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En 1959, en Lausana, el 3er domingo de Adviento.
"En su Ensayo sobre el
desarrollo de la doctrina cristiana, Newman afirma que la religión es para
los hombres y como los hombres, (es el tema del libro), como los hombres no pueden descubrir todo de una vez, llegan poco a
poco a expresar en un lenguaje humano todas las riquezas de la Revelación de
Jesús. Eso quiere decir que hay cierta evolución del pensamiento cristiano,
y nos damos claramente cuenta de ello al leer en el día de hoy el pasaje de la
epístola a los Filipenses de donde se saca el tema de la liturgia del día.
En esa epístola, en el capítulo 2, versículos 5 a 11, hay en efecto un texto
célebre que ha sido comentado miles de veces:
"Procurad tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el
cual, teniendo la naturaleza gloriosa de Dios, no consideró como codiciable
tesoro el mantenerse igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la
naturaleza de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y en su condición de
hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en
la cruz. Por ello Dios lo exaltó sobremanera y le otorgó un nombre que está
sobre cualquier otro nombre, para que al nombre de Jesús doblen su rodilla los
seres del cielo, de la tierra y del abismo, y que toda lengua confiese que
Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre" (Traducción de la Biblia de Ediciones Paulinas).
Este himno admirable, ya no lo escribiríamos escribir hoy de la misma
manera. Si el apóstol utilizara nuestro lenguaje, no recurriría a esas palabras
que ya no tienen significado concreto para nosotros. En tiempos de san Pablo,
había esclavos, había realmente seres humanos que eran propiedad de otros
hombres; en tiempos de san Pablo había un emperador cuyo poder era absoluto.
Hoy ya los reyes no son sino representantes de las naciones, las cuales son
gobernadas por otros personajes.
Y luego, hay toda una serie de experiencias que nos impiden totalmente
considerar a Dios como un rey rodeado de gloria real que se humilla para venir
hasta nosotros, haciéndose esclavo como uno de nosotros, ya que nosotros no
tenemos ningún sentimiento de ser esclavos, ni deseo alguno de serlo.
Nada es más chocante hoy en
día que sentir que el hombre pueda ser tratado como esclavo, y tampoco nos gusta mucho tener dueño o
señor. Y Dios ya no se presenta como señor. En efecto, después de san Pablo,
con los siglos la humanidad ha cambiado, las instituciones se han transformado,
la experiencia cristiana se ha desarrollado.
Para nosotros, todas las palabras utilizadas por san Pablo han perdido la
importancia que podían tener para él y sus auditores. San Pablo era judío de nacimiento, vivía necesariamente en el ambiente
del Antiguo Testamento; todas sus categorías mentales eran de la teología
rabínica, y para expresar el misterio cristiano recurre naturalmente a un
lenguaje que es el suyo, pero que ya no es el nuestro. ¿Y cuál es el nuestro?
Por suerte para nosotros, en el corazón de la Historia cristiana está san Francisco
de Asís. Y san Francisco de Asís hizo un descubrimiento incomparable, que
vivió él mismo con todas las fibras de su ser: san Francisco de Asís descubrió
que la Pobreza era Dios. Siendo hijo de un mercader muy rico, estando inspirado
por novelas de caballería y pensando sólo en hacerse príncipe y brillar en los
campos de batalla para hacerse famoso y llenar la historia con sus hazañas,
bajo influencia de la enfermedad, de la meditación y del encuentro con los
leprosos, descubrió de repente que la Pobreza era la verdadera esposa a que él
estaba destinado, ¡cuando había soñado con casarse con la princesa más hermosa
del mundo! Y se entregó a la Pobreza con infinita pasión. Y glorificó hasta el
fin la Pobreza, cantándola por todos los caminos de la tierra, y quiso
literalmente serle fiel, haciendo de ella la única herencia que les pudo legar
a sus hijos.
Y si defendió con tanta
pasión la Pobreza fue justamente porque para él la Pobreza era Dios.
Comprendió, y Dios nos hizo comprender por su medio, en el desarrollo
magnífico del pensamiento cristiano a que hace alusión el Cardenal Newman, Dios
nos hizo comprender por su medio que su grandeza no era una grandeza de
dominación, sino de generosidad. ¡Ustedes comprenden la diferencia! Si
concebimos a Dios como un faraón, como un monarca, como un déspota, como un
poder que nos domina y que puede aplastarnos, si admitimos que somos por
naturaleza esclavos de Dios, ¡entonces no nos queda nada que hacer! ¡La suerte
está echada, Dios decide todo, y en fin de cuentas, nosotros no somos sino
marionetas movidas por sus caprichos y por las decisiones arbitrarias de su
voluntad!
Al contrario, si Dios es pura generosidad, ya no se trata de ser dominados
por él, sino de amarlo. Y justamente, san Juan nos cuenta que el último gesto
de Jesucristo, o uno de sus últimos gestos, fue el Lavamiento de los pies,
lavamiento que escandalizó a los apóstoles y que primero no quisieron aceptar
porque les parecía indigno de la majestad del Señor, y que justamente Jesús les
impuso como condición sin la cual no podían entrar en el Reino. Eso significa
que tienen que cambiar totalmente la idea que tienen de Dios. Dios no es un rey. No es un poder que
domina y aplasta. Miren a Dios: está de rodillas, de rodillas ante una
humanidad que no entiende nada, ante una humanidad que se obstina en perseguir
sueños de gloria irrisoria, pues justamente la grandeza de Dios es grandeza de
generosidad.
Son dos órdenes absolutamente incompatibles, y nuestro Señor lo sabía. El
domingo pasado recordábamos el elogio que hizo Jesús de san Juan Bautista,
diciendo que él era el más grande de los nacidos de mujer, y añadiendo en
seguida: "Pero en el Reino, es decir en la nueva economía, es decir en la
religión del espíritu, en la religión que va a nacer de la Cruz, el más pequeño
será más grande que Juan el Bautista" (Mt 11,11), porque justamente Jesús
traía algo tan nuevo, tan extraordinario, que por su medio la humanidad iba a
entrar en un mundo nuevo. Y ese mundo nuevo, es el mundo de la generosidad y
del amor.
Dios no es alguien que nos domina, que nos mantiene en estado de mendigos.
Dios se comunica, Dios se da, y toda su vida es una comunicación cuyo secreto
expresa la Trinidad, pues la Trinidad sólo quiere decir eso.
Dios no es un personaje solitario que se mira y se admira a sí mismo, que
está centrado en sí mismo y que nos pide que lo admiremos. Dios es una familia.
Dios es una especie de sociedad interior, espiritual, única e incomparable,
pero en la cual todo es comunicado porque justamente en Dios, en Dios nada
puede ser poseído, pues en Dios el Padre es sólo un impulso hacia el Hijo, y el
Hijo un impulso hacia el Padre en la unidad del Espíritu Santo.
Esa es la riqueza formidable del Evangelio, el habernos liberado de un Dios
faraón, de un Dios cuyo poder podía aplastarnos, para conducirnos a un Dios que
es sólo corazón, a un Dios que es sólo amor, a un Dios que es eterna
comunicación, a un Dios que no puede poseer nada porque su vida es el don de la
eterna luz y del eterno Amor.
¡Dios es Dios porque no tiene
nada! Eso fue lo que descubrió magníficamente san Francisco y lo vivió con
ardiente intensidad; y eso es justamente lo que nos obliga a leer con otros
ojos el texto de san Pablo. ¡Ahora sabemos que esas imágenes no son más que
imágenes! Dios no está allá arriba detrás de las estrellas sino aquí, dentro de
nosotros. Ahí está desde siempre, siempre ha estado en la humanidad, siempre ha
estado en el corazón del hombre, pero el corazón del hombre no estaba aún en
Dios.
Y porque justamente el corazón del hombre aún no estaba en Dios, el hombre
le daba a Dios un rostro de faraón, de dominador, de poder aplastante y
terrible. Pero justamente, en Jesucristo, en Jesucristo, en el seno de María,
es creada una humanidad totalmente nueva, una humanidad transparente, una
humanidad que no tiene nada, una humanidad enteramente despojada, una humanidad
sacramento; y en la humanidad de Jesucristo, enteramente despojada de sí misma,
que no puede ni decir "Yo",
que no puede poseer nada, que sólo da testimonio de Dios, Dios aparece y
transparenta como el que nada tiene y el que lo da todo.
Y ahí justamente es donde debemos apreciar la gracia de pertenecer a la
Iglesia viva de Jesucristo, y así entiendo justamente esto: que ya no estamos
atados a un texto, a un libro, pues los libros no se mueven, ni se mueven las
palabras de un libro, pero se mueve el pensamiento, el pensamiento se
transforma lo mismo que evoluciona la humanidad. Y entonces ahora podemos
formular y expresar alegremente el Misterio de Jesús en un lenguaje totalmente
distinto y que va evidentemente en el sentido de todo lo que el apóstol quería
significar, pero lo dice bajo la luz del Espíritu Santo, con palabras más
sencillas, más transparentes, más puras y más eternas, de modo que en cierto
sentido podemos alegrarnos de no pertenecer a la Iglesia primitiva, alegrarnos
de no haber sido auditores de los primeros apóstoles cuyas categorías (mentales) eran aún las antiguas. Podemos
alegrarnos de aprovechar de la experiencia de 2000 años, y poder contemplar hoy
en Dios la Pobreza que no se humilla para venir a nosotros, porque no tiene que
venir: ¡ya esta ahí desde siempre! ¡No puede humillarse ni rebajarse, porque no
tiene nada; nada puede dejar o abandonar! ¡Todo lo dio eternamente! ¡Está
eternamente despojado! ¡Eternamente es el Amor!
Por eso, para nosotros, el Misterio de Jesús es justamente el Misterio
adorable que nos libera del Dios faraón para llevarnos al Dios que es pura
generosidad, al Dios que es Amor, al Dios que sólo puede amar y que nos invita
a amar a nuestro turno, de suerte que podemos
resumir todo el cristianismo en las palabras muy sencillas, palabras eternas,
que san Francisco selló magníficamente en la transparencia de su despojamiento
y de su alegría. Y éstas son las palabras, fáciles de recordar: "Dios es
Amor. Es necesario amarlo y hacerlo amar amando".