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July 2010 - Posts

  • 31-07/02-08/10 – Toda vida cristiana es sacerdotal.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Homilía para padres de familia…

    "No existe teléfono en el cielo, no existe teléfono en el cielo y entonces todo lo que se dice sobre Dios, son hombres los que lo dicen ya que sólo pueden decirlo con autoridad, sólo pueden decirlo de manera auténtica si se han transformado, si la gracia de Dios los ha transformado y ha hecho de ellos sacramentos vivos.

    Jamás se debe olvidar el carácter sacramental de la revelación. No hay oficina de información en el cielo que nos mande cada día un boletín de noticias. Es imposible. Pero hay hombres que se hacen transparentes a Dios y superan sus límites, poco o mucho, y en la medida en que los superan se hacen capaces de hacernos presente a Dios.

    Ese es el sentido profundo del sacerdocio. La palabra sacerdocio significa exactamente: presentar, dar lo sagrado y lo sagrado será siempre dado y presentado por hombres.

    Con demasiada frecuencia olvidamos que no existen archivos celestiales donde ir a buscar y con los cuales podamos confrontar el pensamiento del hombre. Pero lo que sí existe es algo infinitamente más rico e importante que todos los archivos, y son justamente los hombres de Dios. Esos hombres transformados en Dios, esos hombres transparentes a Dios, que nos comunican su luz y su vida. Y desde luego sólo nos la pueden comunicar si a nuestro turno nos transformamos nosotros ya que recibir el mensaje del hombre de Dios, del sacerdote o del profeta lo que es finalmente lo mismo, recibir su mensaje es vivirlo, pues no trae luz si no lo vivimos. Y vivirlo es comunicarlo, transformándonos en Él.

    Y en la cadena de testigos, en la cadena sacerdotal y profética, en el centro de toda revelación está la humanidad de Jesucristo. La sagrada humanidad de nuestro Señor, esa humanidad enteramente despojada de sí misma, esa humanidad universal, esa humanidad sin fronteras, lo que hace que Jesús se designe a sí mismo con el nombre de Hijo del Hombre, Hijo de Hombre, es decir, hombre. Él es el Hombre, no sólo hombre sino El Hombre, el Hombre en toda su plenitud, el Hombre eterno, el Hombre que sobrevuela el tiempo y el espacio, el Hombre interior a cada uno de nosotros, el Hombre que está en casa dentro de los otros.

    Y la revelación que trae Jesucristo, la revelación en que Dios en persona está presente, la revelación que no es una Palabra sino el mismo Cristo, la revelación que se resume en su humanidad que es el primero y más perfecto sacramento, esa revelación es inseparable de Él. No podemos ponerla en palabras, no podemos encerrarla en un lenguaje, y por eso Cristo permanece, permanece eternamente con nosotros, vivifica eternamente su palabra con su Presencia. Tanto, que ser cristiano no consiste en escuchar Palabras sino primero en unirse con una Persona. Es ante todo vivir la vida que es Cristo mismo, es acogerlo, hacer de nuestra vida la expresión de la Suya.

    Y es ahí donde interviene el sacerdocio en sentido estricto, en el sentido corriente de los sacerdotes. El sacerdocio interviene porque es imposible tener acceso a Jesucristo, a Jesucristo presente en medio de nosotros, a Jesucristo presente en el inmenso sacramento que llamamos la Iglesia, es imposible llegar a Cristo así presente en la Iglesia, a Cristo que es la Iglesia como Él mismo lo revela a Saulo a las puertas de Damasco: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues", es imposible acercarse a Cristo sin salir de nuestras fronteras justamente porque en Jesús tenemos la revelación suprema, porque en Jesús nada limita la presencia divina, porque en Jesús la transparencia es total, porque en Jesús fue pronunciada la última palabra, la palabra que ya no es palabra sino presencia capaz de iluminar todos los cielos, de totalizar toda la historia y de devenir en nosotros la vida de nuestra vida.

    Por eso, dada la riqueza misma y la plenitud de esa revelación que es una Persona, para recibirla es necesario salir de sí mismo, devenir universal, es precisamente el sentido de la palabra católico, devenir universal, superar sus límites, entrar en la inmensidad del amor divino. Y ahí es donde juega su papel el sacerdote en sentido estricto, nos introduce en la comunidad pues sólo tenemos acceso al tesoro infinito que es Cristo haciéndonos comunidad, haciéndonos universal, llevando en nosotros el destino de toda la humanidad y de todo el universo. Y la mediación del sacerdote en sentido estricto del sacerdote que soy yo, es mediación comunitaria, quiere precisamente mantenernos en ese horizonte infinito a fin de que no vayamos a Cristo en la soledad de nuestro propio egoísmo, rebajándolo a nuestra medida y dimensión, sino para que nuestra voluntad sea siempre la de ir a Cristo en lo universal con todos y para todos.

    Pero supuesto esto, supuesto el sacerdocio al que nos consagra la ordenación que es uno de los siete sacramentos, dicho esto, queda que toda vida cristiana es vida sacerdotal, toda vida cristiana es vida consagrada y, en el sentido de que el hombre es revelación de Dios, es el sacerdocio tanto el de ustedes como el mío, tanto los nuéstros como el del Papa, tanto el nuéstro como el de los apóstoles, idénticamente el mismo, justamente porque es imposible recibir al Cristo real, al Cristo universal, al Cristo sin fronteras, al Cristo que es interior a cada hombre, recibir su humanidad, sin devenir universal uno mismo, y por lo mismo, sin comunicar el don recibido.

    En el orden del Espíritu, en el orden de la gracia, en el orden del amor, la única posibilidad de recibir es dar. Habiendo recibido el mensaje, o mejor además, la vida, viviendo de Jesucristo, si es auténtico, sólo podemos llevar esa vida alrededor de nosotros difundiendo la luz y la alegría y por eso la liturgia de hoy evoca justamente el sacerdocio real, el sacerdocio de toda la comunidad eclesial, de toda la comunidad cristiana y finalmente de toda la humanidad.

    Entonces ustedes son sacerdotes, papas, obispos, tanto como los sacerdotes; son sacerdotes y no tienen nada más que hacer después del bautismo; no tenemos nada más que hacer desde el bautismo, seamos quienes seamos, no tenemos más que hacer desde el bautismo, seamos quienes seamos, que transmitir esa presencia, comunicarla, prepararle el camino, hacer estallar los límites que hacen obstáculo a su efusión. Ustedes son sacerdotes por esencia y toda su vida esta puesta bajo ese signo pues no tienen más que hacer que dar a Cristo para que el mundo viva de Él.

    Sin duda, no se trata de hablar de Cristo, además no podemos hablar de Él si no lo vivimos, sino de vivir de Él de manera tan profunda que todos los que nos rodean respiren su presencia. Y de manera muy especial, ustedes son sacerdotes en su hogar. El sacramento del matrimonio, como lo recuerda san Pablo a los Efesios, está ordenado esencialmente al misterio de la Iglesia; por el matrimonio es como se realiza y se simboliza el misterio de la Iglesia. El matrimonio está pues explícitamente ordenado a la comunicación de Cristo que propaga a través del tiempo el cuerpo místico de Jesús. Ustedes son sacerdotes, lo son en grado único, lo son de manera irremplazable, ustedes que tienen el honor de ser padres y madres. Porque es claro que ustedes son la primera revelación de Dios a sus hijos, la primera y más indeleble, la primera y más indispensable, la primera y más durable. 

    Y estamos aquí justamente en la verdad profunda, es decir que toda comunicación de Dios a la humanidad se hace por medio del hombre. El sacramento de esa comunicación es el hombre y ustedes lo son de manera eminente y única en su hogar. ¿Cómo podrían sus hijos descubrir a Dios como libertad, como espacio, como alegría, como felicidad inagotable, sino a través de ustedes? ¿Qué, si no ustedes, va a despertar en llos el sentido de una dimensión y grandeza infinita, infinita?

    Observaron en Londres que los niños cuidados por la mamá – es decir los niños en hospitales donde las mamás participaban en los cuidados procurados por las enfermeras – se curaban dos veces más rápido que los demás. Penetrado de amor, reconociendo el rostro de la mamá, el niño se colocaba inmediatamente en un plano de resurrección que activaba todas sus energías físicas y concurría maravillosamente a su curación.

    Si el rostro de una madre tiene tanto poder sobre el organismo de un pequeñito, se imagina su poder de influencia sobre su alma, su alma que aún no puede expresarse.

    ¿Qué podemos expresar aquí abajo además? ¡Nada! ¡No expresamos sino lo que vivimos profundamente, cuando las palabras son superadas, cuando el lenguaje estalla, cuando las palabras dan vida, cuando las palabras se hacen personas!

    ¡Entonces es claro que con el pequeñito no hay otro lenguaje que la mirada, la sonrisa, la presencia, la influencia, la santidad de la madre y del padre! Así se abre, así madura, con esa luz. Así se diviniza. Así respira a Dios. Y cuando lo nombren sabrá inmediatamente de quién se trata, porque ya lo está viviendo…

    Ustedes no pueden penetrarse demasiado de la altura de la sublimidad de esa vocación. En la paternidad y en la maternidad hay un compromiso de santidad. Yo diría inclusive que el compromiso es más riguroso, más grave, porque está más cargado de consecuencias que el del sacerdote. Podemos cambiar de sacerdotes, podemos cambiar de confesor, pero no podemos cambiar de padre ni de madre. Es una situación única, un compromiso incomparable con cualquier otro, y está muy claro que la escala de valores de un niñito, la lee, se impregna de ella a través de lo que ve en su madre y su padre. Está pues muy claro que, para sus hijos, ustedes son el sacerdocio de que hablamos, el sacramento vivo e indispensable de la revelación de Dios, y lo son de manera eminente y única.

    Un monje amigo mío decía algo que yo cito con gusto porque tiene mucho humor: "Tengo tanta devoción comiendo mi sopa como celebrando la misa", es decir que en el refectorio del monasterio, en la casa de Dios, se siente en contacto con el Señor tanto como en el altar, porque es el mismo Señor el que alimenta su cuerpo y su espíritu, el mismo amor es la única ley de toda su existencia. ¡Y cómo es verdad a la mesa de una familia! El padre y la madre que dan de comer a sus hijos, en nombre de Dios, le ofrecen en cierto modo una eucaristía, el pan que ganaron con tanta paciencia, con tanto valor y tanto amor, tiene una nueva dimensión que es la de su ternura y que es realmente una especie de eucaristía. En un verdadero hogar, hay pues una irradiación permanente de Dios que no es necesario expresar y que gana de no expresarse pero que es tanto más evidente por cuanto que se respira.

    Ustedes recuerdan que Bach salió de este mundo escuchando cantar la coral "Todos los hombres deben morir". ¿Y quién cantaba esa coral? ¡Todas las familias de diez o más hijos, todas esas familias en que todos eran músicos, todas esas familias que constituían ellas solas una coral y una orquesta y podían llevar a ese santo de la música, o a ese santo simplemente, al encuentro con la música eterna, al canto de la coral que él mismo había armonizado!

    Si su muerte que recuerda en cierto modo la de san Francisco, por lo cristiana y por lo enraizada en la fe y en el amor, si su muerte puede ser acompañada por toda esa orquesta familiar, si toda la familia puede cantar para llevar al Señor a ese padre venerado que es uno de los más grandes artistas de todos los tiempos, es sin duda porque toda la vida cotidiana era a esa imagen. Es porque se vivía – sin decirlo – se vivía de esa Presencia. La respiraban y se la comunicaban.

    ¿Por qué sus hogares no podrían ser a imagen de ese hogar? ¡Y no sólo sus hogares! Porque en fin de cuentas, ¡toda la vida, el medio de trabajo tanto como el hogar, es el campo de su apostolado! Claro que es necesario siempre respetar el secreto de las personas. No se trata de violar los secretos, de imponer nuestro modo de creer o de pensar. Eso es lo último y el medio más seguro para violar a Dios. Dios es Libertad. Dios es Espacio. Dios es Amor. Dios es Vida y Lo comunicamos sólo por la vida.

    Pero, si tienen esa preocupación, si miran la vida en los dos planos, si juegan sobre los dos tableros, si su música está en los dos registros, si piensan que detrás de cada rostro de hombre o de mujer, de muchacho o de jovencita, los está llamando esa posibilidad divina que quiere despertar y desarrollarse por medio de ustedes, todo será maravillosamente transformado. Pues ningún contacto dejará de ser ocasión para ustedes de ejercer a la vez y difundir la revelación que son ustedes y de colaborar al brote y desarrollo del reino de Dios.

    Es pues seguro que el mensaje que leemos hoy celebra en toda la comunidad cristiana un sacerdocio real. Ese mensaje nos concierne a todos. Se dirige en particular a ustedes que podrían pensar que el sacerdocio es para algunos, que llamamos habitualmente sacerdotes, ustedes que podrían pensar que son laicos y que no se les pide tanto. Pero no es así. Se trata de la confianza infinita que les hace Dios confiando a su amor Su propia vida poniéndola en sus manos, pues ¿cómo pueden ustedes ser padre o madre hasta el fin sin comunicar a sus hijos la vida divina?

    Más aún: se trata de no dejar a Dios sin voz, sin palabra y sin rostro. Puesto que no hay teléfono celeste, ustedes, cada uno, son la revelación de Dios. ¡Y todas las palabras, todos los libros, todas las demostraciones y todas mas apologéticas – yo iría hasta decir todos los sacramentos – todo eso es nada porque no es eficaz si el hombre no se transforma!

    ¡Nada de eso puede penetrar hasta el fondo de nuestro ser, si nuestro ser no se torna hacia Dios!

    ¡Ustedes son pues la primera de todas las revelaciones, cada uno de ustedes para los demás, cada uno para su hogar, cada uno en su medio de trabajo!

    ¡Así son ustedes sacerdotes, indispensablemente, así son profetas, así son cristianos! ¡Así son Iglesia! ¡Así, en fin, ustedes son el sacerdocio real!"

     

  • 28-30/07/10 – La humanidad que sufre es más hermosa.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 19 de febrero, 1955, en N.Sra. del Valentín, Lausana. 

    "Encargado por un tiempo de la capellanía de un gran hospital, yo estaba sometido al reglamento de todos los capellanes y debía ir al hospital a las 4 a.m. para asistir a los enfermos, antes de que entraran en servicio las enfermeras, de suerte que yo era casi el único, el único ser viviente presente en esos muros en la segunda parte de la noche en que comienza a instalarse en los enfermos cierta remisión, como presintiendo la llegada del día.

    En el inmenso hospital había un profundo recogimiento que me daba cada vez la misma impresión que yo me formulaba interiormente: "La humanidad que sufre es más hermosa que la humanidad que se divierte". Los bares nocturnos no muy lejanos ofrecían un contraste impresionante y uno sentía que la humanidad sacada del circuito de la banalidad cotidiana, la humanidad sufriente y recogida, estaba infinitamente más cerca de la existencia auténtica que la humanidad que goza.

    Y no es que las distracciones sanas no entren plenamente en el programa de la vida cristiana, sino que el gran convento de enfermos que es un gran hospital no puede dejar de dar la impresión de la grandeza humana, en una humanidad que no hace nada, no produce nada y se limita simplemente a hacer algo magnífico e incomparable como es el existir.

    El día de los enfermos nos recuerda precisamente esta prodigiosa verdad: hay en la vida una especie de zona inútil, inútil y tanto más preciosa, donde no se hace nada, no se produce nada, pero existe y rinde testimonio a la dignidad y la grandeza humanas.

    Esa zona inútil donde se sitúan precisamente toda la grandeza y toda la dignidad humanas, la conocen ustedes en una serie de experiencias que constituyen las horas más preciosas de su vida: un niñito, ¿qué era el pequeñín, el recién nacido que fue confiado un día a su ternura, sino justamente un ser inútil, un ser que no producía nada y al que no pensaban pedir nada, claro está, sino que existiera? ¡Y qué bello que exista! Ahí está, con todas sus innumerables posibilidades. Pronto vendrá la sonrisa que es la respuesta de su corazón al de ustedes y la alegría será tan grande que se sentirán en el paraíso, y cuando vean dormidito a ese bebecito, lo verán totalmente sumergido en la confianza como si se sintiera custodiado por un amor infinito y tendrán de nuevo la impresión de un valor inagotable, de un espectáculo que, para su corazón de padre o de madre, supera en hermosura todos los espectáculos del mundo en esa existencia gratuita y silenciosa donde parece circular una vida divina.

    Es lo mismo cuando despierta el primer amor, el amor en flor que es simplemente el reconocimiento de dos seres que se sienten de repente interiores el uno al otro. Es suficiente. El mundo extraño en que vive la mayoría de los hombres, el mundo en que se anda con la máscara del abismo de convenciones, en que se asfixia la vida, de repente ese mundo se abrió en una intimidad en que se enraíza su intimidad como si de repente el peso del yo que les habían impuesto desde el nacimiento se hubiera dilatado en otro yo, otro yo libremente asumido, que les parecía como un universo infinito.

    Y al amoblar la casa trataron de arreglarla con la mayor elegancia, la mayor armonía y belleza para que no fuera simplemente el abrigo de su corazón sino que permitiera que el alma respirara, y el corazón se encontrara, para que al entrar en ella sintieran la acogida viva, como sucede siempre cuando estamos ante la belleza. Espontáneamente, porque tienen gusto, porque tienen disposiciones para las cosas del espíritu, porque no les basta, no les basta beber y comer, hicieron de su casa una obra maestra de armonía y alegría, con los medios que tenían.

    Así hacían eco al mundo prodigioso del arte que es, por excelencia, el mundo inútil, el mundo que no tiene valor material, el mundo que literalmente no sirve para nada pero que es un mundo indispensable a la civilización humana, un mundo tan precioso que para albergar las obras de arte se construyen museos que valen catedrales porque se sabía que en las obras de arte había una presencia, y que por ellas podía la humanidad hacer un encuentro que la arrancaba justamente a sus límites y la establecía en su verdadera dimensión, dándole el sentido de su destino infinito.

    Y ustedes saben que cerca del mundo de los artistas está el mundo de los sabios y que los sabios jamás nos conmueven más profundamente como cuando dan testimonio de su pasión por la verdad. Un astrónomo que observa nebulosas, nebulosas que huyen y nos explica su misterioso destino, que calcula su velocidad de alejamiento, que puede predecir cuándo estarán absolutamente fuera de alcance para nuestros más potentes telescopios, ese astrónomo no produce nada, no añade nada al poder utilitario de la técnica. Simplemente busca, busca la verdad que lo consume con maravillosa pasión, lleva en sí mismo la luz que lo transfigura y que nos ilumina y le estamos agradecidos justamente de que sea un hombre inútil y nos revele ese otro universo que es el único universo respirable, el de la infancia, del amor, de la gracia y la hermosura, y del arte y el verdadero saber.

    El día de los enfermos debe ayudarnos a recuperar el sentido de lo inútil, la dimensión de la gracia y de la gratuidad porque nada nos es más necesario.

    Si Europa está en situación lamentable, si somos verdaderos bárbaros, si no salimos de una guerra sino para entrar en otra, es justamente porque ya no tenemos el sentido de una existencia que se desenvuelve en dos registros, uno visible y útil en que la técnica se desarrolla y tiene éxito – y eso es magnífico – magnífico justamente en la medida en que la técnica deviene poder de liberación para penetrar más en el mundo de lo inútil que es el mundo del hambre, el mundo de los valores absolutos, el mundo del espíritu y del pensamiento, el mundo del sentimiento y del corazón, el mundo de la infancia y del amor, del arte y de la ciencia.

    La técnica no tendría sentido si no fuera concebida en ese espíritu de liberación, si no debiera procurarnos la divina ociosidad que permite a cada uno, que debiera permitir a cada uno desarrollar en sí mismo la dimensión de gracia y de gratuidad y alcanzar su verdadera estatura de hombre, donde justamente deviene creador, centro, origen y comienzo, donde atesora, donde acumula en su corazón y en su mente una luz y una bondad que podrán circular por todas las conciencias humanas y devenir para cada una el fermento de una liberación más rápida y profunda.

    Nadie se extrañaba cuando la India tenía el privilegio de vivir bajo a égida de Gandi, nadie se extrañaba de sus ayunos y de su recogimiento. Todos sentían que precisamente en esos momentos inútiles, en esos momentos no productivos en que Gandi comunicaba con la divinidad, en que asumía en su ayuno las faltas y errores de su pueblo, y quizás aún más, las faltas y crímenes de sus enemigos que él quería hacerse amigos, todos sentían que ahí era justamente donde se preparaba la liberación de India, porque la liberación no podía significar nada si no significaba, como en la mente de ese gran santo, precisamente el acceso de India a la dignidad humana, el acceso de todos los hindúes a los valores del espíritu, el hacer posibles a todos el ocio eterno en que el hombre comunica con el infinito.

    La salvación nos vendrá de la mirada que se mueve en esos dos planos, del descubrimiento de los dos registros de la existencia humana en que, finalmente, el poder del corazón, como dice Francisca Pastorelli, el poder del corazón es el único poder porque ahí es donde cada uno de nosotros puede encontrarse, descubrir su verdadero rostro, explicarse la emoción ante la infancia, el encanto del amor, la pasión del arte y de la verdadera ciencia. No saldremos de la barbarie sino encontrando el sentido de la dimensión segunda y eterna. Sin duda nadie tiene más horror que yo mismo de la ostensión de un proselitismo indiscreto. No se trata de ostentar a Dios. No se trata de asesinar a los demás con nuestras convicciones ni de querer salvar a los demás contra su voluntad. Todo eso es absurdo.

    La salvación es justamente la flor de la libertad. La salvación es salvarse de sus límites, acceder a su verdadera intimidad, entrar en el reino interior donde uno deviene por fin uno mismo en el diálogo silencioso con el eterno Amor.

    No se trata en modo alguno de querer una sociedad clerical en que la Iglesia tenga un puesto oficial y donde uno deba asistir compulsivamente a la misa o comulgar por Pascua. Todo eso es totalmente contrario al deseo de una conciencia cristiana fiel al Evangelio. ¡No! Lo realmente necesario es simplemente la conciencia de todas las riquezas del hombre, de todo su poder, de toda su grandeza y de toda su belleza.

    Y justamente, la grandeza del hombre está en poder, mediante los gestos cotidianos, mediante el oficio, la profesión, mediante la técnica, mediante el laboratorio, mediante el cálculo, sin decir nada, rendir testimonio existiendo en un nivel más alto, existiendo como fuente y origen, poder rendir testimonio de algo, o mejor, de Alguien que nos está esperando a cada uno en el fondo de nosotros mismos y en quien vamos a realizar nuestra verdadera identidad.

    En efecto, el hombre que está así enraizado en su intimidad divina, no necesita hablar. Beneficia de una distancia inmensa que le da también una serenidad maravillosa. Sabe que nada puede tocar el tesoro con que se identifica y que en el fondo de sí mismo existe ya un mundo eterno en que todos los valores que merecen vivir están presentes y son imperecederos. Por eso ya está por encima de la muerte, como atestigua ese gran prelado en las masacres de septiembre, que esperaba, con su pierna quebrada, su turno para subir al cadalso, y que decía a sus verdugos, con maravillosa cortesía: "Señores, ustedes ven que no puedo ir a donde voy a morir. Por favor, tengan la bondad de llevarme". ¡Pues bien! El hombre que puede mirar el cadalso con esa serenidad y tratar con esa cortesía a sus verdugos, es porque está enraizado en un mundo invencible e inviolable, es porque ya se ha hecho eterno en el eterno Amor, ya alcanzó su rostro auténtico, ya se hizo su propia eternidad.

    Y eso es lo que se nos propone hoy. Estamos en el centro de la cultura auténtica y de la verdadera civilización y, aunque debamos ciertamente guardar la mayor discreción sobre las cosas del alma, aunque un pudor magnífico nos impida prodigar el nombre de Dios a todo trance, debemos tanto más asegurarnos la distancia sin la cual no llegaremos nunca a la grandeza ni a la serenidad. Será además el mejor medio de reconocer la dignidad y de promover la grandeza de los demás, pues jamás sabremos qué es el hombre si lo tomamos simplemente por fuera, si sólo lo percibimos como objeto, sin ser conscientes de que más allá de su rostro visible está el misterio adorable confiado a toda conciencia humana y que es el Dios vivo.

    Entonces esta mañana, pensando en todos los queridos enfermos por quienes queremos orar, y que nuestra compasión quiere ayudar, y que nuestro amor quiere tratar de elevar hasta el Corazón de Dios, pidamos también a Dios que nos dé el reconocimiento de nuestra verdadera humanidad, la toma de conciencia de un universo a dos registros en que lo visible deja transparentar lo invisible, en que el tiempo se hace eternidad, en que todo lo que se despliega en el espacio es imagen y símbolo y sacramento de Dios. Entonces la vida nos aparecerá en toda su hermosura y la amaremos con un amor totalmente nuevo y la viviremos con un entusiasmo más apasionado porque justamente no se trata de prepararnos a la muerte, sino de vencer la muerte, de remontar la corriente del mal y hacer aparecer en el rostro del hombre, como un misterio adorable, el rostro del eterno Amor".

  • 25-27/07/10 – En la inmortalidad entramos cada día liberándonos de nosotros mismos.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Homilía pronunciada en Lausana un dos de noviembre (?)

    "En la parábola de Lázaro y el rico malo, Jesús nos dice algo que al principio sorprende y parece totalmente inexplicable. Imaginando un diálogo entre Abraham y el rico malo, donde el rico suplica a Abraham que envíe profetas que adviertan a sus hermanos que están todavía en la tierra, para evitarles correr la misma suerte que él, Abraham concluye el relato de la parábola diciendo: "Aunque les enviara profetas y a Moisés no los convencerían".

    Esta parábola es muy fuerte y nos interesa en primer lugar porque en el fondo siempre tenemos la tentación de pensar: ¿cómo saber si el alma es inmortal, si los muertos no vuelven jamás a dar testimonio de su suerte? Que sepamos, nadie ha vuelto a decirnos: "Así o asá es la vida después de la muerte".

    Y este texto, precisamente, o mejor esta parábola de Jesús afirma que eso sería perfectamente inútil. Si los muertos volvieran, no nos convencerían porque, justamente, la inmortalidad de que se trata no es una inmortalidad que se pueda coger con las manos. Y no es muy difícil de entender, y nos explicamos mejor, que nuestro Señor haya insistido sobre ese punto, ya que a él lo ignoraron continuamente. Estaba presente, y lo veían, claro está. Pilatos lo veía, Caifás lo veía, los apóstoles lo veían, pero nadie lo vio, nadie vio su realidad interior, nadie vio su dignidad infinita puesto que lo condenaron, lo crucificaron, lo negaron, lo abandonaron. Y aun los apóstoles, la noche de la cena, se disputaban los primeros puestos. Para ver realmente a Jesús, era necesario el nuevo nacimiento, tenían que cambiar de mirada y de corazón el día de Pentecostés.

    Era pues perfectamente inútil que nuestro Señor estuviera delante de ellos si no tenían los ojos del espíritu y del corazón para verlo. Así mismo, si un ser inmortal volviera entre nosotros, no podríamos ver su inmortalidad y lo confundiríamos con otro: nos sería imposible entender lo que significa la inmortalidad, que es ante todo una misión. Porque la inmortalidad no nos la pueden dar, como tampoco la libertad.

    El niño que nace está llamado a ser hombre libre, está llamado a ser creador, está llamado a hacer cosas muy grandes. Está llamado a ser santo, a llevar un día la presencia de Dios y a comunicar al mundo entero toda su luz. ¡Pero es sólo una posibilidad! También podrá llegar a ser asesino. Su libertad es un posible, una magnífica posibilidad, la única posibilidad de nuestra humanidad, pero es sólo posibilidad.

    Y así como la libertad es posibilidad, también lo es la inmortalidad. La inmortalidad no nos la pueden dar, como tampoco la libertad o la dignidad. Son exigencias, vocaciones, misiones, llamados, oportunidades magníficas que tenemos, pero que ni Dios mismo puede realizar sin nuestra colaboración.

    Y lo entienden muy fácilmente si se ponen en la situación de la gente de Munich en 1900, en 1944. En Munich, en 1944, un profesor de la Universidad y tres estudiantes fueron decapitados con hacha. Y la misma noche después de la ejecución, los muros de Munich se cubrieron con la inscripción: Der Geist lebt, el espíritu vive, ¡el espíritu vive! Estas palabras magníficas, evidentemente, los verdugos no podían comprenderlas. Los que las escribían con tizas en los muros de la ciudad arriesgaban simplemente su vida. Porque para el verdugo, esa inscripción era simplemente rebeldía, indisciplina e insolencia que había que castigar.

    Los que comprendieron esas palabras, y los que las escribieron, estaban ya en camino hacia el espíritu, en camino hacia la dignidad, en camino hacia la inmortalidad.

    ¡Y se puede hacer una contraprueba! Si una madre tiene la desdicha de tener un hijo traidor, supongamos, un hijo que en el momento de una guerra salva su pellejo vendiendo a sus camaradas, haciéndolos matar para salvarse él, esa madre preferiría mil veces que su hijo hubiera muerto en la cuna, más bien que verlo vivo, pero viviendo como un animal, sostenido únicamente por la piel. Siente que él no debería estar vivo, puesto que lo está sólo por haber traicionado, por haber enviado a otros a la muerte para salvar el pellejo.

    El amor materno más apasionado es inmediatamente consciente de que la muerte más terrible es la muerte de la dignidad. Cuando alguien muere a su dignidad, cuando reniega su libertad, entonces está verdaderamente muerto del punto de vista humano, y los que lo aman saben que está muerto, aunque todavía conserve su pellejo.

    Porque justamente la inmortalidad consiste en crear en nosotros un valor, una dignidad, una libertad que son un tesoro que permanece para siempre.

    La naturaleza no puede llevarnos todo el tiempo. La naturaleza, quiero decir las energías físicas que recibimos en el momento de la concepción y del nacimiento, las energías que arrastra la sangre, que nos llegan por la atmósfera, por la respiración, no pueden llevarnos hasta el final. También tenemos que llevarlas. Y la naturaleza es como un portaaviones.

    Ustedes saben que un portaaviones posee un dispositivo para lanzar el avión, el cual no puede despegar en un terreno demasiado estrecho, en una base demasiado estrecha, pero una vez dado el impulso, el avión tiene que defenderse, hacer funcionar los motores y alzar vuelo. También a nosotros, la naturaleza nos da una vez la cantidad de energía que nos lanza a la existencia, pero una vez realizado el lanzamiento, nosotros tenemos que hacer funcionar los motores, es decir asumirnos y realizar la creación única e incomparable que es la de una libertad que se conquista ella misma y hace de la vida una obra maestra de luz y amor.

    Sin duda entonces, la inmortalidad nos es propuesta, ofrecida; no es una exigencia, sino el regalo más magnífico que puedan darnos, exactamente como la libertad, como la dignidad con la cual se confunde además.

    Y si el hombre no se realiza aquí abajo, si no realiza su dignidad ni realiza su libertad hasta el final, tendrá que proseguir la experiencia más allá, en lo que llamamos el purgatorio si quieren. Tendrá que tomarse en manos, consentir con el don de sí mismo, pero Dios no puede realizarlo en vez de nosotros.

    Es pues perfectamente inútil preguntarse por qué los muertos no regresan, en forma material y física. Eso no nos enseñaría nada, eso nos induciría en error, eso nos dispensaría de la misión magnífica que es la misión humana de conquistarse, de elevarse, de darse, de crearse creando un mundo de luz y de amor.

    Es también absurdo finalmente preguntarse por qué creemos en la dignidad humana, preguntarse por qué no hay que asesinar a un niñito que duerme. Jamás se podrá probar que no hay que asesinar a un niñito que duerme si uno no lo siente, si uno no está abierto al sentido del valor de la dignidad humana ni tampoco podrá entender qué es la vida, ni qué significa la dignidad, ni el magnífico drama de la libertad, ni lo eterno, lo eterno de la inmortalidad.

    Pero justamente, lo eterno de la inmortalidad tenemos que conquistarlo. A nosotros nos toca hacernos eternos, desarrollando todas las energías en el sentido del don y de la creación. Por ese medio, además, es como estaremos presentes en la historia, porque es evidente que un ser que se ha eternizado, como san Francisco de Asís, ya no muere. Morirá de muerte biológica, la cual no significa nada en un ser como él. Pero en su dignidad, vive eternamente, vive eternamente en su amor y es para nosotros una presencia que no cesa de hacer fermentar nuestra admiración y nuestra libertad.

    En fin, así podemos ayudar a los seres queridos que están al otro lado del velo. Pues justamente, nada está terminado para siempre y si la vida debe ser una promoción continua a la inmortalidad, una victoria perpetua sobre la muerte, si debemos llevar la vida después de haber sido llevados por ella, no está dicho que una vez terminada la carrera todo esté realizado.

    Y nuestros seres queridos que están al otro lado, y que están en comunicación con nosotros, que están en nosotros, pues finalmente ¿dónde está el cielo sino dentro de nosotros? ¿Dónde está el cielo y quién es el cielo sino Dios en quien vivimos y que vive en nosotros? Y todos nuestros seres queridos están ahí, en la Presencia divina que nos restituye toda presencia. Y podemos contactarlos con la misma realidad, con la misma plenitud con que entramos en contacto con Dios.

    Mientras más estemos en contacto con Dios, más estamos en contacto con ellos. Y mientras más se enraíce nuestra intimidad en Dios, más comulga con su intimidad. Y mientras más nos elevemos, más los elevamos.

    Y eso es lo magnífico: nuestro amor no sólo puede durar, no sólo puede comunicar, sino que nuestro amor puede crecer, puede aumentar. Podemos ayudar a las almas a subir, podemos darles un aumento de alegría inmensa con nuestra fidelidad y con nuestra propia subida hacia la luz y hacia el amor.

    Es imposible escuchar la resonancia del Evangelio sin estar cada día más convencido de que hay en el Evangelio un conocimiento del hombre y una introducción al conocimiento del hombre que es única, que es incomparable, y maravillosa. En el fondo, sólo a la luz de la presencia de Jesucristo aprendemos las verdaderas dimensiones de nuestra vida, toda su grandeza y toda su belleza.

    Y lo que acabamos de meditar nos demuestra que así es, pues la inmortalidad brilla a los ojos del espíritu como una tarea por realizar, una misión por cumplir siempre como un tesoro, un bien común por ser, como un don de sí mismo por realizar cada vez mejor, a fin de que el mundo entero encuentre en nosotros una respuesta a su angustia y que, elevándonos lo elevemos con él, con nosotros, pues toda alma que se eleva, eleva el mundo (Isabel Leseur)".

     

  • 23-24/07/10 – El amor de Dios por mí, vencedor de mi muerte.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} En Lausana, homilía a las niñas, 2 de noviembre 1959, día de los difuntos.

    ¿Vuelven los muertos? ¿Vuelven a visitarnos? ¿Vienen los muertos a vernos?

    - No.

    - No. ¡No vienen a vernos! ¿Podemos nosotros tocarlos?

    - No.

    - ¿Podemos hablar con ellos? Yo digo que sí. Podemos hablar con ellos, hablarles con le corazón, porque no están totalmente muertos! Porque están vivos a pesar de todo! ¿Y dónde?

    - Con sus almas.

    - ... ¿y dónde están sus almas?...

    - En el cielo.

    - En el cielo… ¿y dónde está el cielo?

    - En nosotros.

    - ¿En ustedes? ¿En nosotros? Sí! ¡Muy bien! El cielo está en nosotros. El cielo está en nosotros. Entonces, ¿dónde están los muertos?

    - ...

    - ¡Continúen, puesto que ya encontraron! ¿Dónde están ellos?

    - ¡En nosotros!

    - ¡Ah, en nosotros! … Están en nosotros, lo mismo que Dios. Puesto que están en Dios y que Dios está en nosotros… también ellos están en nosotros, ¿No? ¿No creen? ¡Claro! ¡Así es!

    Una niñita perdió a su papá y su mamá. ¡El papá y la mamá no la abandonaron! ¿Puede una mamá olvidar a sus hijos? ¡No! ¡No los puede olvidar! ¿Los olvidará cuando esté con Dios? ¡Es imposible! Entonces, como Dios está muy cerca de ustedes, los muertos que ustedes aman están muy cerca de ustedes, en el corazón de Dios. ¿Lo entienden?...

    Entonces, ¿qué hay que hacer para encontrarse con los muertos? ¿Cómo? No entiendo. No, para encontrarse con los muertos ahora, hoy, hay que estar cerca de Dios! Si estamos cerca de Dios, también estamos cerca de los que están escondidos en su corazón. ¿Entienden? ¿No? Entonces los muertos no están jamás muy lejos. Si estamos cerca de Dios, estamos cerca de ellos. ¿Comprenden?...

    ¿Y qué podemos hacer por ellos?

    - Podemos orar por ellos.

    - ¿Qué quiere decir orar por ellos? ¿Pedirle a Dios que vayan al cielo? Sí, en fin, orar… ¿Qué es orar? ¿Qué es orar?

    - ¡Es hablar a Dios!

    - Es hablar a Dios. ¡Es dar el corazón a Dios! ¡Dar el corazón a Dios! ¿Es muy fuerte la oración? ¿Es muy fuerte, muy poderosa la oración? ¡Sí! ¡Como el amor! ¿Es muy poderoso el amor? ¿Es muy fuerte? Si no los amaran, ¿qué sería de ustedes? Si no los amaran, ¿qué sería de ustedes?

    - ¡Desgraciados!

    - ¡Serían desgraciados, enfermos, morirían! ¿Qué es lo que los hace vivir?

    - La vida.

    - ¡La vida, claro! Pero ¿Qué es lo que les da la vida? ¡Sí! ¡Es porque los aman! ¡Es porque los aman! ¡Imaginen que sus padres no los amaran, que las maestras no los amaran, que estuvieran solas en una prisión, sin nadie!

    Yo conocí a alguien que estaba en la cárcel durante dos años, sin jamás ver a nadie! No tenía libros, no tenía cartas, ¡estaba solo! ¡Casi se puso loco! ¿No? ¿Ustedes comprenden? Necesitamos que nos amen para vivir. Entonces la oración es un acto de amor y por eso es tan poderosa. Si oramos es como si diéramos sol a los que amamos. ¿Comprenden? … ¿No?... El Sol que llevamos dentro, que es Dios, cuando oramos por alguien, es como si le diéramos ese Sol para que le dé luz y calor. ¿Entienden?

    ¿Es triste morir? ¿Qué piensan ustedes?

    Oigan! Yo conocí una niñita que se llamaba Clara y esa niñita estaba enferma del corazón. Y ella lo sabía. Ella sabía que iba a morir muy joven. Cuando la conocí, ella tenía 9 años. Se llamaba Clara, y era muy clara de verdad, ¡toda transparente! Amaba mucho a Dios. Había construido una chocita con ramas del bosque e iba allá a orar. Jugaba a la pelota como las demás. Era muy alegre. Pero sabía que no le quedaba mucho tiempo. Y cuando llegó a los 15 años dijo: ¡Me voy a morir! Y en efecto, el día de sus 15 años murió y dijo a su papá y su mamá: ¡No es algo triste! ¡No es triste, pues voy donde Jesús! Y murió con tanta alegría que su mamá me decía después de su muerte: ¡No podemos llorar puesto que nos dio tanta alegría! ¿Comprenden ustedes? No tenía miedo, pues iba… iba hacia Jesús.

    Yo conocí a otra joven que tenía tuberculosis. La tuberculosis, ella tenía 15 años apenas, y en tres meses murió; en tres meses hizo tanto progreso la enfermedad que un día que fui a dar catecismo al colegio me dijo: ¡Y pan! ¡Se acabó, es el fin! Y ella estaba sonriente en su cama. Tenía lindos colores, como los tuberculosos en general. ¡Uno nunca hubiera pensado que iba a morir! Recibió los sacramentos y yo me fui a dar el catecismo, y cuando volví, ya estaba acostada con su bata de primera comunión… Había muerto entre tanto, muerto con una sonrisa. ¡Era maravilloso! Una sonrisa de alegría, de confianza y de amor, porque iba hacia Dios, ¿verdad? Eso no quiere decir que tienen que morir hoy para ir hacia Dios. No, eso no es lo que quiero decir, ¿ustedes comprenden?

    Pero no hay que tener jamás miedo de nada, excepto de una cosa. ¿De cuál? ¡Del pecado! ¿Qué quiere decir, el pecado? ¿Qué es eso? Simplemente no amar, no amar. Es terrible no amar ¿verdad?

    Escuchen. Una mujer tenía tres hijitos. Ella era buena, muy buena, y cayó enferma, y el médico la mandó a la montaña. Allá permaneció casi un año. Cuando regresó, su marido se había enamorado de otra mujer y había dejado de amarla a ella. Y cuando ella volvió a la casa no había nadie. Ella tenía los mismos sentimientos de antes, el mismo amor, pero cuando se encontró con su marido, él era como un muro.

    Entonces ella sufrió tanto que casi se muere, porque justamente, se necesita amor para que haya felicidad en una casa. ¿Comprenden ustedes?

    Entonces, ¿qué sucede cuando no amamos a Dios? ¿Qué sucede cuando no amamos a Dios? ¿Qué es lo que pasa?

    - ...

    - ¿Cómo? … algo mucho más grave que eso… ¿qué es?

    - ...

    - ¿No? ¿Qué es? ¿qué es algo mucho más grave? ¡No! ¡Es que Dios muere! ¡Es que Dios muere! ¡Es que Dios es crucificado, no? ¡Eso es el pecado! El pecado es una herida al corazón de Dios. ¿Comprenden? ¡No! Cuando pecamos, no es simplemente desobedecer a un reglamento. Cuando pecamos hacemos una herida a alguien que nos ama, ¿no? Pero, ¿por qué hablar de pecado? ¿Es que ustedes quieren pecar? ¡Espero que no!

    No, pensemos en la pequeña Clara que murió con alegría, y en la otra, que se llamaba Alicia, que murió con una sonrisa. Y tratemos, no de morir, sino al contrario, de amar tanto a Dios que jamás tengamos miedo de la muerte.

    No hay que tenerle miedo a la muerte, ¡jamás!

    - ...

    - ¡Bueno! Estamos de acuerdo, pensando en todos los que han muerto con una sonrisa, con confianza… vamos a tratar de amar a Dios hoy mucho mejor, justamente porque Dios no es alguien del que se pueda tener miedo. Dios es alguien que nos amará siempre. ¿Entienden? Aunque pecáramos todos los días y todo el día… Dios no podrá dejar de amarnos nunca. ¿Entienden? Y el verdadero infierno es crucificar a Dios.

    ¿Comprenden? ¿No?

    Entonces, tratemos de amar, de amar para que Dios no esté crucificado en nosotros, sino que esté vivo y resucitado. ¿De acuerdo?

    Entonces, pidamos a Jesús que haga de toda nuestra vida una gran sonrisa de bondad, de alegría y de amor.

    Oigan: con frecuencia doy como penitencia esta pequeña oración. Las penitencias que yo doy son siempre muy cortas.

    Entonces, esta es una oracioncita que doy con frecuencia como penitencia: Dios mío, hacedme transparente a vuestra Presencia, y enseñadme a ser la sonrisa de vuestra bondad.

    ¿Difícil? Eso es todo. Entonces, ¿quieren ponerse de pie? Vamos a decir esa pequeña oración, pensando en todos los amigos que están ya escondidos en el corazón de Dios.

    Dios mío, Dios mío, hacedme transparente a vuestra Presencia, hacedme transparente a vuestra Presencia… y enseñadme a ser la sonrisa de, de vuestra bondad.

    ¡Ya ven, ustedes son muy juiciosas!

     

  • 22/07/10 - Dogma, Conocimiento y presencia (inconcluso)

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} En Lausana, en 1955. 

    "En un análisis cruel de la condición humana, Sartre nos representa a cada uno desplegando el mundo a partir de nosotros mismos. Abrimos los ojos y miramos: ahí estamos, nosotros y el mundo. Nosotros estamos en el centro de un mundo que desplegamos a partir de nosotros. Y en el mundo, los demás son objetos. Son otros, son objetos, como el árbol, como la casa, justamente porque el mundo se despliega a partir de nosotros.

    Y así sucede la mayor parte del tiempo: miramos a los demás como objetos, olvidamos que tienen intimidad como nosotros, que como nosotros tienen un secreto, que como nosotros viven todo un drama en que su libertad busca con dificultad una salida.

    "Esas cabras, me decía un eminente sacerdote francés, esas cabras – es decir esos norteafricanos – no sirven sino para que los domestiquemos". Estas palabras horribles muestran bien a qué inconsciencia tremenda puede uno llegar. Esas cabras, como las bestias de carga que utilizamos, olvidando que son hombres, olvidando que tienen dignidad, y que un día va a estallar la revuelta porque se ha desconocido su dignidad.

    Pero hay momentos privilegiados en que los demás dejan de ser objetos: para sus padres, es el hijo, para el novio, la novia. De repente, ese ser deja de ser exterior y entra en el interior que nos constituye, toma un rostro indispensable, habita nuestro corazón, se convierte en la respiración de nuestra vida, es alguien, es un foco, un centro, es una fuente, es un sujeto.

    Y es claro que cuando el hombre entra en su interior en contacto con otro, en la amistad o en el amor, el conocimiento que tiene de él deja de ser exterior como el que tenemos de las cosas, y es un conocimiento que tiene su foco en el interior.

    Dos novios se encuentran en la luz de su intimidad, como el hijo con su madre. Hay algo absolutamente indecible que hace que un alma se intercambia con otra; que el misterio de uno se convierte en el misterio del otro y que ya en la mirada pasa una complicidad maravillosa: uno se adivina, se comprende sin hablar, justamente porque se ha hecho interior al otro.

    Ese conocimiento privilegiado, ese conocimiento que va de un alma a otra, ese conocimiento de la amistad y del amor, ese conocimiento del sujeto por el sujeto, ese conocimiento más allá de todo lenguaje, ese conocimiento inefable, ese conocimiento que es todo luz, alegría y hermosura, ese conocimiento, evidentemente, es el único que podemos tener de Dios.

    Dios no es un objeto exterior a nosotros. Es un sujeto. Dios es intimidad, la intimidad misma del eterno Amor. Es pues absolutamente imposible conocer a Dios de afuera. Lo conocemos sólo por medio de la confidencia. Lo conocemos sólo identificándonos con él. Lo conocemos sólo intercambiándonos con él. Y ése es justamente el secreto de la fe.

    Imaginamos fácilmente – y alguien me lo recordaba esta semana – imaginamos fácilmente que la Iglesia nos presenta un conjunto de cosas que hay que creer, inscritas en los 12 artículos del credo y, cuando hemos tomado nota de esas proposiciones, todo está en orden cuando declaramos que las admitimos. Nada más equivocado. En la Iglesia no hay nada qué creer; hay una Presencia, una Persona, una vida, una intimidad que es Dios mismo, en la cual es necesario entrar. Y el la medida en que comulgamos con esa intimidad divina, el dogma que es sólo confidencia sacramental en que la intimidad de Dios habla a la nuestra, en la medida en que el dogma despliega en nosotros toda su luz que es la luz misma de la intimidad divina.

    La Revelación no es un teléfono del cielo mediante el cual Dios nos da informaciones sobre el origen o el fin del mundo. La Revelación es siempre una confidencia de parte de Dios a través de la Historia, a través de la humanidad, a través de nuestra mente y de nuestro cuerpo. Es pues absolutamente imposible escuchar la Revelación, imposible vivir la fe sin estar enraizados en la intimidad de Dios.

    Pero, me decía alguien, hay cosas precisas que es necesario creer, como la resurrección de los muertos. ¡No! ¡No es eso! La resurrección de la carne es una confidencia que Dios hace sobre sí mismo a través de nuestro cuerpo, es la luz de su intimidad a través de nuestra carne, es nuestro cuerpo visto con sus ojos, conocido a través de Su Amor, como un niño pequeño puede conocerse a sí mismo…"

     

  • 19-20-21/07/10 – La Interioridad de Dios.

    En Lausana, en 1962.

    "Los grandes artistas, los grandes escritores son los que pueden dar a las palabras un peso de luz eterna disponiéndolas en un justo equilibrio. El hombre no es sino la caña más débil de la naturaleza, pero es una caña pensante. Esta frase admirable e inmortal de Pascal, contraste de la caña frágil y pensante que hace de él el árbitro del mundo, realiza una de esas creaciones eternas.

    San Agustín, que también es un gran artista a sus horas, que lo es precisamente en el momento en que menos piensa, forjó también, sin pensarlo, en la espontaneidad de su genio y en el ardor de su fe, forjó palabras en equilibrio que nos introducen en abismos de luz.

    En las Confesiones precisamente, que remontan al rededor del 397, en las Confesiones en que el gran obispo, sin ocultar nada, cuenta su vida, sus desórdenes, su conversión, su bautismo y no cesa de alabar a Dios por haberlo llamado a su luz, expresa el estado en que se encontraba antes de su conversión, con las palabras cuyo peso eterno de luz podrán sentir en seguida a través de su admirable sencillez. Dice él: "Demasiado tarde te amé, demasiado tarde te amé, hermosura siempre antigua y siempre Nueva. Demasiado tarde te amé y sin embargo tú estabas dentro de mí, pero yo estaba afuera" (Libro X, 27).

    "Tú estabas adentro, pero yo estaba afuera…" ¡Cómo es de admirable! Entonces, la situación del hombre que aún no ha encontrado a Dios, es estar exterior, estar como se dice actualmente del hombre con ira, que está fuera de sí, fuera de sí mismo. Ya no es dueño de sí mismo, ya no se controla, ya no es dueño de sus actos, ya no es origen de su propia conducta, está alienado de sí mismo. Está afuera, cuando la condición normal del hombre sería estar dentro, ser centro de su actividad hermosa, ordenada, luminosa y creadora.

    Y Agustín resume todo eso oponiendo genialmente las dos palabras: Tú estabas adentro, pero yo estaba afuera. Y comentándose, añade este comentario no menos admirable: Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. ¡Qué magnífico! Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Entonces, Dios estaba siempre ahí, esperándolo, como un sol escondido dentro de él, pero él no estaba con Dios.

    En seguida vemos que el Dios que encontró es un Dios interior, interior a él, interior a nosotros, un Dios que está adentro mientras nosotros estamos afuera.

    Y la conclusión es que Agustín, evidentemente, sólo encontrará a Dios cuando él mismo haya entrado al interior.

    Dios lo invita al interior. Lo invita a recogerse, a centrarse, a devenir justamente fuente y origen de su propia conducta, creador de su vida y de su universo. Y eso brilla en sus palabras, pues Dios está adentro y nosotros afuera, pues la situación intolerable que constituye la condición del hombre pecador, como era Agustín, esa situación intolerable sólo puede superarse si el hombre alienado de sí mismo y de todo, de Dios y del universo como de sí mismo, si el hombre vuelve al interior, si se constituye en la intimidad donde intercambiará con Dios como una persona con otra.

    Es propiamente formidable porque, justamente, en el itinerario de Agustín, vemos que la imantación que Dios ejerce sobre nosotros no es absolutamente el mandamiento de alguien que quiere algo de nosotros sino la atracción de una hermosura, de un amor que quiere transformarnos en él, sacarnos de nuestra dispersión y de nuestra impotencia, de nuestras esclavitudes y dependencias para ponernos en el centro de nuestra libertad.

    Cuando estemos recogidos en el centro, cuando seamos interior, intimidad, origen y fuente, entonces estaremos ante Dios, no como esclavos sino como amigos que intercambian con el ser amado en la luz de una generosidad recíproca.

    El Dios de Agustín, el Dios cristiano, el Dios que se revela en Jesucristo, el Dios que lo llama, el Dios que va a fascinar su genio y hacer de él el gran Doctor de la gracia, ese Dios es justamente un Dios liberador. El es quien nos revela que estamos afuera. El es quien remedia a nuestra exterioridad. Él nos introduce en nuestra intimidad. Él nos permite encontrarnos con nosotros mismos. Él hace de nosotros, en fin, no criaturas miserables y sumisas, sino amigos, colaboradores, dioses, pues según la expresión admirable del mismo Agustín: Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios.

    Y además es tan cierto, tan central en la experiencia agustiniana, que, unas líneas después, Agustín nos dice, escuchen esta línea prodigiosa: Adhiriendo a ti con todo mi ser, mi vida vivirá de estar toda llena de ti. ¡Qué gran arte, qué magnífica poesía y qué sabiduría! ¡Abismal! … Adhiriendo a ti con todo mi ser, mi vida vivirá de estar toda llena de ti.

    En Dios pues, que San Agustín llama en sus Confesiones "Vita vitarum" – Vos que sois la vida de nuestra vida – en Dios se hace viva nuestra vida, encuentra su plenitud en la adhesión a la luz y al amor que nos identifica con Dios y que enraíza nuestra intimidad en la suya para que nuestra vida sea la suya y su vida la nuéstra.

    Por consiguiente, todas las fantasmagorías de dependencia, de esclavitud, de dominación, de despotismo, todo eso es vacío a la luz de esa experiencia esencialmente cristiana. El cristiano no va a Dios como a un extraño sino como a su propia intimidad.

    ¿Qué buscan ustedes en el amor? ¿Qué esperan encontrar en él? Siempre eso justamente, poder intercambiar con otro u otra interior a ustedes y en quien realicen la interioridad.

    ¡Pues bien! Dios es todo interioridad. No tiene exterior. Entonces, sólo puede llevarnos a dentro y establecernos en el corazón de nuestra intimidad haciendo de nuestra libertad algo absolutamente inviolable. Dios no puede nada sobre la libertad sino constituirla, llamarla a nacer, ayudarla a crecer porque justamente Dios no puede actuar sino respecto a la interioridad, para protegerla, para confirmarla, para hacerla crecer. Dios no puede jamás agarrarnos de afuera. No puede agarrarnos sino de adentro, entrando en nosotros sin violar nuestra frontera, pero haciendo romper la frontera en un inmenso espacio de amor en que devenimos lo que Él es: generosidad, luz y amor.

    Por eso se puede decir que el mundo, el universo, toda la creación se sostiene por la fragilidad, la fragilidad de Dios. Como la caña pensante, en cuanto caña, es lo más frágil que existe, en cuanto pensante es el árbitro del mundo, al llamarnos a devenir libertad inviolable, Dios aparece como el que se va a poner en nuestras manos, porque tenemos el poder terrible de decir no, como también tenemos el de decir sí.

    Y si vamos al Prólogo de san Juan: La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencen. Dios está en el mundo, y el mundo no lo conoce. Viene a los suyos, y los suyos no lo reciben. Dios siempre está ahí: Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Él siempre está ahí, pero nosotros no estamos, es como si no existiera. El amor más grande no puede nada sobre el que no ama. El genio más grande no puede nada sobre la mente cerrada y que rechaza. Y la más grande hermosura no puede nada, la música más hermosa no puede nada sobre el que tiene los oídos obstinadamente cerrados.

    Así, Dios no puede nada sobre un universo suspendido a su amor y llamado a devenir una ofrenda de amor. Por eso Dios puede ser vencido, puede fracasar. Y por eso nuestro Dios es un Dios crucificado, crucificado por todos los rechazos de amor que reducen su presencia perpetua a la impotencia, como constata san Agustín diciendo: "Tú estabas conmigo pero yo no estaba contigo".

    Así, el mundo entero está suspendido todo a la divina fragilidad de un amor que cualquiera puede aplastar, rehusar, crucificar. Entonces el mundo no es lo que nosotros pensamos. El mundo, nosotros tenemos que llevarlo a nuestro turno, transformarlo, tenemos que darle su verdadera significación, tenemos que hacerlo entrar en el circuito de luz y de amor que cerrará el anillo de las nupcias eternas.

    Esta mañana, retengamos pues estas tres frases de Agustín:

    Tú estabas adentro pero yo estaba afuera.

    Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.

    Adhiriendo a ti con todo mi ser, mi vida vivirá por estar toda llena de ti. 

    Reteniendo este admirable itinerario y estas palabras, dignas de la ascensión hacia la luz, trataremos de escuchar a nuestro turno al huésped amado que nos está llamando en lo más profundo de nosotros y que quiere llevarnos a dentro, hacernos libres, identificarnos con Él, conducirnos a nuestra más profunda intimidad, hacer de nosotros verdaderamente centro, comienzo, fuente y origen.

    ¡Qué magnífico es ser llamado por semejante amor! Pidamos que no hesitemos hoy en sellar con el de nuestro entusiasmo y de nuestra libertad el eterno que se pronuncia en lo lás íntimo de nosotros, al Dios que siempre está ahí y que no cesa jamás de esperarnos y de amarnos".

     

  • 16-18/07/10 – Dios es Dios porque no es sino Amor.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} En 1959, en Lausana, el 3er domingo de Adviento.

    "En su Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, Newman afirma que la religión es para los hombres y como los hombres, (es el tema del libro), como los hombres no pueden descubrir todo de una vez, llegan poco a poco a expresar en un lenguaje humano todas las riquezas de la Revelación de Jesús. Eso quiere decir que hay cierta evolución del pensamiento cristiano, y nos damos claramente cuenta de ello al leer en el día de hoy el pasaje de la epístola a los Filipenses de donde se saca el tema de la liturgia del día.

    En esa epístola, en el capítulo 2, versículos 5 a 11, hay en efecto un texto célebre que ha sido comentado miles de veces:

    "Procurad tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el cual, teniendo la naturaleza gloriosa de Dios, no consideró como codiciable tesoro el mantenerse igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en la cruz. Por ello Dios lo exaltó sobremanera y le otorgó un nombre que está sobre cualquier otro nombre, para que al nombre de Jesús doblen su rodilla los seres del cielo, de la tierra y del abismo, y que toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre" (Traducción de la Biblia de Ediciones Paulinas).

    Este himno admirable, ya no lo escribiríamos escribir hoy de la misma manera. Si el apóstol utilizara nuestro lenguaje, no recurriría a esas palabras que ya no tienen significado concreto para nosotros. En tiempos de san Pablo, había esclavos, había realmente seres humanos que eran propiedad de otros hombres; en tiempos de san Pablo había un emperador cuyo poder era absoluto. Hoy ya los reyes no son sino representantes de las naciones, las cuales son gobernadas por otros personajes.

    Y luego, hay toda una serie de experiencias que nos impiden totalmente considerar a Dios como un rey rodeado de gloria real que se humilla para venir hasta nosotros, haciéndose esclavo como uno de nosotros, ya que nosotros no tenemos ningún sentimiento de ser esclavos, ni deseo alguno de serlo.

    Nada es más chocante hoy en día que sentir que el hombre pueda ser tratado como esclavo, y tampoco nos gusta mucho tener dueño o señor. Y Dios ya no se presenta como señor. En efecto, después de san Pablo, con los siglos la humanidad ha cambiado, las instituciones se han transformado, la experiencia cristiana se ha desarrollado.

    Para nosotros, todas las palabras utilizadas por san Pablo han perdido la importancia que podían tener para él y sus auditores. San Pablo era judío de nacimiento, vivía necesariamente en el ambiente del Antiguo Testamento; todas sus categorías mentales eran de la teología rabínica, y para expresar el misterio cristiano recurre naturalmente a un lenguaje que es el suyo, pero que ya no es el nuestro. ¿Y cuál es el nuestro? Por suerte para nosotros, en el corazón de la Historia cristiana está san Francisco de Asís. Y san Francisco de Asís hizo un descubrimiento incomparable, que vivió él mismo con todas las fibras de su ser: san Francisco de Asís descubrió que la Pobreza era Dios. Siendo hijo de un mercader muy rico, estando inspirado por novelas de caballería y pensando sólo en hacerse príncipe y brillar en los campos de batalla para hacerse famoso y llenar la historia con sus hazañas, bajo influencia de la enfermedad, de la meditación y del encuentro con los leprosos, descubrió de repente que la Pobreza era la verdadera esposa a que él estaba destinado, ¡cuando había soñado con casarse con la princesa más hermosa del mundo! Y se entregó a la Pobreza con infinita pasión. Y glorificó hasta el fin la Pobreza, cantándola por todos los caminos de la tierra, y quiso literalmente serle fiel, haciendo de ella la única herencia que les pudo legar a sus hijos.

    Y si defendió con tanta pasión la Pobreza fue justamente porque para él la Pobreza era Dios.

    Comprendió, y Dios nos hizo comprender por su medio, en el desarrollo magnífico del pensamiento cristiano a que hace alusión el Cardenal Newman, Dios nos hizo comprender por su medio que su grandeza no era una grandeza de dominación, sino de generosidad. ¡Ustedes comprenden la diferencia! Si concebimos a Dios como un faraón, como un monarca, como un déspota, como un poder que nos domina y que puede aplastarnos, si admitimos que somos por naturaleza esclavos de Dios, ¡entonces no nos queda nada que hacer! ¡La suerte está echada, Dios decide todo, y en fin de cuentas, nosotros no somos sino marionetas movidas por sus caprichos y por las decisiones arbitrarias de su voluntad!

    Al contrario, si Dios es pura generosidad, ya no se trata de ser dominados por él, sino de amarlo. Y justamente, san Juan nos cuenta que el último gesto de Jesucristo, o uno de sus últimos gestos, fue el Lavamiento de los pies, lavamiento que escandalizó a los apóstoles y que primero no quisieron aceptar porque les parecía indigno de la majestad del Señor, y que justamente Jesús les impuso como condición sin la cual no podían entrar en el Reino. Eso significa que tienen que cambiar totalmente la idea que tienen de Dios. Dios no es un rey. No es un poder que domina y aplasta. Miren a Dios: está de rodillas, de rodillas ante una humanidad que no entiende nada, ante una humanidad que se obstina en perseguir sueños de gloria irrisoria, pues justamente la grandeza de Dios es grandeza de generosidad.

    Son dos órdenes absolutamente incompatibles, y nuestro Señor lo sabía. El domingo pasado recordábamos el elogio que hizo Jesús de san Juan Bautista, diciendo que él era el más grande de los nacidos de mujer, y añadiendo en seguida: "Pero en el Reino, es decir en la nueva economía, es decir en la religión del espíritu, en la religión que va a nacer de la Cruz, el más pequeño será más grande que Juan el Bautista" (Mt 11,11), porque justamente Jesús traía algo tan nuevo, tan extraordinario, que por su medio la humanidad iba a entrar en un mundo nuevo. Y ese mundo nuevo, es el mundo de la generosidad y del amor.

    Dios no es alguien que nos domina, que nos mantiene en estado de mendigos. Dios se comunica, Dios se da, y toda su vida es una comunicación cuyo secreto expresa la Trinidad, pues la Trinidad sólo quiere decir eso.

    Dios no es un personaje solitario que se mira y se admira a sí mismo, que está centrado en sí mismo y que nos pide que lo admiremos. Dios es una familia. Dios es una especie de sociedad interior, espiritual, única e incomparable, pero en la cual todo es comunicado porque justamente en Dios, en Dios nada puede ser poseído, pues en Dios el Padre es sólo un impulso hacia el Hijo, y el Hijo un impulso hacia el Padre en la unidad del Espíritu Santo.

    Esa es la riqueza formidable del Evangelio, el habernos liberado de un Dios faraón, de un Dios cuyo poder podía aplastarnos, para conducirnos a un Dios que es sólo corazón, a un Dios que es sólo amor, a un Dios que es eterna comunicación, a un Dios que no puede poseer nada porque su vida es el don de la eterna luz y del eterno Amor.

    ¡Dios es Dios porque no tiene nada! Eso fue lo que descubrió magníficamente san Francisco y lo vivió con ardiente intensidad; y eso es justamente lo que nos obliga a leer con otros ojos el texto de san Pablo. ¡Ahora sabemos que esas imágenes no son más que imágenes! Dios no está allá arriba detrás de las estrellas sino aquí, dentro de nosotros. Ahí está desde siempre, siempre ha estado en la humanidad, siempre ha estado en el corazón del hombre, pero el corazón del hombre no estaba aún en Dios.

    Y porque justamente el corazón del hombre aún no estaba en Dios, el hombre le daba a Dios un rostro de faraón, de dominador, de poder aplastante y terrible. Pero justamente, en Jesucristo, en Jesucristo, en el seno de María, es creada una humanidad totalmente nueva, una humanidad transparente, una humanidad que no tiene nada, una humanidad enteramente despojada, una humanidad sacramento; y en la humanidad de Jesucristo, enteramente despojada de sí misma, que no puede ni decir "Yo", que no puede poseer nada, que sólo da testimonio de Dios, Dios aparece y transparenta como el que nada tiene y el que lo da todo.

    Y ahí justamente es donde debemos apreciar la gracia de pertenecer a la Iglesia viva de Jesucristo, y así entiendo justamente esto: que ya no estamos atados a un texto, a un libro, pues los libros no se mueven, ni se mueven las palabras de un libro, pero se mueve el pensamiento, el pensamiento se transforma lo mismo que evoluciona la humanidad. Y entonces ahora podemos formular y expresar alegremente el Misterio de Jesús en un lenguaje totalmente distinto y que va evidentemente en el sentido de todo lo que el apóstol quería significar, pero lo dice bajo la luz del Espíritu Santo, con palabras más sencillas, más transparentes, más puras y más eternas, de modo que en cierto sentido podemos alegrarnos de no pertenecer a la Iglesia primitiva, alegrarnos de no haber sido auditores de los primeros apóstoles cuyas categorías (mentales) eran aún las antiguas. Podemos alegrarnos de aprovechar de la experiencia de 2000 años, y poder contemplar hoy en Dios la Pobreza que no se humilla para venir a nosotros, porque no tiene que venir: ¡ya esta ahí desde siempre! ¡No puede humillarse ni rebajarse, porque no tiene nada; nada puede dejar o abandonar! ¡Todo lo dio eternamente! ¡Está eternamente despojado! ¡Eternamente es el Amor!

    Por eso, para nosotros, el Misterio de Jesús es justamente el Misterio adorable que nos libera del Dios faraón para llevarnos al Dios que es pura generosidad, al Dios que es Amor, al Dios que sólo puede amar y que nos invita a amar a nuestro turno, de suerte que podemos resumir todo el cristianismo en las palabras muy sencillas, palabras eternas, que san Francisco selló magníficamente en la transparencia de su despojamiento y de su alegría. Y éstas son las palabras, fáciles de recordar: "Dios es Amor. Es necesario amarlo y hacerlo amar amando".

  • 13-15/07/10 – La Humildad es maravillarse con los demás.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Lausana, 1960. Homilía para jóvenes. Sexagésima, epístola: 2 Co.11 (4° domingo de Cuaresma)

    "Después de un examen de historia, a un alumno le pareció que su nota no era suficiente y se quejó amargamente ante el profesor de que no hubiera estimado bastante su composición. Como no era un examen de estado y el profesor deseaba evitar toda discusión, preguntó al alumno: "Entonces, ¿qué nota quiere? Y le puso la nota que él creía merecer.

    Son cosas que pueden suceder, pero ¿qué cambia para la mente del alumno, el puesto que ocupe en de historia? ¿Sabe más porque le subieron la nota? ¡Claro que no! El juicio, la nota que le pone el profesor permanece exterior a su mente, ¡subió en clasificación, pero en conocimiento, en ciencia, su mente no mejoró en absoluto!

    Esta pequeña parábola nos permite hacer la pregunta – escuchando la epístola de hoy en que san Pablo, habiendo hablado de todos sus trabajos, del martirio sufrido al servicio de Cristo, llega a las visiones extraordinarias o mejor a la visión extraordinaria con que fue favorecido, para concluir que todo es no es nada en fin de cuentas comparado con su debilidad, o enfermedad, de la cual quiere gloriarse: sufría probablemente de fiebres. Quería gloriarse de eso, más bien que de todos los trabajos realizados o de la visión extraordinaria de que había sido testigo y sujeto. Esas palabras de san Pablo podrían llevarnos a una concepción de la humildad un poco parecida a la actitud del alumno ante de su nota en historia.

    Y yo me pregunto, pienso en un joven que entra en la vida con entusiasmo creador como investigador. ¿Puede entrar con una actitud así, pensando: "Yo soy un pobre tipo, un miserable, yo no soy nada, no soy sino un mendigo, debería gloriarme de mi pobreza"? ¡Claro que no! Tampoco se puede proponer a un niño al que le encantan los cuentos, que es feliz en la vida – como el pequeñito que decía en su oración de la noche, después de la muerte de un primito: "¡Dios mío, no me hagas morir porque estoy gozando mucho!" Pues claro que a este niñito no le podemos proponer que se ponga ante de Dios diciendo: "¡Yo no soy sino una pobre criatura, yo no soy nada!" Esa no sería una actitud creadora.

    Y esa es justamente una tentación, una tentación a la cual podrían llevarnos los textos que nos hablan con demasiada frecuencia de nuestro estado de mendigos delante de Dios. ¡No somos nunca nada, jamás nada, siempre miserables! ¡Siempre necesitamos perdón! Yo pienso que tal actitud termina siendo peligrosa, primero porque nos deprime, nos centra sobre nosotros mismos, pues para declararse miserable hay que mirarse – y cuando uno se mira, arriesga justamente volverse miserable, y segundo porque si hemos de jugar realmente un papel en la vida, si vamos a ser creadores de algo, no hay que repetir continuamente que no podemos nada. Hay que ponerse a la obra con todo el valor, esperando triunfar en la obra emprendida.

    Es pues necesario saber que hay otra forma de humildad, que es finalmente la humildad cristiana más hermosa, otra forma de humildad que podría ser creadora.

    Me preocupa siempre cuando alguien me dice: "¡Yo soy muy poca cosa, es verdad! Desde luego, tengo muchos pecados, ¡pero Dios es tan bueno y me llevará al cielo!" y yo me digo: el Cielo no es una calificación en que le ponen 4 ó 5, en que uno fuerza la nota para quedar bien. El cielo, el verdadero cielo es el conocimiento, el conocimiento y el amor de Dios. Esta es la luz interior en que debemos entrar y que debemos ser. Es exactamente la misma situación del alumno y la ciencia: si obtuvo un puesto que no merecía – supongamos que en la facultad de ingeniería le dieron un diploma que no merecía – podrá hacer puentes que se desplomen, edificios que sepulten a los habitantes en los escombros, y eso sería grave, porque no es el diploma, un papel, lo que hace de él un ingeniero, sino la ciencia adquirida personalmente, el conocimiento que haya asimilado.

    El cielo es pues un conocimiento por asimilar, una luz en que debemos convertirnos, una generosidad que debe brotar en nosotros como de su fuente.

    Por tanto, es perfectamente inútil imaginar que Dios nos va a poner en un buen nivel, o nos va a poner un podio para que podamos ver el espectáculo. El cielo no es un espectáculo. El cielo es justamente la comunión de todo nuestro ser con Dios, es enraizar nuestra humildad en la de Dios. Por tanto no hay clasificación que valga, tenemos que transformarnos radicalmente. Y sólo transformándonos estaremos a nivel para contemplar a Dios, al Dios que llevaremos dentro, al Dios que se habrá convertido en la vida de nuestra vida y al que seguiremos amando porque primero lo habremos preferido esencialmente a nosotros mismos en un descubrimiento progresivo de todos los días de nuestra vida.

    Existe pues otra humildad que no consiste en decir a Dios: "Yo soy un pobre hombre, pero Tú te apiadarás de mí; porque soy un mendigo y sólo pido un pequeño podio". Hay otra humildad infinitamente más hermosa, más real, la única verdadera finalmente, que consiste en dejar de mirarse a sí mismo.

    El sabio que hace un descubrimiento, que siente que va a lograr un resultado que ha estado buscando durante años, no se mira a sí mismo, no pierde su tiempo felicitándose, sino que quema las etapas para llegar, para descubrir y se maravilla del resultado que ya está casi logrando.

    ¡Esa es la verdadera humildad: maravillarse de la hermosura de Dios, de la bondad de Dios, al punto de ya no poder pensar en nosotros. Y el único modo de curarse de la tonta vanidad en que caemos tan fácilmente, es simplemente aprendiendo a maravillarnos.

    En vez de pensar que son pobres hombres, que no merecen el paraíso, pero que sin embargo Dios se los va a dar porque sabe que no son capaces de nada… Me parece que la mejor manera de salir de ese sentimiento de mendicidad y de encontrar su dignidad humana es entrar en la música, entrar en el conocimiento, cultivar con pasión, amar la naturaleza, escalar una montaña, ir a mirar la salida del sol, entusiasmarse por la paz de una noche estrellada, asistir a las risas y las piruetas de un niñito, maravillarse por su primera sonrisa, tratar de suscitar por doquiera la eclosión de la belleza, de la grandeza y la dignidad.

    Entonces ya no es necesario echarse al suelo, no pensemos más en nosotros, perdámonos en la belleza que encontramos, olvidémonos en la música, maravillémonos con la sonrisa de un niñito, con el gozo de admirar, comulguemos cada vez más profundamente con la Presencia divina que se revela bajo esos rostros innumerables, bajo todos esos aspectos de la naturaleza, del arte, de la ciencia y de la humanidad.

    Vemos justamente sabios como Eintein, como Rostand, como Pierre Termier, sabios llenos de humildad, que no dicen: "¡Yo no sé nada, no puedo nada! Sino que hablan de la verdad, la aman, están apasionados por el conocimiento; o artistas son apasionados por la pintura, la escultura, la arquitectura o la música. Entonces no necesitan compararse con nada, porque todo el día están investigando, porque cada mañana vuelven a comenzar a descubrir la vida y el mundo, y en ese descubrimiento sienten brotar en ellos esa fuente que es ya la vida eterna.

    Es pues esencial que no nos equivoquemos y que no escuchemos en sentido negativo la lección de san Pablo. En el fondo, la verdadera humildad está en no mirarse. Y hay un admirable místico, o mejor un altísimo poeta alemán del siglo 17, Ángelo Silecio, que dice esto, que podría ser escandaloso: "Yo soy como Dios, y Dios es como yo. Soy tan grande como Dios, él es tan pequeño como yo; no puede estar por encima de mí, ni yo por debajo de él". Si remplazamos la palabra Dios por la palabra verdad para comprender mejor este texto admirable, entenderemos lo que quiere decir: "No puedo llegar a la verdad sino haciéndome lo que ella es. No puedo poner la verdad delante de mí, ella tiene que ponerse en mí. Y por consiguiente, ella está en mí en la medida en que estoy en ella. Mientras más me transformo en la verdad, más crece la verdad en mí, y mientras menos le transformo en ella, menos despliega ella en mí su luz y su alegría".

    ¡Y eso es literalmente el verdadero Dios! En el fondo, si Dios aparece tan rebajado y como ídolo es porque nosotros nos rebajamos. Justamente, si no queremos conquistar nuestra dignidad de hombre, nuestra libertad creadora, si no entramos en la magnífica aventura de la vida, entonces Dios se convierte en un buen Dios insignificante, en un bonachón, y finalmente en ídolo y falso dios.

    El verdadero Dios exige, para ser conocido, que nosotros crezcamos, que crezcamos sin fin. Y sólo pueden hablar de él los que dan a su humanidad todas sus dimensiones y toda su grandeza. Es además lo que nos dice san Pablo: que estamos llamados a adquirir la plena estatura de la humanidad en Cristo Jesús.

    Por eso pienso que en la epístola a los Corintios que acabamos de leer, San Pablo habla para los corintios a quienes dijo explícitamente que eran aún niños y no podía darles carne, sino todavía leche. Les habla entonces como están acostumbrados, y les da una lección de humildad, con su lenguaje, pero es claro que la verdadera humildad es simplemente la admiración en que nos olvidamos de nosotros, la admiración en que uno desaparece y que es la más hermosa forma del amor.

    Es claro que un artista jamás podría crear si se mira a sí mismo. Uno sólo crea algo olvidándose a sí mismo, porque sólo crea admirando, perdiéndose en el otro y dejándolo expresarse en nosotros.

    Entonces, dejemos todas las falsas fórmulas de humildad, de humildad barata, en que uno dice: "En mi humilde opinión…" o cosas semejantes. Esos son chistes que nadie cree ni toma en serio. La verdadera humildad consiste en no hablar de sí mismo simplemente porque no piensa en sí mismo por estar totalmente centrado en el otro, en estar viviendo el descubrimiento, y en perpetua admiración.

    Cada uno de nosotros puede ver además cómo maravillarse, pero eso es capital. ¿Porqué tanto aburrimiento en los hogares? ¡Por falta de progreso! ¡No avanzamos! ¡Uno sigue leyendo las mismas cosas baratas, viendo las mismas películas eróticas, no tiene nada que contar, nada nuevo que compartir! Deberíamos, al contrario, mantener el esfuerzo, seguir estudiando con los hijos, ponerse a nivel suyo. ¡Eso sería apasionante! ¡Apasionante porque siempre habría algo nuevo que aprender, algo nuevo que comunicar, y no acabaríamos de descubrirnos mutuamente!

    Es necesario que cada uno tenga una pasión, una pasión noble y grande, y que mediante esa pasión – ya sea la música, o la literatura, la pintura, o el dibujo, o la montaña o la botánica – no importa, es necesario que cada uno de nosotros tenga una pasión que mantenga su impulso y le permita cada día volver a comenzar. ¡Entonces comprenderá que no se puede entrar al paraíso sino que es necesario hacerse paraíso! No se trata de tener 5 en historia sin merecerlo. Es necesario saber historia y uno sólo sabe historia si tiene pasión por ella y si trabaja por estudiarla.

    Así mismo es como vamos a Dios. Sólo podemos conocerlo en la medida en que hacemos en nosotros el vacío sagrado que le permite crecer en nosotros al mismo tiempo que nosotros crecemos en él".

  • 11-12/07/10 - ¿Qué dices de ti mismo?

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Lausana, 1959. 3er domingo de Adviento.

    "Acaban de escuchar ustedes la pregunta dramática que los fariseos hicieron a Juan el Bautista "¿Qué dices de ti mismo?" (Jn. 1,22) ¿Cómo podía el Bautista responder a esta pregunta? ¿Cómo puede alguien decir: "Yo soy esto"? En efecto, entre todas las preguntas que nos puedan hacer, esa es la más difícil de todas y nadie es capaz de responderla.

    Si nos preguntan: "¿Qué dices de ti mismo?", y tratamos de responder a la pregunta veremos en seguida la imposibilidad de hacerlo. No sabemos quien somos, y si tratamos de definirnos encontramos un ser prefabricado que puede entrar en ciertas categorías psicológicas, pero nunca podremos encontrar el secreto ni el misterio que somos. Es el misterio que busca la madre en su hijito: lo mira, le sonríe… ¿Y qué busca con esa sonrisa sino la revelación de lo que es él?

    En efecto, ése es el primer impulso del amor: preguntar al ser amado quién es: la madre lo pregunta a su hijo, el hombre a la mujer, la mujer al hombre. Y se comprende que un filósofo, Alain, se haya hecho esa pregunta: "¿Puede un hombre casarse con una mujer loca?" y que haya respondido: "No". No puede casarse con una mujer loca porque inclusive en el amor más carnal, más bajo, está el deseo de encontrar un secreto humano. El deseo de comprender esa fuente, el deseo de saber quién es ese ser, y de obtener la confidencia de su misterio.

    Esa pregunta en apariencia sencilla es la más profunda e insoluble de todas, al menos cuando la hacen directamente preguntando a alguien: "Y tú, ¿qué dices de ti mismo?"

    Pero hay una manera en cierto modo lateral de lograr el conocimiento de sí mismo, y sólo tenemos que pensar en lo que evoca o puede evocar en nosotros la música de Clara Haskil.

    Qué es lo que encanta a tantos en esa música incomparable, sino justamente que cada uno al escucharla sentía brotar en sí mismo una melodía en que se expresaba el misterio de sí mismo, porque la música de Clara era tan interior, tan silenciosa, que su música nos invitaba a todos y a cada uno a convertirnos en música, y cuando uno se hace música, cuando todo el ser brota como un canto es porque uno se ha perdido de vista, es porque uno se ha establecido en otro, es porque uno está en el mundo del encanto donde brilla el rostro adorable siempre desconocido y siempre reconocido, que es el rostro del Dios vivo.

    Así, en la experiencia de esa música, comprendemos la posibilidad de expresar y comunicar el secreto de quien somos. En efecto, expresarnos y comunicarnos es expresarnos y comunicarnos a otro y para él. Entonces Clara con su piano, lo mismo que Dinu Lapatti y tantos otros, como verdaderos artistas, Clara Haskil con su piano, transformada totalmente en música para que a la vez nosotros nos transformemos, no se escuchaba, no se miraba sino que dejaba pasar a través de ella todo el mundo silencioso que es la cuna de todas las melodías.

    Y justamente, porque se eclipsaba en la música, la música devenía Presencia y vida, y nos conmovía. Siempre nos conmoverá profundamente, haciéndonos surgir en un impulso silencioso hacia la eterna belleza a la cual podemos confiarnos; pues en ella se expresa nuestro misterio, no para nosotros – lo que es imposible – sino para el amor, para la generosidad infinita que viene a nuestro encuentro y suscita nuestra existencia, dándole la forma de amor, única que puede expresarnos.

    Tenemos pues una posibilidad – una sola – de llegar a nosotros mismos, una sola posibilidad de responder a la pregunta: "Y tú, ¿qué dices de ti mismo?", y es justamente la de perdernos de vista, mirar la eterna belleza y decirnos a Dios, en Dios y para Dios.

    Así entramos en el misterio de la Santísima Trinidad. La Trinidad nos parece algo tan abstracto, tan lejano, ¡y de repente adivinamos! En efecto, Dios mismo no puede decirse a sí mismo quién es, a menos de decirlo a Otro y para Otro. ¡Hay pues en Dios una vida que se comunica, hay en Dios todo un secreto que se intercambia, hay en Dios, hay en Dios un nacimiento, y una paternidad! Dios sólo puede decirse como un secreto que va del Padre al Hijo y del Hijo al Padre; así como Dios sólo llega al Amor en la comunicación que va del Padre y del Hijo al Espíritu Santo y del Espíritu Santo al Padre y al Hijo.

    Y porque Dios es Trinidad, porque es comunicación en el Amor, porque es la música eterna que sólo puede brotar en un impulso de generosidad, por eso la religión de Jesús es lo que es. Justamente, Jesús viene para hacer brotar en nosotros esa música silenciosa. Viene a enseñarnos quien somos. Viene a introducirnos en el conocimiento supremo de nosotros mismos, conocimiento que es un nacimiento, pues justamente para conocernos es necesario que nazcamos en Dios y lo dejemos nacer en nosotros.

    Y la maravilla es que toda la grandeza, toda la santidad cristiana esté centrada en esa comunicación interior: Dios que es el Amor supremo nos pide precisamente lo que pide siempre el amor. Como la madre: por la sonrisa de su hijito, la madre desea llegar al misterio de su alma; como busca el secreto inagotable del ser humano el novio en la novia, o el esposo en la esposa. Dios nos pide, y es lo único que nos pide, que seamos la respuesta luminosa, la respuesta generosa, que descubramos quien somos y se lo digamos perdiéndonos en él, naciendo en nuestro corazón y de su corazón, y dejándolo nacer en y de nuestro corazón.

    ¿No es eso lo que Jesús deseaba decir a la samaritana, sí, a esa pecadora que vivía en el desorden? Jesús le murmura un secreto incomparable, la eleva a esas cumbres supremas; le dice a ella la verdadera religión del Espíritu, construye y suscita en ella el santuario eterno, el único Templo de Dios, el único santuario del Nuevo Testamento que somos nosotros mismos en nuestra mente, en nuestro corazón, en el intercambio total de nosotros mismos con Dios que se nos comunica infinitamente. Y entonces, lo que parecía abstracto se hace sumamente concreto. Finalmente, ¡nada es más apasionante que el ser humano! En el ser humano se sitúa toda revelación, por el rostro humano se hace conocer Dios, y es en el intercambio silencioso con Dios como devenimos todo lo que somos capaces de ser.

    Ustedes recuerdan que Ángelo Silesio comparaba los abismos del hombre y los abismos de Dios: "El abismo de mi espíritu no cesa de invocar con un grito el abismo de Dios. De estos dos abismos, dime, ¿cuál es el más grande?"

    A eso nos lleva el Evangelio de hoy: "¿Qué dices de ti mismo?" Hay una sabiduría cristiana que es infinita, una sabiduría arrodillada, una sabiduría arrodillada, una sabiduría transparente, una sabiduría, una sabiduría infinita, una sabiduría inimitable, una sabiduría basada en el don de sí mismo, en la pobreza de espíritu, en la generosidad. Y hoy estamos invitados a esa sabiduría, al banquete de la eterna Sabiduría. ¡Cómo es necesario escuchar esa voz del Evangelio: "Y tú, ¿qué dices de ti mismo?"! Y cuando la pregunta haya llegado al primer plano de la mente, todos y cada uno sentiremos que no hay otra respuesta sino escuchar la música interior, ir hasta el final del silencio, hasta que por fin encontremos a la base de nuestro ser el rostro amado que nos está esperando. Y entonces, como escuchando a Clara Haskil o a otros grandes, a otros grandes artistas, de repente sintamos que hemos nacido, que comenzamos a existir en la plenitud de nuestro ser, porque cesando de mirarnos, nos veremos en el espejo del eterno Amor, y Dios, suscitando en nosotros los inmensos espacios de luz y generosidad, nos habrá revelado a la vez su grandeza y la nuestra, en el intercambio sin fin que es la vida de ahora, y que es ya en la vida de ahora la única vida eterna! Porque la vida eterna consiste justamente en conocer, en conocer a Dios y amarlo. ¿Y cómo conocerlo y amarlo sino naciendo de él y dejándolo nacer en nosotros y de nosotros?"

  • 08-9-10/07/10 – Música antes de todo.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} En Lausana, en 1960. 

    "Música antes de todo " dice Verlaine en su Arte Poética, y, para él, la música es en esencia el matiz: Pues deseamos más el matiz / ¡No el color, sólo el matiz! / ¡Sólo el matiz, ¡ay!, enamora / El sueño del ensueño, y la flauta del corno!

    En efecto, se sabe que la habilidad del técnico no basta. No basta que toque con precisión las notas, debe también rodearlas de la atmósfera silenciosa que les permita respirar. Como lo sentimos en el toque tan delicado de un Dinu Lipatti, donde cada nota parece surgir de una respiración silenciosa, donde el artista escucha tanto como toca.

    Y si el matiz es el alma de la música, si no existe arte sin matiz, tampoco existe virtud sin matiz, y el matiz es precisamente el elemento esencial de toda virtud. Cuando recitamos el Yo pecador, como nos invita a hacerlo la liturgia, tenemos tentación de pensar: "Pero, después de todo, ¿soy yo tan pecador? No he robado ni matado, no he cometido ningún crimen que merezca el tribunal. Mi vida está ordenada, no doy escándalo; ¿porqué, finalmente, nos invitan tanto a reconocernos pecadores y a inclinarnos ante Dios con la actitud de criminales que imploran su perdón?

    Y en efecto, si el pecado consistiera en el crimen, muy pocos de nosotros podrían hacer el acto de contrición o recitar el Confiteor. Pero precisamente, las faltas no se identifican con el crimen. Con mucha frecuencia un crimen es pura y simplemente un acto de locura, casi ni culpable, porque escapa precisamente al conocimiento y la libertad; es más un acto cósmico de pasión que procede del universo, que un acto humano, deseado, consciente y deliberado.

    Al contrario, donde puede actuar plenamente la culpabilidad es en todas las cosas pequeñas. En los matices precisamente es donde nos hacemos más gravemente culpables, porque ahí es donde podríamos vencer más fácilmente la inercia y el egoísmo. Y lo van a entender en seguida si recuerdan las admirables palabras de Nuestro Señor en la parábola del buen samaritano:

    Un herido yace en el camino, llega un sacerdote y prudentemente pasa al otro lado del camino; lo sigue un levita y pasa también prudentemente al otro lado del camino. Ambos están recitando su oración: "Shema Israel…" y así, a sus ojos, quedan excusados de no ver al herido. Sería molesto: habría que inclinarse hacia él, levantarlo, cuidarlo… sería de nunca terminar si uno quisiera detenerse a todos los heridos del camino; es tanto más sencillo pasar al otro lado y continuar la oración: "Shema Israel…", "Escucha, Israel, tu Dios es uno solo, tu Dios es uno solo" (Dt. 6:4). Nos es nada si cambian de acera. ¡No es pecado mortal! No lo han catalogado los casuistas, no se le aplica el tribunal. ¡Pero hay un hombre muriendo en el camino! Y cambiar de acera puede significar condenarlo a muerte. El samaritano, que el sacerdote y el levita desprecian como a un perro, el samaritano no cambia de acera, encuentra al herido, se inclina, lo levanta, lo pone en su cabalgadura, lo lleva al albergue, pide que lo cuiden y se compromete a pagar al huésped los gastos suplementarios por la presencia del herido.

    ¡Esas son las faltas graves! Las faltas no catalogadas, las faltas que no llenan de remordimientos la conciencia, las faltas que nos parece simple prudencia de un hombre apresurado, pero que tienen consecuencias desastrosas e irreparables.

    ¿Es que la felicidad de un hogar no consiste en matices? ¿A dónde vamos a pasear hoy? ¿A Pully o a Prilly? Basta con que uno insista por ir a Pully más bien que a Prilly para que la paz del hogar se ponga en peligro; y así  sucede desde el comienzo hasta el fin de la vida, en la confrontación de dos voluntades: la mujer y el marido, o los padres y los hijos. Toda la felicidad está en el respeto del matiz.

    Rehusar sentir el deseo del otro, no adivinar su sufrimiento, o no bajar los ojos ante su falta o su confusión… Una palabra irónica que esteriliza un movimiento que comienza a surgir. No se necesita más para envenenar la existencia y destruir a veces radicalmente la felicidad. Pues justamente la felicidad esperada desde hace tanto tiempo, la felicidad maravillosa que se deseaba total e infinita arriesga ser destruida con la menor grieta. ¡Y entonces no hay excusa! Podemos excusarnos por un movimiento de pasión, por una ira que nos invade y nos hace perder la cabeza, por un movimiento carnal que nos comunica su vértigo. Cuántos hombres pueden ser arrastrados por el ardor de una pasión y despertar de repente preguntándose si realmente fueron capaces de un acto que les parece ahora imposible.

    Pero los pequeños matices, la guerra de pullas, la falta voluntaria de atención al sufrimiento del entorno, rehusar evitar un dolor, rehusar tener en cuenta el pensamiento y la opinión de aquellos con quienes convivimos, ¡eso es lo grave! Porque eso es justamente lo que corroe la vida, y puede engendrar la desesperación ya que conviviendo por fuerza uno ya no tiene nada que darse, y ni siquiera cree que haya algo que descubrir en el otro con quien se está ligado de por vida.

    Es pues un inmenso error prestar demasiada atención a los grandes movimientos de la pasión y descuidar los detalles infinitesimales que tejen la felicidad cotidiana y que constituyen la flor más exquisita de la ternura y del amor.

    el gran poeta Oscar Wilde nos cuenta en De profundis a qué le debió su salvación, su salvación eterna: la debió al mero hecho de que el día en que fue condenado, el día en que su deshonor se hizo público, en que toda Inglaterra entró en su vida privada, en que su mujer huyó con sus hijos y cambió de apellido para que sus hijos aún pequeños ignoraran que eran hijos de él, le debió su salvación al mero hecho de que uno de sus amigos, uno solo, le permaneció fiel, y después de la sentencia infamante que lo hería, se inclinó con respeto delante de él para saludarlo. Eso era nada, pero fue todo. Era hacerle signo de que no estaba condenado definitivamente, de que el futuro permanecía abierto y de que había todavía en él algo que merecía un respeto infinito, y de que bastaba que descubriera el tesoro escondido en el fondo de sí mismo para que todo volviera a comenzar y él recobrara su dignidad primera.

    Y en efecto, en la prisión, ese recuerdo fue el que le hizo descubrir un día la inmensidad de su alma. Ese descubrimiento fue tan importante que terminó por bendecir el día en que la sociedad lo envió a la prisión, porque fue cuando salió de la prisión de sí mismo, e hizo el encuentro adorable con la Presencia que lo estaba esperando en lo íntimo de su corazón.

    Ese gesto, ese detalle de respeto y amistad bastó para abrirle todas las puertas de la esperanza y del porvenir.

    Eso es pues lo que debemos poner en el acto de contrición, eso debemos confesar en el Confiteor, eso es lo que debemos poner primero en las confesiones: el descuido de los pequeños detalles, el desprecio de los matices, la falta de respeto, la ironía que destruye los más hermosos impulsos de la vida.

    Y justamente, si queremos responder al llamado de este tiempo pascual, si queremos comprender los sufrimientos del nuestro Señor, debemos poner en ellos todas las felicidades saqueadas, todas las almas pisoteadas por haber desconocido su grandeza, por haber rehusado brindarles la atmósfera donde respira el espíritu, pues al no invitarlas a dar lo mejor que podían las hemos obligado a ahogar los más hermosos movimientos de su generosidad.

    Pero como no se trata de lamentarnos del pasado sino de considerar el presente y el futuro, de eso debemos penetrarnos ahora. Si queremos ser discípulos del Evangelio que es la Buena Nueva, si queremos ser fuente de alegría, necesitamos música antes de todo, y para que la vida sea música, el matiz: Pues queremos más el Matiz / No el color, sólo el matiz / Porque sólo el matiz enamora / El sueño del ensueño y la flauta del corno.

    Así se establecerá una revelación permanente de la Presencia divina, pues jamás se puede hablar de Dios sin estropearlo, a menos justamente de tejer en la vida cotidiana una trama de felicidad hecha totalmente de matices, en el respeto de los demás, dominando la impaciencia, prestando atención a los pequeños detalles de la vida, para que nadie sea herido y para que florezca la vida.

    Y para que, por fin, mediante el matiz que es la esencia del arte y la esencia de la felicidad, podamos percibir la Presencia de aquél que san Juan de la Cruz llama con esta frase inagotable: "Música callada", La música silenciosa, que no es otra cosa que el Dios vivo que nos está esperando en lo más íntimo de nuestro corazón".

     

  • 05-06-07/07/10 – Podemos hacernos hijos de Dios haciéndonos apasionadamente hombres.

     En Lausana. 4° domingo de cuaresma de 1960 (Gálatas 4:22-31; Juan 6:1-15)

    "Gandi, el gran libertador de India, cuenta en su autobiografía las tentativas que hicieron en Sudáfrica para convertirlo al cristianismo. Había leído el Evangelio, con un entusiasmo que duraría toda su vida, pero cuando quisieron persuadirlo de hacerse cristiano, siempre opuso la objeción que consigna en su autobiografía: "Si Jesús es el Hijo de Dios como ustedes dicen, todos los hombres deben serlo. Es imposible que un solo hombre sea el hijo de Dios y que no lo sean con él todos los hombres". Jamás pudo superar esa dificultad, pero como ustedes saben, eso no le impidió sacar del Evangelio, y sobre todo del Sermón de la Montaña, una de sus inspiraciones más profundas en su campaña de no violencia.

    Y yo pienso que lo que detuvo a Gandi, fue ante todo que, en efecto, no comprendió que todos los hombres están llamados a ser hijos de Dios: es lo que nos dice el prólogo de san Juan: "A todos los que creyeron en él les dio el poder de devenir hijos de Dios" (Jn. 1,12). Pero le faltó sobre todo, lo mismo que a nosotros, comprender que la filiación divina de Jesús – la afirmación esencial de que Jesús es el Hijo de Dios – sólo puede entenderse plenamente si se afirma también que Jesús es el Hijo del Hombre en un sentido único.

    El equilibrio de la fe esta unido a esta doble afirmación: si Jesús es el Hijo de Dios en un sentido único, es porque en un sentido único es también el Hijo del Hombre. Es hombre con una plenitud inigualable. No es solamente un hombre, sino El Hombre, el segundo Adán, como lo sugiere san Pablo, el segundo Adán en quien se recapitula toda la historia, que contiene toda la especie y es el eje de la historia a la que da la unidad.

    El Evangelio de hoy nos invita precisamente a retomar una conciencia más viva de la cualidad de Jesús de ser al mismo tiempo el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios, para llevarnos a considerar que nosotros tampoco podemos ser hijos de Dios sin hacernos en el mismo grado hijos del Hombre.

    Ustedes acaban de escuchar el Evangelio de la multiplicación de los panes, y no sé si observaron al final del evangelio, esas palabras tan trágicas: "Jesús huyó a la montaña, solo" (Jn. 6,15). Eso es absolutamente paradójico: un milagro que excita la imaginación, que llama la atención y que está destinado justamente a llamarla, a determinar un inmenso movimiento ante el poder divino que viene del interior.

    Pero precisamente, la reacción de la muchedumbre ante la multiplicación de los panes le parece a Jesús al contrario como una catástrofe. Una catástrofe porque ese gesto, realizado con absoluta discreción además, ese gesto realizado como de manera natural, fue interpretado como signo del advenimiento mesiánico, fue entendido en el sentido más material, más nacional, más limitado. Entonces, el resultado de esa intervención misericordiosa se vuelve directamente contra la misión de Jesús. Vino a fundar otro Reino, un Reino interior, un Reino espiritual, un Reino universal. ¡E interpretan un gesto de amor como la caución de un mesianismo revolucionario, nacional y limitado!

    Ese triste resultado hace que Jesús tema por sus discípulos. Teme el contagio. Al favor de la noche, huye y los deja retomar la barca para escapar al contagio de la muchedumbre. Y encuentra esa muchedumbre unos días después, y la pone en presencia del verdadero Reino y del verdadero mesianismo, y es la continuación inmediata del texto que acabamos de escuchar: les da a comer el pan del Cielo, ese pan extraño, les da a comer el pan que es la Carne inmolada y la Sangre derramada.

    Pues no cabe duda de que el discurso eucarístico se proyecta sobre el misterio de la Cruz. Están esperando la liberación, esperan un milagro que saque del país al ocupante. Están esperando justamente que Dios tome partido en su favor, con un poder que entre brillando en los fenómenos del mundo visible. Vean dónde los está esperando Dios: los espera en la derrota. Los está esperando en su miseria. Los está esperando el oprobio y la deshonra de la Cruz. Ahí es donde va a brillar la omnipotencia de Dios, y donde van a obtener la vida y la verdadera salvación que los liberará de ustedes mismos, cuando hayan comido el pan duro, el pan de la Carne inmolada. Cuando beban la bebida amarga de la Sangre derramada. Es el cambio de todo lo que estaban esperando, el cambio de todos los sueños, no sólo para la muchedumbre, sino para los discípulos mismos que habían seguido a Jesús esperando la gloria.

    Jamás debemos olvidar que la Eucaristía es una cita con la Cruz – que el pan por comer es la Carne inmolada; que la bebida por absorber es la Sangre derramada. Dicho de otro modo, la salvación está en la derrota, la salvación está en la debilidad, la omnipotencia de Dios se revela en la muerte de la Cruz – porque su omnipotencia no es el poder de un dictador capaz de aplastar, no es el poder de una represa que arrastra todo a su paso cuando se rompen las digas. Es el poder del Amor que va hasta la locura del don absoluto.

    Para encontrar al verdadero Dios es necesario aceptar la cita de la Cruz; para participar en la vida, hay que creer que "Dios murió y que resucitó". ¿Qué quiere decir, qué significa finalmente la revelación de la omnipotencia de Dios en la fragilidad? Sino que Dios es Amor, sólo Amor, que Dios es generosidad y sólo generosidad, que se trata sólo de liberarnos de nosotros, de nosotros mismos, del peso terrible, del peso que nos ata a nosotros mismos, para que nos hagamos como Dios puro impulso de amor, pura generosidad.

    Pero el Misterio del Pan de Vida, el Misterio Eucarístico va mucho más lejos aún. No sólo enraíza la Cruz en nuestra vida como fuente de toda libertad y de toda grandeza, pues si Dios es frágil, si Dios muere, si Dios tiene necesidad de nosotros, si es necesario ir al encuentro de esa fragilidad y protegerla contra nosotros mismos, no podemos olvidar que es en el hombre donde agoniza Dios. Porque en su propia vida Dios no puede perder nada, ya que perdió todo desde toda eternidad. No puede perder nada, ya que de toda eternidad ya dio todo. En nosotros es donde puede morir todavía. Dentro de nosotros es donde puede ser vencido todavía. Por eso, si la Eucaristía enraíza el Misterio de la Cruz en nuestra vida, si es la caución maravillosa de nuestra salvación, es decir de nuestra liberación respecto de nosotros mismos, si nos abre todas las puertas de la libertad, es a condición de que tomemos a cargo la humanidad por medio de la cita que nos fija la Cruz.

    La cita desesperada que Jesús da como reto a la muchedumbre que pide milagros en la sinagoga de Cafarnaún, ese reto de Amor sólo se puede realizar si venimos juntos. Porque sólo encontraremos la Cruz que salva, sólo encontraremos la vida, sólo llegaremos a la libertad, sólo encontraremos al Dios vivo, en la medida en que estemos juntos alrededor de la misma mesa, en la medida en que constituyamos un pueblo de hermanos, y una cadena de amor que haga de toda la humanidad una sola Persona en Jesús.

    Y ahí es justamente donde encontramos el equilibrio: no podemos devenir hijos de Dios sino haciéndonos hijos del Hombre.

    Rehusando la religión como opio del pueblo, es decir queriendo invitar al hombre a poner todas sus energías creadoras para acondicionar la tierra, para hacer de ella, y con razón, un verdadero hábitat humano, el marxismo no vio – y no es culpa suya pues nosotros mismos lo hemos olvidado – no vio que el llamado de Jesús, el llamado del hijo de Dios que es también el Hijo del Hombre, no se puede realizar en nosotros si no devenimos primero hijos del Hombre con él.

    La Eucaristía planta la Cruz en nuestra vida. La Eucaristía nos enraíza también en el corazón de la vida humana y nos pide asumir todos los dolores, todas las catástrofes, todas las miserias y afortunadamente también todas las esperanzas, todas las grandezas y alegrías del hombre.

    No podemos llegar al Hijo de Dios sin hacernos hijos del Hombre.

    Esta semana me encontraba yo en una casa religiosa. Era la hora de la cena y a la entrada de la casa había cinco o seis pordioseros sentados en un banco al pie de las escalas, esperando un plato de sopa que les iban a servir. La comunidad iba al refectorio y yo pensaba con dolor que esos mendigos, esos habitantes de la calle estaban al pie de las escalas mientras los consagrados a Dios iban tranquilamente a ponerse a la mesa, ante una mesa servida sin falla, protegidos de toda preocupación; siendo discípulos del gran Pobre, dejaban a los pobres a la puerta, al pie de las escalas, e iban tranquilamente al refectorio sabiendo que tenían asegurada la comida todos los días, y creyendo que cumplían así el Evangelio de Jesucristo.

    Siempre experimento una especie de vergüenza ante tal espectáculo, cierta vergüenza por el cristianismo, cierta vergüenza por Jesucristo. ¿Qué hicimos de Jesucristo? ¿Qué hicimos del Hijo del Hombre? Y entonces, ¿qué hemos hecho de la Eucaristía? ¿Es que la Eucaristía significa abrir la boca y tragar una especie de pastilla que nos santifica infaliblemente, mediante cierta purificación automática? ¡No! ¡Es imposible! ¡Eso sería una burla horrorosa! La Eucaristía es la Cruz que es necesario asumir, la Cruz que debe alimentarnos, la Cruz con la que debemos identificarnos, es el misterio de la redención que debemos vivir. La Eucaristía es toda la humanidad que debemos tomar a cargo para reunirla alrededor de la mesa del Señor, el cual no hace ninguna distinción de clase, de condición, de raza, de cultura, de sexo… y quiere ser en cada uno fuente que brota hasta la vida eterna. ¡Que grave! ¡No hemos entendido nada!

    Es tiempo de entender por fin, pues la liturgia de hoy nos lo advierte, ¡es tiempo de entender y todo eso está justamente en la derrota de Jesucristo, en su huída después de la multiplicación, en su dolor, en la soledad de Jesucristo! Ahí está la Cruz donde agoniza eternamente el la humanidad y por la humanidad! Ahí está el misterio de un mundo a liberar, a liberar de sus límites, por conducir a una condición divina, pues cada uno está llamado a ser hijo de Dios.

    Y justamente, para que todos puedan devenir hijos de Dios, nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, el que lo es en un sentido único, es decir el Hijo del Hombre en un sentido único, debía tomar a cargo toda la historia, identificarse con cada uno de nosotros, desposar nuestra miseria, hacerse pecado por nosotros, y, viviéndola integralmente, haciendo contrapeso a todas nuestras miserias, elevarnos al plano de nuestra verdadera dignidad.

    Pero acabamos de ver que sólo podemos unirnos a él, sólo podemos llegar a la fuente de vida viviendo a nuestra vez el Misterio de la Redención, y viviéndolo con el realismo que es la característica esencial del Evangelio, viviendo el Misterio de la Cruz en la humanidad.

    Y es lo contrario de lo que Marx pudo imaginar, por culpa nuestra además. No se trata de abandonar la condición humana, - pues hay que vivirla totalmente – identificándose con todos y cada uno para unirnos con el Hijo de Dios haciéndonos hijos de Dios nosotros también.

    Así nos abre el Evangelio de hoy a la obra humana que debemos realizar, la cual es urgente e infinita. ¡No podemos pasarnos del hombre para ir a Dios! No podemos santificarnos automáticamente abriendo la boca para recibir una píldora de santificación!

    La Eucaristía es el banquete del Amor crucificado, del Amor desgarrado, del Amor universal, del Amor que nos está esperando a todos y al cual sólo podemos participar tomándonos a cargo unos a otros y reconociendo en todos y cada uno la dignidad del Hijo de Dios identificado con el Hijo del Hombre.

    La religión de Jesucristo no es una religión que contiene la negación del mundo, como pudieron hacerlo  ciertos sistemas panteístas, o mejor monistas. El cristianismo está enraizado en el suelo, y es imposible ser cristiano sin amar la tierra con un amor apasionado, sin asumir todo el universo de los planetas y las estrellas, y sin tomar a cargo ante todo al hombre de la calle, al hombre que encontramos en la acera al salir de una iglesia, al hombre que toca a la puerta de la casa, al hombre anónimo y sin rostro que debe justamente recibir, de nuestro respeto y amor, el rostro del Hijo de Dios.

    Venimos pues, en este domingo de Laetare, a escuchar la gravedad de este llamado. El Evangelio no nos dispensa de la acción; el Evangelio añadió a la humanidad una dimensión infinita justamente para que la realidad cotidiana nos aparezca como divina y para que la amemos con un amor tanto mayor cuanto que es divina, y para que tengamos por el hombre una pasión tanto más ardiente cuanto que en cada uno hay un candidato a la filiación divina.

    Vamos a pedir a nuestro Señor que abra nuestro corazón, que nos introduzca en esa dimensión trágica de nuestra fe, y no olvidaremos jamás lo que Gandi no pudo descubrir – siempre por culpa nuestra – que en Jesús la afirmación esencial de ser Hijo de Dios es siempre inseparable de la otra afirmación que es como su nombre propio, de ser el Hijo del Hombre. Y que para nosotros tampoco hay separación posible, pues sólo podemos ser hijos de Dios haciéndonos cada día más hijos del Hombre".

     

  • 2-3-4/07/10 - Devenir hombre libre con Jesús

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Lausana, 1960.

    "Hacia el año 460 antes de Jesucristo hizo Esquilo representar Prometeo encadenado. Esta pieza que atravesó la historia y llegó hasta nosotros celebraba al dios rebelde Prometeo, que trajo a los hombres el fuego (¡el fuego del cielo!), les enseñó las artes, la medicina y todo lo que constituye la civilización.

    En castigo de todos estos beneficios, Zeus, el señor de los dioses, lo hizo amarrar a una roca por Hefaistos-Vulcano mientras un cuervo le devora eternamente el hígado. Y Prometeo encadenado rehúsa someterse al señor de los dioses, rehúsa ser el súbdito de Zeus-Júpiter, persevera afirmando que hizo bien lo que hizo, que los dioses no pueden estar celosos de los hombres y que él fue hasta el final de la grandeza y la bondad trayendo a los hombres el fuego, las artes y la medicina.

    El mito de Prometeo nos interesa apasionadamente porque Marx lo retomó en su primera obra, su tesis doctoral, precisamente lo puso como patrón del pensamiento moderno: Prometeo que rehúsa someterse, Prometeo que es el liberador de los hombres, Prometeo que nos dio el fuego, las artes y la medicina.

    Y al elegir el patronazgo de Prometeo, uno siente bien que Marx está en el centro de su convicción más profunda, que ése es el centro de su rebelión. No acepta ningún señor para el hombre, ni en el cielo ni en la tierra.

    Y en la rebeldía prometeica de Marx, que retoman Nietzsche, Sartre, Camus, y todos los que reivindican hoy los derechos humanos contra las pretendidas ingerencias de Dios, todos los que invocan el mismo mito, todos ellos son discípulos de Prometeo, todos honran al patrón de sus empresas en ese gran rebelde de la mitología. Y no tememos afirmar que estamos de acuerdo con ellos, que también nosotros apreciamos apasionadamente el mito de Prometeo porque en efecto es imposible que el hombre acepte nunca ser tratado como objeto.

    Si no puede escoger su condición, si no puede elegir su destino, si la suerte está echada, si está condenado simplemente a desarrollar un programa establecido de antemano y que se realizará sea cual fuere su decisión, ¡entonces la vida no vale la pena vivirse! Si la vida es seria, si la libertad tiene sentido, nuestro destino tiene que estar en nuestras manos; ningún poder, ni en el cielo ni en la tierra debe jamás tratarnos como objetos. Y lo que parece una rebeldía blasfema y diabólica, es simplemente la conciencia que tiene el hombre de estar sometido.

    Ser objeto significa ser instrumento en manos de otro que hace lo que quiere, que le da órdenes (para fines que él escoge). En ese nivel están los animales, en el sentido de que no pueden disponer de sí mismos, no toman distancia, todos están sometidos a sus instintos, no pueden observar su vida, examinarla, pesarla, apreciarla, juzgarla y elegirla. El privilegio del hombre, el privilegio magnífico y terrible, es justamente que puede observar su vida, pesarla en la balanza de su juicio, puede apreciarla, aceptarla o rehusarla, puede deformarla o realizarla, pero su vida está en sus manos.

    Y cuando un hombre es tratado como objeto por otro hombre, cuando quieren hacerlo servir de instrumento, se rebela justamente, y su rebelión no es otra cosa que la conciencia que tiene de no ser objeto, de no poder servir jamás de instrumento pasivo en manos de otro, en fin, es la conciencia que toma de sí mismo como sujeto, como quien debe ser origen y fuente de sus actos, creador de su existencia humana como tal.

    Estamos pues muy fácilmente de acuerdo con Marx en este punto de partida, porque tenemos la misma rebeldía, la misma rebeldía apasionada e incoercible contra todas las dictaduras y todas las tiranías. Ningún despotismo puede encontrar gracia ante una conciencia que se despierta al sentido de su libertad. Pero en lo que el marxismo nos parece haber sido infiel a sus promesas del comienzo, fue que ni Marx, ni Nietzsche, ni Camus, ni Sartre, a pesar de su genio, de su sinceridad por otra parte incontestable, de su virtud que no queremos disminuir,  no vieron que hay una rebelión más profunda todavía, más esencial y radical que es la rebelión contra nosotros mismos.

    Sería perfectamente inútil para nosotros liberarnos de las tiranías exteriores si nos metemos bajo el yugo de una tiranía interior.

    Un filósofo del primer siglo de nuestra era, Epicteto, era esclavo. Esclavo, es decir posesión de un dueño humano, Epafrodito. Epicteto esclavo no era menos maestro de sabiduría porque había logrado un alma libre. Y el alma de hombre libre le impedía sentir el yugo de la esclavitud, y lograría más tarde que su dueño le diera la libertad. Como Gandhi que sabía bien que la India alcanzaría necesariamente su independencia si todos los hindúes trabajaban por lograr un alma de hombres libres.

    Y ése es el problema: existe otra rebelión, sin la cual el mito de Prometeo no significa nada. Es la que debemos realizar constantemente contra nosotros mismos, pues no escogimos nacer, ni nacer en nuestra época, ni escogimos los padres, ni la herencia, ni el sexo, ni el continente, ni el color de la piel, ni el tipo de educación, ni las creencias, ni los prejuicios.

    Cuando empezamos a hablar, cuando dijimos yo, ¿quién era ese yo? ¿Es verdadera fuente el yo del hombre que aprende a hablar? ¿Es sujeto? ¿Es origen? ¿Es creador? ¡No! La mayor parte del tiempo es sólo resultado del medio, de la herencia, de la constitución física, de los nervios, de las hormonas, de las glándulas, es simplemente la reivindicación de todos los apetitos, de todos los determinismos, y los pronombres son falsamente personales porque en realidad recubren un objeto.

    Y eso, justamente, Marx no lo vio, y nosotros no lo vemos muy bien tampoco. Porque no nacemos libres, tenemos vocación de libertad, vocación de humanidad, vocación de grandeza, vocación de creadores. Existe en nosotros un llamado formidable, inmenso e incoercible a la libertad, pero la libertad es una conquista por hacer, ¡la más difícil de todas…!

    Y el obstáculo esencial a nuestra libertad es el yo primitivo que tenemos tentación de tomar como persona. Y toda la vida finalmente no hacemos sino retomar el yo infantil, pues ¿qué defendemos cuando defendemos el amor propio? ¿Qué es lo que defendemos? Defendemos con uñas y dientes finalmente nuestra esclavitud, defendemos todo lo que pesa sobre nosotros en virtud de la herencia, en virtud de los prejuicios continentales, raciales… confesionales. No defendemos un espacio inmenso, no defendemos una dignidad, una grandeza, no defendemos un bien común que todos los hombres tendrían interés en defender; defendemos un terreno pequeñísimo que ni siquiera nos pertenece, pues ese yo infantil no lo elegimos nosotros. Y ése es justamente el inmenso drama que vivimos continuamente: cuando creemos expresarnos, casi siempre sólo afirmamos el resultado de todos los determinismos, lo que nos dio la biología infantil, afirmamos en fin todo lo que nos limita, todo lo que nos impide justamente alcanzar la grandeza, todo lo que nos prohíbe ser valor universal, todo lo que nos lleva a afirmar derechos que no tenemos y a transformar en ídolo al Dios mismo que invocamos como señor de nuestras posesiones.

    Existe pues otra rebelión, sin la cual la primera no tiene sentido, la rebelión contra nosotros mismos. No debemos aceptar el yo que no elegimos. El verdadero sujeto es el ser revestido de dignidad inviolable que debemos respetar incluso en un niño acabado de nacer. Más aún, hasta en un embrión, en el seno de su madre: ahí está la dignidad, en ese yo que no existe todavía, que nos está esperando que lo construyamos, y que será el resultado de lo que nuestro Señor llama el "segundo nacimiento" (Jn. 3, 3-7).

    Es necesario nacer de nuevo, nacer de la libertad, nacer de la luz, nacer del amor, nacer del espíritu y la verdad. Entonces, cuando hayamos dejado de la orilla de la esclavitud, del viejo yo infantil, entonces, en un encuentro único y maravilloso con la libertad divina, comenzaremos a ser hombres. Entonces el reino de Dios se realizará dentro de nosotros y Dios tomará su verdadero rostro, el de la respiración misma de nuestra libertad.

    Eso es capital, porque todos somos víctima de esta ilusión. Todos defendemos lo indefendible, todos estamos aferrados al yo biológico, todos perseguimos estúpidamente una empresa prometeica que contiene un magnífico germen de grandeza, a condición de que vayamos hasta el final de la rebelión y que no soportemos el despotismo de nosotros mismos.

    Y es el tema sugerido precisamente por la epístola de hoy, por el clamor inmenso del apóstol san Pablo, que reivindica nuestra libertad. "¡Ah! ¡Qué insensatos!", dice a esos hombres a los que ama con un amor tan apasionado, a esos hombres que engendra en el sufrimiento y desea conducirlos a la libertad de Cristo. Les recuerda que Jesús vino adrede para hacer caer las cadenas de nuestra esclavitud y nos liberó para que permanezcamos libres y no para que recaigamos en nuestra antigua esclavitud perpetuando la letra de la Ley.

    Respondiendo pues al llamado de la liturgia del día, meditemos sobre la inmensa epopeya de la libertad cuya más alta fórmula nos presenta el antiguo mito de Prometeo.

    Es bueno ver la humanidad, que trata, a través de los siglos, de sacudir las cadenas, y que lo logra finalmente sólo cuando comprende que las cadenas más pesadas son las interiores, y que la rebelión debe comenzar por dentro.

    Eso no nos dispensa de la rebelión exterior. Eso no nos dispensa de combatir por la independencia donde haya todavía un resto de esclavitud. Pero hay que comenzar por nosotros mismos. Porque Gandhi nos lo enseñó con el ejemplo de toda su vida heroica: alguien fundamentalmente libre por dentro, es imposible mantenerlo eternamente esclavo.

    Hoy pues, en la línea de la liturgia de este domingo, nos conviene preguntarnos en qué vamos, qué hemos hecho de la vocación de libertad inscrita en el corazón del Evangelio. ¿Somos realmente hombres libres, o somos esclavos de nuestros prejuicios, de nuestras posesiones, de nuestro yo infantil? ¿Tenemos el presentimiento de que nuestro verdadero yo se encuentra allá, allá lejos, escondido en el corazón de Dios, y que justamente para llegar a él, para llegar hasta nosotros mismos es necesario hacer el inmenso viaje que va de nosotros a Dios? Porque en Él tenemos el ser, el movimiento y la vida (Hechos 17,28), en Él encuentra su espacio nuestra libertad, porque Dios se anuncia como generosidad infinita que no puede querer hacer esclavos, sino que suscita nuestra generosidad para que como Él seamos fuente, origen, comienzo, valor, tesoro, en fin, creadores.

    Entonces ¿a dónde va el hombre cuando trata de rebelarse totalmente, cuando rehúsa todo lo que recibió de su entorno, de su herencia, de su educación, cuando quiere realmente desatarse de todo el peso de determinismos de una biología a la vez individual y colectiva? ¿Puede acabar en la nada? Es evidente: para liberarse, es necesario que encuentre un rostro. Y así es siempre. De repente, en el hombre que quiere su libertad con la más sincera pasión de todo su ser que busca, llega un momento en que la admiración se apodera de él, la admiración del sabio, la admiración del artista, la admiración del alpinista, la admiración del papá o de la mamá ante la cuna del recién nacido, la admiración del amor ante su primer alboreo. Y en esa admiración, cuando todo el ser está arrobado, sobrecogido de respeto y convertido en impulso hacia Otro cuyo nombre le es imposible expresar porque está por encima de todo nombre, en ese momento surge la libertad como impulso de todo el ser en el don de sí mismo que responde a un don que lo solicita, lo llama y lo imanta.

    De suerte que siempre Dios se manifiesta y atestigua su Presencia en la libertad, en el surgimiento totalmente nuevo de una libertad que se descubre y nace a sí misma.

    Esta mañana, leyendo los textos que nos invitan a la alegría, pensando en todo el mundo que nos rodea, en todo este mundo que llamamos moderno, al que pertenecemos y estamos felices de pertenecer, tratemos de asumir este mundo, de comprenderlo mejor, y de mejor amarlo.

    Tratemos de comprender este inmenso proyecto de liberación. A pesar de los errores, hay algo válido, algo que merece nuestra admiración, y nuestro consentimiento, y ahora es tiempo de cristianizar toda esa rebelión colocándola bajo el signo de la rebelión interior y del segundo nacimiento. ¡Podemos ser de nuestra época, y debemos serlo! Plena, generosa, apasionada y alegremente, a condición de ir hasta el final del mito de Prometeo, de llevar al interior nuestro la revolución, de rehusar identificarnos con el yo infantil, de ir hacia el hombre que nos está esperando allá escondido en el corazón de Dios, de no aceptar jamás suscribir a nuestros límites ya que la única prohibición del Evangelio es la de limitar de algún modo al hombre, al mundo o a Dios. Si vamos hasta el final, con implacable sinceridad, llegaremos a la libertad divina que san Pablo celebra con tanto fervor el la epístola a los Gálatas diciendo: "Cristo nos liberó para que permanezcamos libres" (Gál. 5,1).

    ¡Oh, la sed de devenir hombres libres! ¡Qué evangélica es, y cómo debe consumirnos totalmente a fin de llegar a lo que san Pablo llama la plena estatura de Cristo, a ser plenamente hombres y podernos regocijar hoy, en este domingo de Laetare. ¿Regocijarnos de qué? Pues regocijarnos de algo inmenso, maravilloso, inagotable, que nos hace tan querido, tan actual, tan apasionadamente actual el Evangelio, ¡como siempre! Regocijarnos porque en Jesús y por Jesús asistimos, y podemos llegar, al nacimiento del hombre libre".

     

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