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Carmelo de Matarieh El Cairo, Mayo de 1972:
"La Divinidad de Jesucristo". 7ª parte.
"Pero
esto nos predispone ya a considerar en Dios una generación que no tiene nada
que ver con la multiplicación de su naturaleza, sino con la santidad de la
naturaleza divina puesto que la generación interior expresa la posibilidad de
que esa naturaleza se vacíe de sí misma, no sea presa de sí misma, no se apegue
a sí misma, no esté encerrada en sí misma, no esté aferrada a sí misma de
manera egocéntrica, sino que realice una transparencia absolutamente virginal
en una libertad infinita.
En Dios, la generación y la procesión, la
dicción perfecta, pues eso es lo que supone la santidad divina, está en
expresarse no en provecho propio, en expresarse no para encerrarse en sí mismo,
no para complacerse en sí mismo, sino en expresarse en Otro y para él.
Expresarse en Otro y para él, expresarse en una
renuncia total en que no se conserva nada de sí mismo, nada: la naturaleza pasa
totalmente en la Palabra y el que habla, el que se expresa es sólo relación,
relación, mirada hacia la Palabra viva que brota eternamente del Padre, el cual
es sólo relación eternamente viva con el Hijo, y el Hijo es sólo relación viva
con el Padre.
E igualmente, el amor no es complacencia del
uno en el otro ni del uno para el otro, sino éxtasis, salida de sí mismo,
desapropiación total del uno en el otro y del uno para el otro en la
respiración del Espíritu Santo. El Padre
y el Hijo no se poseen en un abrazo en que se encontrarían para colmarse el uno
por medio del otro. Se dan, se encuentran en el despojamiento radical que
suscita el Espíritu Santo, es decir que en Dios el amor es radicalmente
desposeído, radicalmente despojado, radicalmente virginal, excluye toda especie
de complacencia en sí mismo, lo cual no tenemos dificultad alguna para
admitirlo.
Al contrario, eso nos colma el corazón. Eso nos
ilumina la inteligencia. Es la liberación de la mente. Es lo que nos impide
odiar a Dios, detestarlo como enemigo de nuestra dignidad e inviolabilidad. Eso
interioriza toda la vida espiritual. Interioriza toda la creación. Eso nos
permite ir hasta nosotros mismos, eso le da sentido a nuestra libertad. En la liberación de Dios en el seno de la
Trinidad encontramos el modelo de nuestra propia liberación.
Podemos ser libres porque Dios lo es. Podemos
ser libres porque Dios es el camino hacia nuestra libertad, porque justamente
Dios nos enseña a ser libres, pues no nos
hicimos nosotros, por ser necesariamente prefabricados, la única libertad
posible es darlo todo sin guardar nada para sí mismo, y Dios es Dios
precisamente porque lo da todo en la circulación interior en que se vacía
eternamente de sí mismo en la eterna comunión de amor de las relaciones
intra-divinas, de las relaciones subsistentes que hacen de cada persona una
pobreza subsistente.
Cada persona solo tiene el ser relación con la
otra o con las otras, con las otras dos. En Dios, la única posesión es la
desapropiación absoluta, radical y eterna. Eso nos colma, eso nos llena de
alegría, eso ilumina nuestra experiencia de nosotros mismos y todo eso nos
permite devenir más aún nosotros mismos al hacernos imitadores de Dios, o
mejor, estando enraizados en el seno de su vida trinitaria la cual debe
convertirse en la nuestra.
Y ahí encuentra su luz
y su expresión la Encarnación de Jesús. Dios es ya nuestro polo de atracción,
el polo de nuestra personalidad. Sólo llegamos a ser nosotros mismos en referencia
a él".