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En Lausana, en 1955.
"En
un análisis cruel de la condición humana, Sartre nos representa a cada uno desplegando el mundo a partir de nosotros
mismos. Abrimos los ojos y miramos: ahí estamos, nosotros y el mundo. Nosotros
estamos en el centro de un mundo que desplegamos a partir de nosotros. Y en el
mundo, los demás son objetos. Son otros, son objetos, como el árbol, como la
casa, justamente porque el mundo se despliega a partir de nosotros.
Y así sucede la mayor parte del
tiempo: miramos a los demás como objetos, olvidamos que tienen intimidad como
nosotros, que como nosotros tienen un secreto, que como nosotros viven todo un
drama en que su libertad busca con dificultad una salida.
"Esas cabras, me decía un eminente sacerdote francés, esas cabras – es decir esos norteafricanos
– no sirven sino para que los
domestiquemos". Estas palabras horribles muestran bien a qué
inconsciencia tremenda puede uno llegar. Esas cabras, como las bestias de carga
que utilizamos, olvidando que son hombres, olvidando que tienen dignidad, y que
un día va a estallar la revuelta porque se ha desconocido su dignidad.
Pero hay
momentos privilegiados en que los demás dejan de ser objetos: para sus padres, es
el hijo, para el novio, la novia. De repente, ese ser deja de ser exterior y
entra en el interior que nos
constituye, toma un rostro indispensable, habita nuestro corazón, se convierte
en la respiración de nuestra vida, es alguien, es un foco, un centro, es una
fuente, es un sujeto.
Y es claro que cuando el hombre
entra en su interior en contacto con otro, en la amistad o en el amor, el
conocimiento que tiene de él deja de ser exterior como el que tenemos de las
cosas, y es un conocimiento que tiene su foco en el interior.
Dos novios se encuentran en la
luz de su intimidad, como el hijo con su madre. Hay algo absolutamente
indecible que hace que un alma se intercambia con otra; que el misterio de uno
se convierte en el misterio del otro y que ya en la mirada pasa una complicidad
maravillosa: uno se adivina, se comprende sin hablar, justamente porque se ha
hecho interior al otro.
Ese
conocimiento privilegiado, ese conocimiento que va de un alma a otra, ese conocimiento de
la amistad y del amor, ese conocimiento del sujeto por el sujeto, ese
conocimiento más allá de todo lenguaje, ese conocimiento inefable, ese
conocimiento que es todo luz, alegría y hermosura, ese conocimiento,
evidentemente, es el único que podemos
tener de Dios.
Dios no es un objeto exterior a
nosotros. Es un sujeto. Dios es intimidad, la intimidad misma del eterno Amor.
Es pues absolutamente imposible conocer a Dios de afuera. Lo conocemos sólo por
medio de la confidencia. Lo conocemos sólo identificándonos con él. Lo conocemos sólo intercambiándonos con él.
Y ése es justamente el secreto de la fe.
Imaginamos fácilmente – y alguien
me lo recordaba esta semana – imaginamos fácilmente que la Iglesia nos presenta
un conjunto de cosas que hay que creer, inscritas en los 12 artículos del credo
y, cuando hemos tomado nota de esas proposiciones, todo está en orden cuando
declaramos que las admitimos. Nada más equivocado. En la Iglesia no hay nada qué creer; hay una Presencia, una Persona,
una vida, una intimidad que es Dios mismo, en la cual es necesario entrar.
Y el la medida en que comulgamos con esa intimidad divina, el dogma que es sólo
confidencia sacramental en que la intimidad de Dios habla a la nuestra, en la medida en que el dogma despliega en
nosotros toda su luz que es la luz misma de la intimidad divina.
La Revelación no es un teléfono
del cielo mediante el cual Dios nos da informaciones sobre el origen o el fin
del mundo. La Revelación es siempre una confidencia de parte de Dios a través
de la Historia, a través de la humanidad, a través de nuestra mente y de nuestro
cuerpo. Es pues absolutamente imposible
escuchar la Revelación, imposible vivir la fe sin estar enraizados en la
intimidad de Dios.
Pero, me decía alguien, hay cosas
precisas que es necesario creer, como la resurrección de los muertos. ¡No! ¡No
es eso! La resurrección de la carne es
una confidencia que Dios hace sobre sí mismo a través de nuestro cuerpo, es la
luz de su intimidad a través de nuestra carne, es nuestro cuerpo visto con sus
ojos, conocido a través de Su Amor, como un niño pequeño puede conocerse a
sí mismo…"