En Lausana, en 1962.
"Los grandes artistas, los grandes
escritores son los que pueden dar a las palabras un peso de luz eterna
disponiéndolas en un justo equilibrio. El hombre no es sino la caña más débil de la
naturaleza, pero es una caña pensante. Esta frase admirable e inmortal de Pascal, contraste de la caña frágil y pensante que hace de él el
árbitro del mundo, realiza una de esas creaciones eternas.
San Agustín, que
también es un gran artista a sus horas, que lo es precisamente en el momento en
que menos piensa, forjó también, sin pensarlo, en la espontaneidad de su genio
y en el ardor de su fe, forjó palabras en equilibrio que nos introducen en
abismos de luz.
En las Confesiones precisamente,
que remontan al rededor del 397, en las Confesiones en que el gran obispo, sin
ocultar nada, cuenta su vida, sus desórdenes, su conversión, su bautismo y no
cesa de alabar a Dios por haberlo llamado a su luz, expresa el estado en que se
encontraba antes de su conversión, con las palabras cuyo peso eterno de luz
podrán sentir en seguida a través de su admirable sencillez. Dice él: "Demasiado tarde te amé, demasiado tarde te
amé, hermosura siempre antigua y siempre Nueva. Demasiado tarde te amé y sin
embargo tú estabas dentro de mí, pero yo estaba afuera" (Libro X, 27).
"Tú estabas adentro, pero yo estaba
afuera…" ¡Cómo es de admirable! Entonces, la situación del hombre que aún
no ha encontrado a Dios, es estar exterior, estar como se dice actualmente del
hombre con ira, que está fuera de sí,
fuera de sí mismo. Ya no es dueño de sí mismo, ya no se controla, ya no es
dueño de sus actos, ya no es origen de su propia conducta, está alienado de sí
mismo. Está afuera, cuando la condición normal del hombre sería estar dentro,
ser centro de su actividad hermosa, ordenada, luminosa y creadora.
Y Agustín resume todo eso oponiendo
genialmente las dos palabras: Tú estabas
adentro, pero yo estaba afuera. Y comentándose, añade este comentario no
menos admirable: Tú estabas conmigo, pero
yo no estaba contigo. ¡Qué magnífico! Tú
estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Entonces, Dios estaba siempre
ahí, esperándolo, como un sol escondido dentro de él, pero él no estaba con
Dios.
En seguida vemos que el Dios que encontró
es un Dios interior, interior a él, interior a nosotros, un Dios que está
adentro mientras nosotros estamos afuera.
Y la conclusión es que Agustín,
evidentemente, sólo encontrará a Dios cuando él mismo haya entrado al interior.
Dios lo invita al interior. Lo invita a
recogerse, a centrarse, a devenir justamente fuente y origen de su propia
conducta, creador de su vida y de su universo. Y eso brilla en sus palabras,
pues Dios está adentro y nosotros afuera, pues la situación intolerable que
constituye la condición del hombre pecador, como era Agustín, esa situación
intolerable sólo puede superarse si el hombre alienado de sí mismo y de todo,
de Dios y del universo como de sí mismo, si el hombre vuelve al interior, si se
constituye en la intimidad donde intercambiará con Dios como una persona con
otra.
Es propiamente formidable porque,
justamente, en el itinerario de Agustín, vemos que la imantación que Dios
ejerce sobre nosotros no es absolutamente el mandamiento de alguien que quiere
algo de nosotros sino la atracción de una hermosura, de un amor que quiere
transformarnos en él, sacarnos de nuestra dispersión y de nuestra impotencia,
de nuestras esclavitudes y dependencias para ponernos en el centro de nuestra
libertad.
Cuando estemos recogidos en el centro, cuando seamos interior, intimidad,
origen y fuente, entonces estaremos ante Dios, no como esclavos sino como
amigos que intercambian con el ser amado en la luz de una generosidad recíproca.
El Dios de Agustín, el Dios cristiano, el
Dios que se revela en Jesucristo, el Dios que lo llama, el Dios que va a
fascinar su genio y hacer de él el gran Doctor de la gracia, ese Dios es
justamente un Dios liberador. El es quien nos revela que estamos afuera. El es
quien remedia a nuestra exterioridad. Él nos introduce en nuestra intimidad. Él
nos permite encontrarnos con nosotros mismos. Él hace de nosotros, en fin, no
criaturas miserables y sumisas, sino amigos, colaboradores, dioses, pues según
la expresión admirable del mismo Agustín: Dios
se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios.
Y además es tan cierto, tan central en la
experiencia agustiniana, que, unas líneas después, Agustín nos dice, escuchen
esta línea prodigiosa: Adhiriendo a ti con todo mi ser, mi vida
vivirá de estar toda llena de ti. ¡Qué gran arte, qué magnífica poesía
y qué sabiduría! ¡Abismal! … Adhiriendo a
ti con todo mi ser, mi vida vivirá de estar toda llena de ti.
En Dios pues, que San Agustín llama en sus
Confesiones "Vita vitarum" –
Vos que sois la vida de nuestra vida – en Dios se hace viva nuestra vida, encuentra
su plenitud en la adhesión a la luz y al amor que nos identifica con Dios y que
enraíza nuestra intimidad en la suya para que nuestra vida sea la suya y su
vida la nuéstra.
Por consiguiente, todas las fantasmagorías de dependencia, de esclavitud,
de dominación, de despotismo, todo eso es vacío a la luz de esa experiencia
esencialmente cristiana. El cristiano no va a Dios como a un extraño sino como
a su propia intimidad.
¿Qué buscan ustedes en el amor? ¿Qué
esperan encontrar en él? Siempre eso justamente, poder intercambiar con otro u
otra interior a ustedes y en quien realicen la interioridad.
¡Pues bien! Dios es todo interioridad. No
tiene exterior. Entonces, sólo puede llevarnos a dentro y establecernos en el
corazón de nuestra intimidad haciendo de nuestra libertad algo absolutamente
inviolable. Dios no puede nada sobre la libertad sino constituirla, llamarla a
nacer, ayudarla a crecer porque justamente Dios no puede actuar sino respecto a
la interioridad, para protegerla, para confirmarla, para hacerla crecer. Dios
no puede jamás agarrarnos de afuera. No puede agarrarnos sino de adentro,
entrando en nosotros sin violar nuestra frontera, pero haciendo romper la
frontera en un inmenso espacio de amor en que devenimos lo que Él es:
generosidad, luz y amor.
Por eso se puede decir que el mundo, el
universo, toda la creación se sostiene por la fragilidad, la fragilidad de
Dios. Como la caña pensante, en cuanto caña, es lo más frágil que existe, en
cuanto pensante es el árbitro del mundo, al llamarnos a devenir libertad
inviolable, Dios aparece como el que se va a poner en nuestras manos, porque
tenemos el poder terrible de decir no,
como también tenemos el de decir sí.
Y si vamos al Prólogo de san Juan: La luz brilla en las tinieblas y las
tinieblas no la vencen. Dios está en el mundo, y el mundo no lo conoce. Viene a
los suyos, y los suyos no lo reciben. Dios siempre está ahí: Tú estabas conmigo, pero yo no estaba
contigo. Él siempre está ahí, pero
nosotros no estamos, es como si no existiera. El amor más grande no puede nada
sobre el que no ama. El genio más grande no puede nada sobre la mente cerrada y
que rechaza. Y la más grande hermosura no puede nada, la música más hermosa no
puede nada sobre el que tiene los oídos obstinadamente cerrados.
Así, Dios no puede nada sobre un universo
suspendido a su amor y llamado a devenir una ofrenda de amor. Por eso Dios
puede ser vencido, puede fracasar. Y por eso nuestro Dios es un Dios
crucificado, crucificado por todos los rechazos de amor que reducen su
presencia perpetua a la impotencia, como constata san Agustín diciendo: "Tú estabas conmigo pero yo no estaba contigo".
Así, el mundo entero está suspendido todo
a la divina fragilidad de un amor que cualquiera puede aplastar, rehusar,
crucificar. Entonces el mundo no es lo que nosotros pensamos. El mundo, nosotros tenemos que llevarlo a
nuestro turno, transformarlo, tenemos que darle su verdadera significación,
tenemos que hacerlo entrar en el circuito de luz y de amor que cerrará el
anillo de las nupcias eternas.
Esta mañana, retengamos pues estas tres
frases de Agustín:
Tú estabas adentro pero yo estaba afuera.
Tú estabas conmigo, pero yo no estaba
contigo.
Adhiriendo a ti con todo mi ser, mi vida
vivirá por estar toda llena de ti.
Reteniendo este admirable itinerario y
estas palabras, dignas de la ascensión hacia la luz, trataremos de escuchar a
nuestro turno al huésped amado que nos está llamando en lo más profundo de
nosotros y que quiere llevarnos a dentro, hacernos libres, identificarnos con
Él, conducirnos a nuestra más profunda intimidad, hacer de nosotros
verdaderamente centro, comienzo, fuente y origen.
¡Qué magnífico es ser llamado por
semejante amor! Pidamos que no hesitemos hoy en sellar con el sí de nuestro entusiasmo y de nuestra
libertad el sí eterno que se
pronuncia en lo lás íntimo de nosotros, al Dios que siempre está ahí y que no
cesa jamás de esperarnos y de amarnos".