Normal
0
21
false
false
false
MicrosoftInternetExplorer4
/* Style Definitions */
table.MsoNormalTable
{mso-style-name:"Tableau Normal";
mso-tstyle-rowband-size:0;
mso-tstyle-colband-size:0;
mso-style-noshow:yes;
mso-style-parent:"";
mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;
mso-para-margin:0cm;
mso-para-margin-bottom:.0001pt;
mso-pagination:widow-orphan;
font-size:10.0pt;
font-family:"Times New Roman";
mso-fareast-font-family:"Times New Roman";
mso-ansi-language:#0400;
mso-fareast-language:#0400;
mso-bidi-language:#0400;}
Carmelo de Matarieh El Cairo, Mayo de 1972: "La Divinidad de
Jesucristo". 2ª parte.
"Pero tratemos de clarificar las ideas sobre eso con mucha humildad
porque probablemente no lograremos la fórmula adecuada, la fórmula perfecta,
que abarque todos los aspectos del problema y satisfaga plenamente la
inteligencia.
Creo que en primer lugar podemos considerar cierta dirección de pensamiento
familiar para ustedes. Es la dirección que no ceso de recordarles, la dirección
de pensamiento tiene como raíz, como fundamento, la experiencia de la libertad
humana como liberación. Sigo hablando de
la libertad y afirmo en seguida que sólo tiene sentido si es liberación.
Todos hablan de libertad. Es un término que agrada a la sensibilidad, un
término que nos emociona, un término que corresponde a nuestras más profundas
aspiraciones. Todos hablan de ella y yo mismo no ceso de hacerlo, con la
diferencia que yo identifico siempre libertad y liberación, viendo a la vez
precisamente la más alta experiencia del hombre y la más alta experiencia de
Dios, en la experiencia de la libertad entendida como liberación,.
El hombre sólo se encuentra
liberándose de sí mismo, y sólo se puede liberar de sí mismo encontrando a Dios
en lo más íntimo de sí mismo. Y recíprocamente, sólo conoce auténticamente a
Dios si se libera realmente de sí mismo. Esto es de inmensa importancia y ustedes pueden
sentirlo, es decir, pueden encontrar inmediatamente una referencia que conocen
perfectamente en la conversación de Jesús con Nicodemo. En efecto, la
conversación de Jesús con Nicodemo toca y clarifica de manera infinitamente
profunda el problema de nuestra libertad, comprendida como liberación. Entonces,
¿quién es Nicodemo?
Nicodemo es un doctor. Nicodemo es un hombre que ha estudiado
las Escrituras durante toda su vida. Un hombre cuya profesión consiste en leer
las Escrituras e interpretarlas. Es un hombre religioso: si le quitan las
Escrituras, si ya no tiene que interpretarlas, deja de existir, pues su
profesión consiste precisamente en conocer las Escrituras e interpretarlas. Parece
pues calificado de manera especial para dialogar con Jesús, y en efecto viene –
con prudencia además, pues decide encontrarse con él de noche – viene a
conversar con Jesús.
Comienza por cumplimentarlo por los prodigios que realiza, por los signos
que acaba de dar durante la primera Pascua, según la cronología de san Juan,
durante la primera Pascua que nuestro Señor pasó en Jerusalén.
Pero en vez de seguirlo, nuestro Señor hace inmediatamente una observación
y le propone esta exigencia: "Nadie
puede ver el Reino de Dios si no nace de nuevo". Evidentemente, eso
quiere decir que el conocimiento que Nicodemo puede tener de las Escrituras que
no ha cesado de estudiar, que ese conocimiento es insuficiente si Nicodemo no
se transforma radicalmente: tiene que volver a nacer, o nacer de nuevo. Tiene pues que pasar por una transformación
que lluegue hasta la raíz de su ser pues esa transformación es lo que le
dará, le conferirá una mirada nueva, llenará su mirada con la luz indispensable
para comprender el sentido de las Escrituras, para llegar, a través de las
Escrituras a la Presencia misma de Dios y para descubrir en Jesucristo al que
anuncia la Escritura y que está ahí ante él, pero al que no puede reconocer si
no deviene interior a sí mismo.
Entonces, en el encuentro con Nicodemo tenemos o encontramos el tema de la
liberación. "Debes liberarte de tus límites. Tienes que liberarte de tus oscuridades. Tienes que vaciarte de ti
mismo. Tienes que dejarte llenar por Dios. Entonces conocerás, no mediante
las conclusiones que podrás sacar de la lectura de las Escrituras, sino de experiencia,
de un encuentro cuya luz vendrá toda de ser tú mismo transformado por la Presencia
que reconocerás como más íntima que lo más íntimo de ti mismo".
Vuelvo pues a la dirección de pensamiento que ya nos es familiar: a Dios, lo experimentamos; a Dios, lo
reconocemos en nuestra liberación. Es la experiencia de Agustín: "Tú estabas dentro y yo, afuera".
Cuando Agustín está "dentro"
pues no puede constatar que estaba afuera ni darse cuenta de ello sino porque
ha pasado de afuera a dentro. Ese cambio radical es pues el que lo pone frente
al verdadero Dios que le hace descubrir a Dios como la vida de su vida:
"Viva estará mi vida en adelante, toda llena de ti".
Además, nosotros tampoco dudamos cuando nos dicen: "Ése es un hombre
de Dios" o "esa mujer está llena de Dios". No dudamos un
segundo. Si ese hombre o esa mujer no están vacíos de sí mismos, si no están
totalmente despojados de su yo propietario, el caso queda juzgado y terminado. Sólo
reconocemos la Presencia de Dios en alguien en la medida en que se ha vaciado
de sí mismo y por lo mismo, en que se ha liberado totalmente de sí.
Al menos en esa dirección dirigimos la mirada y a través de ese criterio,
de esa piedra de toque, es como comprobamos la santidad de un ser humano. No
nos engañan con gestos, no nos engañan con palabras. Lo que nos garantiza que
se trata de un hombre o de una mujer de Dios, es que justamente no está apegado
a sí mismo, nos abre un espacio ilimitado, que deviene fermento de liberación
para nosotros por estar liberado de sí mismo.
Y de esa experiencia o de ese punto de partida, de esa experiencia que
encontramos siempre por doquiera, en todas las etapas de la vida espiritual,
podemos concluir – o podemos traducir, porque es lo mismo finalmente – que Dios sólo puede ser conocido en la historia
y por la historia y haciéndose historia". (Continuará)