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"Ser cristiano es devenir Jesús",
conferencia pronunciada en el Carmelo de Matarieh (El Cairo) en mayo/junio de 1967. 3ª parte.
Sea cual fuere el estado de la sociedad eclesial, sea cual fuere
la conducta de los miembros de
la jerarquía, digamos... apostólica – pues recibió la sucesión apostólica – la
jerarquía que será siempre, quiéralo o no, puro sacramento de la Presencia del
Señor – sea cual fuere su
comportamiento: el nuéstro no tiene que regirse por el suyo, nuestra misión de
cristianos es necesaria y radicalmente siempre ésa: ser Jesús.
Sólo podemos llegar a nosotros, en cuanto bautizados y confirmados, sólo
podemos llegar a nosotros mediante la persona de Jesucristo pues justamente por el bautismo y la confirmación, por
el sacramento de la iniciación, hemos
sido desposeídos de nosotros mismos, hemos sido injertados en la persona de
nuestro Señor, en todo nuestro ser, para que nuestra Presencia sea realmente su
Presencia, de suerte que nuestra conducta sólo puede regirse finalmente
modelándose a cada instante según el rostro de Jesús.
¿Qué haría Jesús en mi
lugar? ¿Qué diría Jesús en mi lugar? ¿Cuál sería el comportamiento de Jesús en
mi lugar? Nuestra regla
es la persona de nuestro Señor. No estamos reducidos a conformarnos con normas,
con reglas abstractas. Tenemos que identificarnos con la persona eternamente
viva que es la persona de nuestro Señor.
Y ése es el principio de nuestra conversión. Ése debe ser al menos el
principio de nuestra conversión: a cada instante, ser Jesús. Cualquiera que haya sido mi conducta hasta
ahora, cualesquiera que hayan sido mis infidelidades, ¡qué importa! No tengo
que apreciar mi vida desde mi punto de vista. Tengo que cumplir esta misión,
consustancial a mi bautismo, ser Jesús.
Entonces, si no lo he sido, ¡apresurarme a serlo ya que ése es el único
problema!
"Les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito, el
Espíritu Santo no vendrá a ustedes". El fracaso, como acabamos de verlo,
viene precisamente de que los apóstoles, a pesar de que en cierto modo amaban a
Jesús apasionadamente, no lograron realmente estar presentes a su
humanidad-sacramento. La Iglesia nace en el fuego de Pentecostés, del
nacimiento de ellos a Jesús en la intimidad de su corazón transfigurado: su
misión tendrá éxito en cuanto sean para los demás la revelación de la Presencia
de Jesús y la suerte de la Iglesia estará unida hasta el fin de los siglos a
esa transparencia de los miembros de la Iglesia a la persona del Señor.
Y henos ahí confrontados con la exigencia fundamental en que se resume toda
la perfección, toda nuestra vocación y toda la misión eclesial: ser Jesús. El espejo de la perfección es Jesús. De
modo que todos los santos auténticos lo fueron en la medida en que dieron
constantemente la impresión de que su Presencia era la Presencia de Otro y de
que, a través de ellos, uno comulgaba con la Presencia divina. No tenemos más
que hacer.
Pidamos al Señor la gracia de volvernos la espalda a nosotros mismos, de no
considerar lo que somos, de olvidar incluso nuestras faltas para desaparecer
completamente en Él, a fin de que nuestra vida sea verdaderamente la Presencia
de Jesús.
La Presencia eucarística misma no es suficiente. Tendremos la ocasión de
hablar de ella. Pero evidentemente no es suficiente. No basta encerrar la
hostia en un tabernáculo para que el mundo se transforme. Es necesario vivir la Eucaristía. Transformarnos en eucaristía nosotros
para que la Presencia eucarística dé sus frutos.
El Padre de Foucauld pensaba que su misión era justamente suscitar la
Presencia eucarística en medio de los Tuaregs, en medio del desierto de la
naturaleza y de las almas, y de las almas, pero si él no hubiera estado
ardiendo de amor por el Señor, la evocación de la Presencia eucarística no
habría tenido significación alguna.
En último término, la hostia somos nosotros, nosotros mismos… La eucaristía
debe transformarnos en Jesús y en la medida en que la transformación es real
nosotros somos auténticamente cristianos. No perdamos el tiempo preguntándonos
hasta qué punto hemos traicionado a Dios o en qué medida hemos realizado su
Presencia en nosotros.
Todo comienza hoy. Estamos en el fuego del Espíritu. Estamos en el misterio
de Pentecostés: la Iglesia nace, o puede nacer. En todo caso quiere nacer hoy en
nuestros corazones para comenzar de nuevo, entonces no tenemos sino que
inscribir en la luz de los dones del Espíritu Santo derramado sobre nosotros,
no tenemos sino que inscribir esta frasecita que lo dice todo: "Yo soy Jesús".
Pidámosle a la Santísima Virgen, que había implorado con los apóstoles la
efusión del Espíritu Santo, pidámosle que inscriba en nosotros esa luz inmensa:
ser Jesús. San Agustín que alimentaba a su pueblo de Hipona con sus frecuentes
sermones tan sustanciosos, tan profundos y tan bien adaptados a su auditorio,
no temía decirles, aunque no eran genios como él: "Ustedes saben, ustedes
comprenden, hermanos, que no solamente fuimos hechos cristianos, sino que
fuimos hechos Cristo". Era la manera más hermosa de rendirles homenaje y
de grabar en su corazón lo esencial de su vocación de bautizados: "No solamente fuimos hechos cristianos, sino
que fuimos hechos Cristo". ¡Qué verdad es!
Entonces alegrémonos. No se
trata de nuestra perfección ni de nuestra salvación, sino de Él, cuya Presencia
es la única que puede mediatizar, significar y comunicar la Presencia y, si, como se debe, nos damos como campo
de acción el mundo entero, si pensamos que ser cristiano es necesariamente ser
universal, tendremos de que llenar nuestros días hasta hacerlos desbordar, ya
que debemos comunicar esa Presencia, por medio de la nuéstra; a todo el
universo, a toda la creación, si es verdad que toda nuestra vida está
encerrada, comprendida, esclarecida e iluminada por esa frasecita: "Yo soy Jesús". (Fin)