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En Lausana, homilía a las niñas, 2 de noviembre 1959, día de los difuntos.
¿Vuelven los muertos? ¿Vuelven a visitarnos? ¿Vienen los muertos a vernos?
- No.
- No. ¡No vienen a vernos! ¿Podemos nosotros tocarlos?
- No.
- ¿Podemos hablar con ellos? Yo digo que sí. Podemos hablar con ellos,
hablarles con le corazón, porque no están totalmente muertos! Porque están
vivos a pesar de todo! ¿Y dónde?
- Con sus almas.
- ... ¿y dónde están sus almas?...
- En el cielo.
- En el cielo… ¿y dónde está el cielo?
- En nosotros.
- ¿En ustedes? ¿En nosotros? Sí! ¡Muy bien! El cielo está en nosotros. El
cielo está en nosotros. Entonces, ¿dónde están los muertos?
- ...
- ¡Continúen, puesto que ya encontraron! ¿Dónde están ellos?
- ¡En nosotros!
- ¡Ah, en nosotros! … Están en nosotros, lo mismo que Dios. Puesto que
están en Dios y que Dios está en nosotros… también ellos están en nosotros,
¿No? ¿No creen? ¡Claro! ¡Así es!
Una niñita perdió a su papá y su mamá. ¡El papá y la mamá no la
abandonaron! ¿Puede una mamá olvidar a sus hijos? ¡No! ¡No los puede olvidar!
¿Los olvidará cuando esté con Dios? ¡Es imposible! Entonces, como Dios está muy
cerca de ustedes, los muertos que ustedes aman están muy cerca de ustedes, en
el corazón de Dios. ¿Lo entienden?...
Entonces, ¿qué hay que hacer para encontrarse con los muertos? ¿Cómo? No
entiendo. No, para encontrarse con los muertos ahora, hoy, hay que estar cerca
de Dios! Si estamos cerca de Dios, también estamos cerca de los que están
escondidos en su corazón. ¿Entienden? ¿No? Entonces los muertos no están jamás
muy lejos. Si estamos cerca de Dios, estamos cerca de ellos. ¿Comprenden?...
¿Y qué podemos hacer por ellos?
- Podemos orar por ellos.
- ¿Qué quiere decir orar por ellos?
¿Pedirle a Dios que vayan al cielo? Sí, en fin, orar… ¿Qué es orar? ¿Qué es
orar?
- ¡Es hablar a Dios!
- Es hablar a Dios. ¡Es dar el corazón a Dios! ¡Dar el corazón a Dios! ¿Es
muy fuerte la oración? ¿Es muy fuerte, muy poderosa la oración? ¡Sí! ¡Como el
amor! ¿Es muy poderoso el amor? ¿Es muy fuerte? Si no los amaran, ¿qué sería de
ustedes? Si no los amaran, ¿qué sería de ustedes?
- ¡Desgraciados!
- ¡Serían desgraciados, enfermos, morirían! ¿Qué es lo que los hace vivir?
- La vida.
- ¡La vida, claro! Pero ¿Qué es lo que les da la vida? ¡Sí! ¡Es porque los
aman! ¡Es porque los aman! ¡Imaginen que sus padres no los amaran, que las
maestras no los amaran, que estuvieran solas en una prisión, sin nadie!
Yo conocí a alguien que estaba en la cárcel durante dos años, sin jamás ver
a nadie! No tenía libros, no tenía cartas, ¡estaba solo! ¡Casi se puso loco!
¿No? ¿Ustedes comprenden? Necesitamos que nos amen para vivir. Entonces la
oración es un acto de amor y por eso es tan poderosa. Si oramos es como si
diéramos sol a los que amamos. ¿Comprenden? … ¿No?... El Sol que llevamos dentro, que es Dios, cuando oramos por alguien, es
como si le diéramos ese Sol para que
le dé luz y calor. ¿Entienden?
¿Es triste morir? ¿Qué piensan ustedes?
Oigan! Yo conocí una niñita que se llamaba Clara y esa niñita estaba
enferma del corazón. Y ella lo sabía. Ella sabía que iba a morir muy joven.
Cuando la conocí, ella tenía 9 años. Se llamaba Clara, y era muy clara de verdad, ¡toda transparente!
Amaba mucho a Dios. Había construido una chocita con ramas del bosque e iba
allá a orar. Jugaba a la pelota como las demás. Era muy alegre. Pero sabía que
no le quedaba mucho tiempo. Y cuando llegó a los 15 años dijo: ¡Me voy a morir! Y en efecto, el día de
sus 15 años murió y dijo a su papá y su mamá: ¡No es algo triste! ¡No es triste, pues voy donde Jesús! Y murió
con tanta alegría que su mamá me decía después de su muerte: ¡No podemos llorar puesto que nos dio tanta
alegría! ¿Comprenden ustedes? No tenía miedo, pues iba… iba hacia Jesús.
Yo conocí a otra joven que tenía tuberculosis. La tuberculosis, ella tenía
15 años apenas, y en tres meses murió; en tres meses hizo tanto progreso la
enfermedad que un día que fui a dar catecismo al colegio me dijo: ¡Y pan! ¡Se acabó, es el fin! Y ella
estaba sonriente en su cama. Tenía lindos colores, como los tuberculosos en
general. ¡Uno nunca hubiera pensado que iba a morir! Recibió los sacramentos y
yo me fui a dar el catecismo, y cuando volví, ya estaba acostada con su bata de
primera comunión… Había muerto entre tanto, muerto con una sonrisa. ¡Era
maravilloso! Una sonrisa de alegría, de confianza y de amor, porque iba hacia
Dios, ¿verdad? Eso no quiere decir que tienen que morir hoy para ir hacia Dios.
No, eso no es lo que quiero decir, ¿ustedes comprenden?
Pero no hay que tener jamás miedo de nada, excepto de una cosa. ¿De cuál?
¡Del pecado! ¿Qué quiere decir, el pecado? ¿Qué es eso? Simplemente no amar, no
amar. Es terrible no amar ¿verdad?
Escuchen. Una mujer tenía tres hijitos. Ella era buena, muy buena, y cayó
enferma, y el médico la mandó a la montaña. Allá permaneció casi un año. Cuando
regresó, su marido se había enamorado de otra mujer y había dejado de amarla a
ella. Y cuando ella volvió a la casa no había nadie. Ella tenía los mismos
sentimientos de antes, el mismo amor, pero cuando se encontró con su marido, él
era como un muro.
Entonces ella sufrió tanto que casi se muere, porque justamente, se
necesita amor para que haya felicidad en una casa. ¿Comprenden ustedes?
Entonces, ¿qué sucede cuando no amamos a Dios? ¿Qué sucede cuando no amamos
a Dios? ¿Qué es lo que pasa?
- ...
- ¿Cómo? … algo mucho más grave que eso… ¿qué es?
- ...
- ¿No? ¿Qué es? ¿qué es algo mucho más grave? ¡No! ¡Es que Dios muere! ¡Es
que Dios muere! ¡Es que Dios es crucificado, no? ¡Eso es el pecado! El pecado
es una herida al corazón de Dios. ¿Comprenden? ¡No! Cuando pecamos, no es
simplemente desobedecer a un reglamento. Cuando pecamos hacemos una herida a
alguien que nos ama, ¿no? Pero, ¿por qué hablar de pecado? ¿Es que ustedes quieren
pecar? ¡Espero que no!
No, pensemos en la pequeña Clara que murió con alegría, y en la otra, que
se llamaba Alicia, que murió con una sonrisa. Y tratemos, no de morir, sino al
contrario, de amar tanto a Dios que jamás tengamos miedo de la muerte.
No hay que tenerle miedo a la muerte, ¡jamás!
- ...
- ¡Bueno! Estamos de acuerdo, pensando en todos los que han muerto con una
sonrisa, con confianza… vamos a tratar de amar a Dios hoy mucho mejor,
justamente porque Dios no es alguien del que se pueda tener miedo. Dios es
alguien que nos amará siempre. ¿Entienden? Aunque pecáramos todos los días y
todo el día… Dios no podrá dejar de amarnos nunca. ¿Entienden? Y el verdadero
infierno es crucificar a Dios.
¿Comprenden? ¿No?
Entonces, tratemos de amar, de amar para que Dios no esté crucificado en
nosotros, sino que esté vivo y resucitado. ¿De acuerdo?
Entonces, pidamos a Jesús que haga de toda nuestra vida una gran sonrisa de
bondad, de alegría y de amor.
Oigan: con frecuencia doy como penitencia esta pequeña oración. Las
penitencias que yo doy son siempre muy cortas.
Entonces, esta es una oracioncita que doy con frecuencia como penitencia: Dios mío, hacedme transparente a vuestra Presencia, y enseñadme a ser la sonrisa de vuestra
bondad.
¿Difícil? Eso es todo. Entonces, ¿quieren ponerse de pie? Vamos a decir esa
pequeña oración, pensando en todos los amigos que están ya escondidos en el
corazón de Dios.
Dios mío, Dios mío, hacedme transparente a vuestra
Presencia, hacedme transparente a vuestra Presencia… y enseñadme a ser la
sonrisa de, de vuestra bondad.
¡Ya ven, ustedes son muy juiciosas!