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05-06-07/07/10 – Podemos hacernos hijos de Dios haciéndonos apasionadamente hombres.

 En Lausana. 4° domingo de cuaresma de 1960 (Gálatas 4:22-31; Juan 6:1-15)

"Gandi, el gran libertador de India, cuenta en su autobiografía las tentativas que hicieron en Sudáfrica para convertirlo al cristianismo. Había leído el Evangelio, con un entusiasmo que duraría toda su vida, pero cuando quisieron persuadirlo de hacerse cristiano, siempre opuso la objeción que consigna en su autobiografía: "Si Jesús es el Hijo de Dios como ustedes dicen, todos los hombres deben serlo. Es imposible que un solo hombre sea el hijo de Dios y que no lo sean con él todos los hombres". Jamás pudo superar esa dificultad, pero como ustedes saben, eso no le impidió sacar del Evangelio, y sobre todo del Sermón de la Montaña, una de sus inspiraciones más profundas en su campaña de no violencia.

Y yo pienso que lo que detuvo a Gandi, fue ante todo que, en efecto, no comprendió que todos los hombres están llamados a ser hijos de Dios: es lo que nos dice el prólogo de san Juan: "A todos los que creyeron en él les dio el poder de devenir hijos de Dios" (Jn. 1,12). Pero le faltó sobre todo, lo mismo que a nosotros, comprender que la filiación divina de Jesús – la afirmación esencial de que Jesús es el Hijo de Dios – sólo puede entenderse plenamente si se afirma también que Jesús es el Hijo del Hombre en un sentido único.

El equilibrio de la fe esta unido a esta doble afirmación: si Jesús es el Hijo de Dios en un sentido único, es porque en un sentido único es también el Hijo del Hombre. Es hombre con una plenitud inigualable. No es solamente un hombre, sino El Hombre, el segundo Adán, como lo sugiere san Pablo, el segundo Adán en quien se recapitula toda la historia, que contiene toda la especie y es el eje de la historia a la que da la unidad.

El Evangelio de hoy nos invita precisamente a retomar una conciencia más viva de la cualidad de Jesús de ser al mismo tiempo el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios, para llevarnos a considerar que nosotros tampoco podemos ser hijos de Dios sin hacernos en el mismo grado hijos del Hombre.

Ustedes acaban de escuchar el Evangelio de la multiplicación de los panes, y no sé si observaron al final del evangelio, esas palabras tan trágicas: "Jesús huyó a la montaña, solo" (Jn. 6,15). Eso es absolutamente paradójico: un milagro que excita la imaginación, que llama la atención y que está destinado justamente a llamarla, a determinar un inmenso movimiento ante el poder divino que viene del interior.

Pero precisamente, la reacción de la muchedumbre ante la multiplicación de los panes le parece a Jesús al contrario como una catástrofe. Una catástrofe porque ese gesto, realizado con absoluta discreción además, ese gesto realizado como de manera natural, fue interpretado como signo del advenimiento mesiánico, fue entendido en el sentido más material, más nacional, más limitado. Entonces, el resultado de esa intervención misericordiosa se vuelve directamente contra la misión de Jesús. Vino a fundar otro Reino, un Reino interior, un Reino espiritual, un Reino universal. ¡E interpretan un gesto de amor como la caución de un mesianismo revolucionario, nacional y limitado!

Ese triste resultado hace que Jesús tema por sus discípulos. Teme el contagio. Al favor de la noche, huye y los deja retomar la barca para escapar al contagio de la muchedumbre. Y encuentra esa muchedumbre unos días después, y la pone en presencia del verdadero Reino y del verdadero mesianismo, y es la continuación inmediata del texto que acabamos de escuchar: les da a comer el pan del Cielo, ese pan extraño, les da a comer el pan que es la Carne inmolada y la Sangre derramada.

Pues no cabe duda de que el discurso eucarístico se proyecta sobre el misterio de la Cruz. Están esperando la liberación, esperan un milagro que saque del país al ocupante. Están esperando justamente que Dios tome partido en su favor, con un poder que entre brillando en los fenómenos del mundo visible. Vean dónde los está esperando Dios: los espera en la derrota. Los está esperando en su miseria. Los está esperando el oprobio y la deshonra de la Cruz. Ahí es donde va a brillar la omnipotencia de Dios, y donde van a obtener la vida y la verdadera salvación que los liberará de ustedes mismos, cuando hayan comido el pan duro, el pan de la Carne inmolada. Cuando beban la bebida amarga de la Sangre derramada. Es el cambio de todo lo que estaban esperando, el cambio de todos los sueños, no sólo para la muchedumbre, sino para los discípulos mismos que habían seguido a Jesús esperando la gloria.

Jamás debemos olvidar que la Eucaristía es una cita con la Cruz – que el pan por comer es la Carne inmolada; que la bebida por absorber es la Sangre derramada. Dicho de otro modo, la salvación está en la derrota, la salvación está en la debilidad, la omnipotencia de Dios se revela en la muerte de la Cruz – porque su omnipotencia no es el poder de un dictador capaz de aplastar, no es el poder de una represa que arrastra todo a su paso cuando se rompen las digas. Es el poder del Amor que va hasta la locura del don absoluto.

Para encontrar al verdadero Dios es necesario aceptar la cita de la Cruz; para participar en la vida, hay que creer que "Dios murió y que resucitó". ¿Qué quiere decir, qué significa finalmente la revelación de la omnipotencia de Dios en la fragilidad? Sino que Dios es Amor, sólo Amor, que Dios es generosidad y sólo generosidad, que se trata sólo de liberarnos de nosotros, de nosotros mismos, del peso terrible, del peso que nos ata a nosotros mismos, para que nos hagamos como Dios puro impulso de amor, pura generosidad.

Pero el Misterio del Pan de Vida, el Misterio Eucarístico va mucho más lejos aún. No sólo enraíza la Cruz en nuestra vida como fuente de toda libertad y de toda grandeza, pues si Dios es frágil, si Dios muere, si Dios tiene necesidad de nosotros, si es necesario ir al encuentro de esa fragilidad y protegerla contra nosotros mismos, no podemos olvidar que es en el hombre donde agoniza Dios. Porque en su propia vida Dios no puede perder nada, ya que perdió todo desde toda eternidad. No puede perder nada, ya que de toda eternidad ya dio todo. En nosotros es donde puede morir todavía. Dentro de nosotros es donde puede ser vencido todavía. Por eso, si la Eucaristía enraíza el Misterio de la Cruz en nuestra vida, si es la caución maravillosa de nuestra salvación, es decir de nuestra liberación respecto de nosotros mismos, si nos abre todas las puertas de la libertad, es a condición de que tomemos a cargo la humanidad por medio de la cita que nos fija la Cruz.

La cita desesperada que Jesús da como reto a la muchedumbre que pide milagros en la sinagoga de Cafarnaún, ese reto de Amor sólo se puede realizar si venimos juntos. Porque sólo encontraremos la Cruz que salva, sólo encontraremos la vida, sólo llegaremos a la libertad, sólo encontraremos al Dios vivo, en la medida en que estemos juntos alrededor de la misma mesa, en la medida en que constituyamos un pueblo de hermanos, y una cadena de amor que haga de toda la humanidad una sola Persona en Jesús.

Y ahí es justamente donde encontramos el equilibrio: no podemos devenir hijos de Dios sino haciéndonos hijos del Hombre.

Rehusando la religión como opio del pueblo, es decir queriendo invitar al hombre a poner todas sus energías creadoras para acondicionar la tierra, para hacer de ella, y con razón, un verdadero hábitat humano, el marxismo no vio – y no es culpa suya pues nosotros mismos lo hemos olvidado – no vio que el llamado de Jesús, el llamado del hijo de Dios que es también el Hijo del Hombre, no se puede realizar en nosotros si no devenimos primero hijos del Hombre con él.

La Eucaristía planta la Cruz en nuestra vida. La Eucaristía nos enraíza también en el corazón de la vida humana y nos pide asumir todos los dolores, todas las catástrofes, todas las miserias y afortunadamente también todas las esperanzas, todas las grandezas y alegrías del hombre.

No podemos llegar al Hijo de Dios sin hacernos hijos del Hombre.

Esta semana me encontraba yo en una casa religiosa. Era la hora de la cena y a la entrada de la casa había cinco o seis pordioseros sentados en un banco al pie de las escalas, esperando un plato de sopa que les iban a servir. La comunidad iba al refectorio y yo pensaba con dolor que esos mendigos, esos habitantes de la calle estaban al pie de las escalas mientras los consagrados a Dios iban tranquilamente a ponerse a la mesa, ante una mesa servida sin falla, protegidos de toda preocupación; siendo discípulos del gran Pobre, dejaban a los pobres a la puerta, al pie de las escalas, e iban tranquilamente al refectorio sabiendo que tenían asegurada la comida todos los días, y creyendo que cumplían así el Evangelio de Jesucristo.

Siempre experimento una especie de vergüenza ante tal espectáculo, cierta vergüenza por el cristianismo, cierta vergüenza por Jesucristo. ¿Qué hicimos de Jesucristo? ¿Qué hicimos del Hijo del Hombre? Y entonces, ¿qué hemos hecho de la Eucaristía? ¿Es que la Eucaristía significa abrir la boca y tragar una especie de pastilla que nos santifica infaliblemente, mediante cierta purificación automática? ¡No! ¡Es imposible! ¡Eso sería una burla horrorosa! La Eucaristía es la Cruz que es necesario asumir, la Cruz que debe alimentarnos, la Cruz con la que debemos identificarnos, es el misterio de la redención que debemos vivir. La Eucaristía es toda la humanidad que debemos tomar a cargo para reunirla alrededor de la mesa del Señor, el cual no hace ninguna distinción de clase, de condición, de raza, de cultura, de sexo… y quiere ser en cada uno fuente que brota hasta la vida eterna. ¡Que grave! ¡No hemos entendido nada!

Es tiempo de entender por fin, pues la liturgia de hoy nos lo advierte, ¡es tiempo de entender y todo eso está justamente en la derrota de Jesucristo, en su huída después de la multiplicación, en su dolor, en la soledad de Jesucristo! Ahí está la Cruz donde agoniza eternamente el la humanidad y por la humanidad! Ahí está el misterio de un mundo a liberar, a liberar de sus límites, por conducir a una condición divina, pues cada uno está llamado a ser hijo de Dios.

Y justamente, para que todos puedan devenir hijos de Dios, nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, el que lo es en un sentido único, es decir el Hijo del Hombre en un sentido único, debía tomar a cargo toda la historia, identificarse con cada uno de nosotros, desposar nuestra miseria, hacerse pecado por nosotros, y, viviéndola integralmente, haciendo contrapeso a todas nuestras miserias, elevarnos al plano de nuestra verdadera dignidad.

Pero acabamos de ver que sólo podemos unirnos a él, sólo podemos llegar a la fuente de vida viviendo a nuestra vez el Misterio de la Redención, y viviéndolo con el realismo que es la característica esencial del Evangelio, viviendo el Misterio de la Cruz en la humanidad.

Y es lo contrario de lo que Marx pudo imaginar, por culpa nuestra además. No se trata de abandonar la condición humana, - pues hay que vivirla totalmente – identificándose con todos y cada uno para unirnos con el Hijo de Dios haciéndonos hijos de Dios nosotros también.

Así nos abre el Evangelio de hoy a la obra humana que debemos realizar, la cual es urgente e infinita. ¡No podemos pasarnos del hombre para ir a Dios! No podemos santificarnos automáticamente abriendo la boca para recibir una píldora de santificación!

La Eucaristía es el banquete del Amor crucificado, del Amor desgarrado, del Amor universal, del Amor que nos está esperando a todos y al cual sólo podemos participar tomándonos a cargo unos a otros y reconociendo en todos y cada uno la dignidad del Hijo de Dios identificado con el Hijo del Hombre.

La religión de Jesucristo no es una religión que contiene la negación del mundo, como pudieron hacerlo  ciertos sistemas panteístas, o mejor monistas. El cristianismo está enraizado en el suelo, y es imposible ser cristiano sin amar la tierra con un amor apasionado, sin asumir todo el universo de los planetas y las estrellas, y sin tomar a cargo ante todo al hombre de la calle, al hombre que encontramos en la acera al salir de una iglesia, al hombre que toca a la puerta de la casa, al hombre anónimo y sin rostro que debe justamente recibir, de nuestro respeto y amor, el rostro del Hijo de Dios.

Venimos pues, en este domingo de Laetare, a escuchar la gravedad de este llamado. El Evangelio no nos dispensa de la acción; el Evangelio añadió a la humanidad una dimensión infinita justamente para que la realidad cotidiana nos aparezca como divina y para que la amemos con un amor tanto mayor cuanto que es divina, y para que tengamos por el hombre una pasión tanto más ardiente cuanto que en cada uno hay un candidato a la filiación divina.

Vamos a pedir a nuestro Señor que abra nuestro corazón, que nos introduzca en esa dimensión trágica de nuestra fe, y no olvidaremos jamás lo que Gandi no pudo descubrir – siempre por culpa nuestra – que en Jesús la afirmación esencial de ser Hijo de Dios es siempre inseparable de la otra afirmación que es como su nombre propio, de ser el Hijo del Hombre. Y que para nosotros tampoco hay separación posible, pues sólo podemos ser hijos de Dios haciéndonos cada día más hijos del Hombre".

 

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