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30/06/10 et 01/07/10 - En Jesús, la humanidad abre sus cortinas.

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"Somos pues hijos de Dios, hijos, pero no en plenitud absoluta. Siempre hay una falla. Siempre hay una distancia. Siempre hay un hiato que nuestras caídas nos recuerdan dolorosamente.

Cuando Jesús dice que es el Hijo, no sólo un hijo, como todos nosotros, no solamente hijo de Dios, sino El Hijo, el Hijo, en sentido único y absoluto, ¿qué quiere decir eso?

El Cardenal de Berulio lo expresa con lenguaje emocionante, con un lenguaje de comienzos del siglo 17, cuando el francés comenzaba a tomar su forma definitiva. El Cardenal de Berulio sin querer explicar o al menos proponer el misterio de la Encarnación, sino al contrario, como san Pablo que da en la Epístola a los Filipenses una de las más altas fórmulas de la Encarnación exhortándonos a la humildad: "Tengan los mismos sentimientos que Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina no se aferró a su igualdad con Dios, sino que tomó la condición de esclavo, etc." Entonces san Pablo, en una exhortación a la humildad, expresa del modo más profundo el misterio de la Encarnación (Fp. 2,7).

Así mismo Berulio, exhortándonos a la unión con Cristo, expresa a su manera el misterio de la Encarnación diciendo: "Y debemos mirar a Jesús como nuestra perfección, porque lo es y quiere serlo". Jesús es pues nuestra perfección: "Lo es y quiere serlo". Como el Verbo, dice, el Verbo, luego el Hijo eterno, eterno porque el Verbo no comienza con la encarnación, como ustedes saben: el Verbo es eterno. La humanidad de Jesús comienza en el seno de María, pero el Verbo no, es eterno. Entonces, Jesús es nuestra perfección. "Lo es y quiere serlo". Como el Verbo es la perfección de esta naturaleza humana que subsiste en él y aquí justamente Berulio, en un lenguaje nuevo pues eso no había sido jamás expresado así en francés "pues, como esta naturaleza", la naturaleza humana de Jesús "considerada en su origen está en manos del Espíritu Santo, el cual la saca de la nada", hace entonces existir esta naturaleza humana, la hace existir en el seno de María sacándola de la nada pues antes no existía, pues cuando la naturaleza humana de Jesús "está en manos del Espíritu Santo que la saca de la nada y la priva de su subsistencia", es decir que esa naturaleza, en vez de mantenerse en la existencia con una personalidad como la nuestra, en vez de estar encerrada en sí misma como la nuestra: nuestra naturaleza nos ha revestido de una personalidad humana, cerrada sobre sí misma, aunque por otra parte pueda superar sus límites. Al contrario en Jesús, la naturaleza humana es privada de subsistencia, no está cerrada sobre sí misma y el Espíritu Santo "la priva de su subsistencia y la da al verbo", ¿verdad? Esta naturaleza dada al Verbo es enraizada en el Verbo, subsiste en le Verbo, es sostenida en la existencia a través del Verbo. Entonces el Espíritu Santo "la da al Verbo para que el Verbo la invista, la revista de sí mismo y la haga suya, dándose a ella y dándole su propia subsistencia divina. Así mismo nosotros, estamos en las manos del Espíritu Santo que nos saca del pecado, nos une a Jesús como Espíritu de Jesús, emanado de Jesús, por él adquirido y enviado".

Ustedes ven la comparación en que nuestra unión con Jesús bajo la acción del Espíritu Santo que nos saca del pecado es comparada con la Encarnación del Verbo en la cual "la naturaleza humana sacada de la nada y creada en el seno de María es unida en el Verbo, o mejor unida al Verbo como principio de su subsistencia". Esto es a la vez sencillo y profundo y dicho en una lengua admirable. ¿Qué quiere decir eso finalmente? Quiere decir que lo comunicado a la humanidad de nuestro Señor es la pobreza divina en persona, es la libertad divina en persona, pues ¿qué pasa con la humanidad de nuestro Señor? Precisamente de que es totalmente liberada de sí misma para ser totalmente transparente a Dios.

Llevamos a Dios en nosotros. Está en el fondo de nuestros corazones. Si no somos Cristo no es porque Dios no esté en nosotros sino porque nosotros no estamos en Dios. Llevamos a Dios como lo lleva la humanidad de Jesús, es decir que Dios está tan realmente presente en nosotros como en la humanidad de nuestro Señor. Somos nosotros los que no estamos presentes. Ese sol interior está en el fondo de nuestros corazones. Pero nosotros, con las cortinas cerradas, no acogemos esa luz.

En Jesús, la humanidad abre sus cortinas. En Jesús, la casa humana deviene casa de vidrio. En Jesús, la naturaleza humana es totalmente diáfana. En Jesús, la humanidad es totalmente liberada de sus límites. En Jesús, la humanidad no puede poseerse. No está limitada a un "yo" que la encierra en sí. Está abierta a un "yo" inmenso, infinito, que la saca de sí y le permite expresar a Dios en persona.

Lo que se comunica a la humanidad de nuestro Señor es la libertad de Dios en persona, que vacía radicalmente de ella misma esa humanidad y hace de ella el sacramento transparente e inseparable de la Presencia divina en nuestra historia. Es la cumbre de la Encarnación, es la plenitud de la Encarnación en una historia que es el corazón de la historia pues Dios, necesariamente, se manifiesta en la historia como acontecimiento de la historia. En este caso, el acontecimiento brilla como centro de la historia y le da un sentido definitivo.

Pero hay que comprender y reconocer que es bajo la forma de liberación, de liberación absoluta y definitiva y total y en beneficio de toda la humanidad y además de todo el universo como se realiza la liberación de la humanidad creada en el seno de María. Es pues unión en la persona, unión en la personalidad y la personalidad es en Dios justamente el despojamiento absoluto, la pobreza eterna, la libertad subsistente.

Eso es la personalidad en Dios y eso es lo comunicado a la humanidad de nuestro Señor. Es tomada en una ola, en una ola que arroja eternamente al Hijo en el Seno del Padre y lo empuja en la ola como una cáscara de nuez llevada por todo el océano. Entonces ya no testimonia de sí misma sino del océano, testimonia de Dios, Lo hace presente. A través de ella, se dirige en persona a nuestra libertad la libertad divina, pues justamente la humanidad de nuestro Señor no tiene más lazo consigo misma que la relación subsistente que hace del Hijo una eterna ofrenda al Padre.

La humanidad de Jesús no se posee como la nuestra. Es totalmente dada, radicalmente ofrecida y llevada en la ofrenda eterna que arroja eternamente al Hijo en el seno del Padre.

Evidentemente, habrá que explorar todavía en esta profundidad, en esta profundidad comenzamos a entrar en el Credo cristiano, en esta afirmación del Hijo de Dios hecho hombre de la cual ven que representa algo muy distinto de lo que a primera vista parecen significar las palabras, pues se trata de una generación interior, de una generación en el centro de relaciones dentro de la vida divina, en una comunidad absoluta de naturaleza, en consubstancialidad total, pues todo lo que está en el Padre está igualmente en el Hijo, eternamente, y en el mismo grado, e igualmente en el Espíritu Santo.

La única distinción en Dios se funda en la desapropiación. Eso es lo formidable. Mientras nosotros arriesgamos a cada instante devenir propietarios de nosotros mismos y reivindicar nuestro dominio sobre los demás, en Dios la única propiedad es la desapropiación.

Es que Dios no puede poseerse. Él es la desapropiación radical y sólo tiene contacto consigo mismo comunicándose. En el fondo de esa pobreza divina se enraíza la Encarnación. Pero basta por hoy. Si nuestra mirada queda fija sobre esta zarza ardiente que es para nosotros la Trinidad divina, esa es la cumbre, es nuestro Sinaí: la Trinidad divina que está escondida en el fondo de nuestros corazones como llamado infinito a nuestra liberación".

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