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Lausana, 1960.
"Hacia el año 460 antes de Jesucristo hizo Esquilo
representar Prometeo encadenado. Esta pieza que atravesó la historia y llegó
hasta nosotros celebraba al dios rebelde Prometeo, que trajo a los hombres el
fuego (¡el fuego del cielo!), les enseñó las artes, la medicina y todo lo que
constituye la civilización.
En castigo de todos estos beneficios, Zeus, el señor de los dioses, lo hizo
amarrar a una roca por Hefaistos-Vulcano mientras un cuervo le devora
eternamente el hígado. Y Prometeo encadenado rehúsa someterse al señor de los
dioses, rehúsa ser el súbdito de Zeus-Júpiter, persevera afirmando que hizo
bien lo que hizo, que los dioses no pueden estar celosos de los hombres y que
él fue hasta el final de la grandeza y la bondad trayendo a los hombres el
fuego, las artes y la medicina.
El mito de Prometeo nos interesa apasionadamente porque Marx lo retomó en
su primera obra, su tesis doctoral, precisamente lo puso como patrón del
pensamiento moderno: Prometeo que rehúsa someterse, Prometeo que es el
liberador de los hombres, Prometeo que nos dio el fuego, las artes y la
medicina.
Y al elegir el patronazgo de Prometeo, uno siente
bien que Marx está en el centro de su convicción más profunda, que ése es el
centro de su rebelión. No acepta ningún señor para el hombre, ni en el cielo ni
en la tierra.
Y en la rebeldía prometeica de Marx, que retoman Nietzsche, Sartre, Camus,
y todos los que reivindican hoy los derechos humanos contra las pretendidas
ingerencias de Dios, todos los que invocan el mismo mito, todos ellos son discípulos
de Prometeo, todos honran al patrón de sus empresas en ese gran rebelde de la
mitología. Y no tememos afirmar que estamos de acuerdo con ellos, que también
nosotros apreciamos apasionadamente el mito de Prometeo porque en efecto es imposible que el hombre acepte
nunca ser tratado como objeto.
Si no puede escoger su condición, si no puede elegir su destino, si la
suerte está echada, si está condenado simplemente a desarrollar un programa
establecido de antemano y que se realizará sea cual fuere su decisión,
¡entonces la vida no vale la pena vivirse! Si la vida es seria, si la libertad
tiene sentido, nuestro destino tiene que estar en nuestras manos; ningún poder,
ni en el cielo ni en la tierra debe jamás tratarnos como objetos. Y lo que parece una rebeldía blasfema y
diabólica, es simplemente la conciencia que tiene el hombre de estar sometido.
Ser objeto significa ser instrumento en manos de otro que hace lo que
quiere, que le da órdenes (para fines que él escoge). En ese nivel están los
animales, en el sentido de que no pueden disponer de sí mismos, no toman
distancia, todos están sometidos a sus instintos, no pueden observar su vida,
examinarla, pesarla, apreciarla, juzgarla y elegirla. El privilegio del hombre,
el privilegio magnífico y terrible, es justamente que puede observar su vida,
pesarla en la balanza de su juicio, puede apreciarla, aceptarla o rehusarla,
puede deformarla o realizarla, pero su vida está en sus manos.
Y cuando un hombre es tratado como objeto por otro hombre, cuando quieren
hacerlo servir de instrumento, se rebela justamente, y su rebelión no es otra
cosa que la conciencia que tiene de no ser objeto, de no poder servir jamás de
instrumento pasivo en manos de otro, en fin, es la conciencia que toma de sí
mismo como sujeto, como quien debe ser origen y fuente de sus actos, creador de
su existencia humana como tal.
Estamos pues muy fácilmente de acuerdo con Marx en este punto de partida,
porque tenemos la misma rebeldía, la misma rebeldía apasionada e incoercible
contra todas las dictaduras y todas las tiranías. Ningún despotismo puede
encontrar gracia ante una conciencia que se despierta al sentido de su
libertad. Pero en lo que el marxismo nos parece haber sido infiel a sus
promesas del comienzo, fue que ni Marx, ni Nietzsche, ni Camus, ni Sartre, a
pesar de su genio, de su sinceridad por otra parte incontestable, de su virtud
que no queremos disminuir, no vieron que
hay una rebelión más profunda todavía, más esencial y radical que es la
rebelión contra nosotros mismos.
Sería perfectamente inútil para nosotros
liberarnos de las tiranías exteriores si nos metemos bajo el yugo de una
tiranía interior.
Un filósofo del primer siglo de nuestra era, Epicteto, era esclavo.
Esclavo, es decir posesión de un dueño humano, Epafrodito. Epicteto esclavo no
era menos maestro de sabiduría porque había logrado un alma libre. Y el alma de
hombre libre le impedía sentir el yugo de la esclavitud, y lograría más tarde
que su dueño le diera la libertad. Como Gandhi que sabía bien que la India
alcanzaría necesariamente su independencia si todos los hindúes trabajaban por
lograr un alma de hombres libres.
Y ése es el problema: existe otra rebelión, sin la cual el mito de Prometeo
no significa nada. Es la que debemos realizar constantemente contra nosotros
mismos, pues no escogimos nacer, ni nacer en nuestra época, ni escogimos los
padres, ni la herencia, ni el sexo, ni el continente, ni el color de la piel,
ni el tipo de educación, ni las creencias, ni los prejuicios.
Cuando empezamos a hablar, cuando dijimos yo, ¿quién era ese yo?
¿Es verdadera fuente el yo del hombre
que aprende a hablar? ¿Es sujeto? ¿Es origen? ¿Es creador? ¡No! La mayor parte
del tiempo es sólo resultado del medio, de la herencia, de la constitución
física, de los nervios, de las hormonas, de las glándulas, es simplemente la
reivindicación de todos los apetitos, de todos los determinismos, y los
pronombres son falsamente personales porque en realidad recubren un objeto.
Y eso, justamente, Marx no lo vio, y nosotros no lo vemos muy bien tampoco.
Porque no nacemos libres, tenemos vocación de libertad, vocación de humanidad,
vocación de grandeza, vocación de creadores. Existe en nosotros un llamado
formidable, inmenso e incoercible a la libertad, pero la libertad es una conquista por hacer, ¡la más difícil de todas…!
Y el obstáculo esencial a nuestra libertad es el yo primitivo que tenemos tentación de tomar como persona. Y toda la
vida finalmente no hacemos sino retomar el yo
infantil, pues ¿qué defendemos cuando defendemos el amor propio? ¿Qué es lo
que defendemos? Defendemos con uñas y dientes finalmente nuestra esclavitud,
defendemos todo lo que pesa sobre nosotros en virtud de la herencia, en virtud
de los prejuicios continentales, raciales… confesionales. No defendemos un
espacio inmenso, no defendemos una dignidad, una grandeza, no defendemos un
bien común que todos los hombres tendrían interés en defender; defendemos un
terreno pequeñísimo que ni siquiera nos pertenece, pues ese yo infantil no lo elegimos nosotros. Y
ése es justamente el inmenso drama que vivimos continuamente: cuando creemos
expresarnos, casi siempre sólo afirmamos el resultado de todos los
determinismos, lo que nos dio la biología infantil, afirmamos en fin todo lo
que nos limita, todo lo que nos impide justamente alcanzar la grandeza, todo lo
que nos prohíbe ser valor universal, todo lo que nos lleva a afirmar derechos
que no tenemos y a transformar en ídolo al Dios mismo que invocamos como señor
de nuestras posesiones.
Existe pues otra rebelión, sin la cual la primera no tiene sentido, la
rebelión contra nosotros mismos. No debemos aceptar el yo que no elegimos. El verdadero sujeto es el ser revestido de
dignidad inviolable que debemos respetar incluso en un niño acabado de nacer. Más
aún, hasta en un embrión, en el seno de su madre: ahí está la dignidad, en ese yo que no existe todavía, que nos está
esperando que lo construyamos, y que será el resultado de lo que nuestro Señor
llama el "segundo nacimiento" (Jn. 3, 3-7).
Es necesario nacer de nuevo, nacer de la libertad,
nacer de la luz, nacer del amor, nacer del espíritu y la verdad. Entonces,
cuando hayamos dejado de la orilla de la esclavitud, del viejo yo infantil, entonces, en un encuentro
único y maravilloso con la libertad divina, comenzaremos a ser hombres.
Entonces el reino de Dios se realizará dentro de nosotros y Dios tomará su
verdadero rostro, el de la respiración misma de nuestra libertad.
Eso es capital, porque todos somos víctima de esta ilusión. Todos
defendemos lo indefendible, todos estamos aferrados al yo biológico, todos perseguimos estúpidamente una empresa
prometeica que contiene un magnífico germen de grandeza, a condición de que
vayamos hasta el final de la rebelión y que no soportemos el despotismo de
nosotros mismos.
Y es el tema sugerido precisamente por la epístola de hoy, por el clamor
inmenso del apóstol san Pablo, que reivindica nuestra libertad. "¡Ah! ¡Qué
insensatos!", dice a esos hombres a los que ama con un amor tan apasionado,
a esos hombres que engendra en el sufrimiento y desea conducirlos a la libertad
de Cristo. Les recuerda que Jesús vino adrede para hacer caer las cadenas de
nuestra esclavitud y nos liberó para que permanezcamos libres y no para que
recaigamos en nuestra antigua esclavitud perpetuando la letra de la Ley.
Respondiendo pues al llamado de la liturgia del día, meditemos sobre la
inmensa epopeya de la libertad cuya más alta fórmula nos presenta el antiguo
mito de Prometeo.
Es bueno ver la humanidad, que trata, a través de los siglos, de sacudir
las cadenas, y que lo logra finalmente sólo cuando comprende que las cadenas
más pesadas son las interiores, y que la rebelión debe comenzar por dentro.
Eso no nos dispensa de la rebelión exterior. Eso no nos dispensa de combatir
por la independencia donde haya todavía un resto de esclavitud. Pero hay que
comenzar por nosotros mismos. Porque Gandhi nos lo enseñó con el ejemplo de
toda su vida heroica: alguien fundamentalmente libre por dentro, es imposible
mantenerlo eternamente esclavo.
Hoy pues, en la línea de la liturgia de este domingo, nos conviene
preguntarnos en qué vamos, qué hemos hecho de la vocación de libertad inscrita
en el corazón del Evangelio. ¿Somos
realmente hombres libres, o somos esclavos de nuestros prejuicios, de nuestras
posesiones, de nuestro yo infantil? ¿Tenemos el presentimiento de que
nuestro verdadero yo se encuentra
allá, allá lejos, escondido en el corazón de Dios, y que justamente para llegar
a él, para llegar hasta nosotros mismos es necesario hacer el inmenso viaje que
va de nosotros a Dios? Porque en Él tenemos el ser, el movimiento y la vida
(Hechos 17,28), en Él encuentra su espacio nuestra libertad, porque Dios se
anuncia como generosidad infinita que no puede querer hacer esclavos, sino que
suscita nuestra generosidad para que como Él seamos fuente, origen, comienzo,
valor, tesoro, en fin, creadores.
Entonces ¿a dónde va el hombre cuando trata de rebelarse totalmente, cuando
rehúsa todo lo que recibió de su entorno, de su herencia, de su educación,
cuando quiere realmente desatarse de todo el peso de determinismos de una
biología a la vez individual y colectiva? ¿Puede acabar en la nada? Es
evidente: para liberarse, es necesario que encuentre un rostro. Y así es
siempre. De repente, en el hombre que quiere su libertad con la más sincera
pasión de todo su ser que busca, llega un momento en que la admiración se
apodera de él, la admiración del sabio, la admiración del artista, la
admiración del alpinista, la admiración del papá o de la mamá ante la cuna del
recién nacido, la admiración del amor ante su primer alboreo. Y en esa
admiración, cuando todo el ser está arrobado, sobrecogido de respeto y
convertido en impulso hacia Otro cuyo nombre le es imposible expresar porque
está por encima de todo nombre, en ese momento surge la libertad como impulso
de todo el ser en el don de sí mismo que responde a un don que lo solicita, lo
llama y lo imanta.
De suerte que siempre Dios se manifiesta y atestigua su Presencia en la
libertad, en el surgimiento totalmente nuevo de una libertad que se descubre y
nace a sí misma.
Esta mañana, leyendo los textos que nos invitan a la alegría, pensando en
todo el mundo que nos rodea, en todo este mundo que llamamos moderno, al que
pertenecemos y estamos felices de pertenecer, tratemos de asumir este mundo, de
comprenderlo mejor, y de mejor amarlo.
Tratemos de comprender este inmenso proyecto de liberación. A pesar de los
errores, hay algo válido, algo que merece nuestra admiración, y nuestro
consentimiento, y ahora es tiempo de
cristianizar toda esa rebelión colocándola bajo el signo de la rebelión
interior y del segundo nacimiento. ¡Podemos ser de nuestra época, y debemos
serlo! Plena, generosa, apasionada y alegremente, a condición de ir hasta el
final del mito de Prometeo, de llevar al interior nuestro la revolución, de
rehusar identificarnos con el yo
infantil, de ir hacia el hombre que nos está esperando allá escondido en el
corazón de Dios, de no aceptar jamás suscribir a nuestros límites ya que la
única prohibición del Evangelio es la de limitar de algún modo al hombre, al
mundo o a Dios. Si vamos hasta el final, con implacable sinceridad, llegaremos
a la libertad divina que san Pablo celebra con tanto fervor el la epístola a
los Gálatas diciendo: "Cristo nos liberó para que permanezcamos
libres" (Gál. 5,1).
¡Oh, la sed de devenir hombres libres! ¡Qué evangélica es, y cómo debe
consumirnos totalmente a fin de llegar a lo que san Pablo llama la plena
estatura de Cristo, a ser plenamente hombres y podernos regocijar hoy, en este
domingo de Laetare. ¿Regocijarnos de qué? Pues regocijarnos de algo inmenso,
maravilloso, inagotable, que nos hace tan querido, tan actual, tan
apasionadamente actual el Evangelio, ¡como siempre! Regocijarnos porque en Jesús y por Jesús asistimos, y podemos llegar, al nacimiento del hombre libre".