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Lausana, 1960. Homilía para jóvenes. Sexagésima, epístola: 2 Co.11 (4°
domingo de Cuaresma)
"Después de un examen de historia, a un alumno le pareció que su nota
no era suficiente y se quejó amargamente ante el profesor de que no hubiera
estimado bastante su composición. Como no era un examen de estado y el profesor
deseaba evitar toda discusión, preguntó al alumno: "Entonces, ¿qué nota quiere?
Y le puso la nota que él creía merecer.
Son cosas que pueden suceder, pero ¿qué cambia para la mente del alumno, el
puesto que ocupe en de historia? ¿Sabe más porque le subieron la nota? ¡Claro
que no! El juicio, la nota que le pone el profesor permanece exterior a su
mente, ¡subió en clasificación, pero en
conocimiento, en ciencia, su mente no mejoró en absoluto!
Esta pequeña parábola nos permite hacer la pregunta – escuchando la
epístola de hoy en que san Pablo,
habiendo hablado de todos sus trabajos, del martirio sufrido al servicio de
Cristo, llega a las visiones
extraordinarias o mejor a la visión extraordinaria con que fue favorecido, para
concluir que todo es no es nada en fin de cuentas comparado con su debilidad, o
enfermedad, de la cual quiere gloriarse: sufría probablemente de fiebres. Quería
gloriarse de eso, más bien que de todos los trabajos realizados o de la visión
extraordinaria de que había sido testigo y sujeto. Esas palabras de san Pablo podrían llevarnos a una concepción de la
humildad un poco parecida a la actitud del alumno ante de su nota en historia.
Y yo me pregunto, pienso en un joven que entra en la vida con entusiasmo
creador como investigador. ¿Puede entrar con una actitud así, pensando:
"Yo soy un pobre tipo, un miserable, yo no soy nada, no soy sino un mendigo,
debería gloriarme de mi pobreza"? ¡Claro que no! Tampoco se puede proponer
a un niño al que le encantan los cuentos, que es feliz en la vida – como el
pequeñito que decía en su oración de la noche, después de la muerte de un
primito: "¡Dios mío, no me hagas
morir porque estoy gozando mucho!" Pues claro que a este niñito no le
podemos proponer que se ponga ante de Dios diciendo: "¡Yo no soy sino una
pobre criatura, yo no soy nada!" Esa no sería una actitud creadora.
Y esa es justamente una tentación, una tentación a la cual podrían
llevarnos los textos que nos hablan con demasiada frecuencia de nuestro estado
de mendigos delante de Dios. ¡No somos nunca nada, jamás nada, siempre
miserables! ¡Siempre necesitamos perdón! Yo pienso que tal actitud termina
siendo peligrosa, primero porque nos deprime, nos centra sobre nosotros mismos,
pues para declararse miserable hay que mirarse – y cuando uno se mira, arriesga
justamente volverse miserable, y segundo porque si hemos de jugar realmente un
papel en la vida, si vamos a ser creadores de algo, no hay que repetir
continuamente que no podemos nada. Hay que ponerse a la obra con todo el valor,
esperando triunfar en la obra emprendida.
Es pues necesario saber que hay otra forma de humildad, que es finalmente
la humildad cristiana más hermosa, otra forma de humildad que podría ser
creadora.
Me preocupa siempre cuando
alguien me dice: "¡Yo soy muy poca cosa, es verdad! Desde luego, tengo muchos pecados, ¡pero Dios es tan bueno y me llevará al
cielo!" y yo me digo: el Cielo no es una calificación en que le ponen
4 ó 5, en que uno fuerza la nota para quedar bien. El cielo, el verdadero cielo
es el conocimiento, el conocimiento y el amor de Dios. Esta es la luz interior
en que debemos entrar y que debemos ser. Es exactamente la misma situación del
alumno y la ciencia: si obtuvo un puesto que no merecía – supongamos que en la
facultad de ingeniería le dieron un diploma que no merecía – podrá hacer
puentes que se desplomen, edificios que sepulten a los habitantes en los
escombros, y eso sería grave, porque no es el diploma, un papel, lo que hace de
él un ingeniero, sino la ciencia adquirida personalmente, el conocimiento que
haya asimilado.
El cielo es pues
un conocimiento por asimilar, una luz en que debemos convertirnos, una
generosidad que debe brotar en nosotros como de su fuente.
Por tanto, es perfectamente inútil imaginar que Dios nos va a poner en un
buen nivel, o nos va a poner un podio para que podamos ver el espectáculo. El
cielo no es un espectáculo. El cielo es justamente la comunión de todo nuestro
ser con Dios, es enraizar nuestra humildad en la de Dios. Por tanto no hay clasificación
que valga, tenemos que transformarnos radicalmente. Y sólo transformándonos
estaremos a nivel para contemplar a Dios, al Dios que llevaremos dentro, al
Dios que se habrá convertido en la vida de nuestra vida y al que seguiremos
amando porque primero lo habremos preferido esencialmente a nosotros mismos en
un descubrimiento progresivo de todos los días de nuestra vida.
Existe pues otra humildad que no consiste en decir a Dios: "Yo soy un
pobre hombre, pero Tú te apiadarás de mí; porque soy un mendigo y sólo pido un
pequeño podio". Hay otra humildad infinitamente más hermosa, más real, la
única verdadera finalmente, que consiste en dejar de mirarse a sí mismo.
El sabio que hace un descubrimiento, que siente que va a lograr un
resultado que ha estado buscando durante años, no se mira a sí mismo, no pierde
su tiempo felicitándose, sino que quema las etapas para llegar, para descubrir
y se maravilla del resultado que ya está casi logrando.
¡Esa es la verdadera
humildad: maravillarse de la hermosura de Dios, de la bondad de Dios, al punto
de ya no poder pensar en nosotros. Y el único modo de curarse de la tonta vanidad en que caemos tan
fácilmente, es simplemente aprendiendo a maravillarnos.
En vez de pensar que son pobres hombres, que no merecen el paraíso, pero
que sin embargo Dios se los va a dar porque sabe que no son capaces de nada… Me
parece que la mejor manera de salir de ese sentimiento de mendicidad y de
encontrar su dignidad humana es entrar en la música, entrar en el conocimiento,
cultivar con pasión, amar la naturaleza, escalar una montaña, ir a mirar la
salida del sol, entusiasmarse por la paz de una noche estrellada, asistir a las
risas y las piruetas de un niñito, maravillarse por su primera sonrisa, tratar
de suscitar por doquiera la eclosión de la belleza, de la grandeza y la
dignidad.
Entonces ya no es necesario
echarse al suelo, no pensemos más en nosotros, perdámonos en la belleza que
encontramos, olvidémonos en la música, maravillémonos con la sonrisa de un
niñito, con el gozo de admirar, comulguemos cada vez más profundamente con la
Presencia divina que se revela bajo esos rostros innumerables, bajo todos esos
aspectos de la naturaleza, del arte, de la ciencia y de la humanidad.
Vemos justamente sabios como Eintein, como Rostand, como Pierre Termier,
sabios llenos de humildad, que no dicen: "¡Yo no sé nada, no puedo nada! Sino
que hablan de la verdad, la aman, están apasionados por el conocimiento; o artistas
son apasionados por la pintura, la escultura, la arquitectura o la música. Entonces
no necesitan compararse con nada, porque todo el día están investigando, porque
cada mañana vuelven a comenzar a descubrir la vida y el mundo, y en ese
descubrimiento sienten brotar en ellos esa fuente que es ya la vida eterna.
Es pues esencial que no nos equivoquemos y que no escuchemos en sentido
negativo la lección de san Pablo. En el fondo, la verdadera humildad está en no
mirarse. Y hay un admirable místico, o mejor un altísimo poeta alemán del siglo
17, Ángelo Silecio, que dice esto, que podría ser escandaloso: "Yo soy
como Dios, y Dios es como yo. Soy tan grande como Dios, él es tan pequeño como
yo; no puede estar por encima de mí, ni yo por debajo de él". Si
remplazamos la palabra Dios por la
palabra verdad para comprender mejor
este texto admirable, entenderemos lo que quiere decir: "No puedo llegar a
la verdad sino haciéndome lo que ella es. No puedo poner la verdad delante de
mí, ella tiene que ponerse en mí. Y por consiguiente, ella está en mí en la
medida en que estoy en ella. Mientras
más me transformo en la verdad, más crece la verdad en mí, y mientras menos le
transformo en ella, menos despliega ella en mí su luz y su alegría".
¡Y eso es literalmente el verdadero Dios! En el fondo, si Dios aparece tan rebajado y como ídolo es porque
nosotros nos rebajamos. Justamente, si no queremos conquistar nuestra
dignidad de hombre, nuestra libertad creadora, si no entramos en la magnífica
aventura de la vida, entonces Dios se convierte en un buen Dios insignificante, en un bonachón, y finalmente en ídolo y falso
dios.
El verdadero Dios exige, para ser conocido, que nosotros crezcamos, que crezcamos
sin fin. Y sólo pueden hablar de él los que dan a su humanidad todas sus
dimensiones y toda su grandeza. Es además lo que nos dice san Pablo: que estamos llamados a adquirir la plena estatura
de la humanidad en Cristo Jesús.
Por eso pienso que en la epístola a los Corintios que acabamos de leer, San
Pablo habla para los corintios a quienes dijo explícitamente que eran aún niños
y no podía darles carne, sino todavía leche. Les habla entonces como están
acostumbrados, y les da una lección de humildad, con su lenguaje, pero es claro
que la verdadera humildad es simplemente la admiración en que nos olvidamos de
nosotros, la admiración en que uno desaparece y que es la más hermosa forma del
amor.
Es claro que un artista jamás podría crear si se mira a sí mismo. Uno sólo
crea algo olvidándose a sí mismo, porque sólo crea admirando, perdiéndose en el
otro y dejándolo expresarse en nosotros.
Entonces, dejemos todas las falsas fórmulas de humildad, de humildad barata,
en que uno dice: "En mi humilde opinión…" o cosas semejantes. Esos
son chistes que nadie cree ni toma en serio. La verdadera humildad consiste en
no hablar de sí mismo simplemente porque no piensa en sí mismo por estar
totalmente centrado en el otro, en estar viviendo el descubrimiento, y en
perpetua admiración.
Cada uno de nosotros puede ver además cómo maravillarse, pero eso es
capital. ¿Porqué tanto aburrimiento en los hogares? ¡Por falta de progreso! ¡No
avanzamos! ¡Uno sigue leyendo las mismas cosas baratas, viendo las mismas
películas eróticas, no tiene nada que contar, nada nuevo que compartir! Deberíamos,
al contrario, mantener el esfuerzo, seguir estudiando con los hijos, ponerse a
nivel suyo. ¡Eso sería apasionante! ¡Apasionante porque siempre habría algo
nuevo que aprender, algo nuevo que comunicar, y no acabaríamos de descubrirnos mutuamente!
Es necesario que cada uno
tenga una pasión, una pasión noble y grande,
y que mediante esa pasión – ya sea la música, o la literatura, la pintura, o el
dibujo, o la montaña o la botánica – no importa, es necesario que cada uno de
nosotros tenga una pasión que mantenga su impulso y le permita cada día volver
a comenzar. ¡Entonces comprenderá que no se puede entrar al paraíso sino que es
necesario hacerse paraíso! No se trata de tener 5 en historia sin merecerlo.
Es necesario saber historia y uno sólo sabe historia si tiene pasión por ella y
si trabaja por estudiarla.
Así mismo es como vamos a Dios.
Sólo podemos conocerlo en la medida en que hacemos en nosotros el vacío sagrado
que le permite crecer en nosotros al mismo tiempo que nosotros crecemos en él".