempo con las normas y
las reglas de la percepción: se nos dan en esta frasecita: "Yo soy Jesús".
"Queremos ver a Jesús",
dicen los griegos en los últimos días de nuestro Señor, antes de la pasión.
"Queremos ver a Jesús" (Jn.
12:21). Es lo que no cesa de reclamar el
mundo, lo que quiere es ver a Jesús, no que le hablen de Jesús – ya le han
hablado tanto, vacía e inútilmente – lo que quiere es "ver a Jesús", encontrarlo en
persona porque sólo en Jesús puede ser liberado de sí mismo, sólo en él puede
constituirse una verdadera humanidad.
Los hombres fueron "separadas
por el pecado", como dice la oración de la fiesta de Cristo Rey, se separaron
por el pecado, se separaron unos de otros por el "yo" cómplice que nos encierra a cada uno en sí mismo, de
suerte que aunque estemos aglutinados, revueltos, unos con otros, aunque
estemos sin cesar en contacto unos con otros, aunque la humanidad constituya
una unidad biológicamente, por la carne y la sangre, hace falta que constituya
una unidad por el espíritu, que asuma a todos los demás haciendo de su vida un
espacio ilimitado, y eso es justamente lo que debe realizar el misterio de la
Iglesia: una sociedad humana fundada en la circulación de la Presencia del
Espíritu Santo, en que cada uno es el centro de la unidad, porque cada uno es
Presencia infinita ofrecida a todos los demás, porque cada uno se ha
transformado en Jesús. En ese momento existirá plenamente la Iglesia…
En ese momento se realizará la humanidad en toda su universalidad y esa es
precisamente nuestra misión, sea cual
fuere nuestra función en la Iglesia. Nuestra misión es la misma: ser Jesús.
Así vemos bien que estamos llamados a una renuncia radical de nosotros
mismos, y que esa es nuestra única misión, la renuncia radical que hará de
nuestra vida el sacramento diáfano de la vida de Jesús.
Y esto simplifica enormemente la visión de la vida auténticamente
cristiana: se trata únicamente de realizar a Cristo en nosotros, no de combatir
nuestros defectos bajo uno u otro aspecto, ni de adquirir tal o cual virtud mediante
un proceso laborioso – sin duda que es necesario hacer todo eso, que es
indispensable – pero sólo estaremos en el centro de nuestra vocación en la
medida en que tomemos conciencia de que no hacemos nada útil, que la única
acción útil es devenir la Presencia misma de Jesús para los demás.
No hay otro apostolado concebible, no hay otra acción eficaz sino esa
acción de una Presencia auténtica. Justamente porque estamos en un mundo
interpersonal, justamente porque se trata de asimilar la intimidad de Dios que
es puro interior, justamente por eso, el apostolado sólo puede consistir en la
comunicación de la Presencia de Jesús mediante nuestra Presencia. El que está presente a Dios, el que respira
la vida divina, el que la vive en todas las fibras de su ser, está
necesariamente presente al mundo entero. Obra en todas partes, derrumba todos
los muros de separación y no hay quien no beneficie del resplandor de su
existencia. Claro que los hombres pueden ignorarlo. Él mismo no sabe hasta
donde puede extenderse su acción, ¡y no necesita saberlo! Pero el hecho mismo
de ser Presencia real concierne el universo entero y contribuye a unificar toda
la creación.
El éxito del Señor, la
fecundidad misma de su misión, está pues ligada finalmente a nuestra Presencia. Nada se puede realizar sin la mediación
humana y por eso nuestra fidelidad no nos concierne en primer lugar. Lo
importante para nuestra vocación no es la perfección sino la vida de la
humanidad, el destino de los demás, el sentido del universo, de toda la
creación, es ante todo y esencialmente la vida del Señor en el universo y en la
humanidad.
Entonces, si nos falta generosidad, si no realizamos nuestra identificación
con Jesús, nos oponemos al Reino de Dios y constituimos el obstáculo más
terrible a su difusión. Eso es lo que espera de nosotros el mundo: Jesús.
Tenemos pues que devenir Jesús para realizar la obra de Jesús. (Continuará).