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18/06/10 - La vida del cristiano se realiza en Cristo Jesús.

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No se puede decir mejor que la vida del cristiano es la persona de Jesucristo, como lo expresa además de otro modo en la Epístola a los Gálatas el mismo apóstol: "Y ahora no soy yo el que vive, ya no soy yo el que vive, sino Cristo el que vive en mí" (Gal. 2:20). Por eso en sus epístolas Pablo exclama con tanta frecuencia: "En Cristo Jesús". En Cristo Jesús, porque toda la vida del cristiano se realiza en Cristo Jesús.

Jesucristo nos lleva a repetir que la vida del cristiano es necesaria y esencialmente mística, es vida de identificación con nuestro Señor, vida que se resume en las palabras dichas por nuestro Señor a Saulo: "Yo soy Jesús".

Toda la libertad cristiana está en esta afirmación. El cristiano sólo depende de Jesús, que es su libertad soberana, ya que en Jesús encuentra el desprendimiento y la humildad eterna de Dios mismo. Si vivimos auténticamente el misterio de Jesús en la Iglesia no tendremos que embarazarnos mucho tiempo con las normas y las reglas de la percepción: se nos dan en esta frasecita: "Yo soy Jesús".

"Queremos ver a Jesús", dicen los griegos en los últimos días de nuestro Señor, antes de la pasión. "Queremos ver a Jesús" (Jn. 12:21). Es lo que no cesa de reclamar el mundo, lo que quiere es ver a Jesús, no que le hablen de Jesús – ya le han hablado tanto, vacía e inútilmente – lo que quiere es "ver a Jesús", encontrarlo en persona porque sólo en Jesús puede ser liberado de sí mismo, sólo en él puede constituirse una verdadera humanidad.

Los hombres fueron "separadas por el pecado", como dice la oración de la fiesta de Cristo Rey, se separaron por el pecado, se separaron unos de otros por el "yo" cómplice que nos encierra a cada uno en sí mismo, de suerte que aunque estemos aglutinados, revueltos, unos con otros, aunque estemos sin cesar en contacto unos con otros, aunque la humanidad constituya una unidad biológicamente, por la carne y la sangre, hace falta que constituya una unidad por el espíritu, que asuma a todos los demás haciendo de su vida un espacio ilimitado, y eso es justamente lo que debe realizar el misterio de la Iglesia: una sociedad humana fundada en la circulación de la Presencia del Espíritu Santo, en que cada uno es el centro de la unidad, porque cada uno es Presencia infinita ofrecida a todos los demás, porque cada uno se ha transformado en Jesús. En ese momento existirá plenamente la Iglesia…

En ese momento se realizará la humanidad en toda su universalidad y esa es precisamente nuestra misión, sea cual fuere nuestra función en la Iglesia. Nuestra misión es la misma: ser Jesús.

Así vemos bien que estamos llamados a una renuncia radical de nosotros mismos, y que esa es nuestra única misión, la renuncia radical que hará de nuestra vida el sacramento diáfano de la vida de Jesús.

Y esto simplifica enormemente la visión de la vida auténticamente cristiana: se trata únicamente de realizar a Cristo en nosotros, no de combatir nuestros defectos bajo uno u otro aspecto, ni de adquirir tal o cual virtud mediante un proceso laborioso – sin duda que es necesario hacer todo eso, que es indispensable – pero sólo estaremos en el centro de nuestra vocación en la medida en que tomemos conciencia de que no hacemos nada útil, que la única acción útil es devenir la Presencia misma de Jesús para los demás.

No hay otro apostolado concebible, no hay otra acción eficaz sino esa acción de una Presencia auténtica. Justamente porque estamos en un mundo interpersonal, justamente porque se trata de asimilar la intimidad de Dios que es puro interior, justamente por eso, el apostolado sólo puede consistir en la comunicación de la Presencia de Jesús mediante nuestra Presencia. El que está presente a Dios, el que respira la vida divina, el que la vive en todas las fibras de su ser, está necesariamente presente al mundo entero. Obra en todas partes, derrumba todos los muros de separación y no hay quien no beneficie del resplandor de su existencia. Claro que los hombres pueden ignorarlo. Él mismo no sabe hasta donde puede extenderse su acción, ¡y no necesita saberlo! Pero el hecho mismo de ser Presencia real concierne el universo entero y contribuye a unificar toda la creación.

El éxito del Señor, la fecundidad misma de su misión, está pues ligada finalmente a nuestra Presencia. Nada se puede realizar sin la mediación humana y por eso nuestra fidelidad no nos concierne en primer lugar. Lo importante para nuestra vocación no es la perfección sino la vida de la humanidad, el destino de los demás, el sentido del universo, de toda la creación, es ante todo y esencialmente la vida del Señor en el universo y en la humanidad.

Entonces, si nos falta generosidad, si no realizamos nuestra identificación con Jesús, nos oponemos al Reino de Dios y constituimos el obstáculo más terrible a su difusión. Eso es lo que espera de nosotros el mundo: Jesús. Tenemos pues que devenir Jesús para realizar la obra de Jesús. (Continuará).

 

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