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Lausana, 1959. 3er domingo de Adviento.
"Acaban de escuchar ustedes la pregunta dramática que los fariseos
hicieron a Juan el Bautista "¿Qué
dices de ti mismo?" (Jn. 1,22) ¿Cómo podía el Bautista responder a
esta pregunta? ¿Cómo puede alguien
decir: "Yo soy esto"?
En efecto, entre todas las preguntas que nos puedan hacer, esa es la más
difícil de todas y nadie es capaz de responderla.
Si nos preguntan: "¿Qué dices de
ti mismo?", y tratamos de responder a la pregunta veremos en seguida
la imposibilidad de hacerlo. No sabemos quien somos, y si tratamos de
definirnos encontramos un ser prefabricado que puede entrar en ciertas
categorías psicológicas, pero nunca podremos encontrar el secreto ni el
misterio que somos. Es el misterio que busca la madre en su hijito: lo mira, le
sonríe… ¿Y qué busca con esa sonrisa sino la revelación de lo que es él?
En efecto, ése es el primer impulso del amor: preguntar al ser amado quién
es: la madre lo pregunta a su hijo, el hombre a la mujer, la mujer al hombre. Y
se comprende que un filósofo, Alain, se haya hecho esa pregunta: "¿Puede
un hombre casarse con una mujer loca?" y que haya respondido: "No". No puede casarse con una mujer
loca porque inclusive en el amor más
carnal, más bajo, está el deseo de encontrar un secreto humano. El deseo de comprender
esa fuente, el deseo de saber quién es ese ser, y de obtener la confidencia de
su misterio.
Esa pregunta en apariencia sencilla es la más profunda e insoluble de todas,
al menos cuando la hacen directamente preguntando a alguien: "Y tú, ¿qué
dices de ti mismo?"
Pero hay una manera en cierto modo lateral de lograr el conocimiento de sí
mismo, y sólo tenemos que pensar en lo que evoca o puede evocar en nosotros la
música de Clara Haskil.
Qué es lo que encanta a tantos en esa música incomparable, sino justamente
que cada uno al escucharla sentía brotar en sí mismo una melodía en que se
expresaba el misterio de sí mismo, porque la música de Clara era tan interior,
tan silenciosa, que su música nos invitaba a todos y a cada uno a convertirnos
en música, y cuando uno se hace música, cuando todo el ser brota como un canto
es porque uno se ha perdido de vista, es porque uno se ha establecido en otro,
es porque uno está en el mundo del encanto donde brilla el rostro adorable
siempre desconocido y siempre reconocido, que es el rostro del Dios vivo.
Así, en la experiencia de esa música, comprendemos
la posibilidad de expresar y comunicar el secreto de quien somos. En efecto,
expresarnos y comunicarnos es expresarnos y comunicarnos a otro y para él. Entonces Clara
con su piano, lo mismo que Dinu Lapatti y tantos otros, como verdaderos
artistas, Clara Haskil con su piano, transformada totalmente en música para que
a la vez nosotros nos transformemos, no se escuchaba, no se miraba sino que
dejaba pasar a través de ella todo el mundo silencioso que es la cuna de todas
las melodías.
Y justamente, porque se eclipsaba en la música, la música devenía Presencia
y vida, y nos conmovía. Siempre nos conmoverá profundamente, haciéndonos surgir
en un impulso silencioso hacia la eterna belleza a la cual podemos confiarnos;
pues en ella se expresa nuestro misterio, no para nosotros – lo que es
imposible – sino para el amor, para la generosidad infinita que viene a nuestro
encuentro y suscita nuestra existencia, dándole la forma de amor, única que
puede expresarnos.
Tenemos pues una posibilidad – una sola – de
llegar a nosotros mismos, una sola posibilidad de responder a la pregunta:
"Y tú, ¿qué dices de ti mismo?", y es justamente la de perdernos de
vista, mirar la eterna belleza y decirnos a Dios, en Dios y para Dios.
Así entramos en el misterio de la Santísima Trinidad. La Trinidad nos
parece algo tan abstracto, tan lejano, ¡y de repente adivinamos! En efecto,
Dios mismo no puede decirse a sí mismo quién es, a menos de decirlo a Otro y
para Otro. ¡Hay pues en Dios una vida que se comunica, hay en Dios todo un
secreto que se intercambia, hay en Dios, hay en Dios un nacimiento, y una
paternidad! Dios sólo puede decirse como un secreto que va del Padre al Hijo y
del Hijo al Padre; así como Dios sólo llega al Amor en la comunicación que va
del Padre y del Hijo al Espíritu Santo y del Espíritu Santo al Padre y al Hijo.
Y porque Dios es Trinidad, porque es comunicación
en el Amor, porque es la música eterna que sólo puede brotar en un impulso de
generosidad, por eso la religión de Jesús es lo que es. Justamente, Jesús viene
para hacer brotar en nosotros esa música silenciosa. Viene a enseñarnos quien
somos. Viene a introducirnos en el conocimiento supremo de nosotros mismos,
conocimiento que es un nacimiento, pues justamente para conocernos es necesario
que nazcamos en Dios y lo dejemos nacer en nosotros.
Y la maravilla es que toda la grandeza, toda la santidad cristiana esté
centrada en esa comunicación interior: Dios que es el Amor supremo nos pide
precisamente lo que pide siempre el amor. Como la madre: por la sonrisa de su
hijito, la madre desea llegar al misterio de su alma; como busca el secreto
inagotable del ser humano el novio en la novia, o el esposo en la esposa. Dios
nos pide, y es lo único que nos pide, que seamos la respuesta luminosa, la
respuesta generosa, que descubramos quien somos y se lo digamos perdiéndonos en
él, naciendo en nuestro corazón y de su corazón, y dejándolo nacer en y de
nuestro corazón.
¿No es eso lo que Jesús deseaba decir a la samaritana, sí, a esa pecadora
que vivía en el desorden? Jesús le murmura un secreto incomparable, la eleva a
esas cumbres supremas; le dice a ella la verdadera religión del Espíritu,
construye y suscita en ella el santuario eterno, el único Templo de Dios, el
único santuario del Nuevo Testamento que somos nosotros mismos en nuestra
mente, en nuestro corazón, en el intercambio total de nosotros mismos con Dios
que se nos comunica infinitamente. Y entonces, lo que parecía abstracto se hace
sumamente concreto. Finalmente, ¡nada es más apasionante que el ser humano! En
el ser humano se sitúa toda revelación, por el rostro humano se hace conocer
Dios, y es en el intercambio silencioso con Dios como devenimos todo lo que
somos capaces de ser.
Ustedes recuerdan que Ángelo Silesio comparaba los abismos del hombre y los
abismos de Dios: "El abismo de mi espíritu no cesa de invocar con un grito
el abismo de Dios. De estos dos abismos, dime, ¿cuál es el más grande?"
A eso nos lleva el Evangelio de hoy: "¿Qué dices de ti mismo?"
Hay una sabiduría cristiana que es infinita, una sabiduría arrodillada, una
sabiduría arrodillada, una sabiduría transparente, una sabiduría, una sabiduría
infinita, una sabiduría inimitable, una sabiduría basada en el don de sí mismo,
en la pobreza de espíritu, en la generosidad. Y hoy estamos invitados a esa
sabiduría, al banquete de la eterna Sabiduría. ¡Cómo es necesario escuchar esa
voz del Evangelio: "Y tú, ¿qué dices de ti mismo?"! Y cuando la
pregunta haya llegado al primer plano de la mente, todos y cada uno sentiremos
que no hay otra respuesta sino escuchar la música interior, ir hasta el final
del silencio, hasta que por fin encontremos a la base de nuestro ser el rostro
amado que nos está esperando. Y entonces, como escuchando a Clara Haskil o a
otros grandes, a otros grandes artistas, de repente sintamos que hemos nacido,
que comenzamos a existir en la plenitud de nuestro ser, porque cesando de mirarnos, nos veremos en el
espejo del eterno Amor, y Dios,
suscitando en nosotros los inmensos espacios de luz y generosidad, nos habrá
revelado a la vez su grandeza y la nuestra, en el intercambio sin fin que es la
vida de ahora, y que es ya en la vida de ahora la única vida eterna! Porque
la vida eterna consiste justamente en conocer, en conocer a Dios y amarlo. ¿Y
cómo conocerlo y amarlo sino naciendo de él y dejándolo nacer en nosotros y de
nosotros?"