in

Sotamenta.Net

El sitio Internet de nuestra tribu!

Zundel

24-26/06/10 – Dios es libertad y entra en la historia.

Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

Dios es libertad.

Carmelo de Matarieh El Cairo, Mayo de 1972: "La Divinidad de Jesucristo". 3ª y 4ª parte.

"Naturalmente, podemos especular, razonar sobre Dios. Podemos hablar del primer motor, de los primeros motores. Podemos decir que el mundo no se basta, que existe en el mundo una perpetua novedad que el mundo no puede explicar. Pero si esos razonamientos no terminan transformando la vida quedan fuera de la vida espiritual.

Razonar sobre la causa primera o sobre el primer motor puede ser un juego interesante de la mente, pero el Dios de los filósofos y de los sabios, como dice Pascal, no tiene influencia sobre la vida. Para que Dios tenga impacto en la vida es necesario que se convierta en experiencia vivida, que lo encontremos en la vida, es necesario que si, como Agustín, hasta ahora no habíamos podido superarnos, liberarnos, triunfar sobre las pasiones, es necesario que surja de repente en el fondo de nosotros una luz que opere justamente la transformación, la liberación.

Entonces Dios deviene realidad evidente. Se convierte en el corazón de la realidad ya que nos introduce en el centro de nuestra intimidad. Si en él llego a ser yo mismo, si constato en mí esa transformación radical, si nuestros intereses se desplazan, si él deviene el centro de mi existencia, si a su contacto respiro la luz, ya no puedo dudar de su realidad, pues la experimento a través de mi realidad. Dios se hace entonces historia en mi historia, acontecimiento de mi vida y suceso esencial de mi vida.

Y en efecto, así es como se presenta la Revelación. La Revelación no es un resultado de razonamientos. Moisés no inventó la fórmula: "Anokhy ehyeh asher ehyeh": "Yo soy lo que soy" cuando se encontró ante la zarza ardiente. Esa fórmula misteriosa que todavía no ha sido explicada, que quiere decir probablemente: "No me preguntes por mi nombre porque es inefable, yo soy lo que soy", sea cual fuere su significado, Moisés no inventó la fórmula. Evidentemente, sea cual fuere el significado que se le dé, Moisés no la sacó de un razonamiento. La vivió como un acontecimiento que lo impresionó profundamente y que fue uno de los datos esenciales de su existencia.

Entonces, la revelación de Moisés, como la de Abraham o de David, es un acontecimiento que se inscribe en la historia. Y no puede ser de otro modo si Dios es la realidad de la realidad. Si la realidad de Dios no cambiara la realidad humana, Dios permanecería en el dominio de la especulación. Seguiría siendo una idea, producto de un juego mental interesante, del más alto juego que la mente del hombre pueda practicar.

Pero en fin, no sería percibido como realidad candente, como realidad de todo momento, como realidad que nos requiere a cada segundo, como realidad que da sentido a toda nuestra existencia.

Es pues cierta la constatación de que la Presencia de Dios, en fin, de que el Dios vivo sólo puede ser conocido a través de un acontecimiento de la vida humana, a través de la transformación de la vida humana, es decir, finalmente, a través de una liberación del hombre.

Es lo que constituye la actualidad candente de Dios. Un juego de la mente, uno lo puede jugar y luego dejarlo. Un juego de la mente puede satisfacer la inteligencia pero no transforma radicalmente la vida. El Dios vivo sólo puede ser percibido precisamente, realmente, hoy, en este instante mismo en que estamos, sólo puede ser percibido por la respuesta que le damos nosotros, por la respuesta que nosotros llegamos a ser.

Cuando entro en el juego del amor, cuando cierro el anillo de oro de las nupcias eternas, cuando devengo respuesta al llamado de Dios en el fondo de mi corazón, en ese momento experimento la actualidad de Dios, en ese momento lo encuentro de manera indiscutible, ya que es indiscutible que me transformo, que sigo el impulso de mi liberación.

Entonces cuando digo que Dios es libertad, libertad en la Trinidad, libertad en lo más íntimo de mí, libertad en la moral a la que adhiero, moral que es justamente moral de liberación, si digo que él es libertad en mis relaciones con los demás, que él es libertad en la virtud de justicia porque él quiere precisamente, mediante el respeto de los demás a que me siento llamado, mediante ese respeto, él quiere liberarnos a los demás y a mí mismo. La libertad es pues la clave de la experiencia de Dios, de toda experiencia de Dios si tomamos esa experiencia como liberación, liberación continua de sí mismo en una unión e identificación cada vez más profunda con el Dios interior a nosotros".

Dios entra en la historia

25-26/06/10. Ése es un dato muy importante: por una parte, Dios es liberación, Dios es libertad, por otra, Dios entra en la historia. Sólo puede ser conocido a través de un acontecimiento de mi vida, de nuestra vida, es decir por una transformación de nuestra vida, mediante el encuentro con Él. Creo que eso es perfectamente claro para ustedes. No tienen ninguna dificultad para entender las palabras de Agustín: "Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva", no tienen ninguna dificultad para comprender esas palabras, surgidas precisamente en el momento en que Agustín sintió la transformación. Esas palabras sólo expresan la transformación radical que lo hizo pasar de afuera a dentro. Entonces, a través de ese acontecimiento, percibe toda la realidad de Dios y conoce la realidad en que se transforma por el encuentro con la belleza tan antigua y tan nueva.

Ahora podemos volver al punto de partida, a la experiencia de ese cristiano de buena voluntad que, aun cuando comulgaba todos los días, nunca pudo creer en la divinidad de Jesucristo. Podemos aplicarle lo que decía yo ahora sobre los teólogos anglicanos o protestantes: vivió finalmente la divinidad de Jesucristo pero no pudo comprenderla. Comulgaba, porque estaba atraído por Cristo Dios, quiero decir por Cristo como centro de su vida, por Cristo que ocupaba en su vida el lugar de Dios, pero cuando trató de comprenderlo encontró dificultades insuperables.

¿De dónde provienen esas dificultades? Evidentemente, de cierta concepción de Dios. Si partimos del Dios de los filósofos, del Dios abstracto, del Dios que es la causa primera, del Dios que es el primer motor, del Dios que es la conclusión de un raciocino, del Dios que es finalmente una idea, ¿cómo entender que ese Dios trascendente, trascendente en el sentido de inexpresable, trascendente igualmente en el sentido de extranjero, de exterior a nosotros, en fin, ese Dios que con Aristóteles podemos concebir como el pensamiento que se piensa a sí mismo, cómo podría ese Dios caminar en la tierra? ¿Cómo podría ser un hombre como los demás? ¿Cómo podría marchar en los caminos, en los senderos de Nazaret? ¿Cómo podría nacer de una mujer y morir, morir, como mueren los hombres?

El carácter abstracto de ese conocimiento de Dios como causa primera, primer motor inmóvil, el carácter abstracto, el carácter insondable de esa afirmación, el carácter del Dios trascendente en el sentido filosófico, en fin, de una idea subsistente, es lo que parece hacer imposible la Encarnación como algo absurdo. Eso sería limitar a Dios, eso sería mezclarlo con el mundo cambiante. Dejaría de ser causa primera. Dejaría de ser el motor inmóvil si entrara en el devenir, si entrara en el tiempo, si estuviera sometido al tiempo. Eso parece totalmente absurdo.

Y lo mismo se puede decir del Dios bíblico, en la medida en que es el Dios ante el cual uno se descalza como en la zarza ardiente. Es alguien separado, separado, cuya visión hace morir, como en la visión de Isaías o en la teofanía del Sinaí. En la manifestación de Dios en el Sinaí, el terror es tan grande que los israelitas piden sobre todo que Dios no les hable, si no, morirían.

Ese Dios del que no podemos acercarnos sin morir, ese Dios separado, ¿cómo podría entrar en la historia? ¿Cómo podría devenir uno de nosotros? Toda la santidad que se le atribuye protesta, protesta, protesta contra esa imaginación que parece sacrílega. Sólo puede estar encerrado en su santidad inefable, inclinándose quizá – es otra imagen – inclinándose hacia los hombres por ser misericordioso, pero que, claro está,  no puede participar en su vida sin dejar de ser Él.

Resumiendo burdamente, la grandeza de Dios, vista con los ojos de los filósofos o de los profetas del Antiguo Testamento, parece oponerse a la verdad de la Encarnación.

Si Dios es ese Dios separado, ese Dios inefable, si sólo podemos alcanzarlo por vía de negación, de eminencia y de negación, si las palabras aplicadas a él no significan lo mismo que para nosotros, en fin, si es tan trascendente que no se le puede ni siquiera nombrar, ¿cómo podría devenir uno de nosotros?

Creo que estas dificultades son muy reales. Es evidente que el cristiano de que hablo, que comulgaba todos los días y no creía en la divinidad de Jesucristo, al menos conceptualmente, al menos en la idea que tenía de él, tenía ciertamente en la mente dificultades de este género: es imposible que Dios se haya hecho hombre. Hay contradicción entre los dos términos, el hombre es finito, limitado, tiene comienzo y fin, y es imposible que Dios se haga hombre pues eso sería encerrarse, se encerraría en esos límites y se negaría a sí mismo.

No cabe duda de que si Bultmann, que es una mente superior, un hombre de prodigiosa erudición, redujo a Jesús a un profeta oscuro que anunció de manera muy equívoca el fin del mundo y si todo se limita a eso, es evidente que también Bultmann tiene en la mente la idea de un Dios tan trascendente, tan lejano, tan separado que la Encarnación aparece como una monstruosidad, aunque prácticamente y en el campo de la vida concreta, esté ciertamente en la luz de una fe que implica la divinidad de Jesucristo y por ende la Encarnación de Dios.

Todas esas dificultades caen de un solo golpe si hablamos de un Dios interior al hombre, de un Dios que está siempre ahí, de un Dios que no tiene que bajar del cielo, de un Dios que nos está esperando en lo más íntimo nuestro, en fin, recurriendo a una referencia que ustedes conocen perfectamente, si hablamos del Dios de que habla Jesús a la samaritana.

Precisamente, en ese diálogo Jesús responde a la samaritana a todas las dificultades que acabo de enunciar burdamente, porque la orienta para que no mire a Dios como alguien exterior a ella, al cual podría localizar en una montaña y construirle un templo de piedra para honorarlo. La persuade. Trata de llevarla a descubrir a un Dios interior a ella, y cuyo santuario es ella misma". (Continuará)

Comments

No Comments

Leave a Comment

(required)  
(optional)
(required)  
Add
Powered by Community Server (Non-Commercial Edition), by Telligent Systems