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Carmelo de Matarieh El Cairo, Mayo de 1972: "La Divinidad de
Jesucristo". 5ª parte.
"Entonces, todas las dificultades que enunciaba hace un momento quedan
radicalmente superadas pues no se trata
de un Dios distante, abstracto, separado, sino de un Dios tan presente, tan
interior en nosotros que es el único camino hacia nosotros mismos y que no
podemos llegar a nosotros mismos sin pasar por Él. Ese Dios ya está ahí.
Está presente siempre, siempre encarnado. Ya está encarnado puesto que está en
nosotros, ya es un acontecimiento de nuestra historia y lo conocemos justamente
porque está encarnado.
Si no se hubiera hecho acontecimiento de nuestra historia, jamás podríamos
encontrarlo. No sería la experiencia esencial de nuestra vida. Entonces, en
nuestra experiencia de cada día tratamos con un Dios interior que ya está
presente, desde siempre: somos nosotros los que no estamos presentes. Dios no
tiene que venir: somos nosotros los que tenemos que venir, no él, pues él ya
está ahí, esperándonos, en lo más íntimo de nuestro corazón y es un Dios
encarnado, pues está enraizado en nuestra vida como acontecimiento esencial o
como acontecimiento esencial de nuestra vida, ya que, una vez más, por él
llegamos a nosotros mismos.
El debate se simplifica entonces, se simplifica, se interioriza y la
cuestión que se plantea es evidente: ¿Cuál
es la diferencia entre la encarnación en mí, en nosotros y en Jesús? Si
Dios entra en la historia y si sólo entra en la historia encarnándose en ella,
haciéndose acontecimiento en la historia, tomando raíz en ella y transformando
la vida humana y la vida del universo, ¿qué diferencia hay entre esa
encarnación general y la encarnación en Jesús?
Podemos constatarlo desde luego, podemos constatar a cada instante que la
encarnación de Dios en nosotros es intermitente. Se produce cuando prestamos
atención, cuando estamos realmente presentes; se produce cuando estamos
realmente liberados de nosotros mismos, pero desaparece. Hay momentos en que no
estamos presentes. Hay momentos en que estamos ausentes. Hay momentos en que
estamos distraídos. Hay momentos en que lejos de estar liberados de nosotros
mismos, retornamos a las antiguas esclavitudes, recaemos bajo el yugo del yo
propietario que nos arranca o apaga la luz divina dentro de nosotros y nos
impide ser testimonio eficaz de la Presencia única. Entonces, la encarnación es imperfecta en nosotros,
es imperfecta e intermitente.
Veamos ahora la encarnación perfecta en Cristo, entremos en contacto con
ella. Porque para que Cristo sea el centro de toda vida humana, la encarnación
en Cristo debe situarse en otro nivel: y su Encarnación, la Encarnación en él
debe tener un carácter único para que, a través de su historia, a través de su
historia singular, a través de su humanidad individual, el hombre Jesús sea
realmente el centro y el Dios de nuestra vida.
Aquí debemos hacer un trabajo, partiendo de una experiencia, nuéstra claro
está. Toda experiencia es nuestra. Una experiencia que no sea nuestra no nos
impresiona, no nos llega, no nos ilumina. Toda experiencia que nos enriquece,
que concurre a nuestra liberación, se realiza en nosotros.
Hay que recurrir a una experiencia delicada y sutil, que todos hacemos para
ir al encuentro con Cristo y, en especial, para dar sentido a la palabra Hijo.
El cristiano ordinario sabe - o al menos lo afirma - que Jesús es el Hijo de
Dios hecho hombre. El cristiano ordinario, quiero decir, el cristiano común,
que puede ser además un excelente cristiano, y aun santo – el cristiano ordinario,
es decir que no tiene cultura filosófica o teológica profunda, pero que puede
ser un gran cristiano – el cristiano ordinario, es decir lo corriente entre
cristianos, los cristianos en general no comprenden esa afirmación, no la
analizan.
¿Qué quiere decir eso de "Hijo de Dios"? Repetimos las palabras
"Hijo de Dios" como las
repitieron los apóstoles, pero salvo atención particular, el cristiano en
general no se plantea el problema. ¿Qué
quiere decir eso de "Hijo de Dios"? ¿Es que Dios tiene hijos?
Un sabio musulmán me decía hace poco: "En el fondo, la gran dificultad
ente el Islam y el cristianismo es quizás una cuestión de palabras" porque
cuando a un musulmán le hablan de "Hijo de Dios", comprende esa
filiación como una generación humana, una generación natural.
Cuando deviene padre, un padre humano suscita la vida de un hijo de la
misma naturaleza que él, la misma naturaleza que él pero no su misma naturaleza
singular, el hijo tiene la misma naturaleza humana que su padre, pero su padre
puede morir y él seguirá viviendo, y entonces no tiene la misma naturaleza
singular que su padre, aunque tenga la misma naturaleza humana.
Pero el musulmán ordinario piensa que el cristiano cree que Dios engendró,
o concibió un hijo, como lo concibe un padre humano, y que, para el cristiano, entonces
la generación multiplica la naturaleza divina lo mismo que la generación humana
multiplica la naturaleza humana, y para el musulmán, eso hace dos dioses: si se
multiplica la naturaleza divina se multiplican los dioses.
Y justamente, eso lo rechaza absoluta y categóricamente la fe cristiana en
las definiciones solemnes; en Dios la
generación no implica multiplicación de la naturaleza divina, es una generación
interna, una generación espiritual, una generación según la persona en que la
misma naturaleza idéntica y no multiplicada es la raíz común, idénticamente
común de la personalidad en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo".
(Continuará)