En Lausana. 4° domingo de cuaresma de 1960 (Gálatas
4:22-31; Juan 6:1-15)
"Gandi, el gran libertador de
India, cuenta en su autobiografía las tentativas que hicieron en Sudáfrica para
convertirlo al cristianismo. Había leído el Evangelio, con un entusiasmo que
duraría toda su vida, pero cuando quisieron persuadirlo de hacerse cristiano,
siempre opuso la objeción que consigna en su autobiografía: "Si Jesús es el Hijo de Dios como ustedes
dicen, todos los hombres deben serlo. Es imposible que un solo hombre sea
el hijo de Dios y que no lo sean con él todos los hombres". Jamás pudo
superar esa dificultad, pero como ustedes saben, eso no le impidió sacar del
Evangelio, y sobre todo del Sermón de la Montaña, una de sus inspiraciones más
profundas en su campaña de no violencia.
Y yo pienso que lo que detuvo a Gandi, fue ante
todo que, en efecto, no comprendió que todos los hombres están llamados a ser
hijos de Dios: es lo que nos dice el prólogo de san Juan: "A todos los que creyeron en él les dio el poder de
devenir hijos de Dios" (Jn. 1,12). Pero le faltó sobre todo, lo mismo
que a nosotros, comprender que la filiación divina de Jesús – la afirmación esencial de que Jesús es el Hijo
de Dios – sólo puede entenderse plenamente si se afirma también que Jesús es el
Hijo del Hombre en un sentido único.
El equilibrio de la fe esta unido a esta doble
afirmación: si Jesús es el Hijo de Dios en un sentido único, es porque en un
sentido único es también el Hijo del Hombre. Es hombre con una plenitud
inigualable. No es solamente un hombre, sino El Hombre, el segundo Adán, como
lo sugiere san Pablo, el segundo Adán en quien se recapitula toda la historia,
que contiene toda la especie y es el eje de la historia a la que da la unidad.
El Evangelio de hoy nos invita precisamente a
retomar una conciencia más viva de la cualidad de Jesús de ser al mismo tiempo
el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios, para llevarnos a considerar que nosotros
tampoco podemos ser hijos de Dios sin hacernos en el mismo grado hijos del
Hombre.
Ustedes acaban de escuchar el Evangelio de la
multiplicación de los panes, y no sé si observaron al final del evangelio, esas
palabras tan trágicas: "Jesús huyó a la montaña, solo" (Jn. 6,15).
Eso es absolutamente paradójico: un milagro que excita la imaginación, que
llama la atención y que está destinado justamente a llamarla, a determinar un
inmenso movimiento ante el poder divino que viene del interior.
Pero precisamente, la reacción de la muchedumbre
ante la multiplicación de los panes le parece a Jesús al contrario como una
catástrofe. Una catástrofe porque
ese gesto, realizado con absoluta discreción además, ese gesto realizado como de
manera natural, fue interpretado como signo del advenimiento mesiánico, fue entendido
en el sentido más material, más nacional, más limitado. Entonces, el resultado
de esa intervención misericordiosa se vuelve directamente contra la misión de
Jesús. Vino a fundar otro Reino, un Reino interior, un Reino espiritual, un
Reino universal. ¡E interpretan un gesto de amor como la caución de un
mesianismo revolucionario, nacional y limitado!
Ese triste resultado hace que Jesús tema por
sus discípulos. Teme el contagio. Al favor de la noche, huye y los deja retomar
la barca para escapar al contagio de la muchedumbre. Y encuentra esa
muchedumbre unos días después, y la pone en presencia del verdadero Reino y del
verdadero mesianismo, y es la continuación inmediata del texto que acabamos de
escuchar: les da a comer el pan del Cielo, ese pan extraño, les da a comer el
pan que es la Carne inmolada y la Sangre derramada.
Pues no cabe duda de que el discurso
eucarístico se proyecta sobre el misterio de la Cruz. Están esperando la
liberación, esperan un milagro que saque del país al ocupante. Están esperando
justamente que Dios tome partido en su favor, con un poder que entre brillando
en los fenómenos del mundo visible. Vean dónde los está esperando Dios: los
espera en la derrota. Los está esperando en su miseria. Los está esperando el
oprobio y la deshonra de la Cruz. Ahí es donde va a brillar la omnipotencia de
Dios, y donde van a obtener la vida y la verdadera salvación que los liberará
de ustedes mismos, cuando hayan comido el pan duro, el pan de la Carne
inmolada. Cuando beban la bebida amarga de la Sangre derramada. Es el cambio de
todo lo que estaban esperando, el cambio de todos los sueños, no sólo para la
muchedumbre, sino para los discípulos mismos que habían seguido a Jesús
esperando la gloria.
Jamás debemos olvidar que la Eucaristía es una
cita con la Cruz – que el pan por comer es la Carne inmolada; que la bebida por
absorber es la Sangre derramada. Dicho de otro modo, la salvación está en la
derrota, la salvación está en la debilidad, la omnipotencia de Dios se revela
en la muerte de la Cruz – porque su omnipotencia no es el poder de un
dictador capaz de aplastar, no es el poder de una represa que arrastra todo a
su paso cuando se rompen las digas. Es el poder del Amor que va hasta la locura
del don absoluto.
Para encontrar al verdadero Dios es necesario
aceptar la cita de la Cruz; para participar en la vida, hay que creer que
"Dios murió y que resucitó". ¿Qué quiere decir, qué significa
finalmente la revelación de la omnipotencia de Dios en la fragilidad? Sino que
Dios es Amor, sólo Amor, que Dios es generosidad y sólo generosidad, que se
trata sólo de liberarnos de nosotros, de nosotros mismos, del peso terrible,
del peso que nos ata a nosotros mismos, para que nos hagamos como Dios puro
impulso de amor, pura generosidad.
Pero el Misterio del Pan de Vida, el Misterio
Eucarístico va mucho más lejos aún. No sólo enraíza la Cruz en nuestra vida
como fuente de toda libertad y de toda grandeza, pues si Dios es frágil, si
Dios muere, si Dios tiene necesidad de nosotros, si es necesario ir al
encuentro de esa fragilidad y protegerla contra nosotros mismos, no podemos
olvidar que es en el hombre donde agoniza Dios. Porque en su propia vida Dios
no puede perder nada, ya que perdió todo desde toda eternidad. No puede perder
nada, ya que de toda eternidad ya dio todo. En nosotros es donde puede morir todavía.
Dentro de nosotros es donde puede ser vencido todavía. Por eso, si la Eucaristía enraíza el Misterio de la Cruz en nuestra
vida, si es la caución maravillosa de nuestra salvación, es decir de nuestra
liberación respecto de nosotros mismos, si nos abre todas las puertas de la
libertad, es a condición de que tomemos a cargo la humanidad por medio de la
cita que nos fija la Cruz.
La cita desesperada que Jesús da como reto a la
muchedumbre que pide milagros en la sinagoga de Cafarnaún, ese reto de Amor
sólo se puede realizar si venimos juntos. Porque sólo encontraremos la Cruz que
salva, sólo encontraremos la vida, sólo llegaremos a la libertad, sólo
encontraremos al Dios vivo, en la medida en que estemos juntos alrededor de la
misma mesa, en la medida en que constituyamos un pueblo de hermanos, y una
cadena de amor que haga de toda la humanidad una sola Persona en Jesús.
Y ahí es justamente donde encontramos el
equilibrio: no podemos devenir hijos de Dios sino haciéndonos hijos del Hombre.
Rehusando la religión como opio del pueblo, es
decir queriendo invitar al hombre a poner todas sus energías creadoras para
acondicionar la tierra, para hacer de ella, y con razón, un verdadero hábitat
humano, el marxismo no vio – y no es culpa suya pues nosotros mismos lo hemos
olvidado – no vio que el llamado de Jesús, el llamado del hijo de Dios que es
también el Hijo del Hombre, no se puede realizar en nosotros si no devenimos
primero hijos del Hombre con él.
La Eucaristía planta la Cruz en nuestra vida.
La Eucaristía nos enraíza también en el corazón de la vida humana y nos pide
asumir todos los dolores, todas las catástrofes, todas las miserias y
afortunadamente también todas las esperanzas, todas las grandezas y alegrías
del hombre.
No podemos llegar al Hijo de Dios sin hacernos
hijos del Hombre.
Esta semana me encontraba yo en una casa
religiosa. Era la hora de la cena y a la entrada de la casa había cinco o seis pordioseros
sentados en un banco al pie de las escalas, esperando un plato de sopa que les
iban a servir. La comunidad iba al refectorio y yo pensaba con dolor que esos
mendigos, esos habitantes de la calle estaban al pie de las escalas mientras
los consagrados a Dios iban tranquilamente a ponerse a la mesa, ante una mesa
servida sin falla, protegidos de toda preocupación; siendo discípulos del gran
Pobre, dejaban a los pobres a la puerta, al pie de las escalas, e iban
tranquilamente al refectorio sabiendo que tenían asegurada la comida todos los
días, y creyendo que cumplían así el Evangelio de Jesucristo.
Siempre experimento una especie de vergüenza
ante tal espectáculo, cierta vergüenza por el cristianismo, cierta vergüenza
por Jesucristo. ¿Qué hicimos de Jesucristo? ¿Qué hicimos del Hijo del Hombre? Y
entonces, ¿qué hemos hecho de la Eucaristía? ¿Es que la Eucaristía significa
abrir la boca y tragar una especie de pastilla que nos santifica
infaliblemente, mediante cierta purificación automática? ¡No! ¡Es imposible! ¡Eso
sería una burla horrorosa! La Eucaristía es la Cruz que es necesario asumir, la
Cruz que debe alimentarnos, la Cruz con la que debemos identificarnos, es el
misterio de la redención que debemos vivir. La Eucaristía es toda la humanidad
que debemos tomar a cargo para reunirla alrededor de la mesa del Señor, el cual
no hace ninguna distinción de clase, de condición, de raza, de cultura, de
sexo… y quiere ser en cada uno fuente que brota hasta la vida eterna. ¡Que
grave! ¡No hemos entendido nada!
Es tiempo de entender por fin, pues la liturgia
de hoy nos lo advierte, ¡es tiempo de entender y todo eso está justamente en la
derrota de Jesucristo, en su huída después de la multiplicación, en su dolor,
en la soledad de Jesucristo! Ahí está la Cruz donde agoniza eternamente el la
humanidad y por la humanidad! Ahí está el misterio de un mundo a liberar, a
liberar de sus límites, por conducir a una condición divina, pues cada uno está
llamado a ser hijo de Dios.
Y justamente, para que todos puedan devenir
hijos de Dios, nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, el que lo es en un
sentido único, es decir el Hijo del Hombre en un sentido único, debía tomar a
cargo toda la historia, identificarse con cada uno de nosotros, desposar
nuestra miseria, hacerse pecado por nosotros, y, viviéndola integralmente,
haciendo contrapeso a todas nuestras miserias, elevarnos al plano de nuestra
verdadera dignidad.
Pero acabamos de ver que sólo podemos unirnos a
él, sólo podemos llegar a la fuente de vida viviendo a nuestra vez el Misterio
de la Redención, y viviéndolo con el realismo que es la característica esencial
del Evangelio, viviendo el Misterio de la Cruz en la humanidad.
Y es lo contrario de lo que Marx pudo imaginar,
por culpa nuestra además. No se trata de abandonar la condición humana, - pues
hay que vivirla totalmente – identificándose con todos y cada uno para unirnos
con el Hijo de Dios haciéndonos hijos de Dios nosotros también.
Así nos abre el Evangelio de hoy a la obra
humana que debemos realizar, la cual es urgente e infinita. ¡No podemos
pasarnos del hombre para ir a Dios! No
podemos santificarnos automáticamente abriendo la boca para recibir una píldora
de santificación!
La Eucaristía es el banquete del Amor
crucificado, del Amor desgarrado, del Amor universal, del Amor que nos está
esperando a todos y al cual sólo podemos participar tomándonos a cargo unos a
otros y reconociendo en todos y cada uno la dignidad del Hijo de Dios
identificado con el Hijo del Hombre.
La religión de Jesucristo no es una religión
que contiene la negación del mundo, como pudieron hacerlo ciertos sistemas panteístas, o mejor
monistas. El cristianismo está enraizado en el suelo, y es imposible ser
cristiano sin amar la tierra con un amor apasionado, sin asumir todo el
universo de los planetas y las estrellas, y sin tomar a cargo ante todo al
hombre de la calle, al hombre que encontramos en la acera al salir de una
iglesia, al hombre que toca a la puerta de la casa, al hombre anónimo y sin
rostro que debe justamente recibir, de nuestro respeto y amor, el rostro del
Hijo de Dios.
Venimos pues, en este domingo de Laetare,
a escuchar la gravedad de este llamado. El Evangelio no nos dispensa de la
acción; el Evangelio añadió a la humanidad una dimensión infinita justamente
para que la realidad cotidiana nos aparezca como divina y para que la amemos
con un amor tanto mayor cuanto que es divina, y para que tengamos por el hombre
una pasión tanto más ardiente cuanto que en cada uno hay un candidato a la
filiación divina.
Vamos a pedir a nuestro Señor que abra nuestro
corazón, que nos introduzca en esa dimensión trágica de nuestra fe, y no
olvidaremos jamás lo que Gandi no pudo descubrir – siempre por culpa nuestra –
que en Jesús la afirmación esencial de ser Hijo de Dios es siempre inseparable
de la otra afirmación que es como su nombre propio, de ser el Hijo del Hombre.
Y que para nosotros tampoco hay separación posible, pues sólo podemos ser hijos
de Dios haciéndonos cada día más hijos del Hombre".