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18-19/06/10 – ¿Qué haría Jesús en mi lugar?

Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} "Ser cristiano es devenir Jesús", conferencia pronunciada en el Carmelo de Matarieh (El Cairo) en mayo/junio de 1967. 3ª parte.

Sea cual fuere el estado de la sociedad eclesial, sea cual fuere la conducta de los miembros de la jerarquía, digamos... apostólica – pues recibió la sucesión apostólica – la jerarquía que será siempre, quiéralo o no, puro sacramento de la Presencia del Señor – sea cual fuere su comportamiento: el nuéstro no tiene que regirse por el suyo, nuestra misión de cristianos es necesaria y radicalmente siempre ésa: ser Jesús.

Sólo podemos llegar a nosotros, en cuanto bautizados y confirmados, sólo podemos llegar a nosotros mediante la persona de Jesucristo pues justamente por el bautismo y la confirmación, por el sacramento de la iniciación, hemos sido desposeídos de nosotros mismos, hemos sido injertados en la persona de nuestro Señor, en todo nuestro ser, para que nuestra Presencia sea realmente su Presencia, de suerte que nuestra conducta sólo puede regirse finalmente modelándose a cada instante según el rostro de Jesús.

¿Qué haría Jesús en mi lugar? ¿Qué diría Jesús en mi lugar? ¿Cuál sería el comportamiento de Jesús en mi lugar? Nuestra regla es la persona de nuestro Señor. No estamos reducidos a conformarnos con normas, con reglas abstractas. Tenemos que identificarnos con la persona eternamente viva que es la persona de nuestro Señor.

Y ése es el principio de nuestra conversión. Ése debe ser al menos el principio de nuestra conversión: a cada instante, ser Jesús. Cualquiera que haya sido mi conducta hasta ahora, cualesquiera que hayan sido mis infidelidades, ¡qué importa! No tengo que apreciar mi vida desde mi punto de vista. Tengo que cumplir esta misión, consustancial a mi bautismo, ser Jesús. Entonces, si no lo he sido, ¡apresurarme a serlo ya que ése es el único problema!

"Les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito, el Espíritu Santo no vendrá a ustedes". El fracaso, como acabamos de verlo, viene precisamente de que los apóstoles, a pesar de que en cierto modo amaban a Jesús apasionadamente, no lograron realmente estar presentes a su humanidad-sacramento. La Iglesia nace en el fuego de Pentecostés, del nacimiento de ellos a Jesús en la intimidad de su corazón transfigurado: su misión tendrá éxito en cuanto sean para los demás la revelación de la Presencia de Jesús y la suerte de la Iglesia estará unida hasta el fin de los siglos a esa transparencia de los miembros de la Iglesia a la persona del Señor.

Y henos ahí confrontados con la exigencia fundamental en que se resume toda la perfección, toda nuestra vocación y toda la misión eclesial: ser Jesús. El espejo de la perfección es Jesús. De modo que todos los santos auténticos lo fueron en la medida en que dieron constantemente la impresión de que su Presencia era la Presencia de Otro y de que, a través de ellos, uno comulgaba con la Presencia divina. No tenemos más que hacer.

Pidamos al Señor la gracia de volvernos la espalda a nosotros mismos, de no considerar lo que somos, de olvidar incluso nuestras faltas para desaparecer completamente en Él, a fin de que nuestra vida sea verdaderamente la Presencia de Jesús.

La Presencia eucarística misma no es suficiente. Tendremos la ocasión de hablar de ella. Pero evidentemente no es suficiente. No basta encerrar la hostia en un tabernáculo para que el mundo se transforme. Es necesario vivir la Eucaristía. Transformarnos en eucaristía nosotros para que la Presencia eucarística dé sus frutos.

El Padre de Foucauld pensaba que su misión era justamente suscitar la Presencia eucarística en medio de los Tuaregs, en medio del desierto de la naturaleza y de las almas, y de las almas, pero si él no hubiera estado ardiendo de amor por el Señor, la evocación de la Presencia eucarística no habría tenido significación alguna.

En último término, la hostia somos nosotros, nosotros mismos… La eucaristía debe transformarnos en Jesús y en la medida en que la transformación es real nosotros somos auténticamente cristianos. No perdamos el tiempo preguntándonos hasta qué punto hemos traicionado a Dios o en qué medida hemos realizado su Presencia en nosotros.

Todo comienza hoy. Estamos en el fuego del Espíritu. Estamos en el misterio de Pentecostés: la Iglesia nace, o puede nacer. En todo caso quiere nacer hoy en nuestros corazones para comenzar de nuevo, entonces no tenemos sino que inscribir en la luz de los dones del Espíritu Santo derramado sobre nosotros, no tenemos sino que inscribir esta frasecita que lo dice todo: "Yo soy Jesús".

Pidámosle a la Santísima Virgen, que había implorado con los apóstoles la efusión del Espíritu Santo, pidámosle que inscriba en nosotros esa luz inmensa: ser Jesús. San Agustín que alimentaba a su pueblo de Hipona con sus frecuentes sermones tan sustanciosos, tan profundos y tan bien adaptados a su auditorio, no temía decirles, aunque no eran genios como él: "Ustedes saben, ustedes comprenden, hermanos, que no solamente fuimos hechos cristianos, sino que fuimos hechos Cristo". Era la manera más hermosa de rendirles homenaje y de grabar en su corazón lo esencial de su vocación de bautizados: "No solamente fuimos hechos cristianos, sino que fuimos hechos Cristo". ¡Qué verdad es!

Entonces alegrémonos. No se trata de nuestra perfección ni de nuestra salvación, sino de Él, cuya Presencia es la única que puede mediatizar, significar y comunicar la Presencia y, si, como se debe, nos damos como campo de acción el mundo entero, si pensamos que ser cristiano es necesariamente ser universal, tendremos de que llenar nuestros días hasta hacerlos desbordar, ya que debemos comunicar esa Presencia, por medio de la nuéstra; a todo el universo, a toda la creación, si es verdad que toda nuestra vida está encerrada, comprendida, esclarecida e iluminada por esa frasecita: "Yo soy Jesús". (Fin)

 

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