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Carmelo de Matarieh El Cairo, Mayo de 1972: "La Divinidad de
Jesucristo". 8ª parte.
"Somos pues hijos de
Dios, hijos, pero no en plenitud absoluta. Siempre hay una falla. Siempre hay una
distancia. Siempre hay un hiato que nuestras caídas nos recuerdan dolorosamente.
Cuando Jesús dice que es el Hijo, no sólo un hijo, como todos nosotros, no
solamente hijo de Dios, sino El Hijo, el Hijo, en sentido único y absoluto, ¿qué
quiere decir eso?
El Cardenal de Berulio lo expresa con lenguaje emocionante, con un lenguaje
de comienzos del siglo 17, cuando el francés comenzaba a tomar su forma
definitiva. El Cardenal de Berulio sin querer explicar o al menos proponer el
misterio de la Encarnación, sino al contrario, como san Pablo que da en la
Epístola a los Filipenses una de las más altas fórmulas de la Encarnación
exhortándonos a la humildad: "Tengan los mismos sentimientos que Cristo
Jesús, el cual, siendo de condición divina no se aferró a su igualdad con Dios,
sino que tomó la condición de esclavo, etc." Entonces san Pablo, en una
exhortación a la humildad, expresa del modo más profundo el misterio de la
Encarnación (Fp. 2,7).
Así mismo Berulio, exhortándonos a la unión con Cristo, expresa a su manera
el misterio de la Encarnación diciendo: "Y debemos mirar a Jesús como nuestra perfección, porque lo es y quiere
serlo". Jesús es pues nuestra perfección: "Lo es y quiere
serlo". Como el Verbo, dice, el Verbo, luego el Hijo eterno, eterno porque
el Verbo no comienza con la encarnación, como ustedes saben: el Verbo es
eterno. La humanidad de Jesús comienza en el seno de María, pero el Verbo no,
es eterno. Entonces, Jesús es nuestra perfección. "Lo es y quiere serlo".
Como el Verbo es la perfección de esta naturaleza humana que subsiste en él y
aquí justamente Berulio, en un lenguaje nuevo pues eso no había sido jamás
expresado así en francés "pues, como esta naturaleza", la naturaleza
humana de Jesús "considerada en su origen está en manos del Espíritu
Santo, el cual la saca de la nada", hace entonces existir esta naturaleza
humana, la hace existir en el seno de María sacándola de la nada pues antes no
existía, pues cuando la naturaleza humana de Jesús "está en manos del
Espíritu Santo que la saca de la nada y la priva de su subsistencia", es
decir que esa naturaleza, en vez de mantenerse en la existencia con una
personalidad como la nuestra, en vez de estar encerrada en sí misma como la
nuestra: nuestra naturaleza nos ha revestido de una personalidad humana, cerrada
sobre sí misma, aunque por otra parte pueda superar sus límites. Al contrario
en Jesús, la naturaleza humana es privada de subsistencia, no está cerrada
sobre sí misma y el Espíritu Santo "la priva de su subsistencia y la da al
verbo", ¿verdad? Esta naturaleza dada al Verbo es enraizada en el Verbo,
subsiste en le Verbo, es sostenida en la existencia a través del Verbo.
Entonces el Espíritu Santo "la da al Verbo para que el Verbo la invista,
la revista de sí mismo y la haga suya, dándose a ella y dándole su propia
subsistencia divina. Así mismo nosotros, estamos en las manos del Espíritu
Santo que nos saca del pecado, nos une a Jesús como Espíritu de Jesús, emanado
de Jesús, por él adquirido y enviado".
Ustedes ven la comparación
en que nuestra unión con Jesús bajo la acción del Espíritu Santo que nos saca
del pecado es comparada con la Encarnación del Verbo en la cual "la
naturaleza humana sacada de la nada y creada en el seno de María es unida en el
Verbo, o mejor unida al Verbo como principio de su subsistencia". Esto es a la vez sencillo y profundo y
dicho en una lengua admirable. ¿Qué quiere decir eso finalmente? Quiere decir
que lo comunicado a la humanidad de nuestro Señor es la pobreza divina en
persona, es la libertad divina en persona, pues ¿qué pasa con la humanidad de
nuestro Señor? Precisamente de que es totalmente liberada de sí misma para ser
totalmente transparente a Dios.
Llevamos a Dios en nosotros. Está en el fondo de nuestros corazones. Si
no somos Cristo no es porque Dios no esté en nosotros sino porque nosotros no
estamos en Dios. Llevamos a Dios
como lo lleva la humanidad de Jesús, es decir que Dios está tan realmente
presente en nosotros como en la humanidad de nuestro Señor. Somos nosotros los
que no estamos presentes. Ese sol interior está en el fondo de nuestros
corazones. Pero nosotros, con las cortinas cerradas, no acogemos esa luz.
En Jesús, la humanidad abre sus cortinas. En Jesús, la casa humana deviene
casa de vidrio. En Jesús, la naturaleza humana es totalmente diáfana. En Jesús,
la humanidad es totalmente liberada de sus límites. En Jesús, la humanidad no
puede poseerse. No está limitada a un "yo"
que la encierra en sí. Está abierta a un "yo" inmenso, infinito, que la saca de sí y le permite expresar
a Dios en persona.
Lo que se comunica a la humanidad de nuestro Señor es la libertad de Dios
en persona, que vacía radicalmente de ella misma esa humanidad y hace de ella
el sacramento transparente e inseparable de la Presencia divina en nuestra
historia. Es la cumbre de la Encarnación, es la plenitud de la Encarnación en
una historia que es el corazón de la historia pues Dios, necesariamente, se
manifiesta en la historia como acontecimiento de la historia. En este caso, el
acontecimiento brilla como centro de la historia y le da un sentido definitivo.
Pero hay que comprender y reconocer que es bajo la forma de liberación, de
liberación absoluta y definitiva y total y en beneficio de toda la humanidad y
además de todo el universo como se realiza la liberación de la humanidad creada
en el seno de María. Es pues unión en la persona, unión en la personalidad y la
personalidad es en Dios justamente el despojamiento absoluto, la pobreza eterna,
la libertad subsistente.
Eso es la personalidad en Dios y eso es lo comunicado a la humanidad de
nuestro Señor. Es tomada en una ola, en una ola que arroja eternamente al Hijo
en el Seno del Padre y lo empuja en la ola como una cáscara de nuez llevada por
todo el océano. Entonces ya no testimonia de sí misma sino del océano,
testimonia de Dios, Lo hace presente. A través de ella, se dirige en persona a
nuestra libertad la libertad divina, pues justamente la humanidad de nuestro
Señor no tiene más lazo consigo misma que la relación subsistente que hace del
Hijo una eterna ofrenda al Padre.
La humanidad de Jesús no se posee como la nuestra. Es totalmente dada,
radicalmente ofrecida y llevada en la ofrenda eterna que arroja eternamente al
Hijo en el seno del Padre.
Evidentemente, habrá que explorar todavía en esta profundidad, en esta profundidad comenzamos a entrar en
el Credo cristiano, en esta afirmación del Hijo de Dios hecho hombre de la
cual ven que representa algo muy distinto de lo que a primera vista parecen
significar las palabras, pues se trata
de una generación interior, de una generación en el centro de relaciones dentro
de la vida divina, en una comunidad absoluta de naturaleza, en
consubstancialidad total, pues todo lo que está en el Padre está igualmente en
el Hijo, eternamente, y en el mismo grado, e igualmente en el Espíritu Santo.
La única distinción en Dios se funda en la desapropiación. Eso es lo
formidable. Mientras nosotros arriesgamos a cada instante devenir propietarios
de nosotros mismos y reivindicar nuestro dominio sobre los demás, en Dios la
única propiedad es la desapropiación.
Es que Dios no puede poseerse. Él es la desapropiación radical y sólo tiene
contacto consigo mismo comunicándose. En el fondo de esa pobreza divina se
enraíza la Encarnación. Pero basta por
hoy. Si nuestra mirada queda fija sobre esta zarza ardiente que es para
nosotros la Trinidad divina, esa es la cumbre, es nuestro Sinaí: la Trinidad
divina que está escondida en el fondo de nuestros corazones como llamado
infinito a nuestra liberación".