Normal
0
21
false
false
false
MicrosoftInternetExplorer4
/* Style Definitions */
table.MsoNormalTable
{mso-style-name:"Tableau Normal";
mso-tstyle-rowband-size:0;
mso-tstyle-colband-size:0;
mso-style-noshow:yes;
mso-style-parent:"";
mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt;
mso-para-margin:0cm;
mso-para-margin-bottom:.0001pt;
mso-pagination:widow-orphan;
font-size:10.0pt;
font-family:"Times New Roman";
mso-fareast-font-family:"Times New Roman";
mso-ansi-language:#0400;
mso-fareast-language:#0400;
mso-bidi-language:#0400;}
En Lausana, en 1960.
"Música antes de todo " dice Verlaine en su Arte Poética, y, para
él, la música es en esencia el matiz:
Pues deseamos más el matiz / ¡No el color, sólo el matiz! / ¡Sólo el matiz,
¡ay!, enamora / El sueño del ensueño, y la flauta del corno!
En efecto, se sabe que la habilidad del técnico no basta. No basta que
toque con precisión las notas, debe también rodearlas de la atmósfera
silenciosa que les permita respirar. Como lo sentimos en el toque tan delicado
de un Dinu Lipatti, donde cada nota parece surgir de una respiración
silenciosa, donde el artista escucha tanto como toca.
Y si el matiz es el alma de la música, si no existe arte sin matiz, tampoco existe virtud sin matiz, y el
matiz es precisamente el elemento esencial de toda virtud. Cuando recitamos el
Yo pecador, como nos invita a hacerlo la liturgia, tenemos tentación de pensar:
"Pero, después de todo, ¿soy yo tan pecador? No he robado ni matado, no he
cometido ningún crimen que merezca el tribunal. Mi vida está ordenada, no doy
escándalo; ¿porqué, finalmente, nos invitan tanto a reconocernos pecadores y a
inclinarnos ante Dios con la actitud de criminales que imploran su perdón?
Y en efecto, si el pecado consistiera en el crimen, muy pocos de nosotros
podrían hacer el acto de contrición o recitar el Confiteor. Pero precisamente,
las faltas no se identifican con el crimen. Con mucha frecuencia un crimen es pura
y simplemente un acto de locura, casi ni culpable, porque escapa precisamente
al conocimiento y la libertad; es más un acto cósmico de pasión que procede del
universo, que un acto humano, deseado, consciente y deliberado.
Al contrario, donde puede actuar plenamente la culpabilidad es en todas las
cosas pequeñas. En los matices
precisamente es donde nos hacemos más gravemente culpables, porque ahí es donde
podríamos vencer más fácilmente la inercia y el egoísmo. Y lo van a
entender en seguida si recuerdan las admirables palabras de Nuestro Señor en la
parábola del buen samaritano:
Un herido yace en el camino, llega un sacerdote y prudentemente pasa al
otro lado del camino; lo sigue un levita y pasa también prudentemente al otro
lado del camino. Ambos están recitando su oración: "Shema Israel…" y
así, a sus ojos, quedan excusados de no ver al herido. Sería molesto: habría
que inclinarse hacia él, levantarlo, cuidarlo… sería de nunca terminar si uno
quisiera detenerse a todos los heridos del camino; es tanto más sencillo pasar
al otro lado y continuar la oración: "Shema Israel…", "Escucha,
Israel, tu Dios es uno solo, tu Dios es uno solo" (Dt. 6:4). Nos es nada
si cambian de acera. ¡No es pecado mortal! No lo han catalogado los casuistas,
no se le aplica el tribunal. ¡Pero hay un hombre muriendo en el camino! Y
cambiar de acera puede significar condenarlo a muerte. El samaritano, que el
sacerdote y el levita desprecian como a un perro, el samaritano no cambia de
acera, encuentra al herido, se inclina, lo levanta, lo pone en su cabalgadura, lo
lleva al albergue, pide que lo cuiden y se compromete a pagar al huésped los
gastos suplementarios por la presencia del herido.
¡Esas son las faltas graves! Las faltas no catalogadas, las faltas que no
llenan de remordimientos la conciencia, las faltas que nos parece simple
prudencia de un hombre apresurado, pero que tienen consecuencias desastrosas e
irreparables.
¿Es que la felicidad de un hogar no consiste en matices? ¿A dónde vamos a
pasear hoy? ¿A Pully o a Prilly? Basta con que uno insista por ir a Pully más
bien que a Prilly para que la paz del hogar se ponga en peligro; y así sucede desde el comienzo hasta el fin de la
vida, en la confrontación de dos voluntades: la mujer y el marido, o los padres
y los hijos. Toda la felicidad está en el respeto del matiz.
Rehusar sentir el deseo del otro, no adivinar su sufrimiento, o no bajar
los ojos ante su falta o su confusión… Una palabra irónica que esteriliza un
movimiento que comienza a surgir. No se necesita más para envenenar la
existencia y destruir a veces radicalmente la felicidad. Pues justamente la
felicidad esperada desde hace tanto tiempo, la felicidad maravillosa que se
deseaba total e infinita arriesga ser destruida con la menor grieta. ¡Y
entonces no hay excusa! Podemos excusarnos por un movimiento de pasión, por una
ira que nos invade y nos hace perder la cabeza, por un movimiento carnal que
nos comunica su vértigo. Cuántos hombres pueden ser arrastrados por el ardor de
una pasión y despertar de repente preguntándose si realmente fueron capaces de
un acto que les parece ahora imposible.
Pero los pequeños matices, la guerra de pullas, la falta voluntaria de
atención al sufrimiento del entorno, rehusar evitar un dolor, rehusar tener en
cuenta el pensamiento y la opinión de aquellos con quienes convivimos, ¡eso es
lo grave! Porque eso es justamente lo que corroe la vida, y puede engendrar la
desesperación ya que conviviendo por fuerza uno ya no tiene nada que darse, y
ni siquiera cree que haya algo que descubrir en el otro con quien se está
ligado de por vida.
Es pues un inmenso error prestar demasiada atención
a los grandes movimientos de la pasión y descuidar los detalles infinitesimales
que tejen la felicidad cotidiana y que constituyen la flor más exquisita de la
ternura y del amor.
el gran poeta Oscar Wilde nos cuenta en De profundis a qué le debió su salvación,
su salvación eterna: la debió al mero hecho de que el día en que fue condenado,
el día en que su deshonor se hizo público, en que toda Inglaterra entró en su
vida privada, en que su mujer huyó con sus hijos y cambió de apellido para que
sus hijos aún pequeños ignoraran que eran hijos de él, le debió su salvación al
mero hecho de que uno de sus amigos, uno solo, le permaneció fiel, y después de
la sentencia infamante que lo hería, se inclinó con respeto delante de él para
saludarlo. Eso era nada, pero fue todo. Era hacerle signo de que no estaba
condenado definitivamente, de que el futuro permanecía abierto y de que había
todavía en él algo que merecía un respeto infinito, y de que bastaba que
descubriera el tesoro escondido en el fondo de sí mismo para que todo volviera
a comenzar y él recobrara su dignidad primera.
Y en efecto, en la prisión, ese recuerdo fue el que le hizo descubrir un
día la inmensidad de su alma. Ese descubrimiento fue tan importante que terminó
por bendecir el día en que la sociedad lo envió a la prisión, porque fue cuando
salió de la prisión de sí mismo, e hizo el encuentro adorable con la Presencia
que lo estaba esperando en lo íntimo de su corazón.
Ese gesto, ese detalle de respeto y amistad bastó para abrirle todas las
puertas de la esperanza y del porvenir.
Eso es pues lo que debemos poner en el acto de contrición, eso debemos
confesar en el Confiteor, eso es lo que debemos poner primero en las
confesiones: el descuido de los pequeños detalles, el desprecio de los matices,
la falta de respeto, la ironía que destruye los más hermosos impulsos de la
vida.
Y justamente, si queremos responder al llamado de este tiempo pascual, si
queremos comprender los sufrimientos del nuestro Señor, debemos poner en ellos
todas las felicidades saqueadas, todas las almas pisoteadas por haber
desconocido su grandeza, por haber rehusado brindarles la atmósfera donde
respira el espíritu, pues al no invitarlas a dar lo mejor que podían las hemos
obligado a ahogar los más hermosos movimientos de su generosidad.
Pero como no se trata de lamentarnos del pasado sino de considerar el
presente y el futuro, de eso debemos penetrarnos ahora. Si queremos ser discípulos del Evangelio que es la Buena Nueva, si
queremos ser fuente de alegría, necesitamos música antes de todo, y para que la
vida sea música, el matiz: Pues queremos más el Matiz / No el color, sólo
el matiz / Porque sólo el matiz enamora / El sueño del ensueño y la flauta del
corno.
Así se establecerá una revelación permanente de la
Presencia divina, pues jamás se puede hablar de Dios sin estropearlo, a menos
justamente de tejer en la vida cotidiana una trama de felicidad hecha
totalmente de matices, en el respeto de los demás, dominando la
impaciencia, prestando atención a los pequeños detalles de la vida, para que
nadie sea herido y para que florezca la vida.
Y para que, por fin, mediante el matiz que es la esencia del arte y la
esencia de la felicidad, podamos percibir la Presencia de aquél que san Juan de
la Cruz llama con esta frase inagotable: "Música callada", La música silenciosa, que no es otra cosa
que el Dios vivo que nos está esperando en lo más íntimo de nuestro
corazón".