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25-27/07/10 – En la inmortalidad entramos cada día liberándonos de nosotros mismos.

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"En la parábola de Lázaro y el rico malo, Jesús nos dice algo que al principio sorprende y parece totalmente inexplicable. Imaginando un diálogo entre Abraham y el rico malo, donde el rico suplica a Abraham que envíe profetas que adviertan a sus hermanos que están todavía en la tierra, para evitarles correr la misma suerte que él, Abraham concluye el relato de la parábola diciendo: "Aunque les enviara profetas y a Moisés no los convencerían".

Esta parábola es muy fuerte y nos interesa en primer lugar porque en el fondo siempre tenemos la tentación de pensar: ¿cómo saber si el alma es inmortal, si los muertos no vuelven jamás a dar testimonio de su suerte? Que sepamos, nadie ha vuelto a decirnos: "Así o asá es la vida después de la muerte".

Y este texto, precisamente, o mejor esta parábola de Jesús afirma que eso sería perfectamente inútil. Si los muertos volvieran, no nos convencerían porque, justamente, la inmortalidad de que se trata no es una inmortalidad que se pueda coger con las manos. Y no es muy difícil de entender, y nos explicamos mejor, que nuestro Señor haya insistido sobre ese punto, ya que a él lo ignoraron continuamente. Estaba presente, y lo veían, claro está. Pilatos lo veía, Caifás lo veía, los apóstoles lo veían, pero nadie lo vio, nadie vio su realidad interior, nadie vio su dignidad infinita puesto que lo condenaron, lo crucificaron, lo negaron, lo abandonaron. Y aun los apóstoles, la noche de la cena, se disputaban los primeros puestos. Para ver realmente a Jesús, era necesario el nuevo nacimiento, tenían que cambiar de mirada y de corazón el día de Pentecostés.

Era pues perfectamente inútil que nuestro Señor estuviera delante de ellos si no tenían los ojos del espíritu y del corazón para verlo. Así mismo, si un ser inmortal volviera entre nosotros, no podríamos ver su inmortalidad y lo confundiríamos con otro: nos sería imposible entender lo que significa la inmortalidad, que es ante todo una misión. Porque la inmortalidad no nos la pueden dar, como tampoco la libertad.

El niño que nace está llamado a ser hombre libre, está llamado a ser creador, está llamado a hacer cosas muy grandes. Está llamado a ser santo, a llevar un día la presencia de Dios y a comunicar al mundo entero toda su luz. ¡Pero es sólo una posibilidad! También podrá llegar a ser asesino. Su libertad es un posible, una magnífica posibilidad, la única posibilidad de nuestra humanidad, pero es sólo posibilidad.

Y así como la libertad es posibilidad, también lo es la inmortalidad. La inmortalidad no nos la pueden dar, como tampoco la libertad o la dignidad. Son exigencias, vocaciones, misiones, llamados, oportunidades magníficas que tenemos, pero que ni Dios mismo puede realizar sin nuestra colaboración.

Y lo entienden muy fácilmente si se ponen en la situación de la gente de Munich en 1900, en 1944. En Munich, en 1944, un profesor de la Universidad y tres estudiantes fueron decapitados con hacha. Y la misma noche después de la ejecución, los muros de Munich se cubrieron con la inscripción: Der Geist lebt, el espíritu vive, ¡el espíritu vive! Estas palabras magníficas, evidentemente, los verdugos no podían comprenderlas. Los que las escribían con tizas en los muros de la ciudad arriesgaban simplemente su vida. Porque para el verdugo, esa inscripción era simplemente rebeldía, indisciplina e insolencia que había que castigar.

Los que comprendieron esas palabras, y los que las escribieron, estaban ya en camino hacia el espíritu, en camino hacia la dignidad, en camino hacia la inmortalidad.

¡Y se puede hacer una contraprueba! Si una madre tiene la desdicha de tener un hijo traidor, supongamos, un hijo que en el momento de una guerra salva su pellejo vendiendo a sus camaradas, haciéndolos matar para salvarse él, esa madre preferiría mil veces que su hijo hubiera muerto en la cuna, más bien que verlo vivo, pero viviendo como un animal, sostenido únicamente por la piel. Siente que él no debería estar vivo, puesto que lo está sólo por haber traicionado, por haber enviado a otros a la muerte para salvar el pellejo.

El amor materno más apasionado es inmediatamente consciente de que la muerte más terrible es la muerte de la dignidad. Cuando alguien muere a su dignidad, cuando reniega su libertad, entonces está verdaderamente muerto del punto de vista humano, y los que lo aman saben que está muerto, aunque todavía conserve su pellejo.

Porque justamente la inmortalidad consiste en crear en nosotros un valor, una dignidad, una libertad que son un tesoro que permanece para siempre.

La naturaleza no puede llevarnos todo el tiempo. La naturaleza, quiero decir las energías físicas que recibimos en el momento de la concepción y del nacimiento, las energías que arrastra la sangre, que nos llegan por la atmósfera, por la respiración, no pueden llevarnos hasta el final. También tenemos que llevarlas. Y la naturaleza es como un portaaviones.

Ustedes saben que un portaaviones posee un dispositivo para lanzar el avión, el cual no puede despegar en un terreno demasiado estrecho, en una base demasiado estrecha, pero una vez dado el impulso, el avión tiene que defenderse, hacer funcionar los motores y alzar vuelo. También a nosotros, la naturaleza nos da una vez la cantidad de energía que nos lanza a la existencia, pero una vez realizado el lanzamiento, nosotros tenemos que hacer funcionar los motores, es decir asumirnos y realizar la creación única e incomparable que es la de una libertad que se conquista ella misma y hace de la vida una obra maestra de luz y amor.

Sin duda entonces, la inmortalidad nos es propuesta, ofrecida; no es una exigencia, sino el regalo más magnífico que puedan darnos, exactamente como la libertad, como la dignidad con la cual se confunde además.

Y si el hombre no se realiza aquí abajo, si no realiza su dignidad ni realiza su libertad hasta el final, tendrá que proseguir la experiencia más allá, en lo que llamamos el purgatorio si quieren. Tendrá que tomarse en manos, consentir con el don de sí mismo, pero Dios no puede realizarlo en vez de nosotros.

Es pues perfectamente inútil preguntarse por qué los muertos no regresan, en forma material y física. Eso no nos enseñaría nada, eso nos induciría en error, eso nos dispensaría de la misión magnífica que es la misión humana de conquistarse, de elevarse, de darse, de crearse creando un mundo de luz y de amor.

Es también absurdo finalmente preguntarse por qué creemos en la dignidad humana, preguntarse por qué no hay que asesinar a un niñito que duerme. Jamás se podrá probar que no hay que asesinar a un niñito que duerme si uno no lo siente, si uno no está abierto al sentido del valor de la dignidad humana ni tampoco podrá entender qué es la vida, ni qué significa la dignidad, ni el magnífico drama de la libertad, ni lo eterno, lo eterno de la inmortalidad.

Pero justamente, lo eterno de la inmortalidad tenemos que conquistarlo. A nosotros nos toca hacernos eternos, desarrollando todas las energías en el sentido del don y de la creación. Por ese medio, además, es como estaremos presentes en la historia, porque es evidente que un ser que se ha eternizado, como san Francisco de Asís, ya no muere. Morirá de muerte biológica, la cual no significa nada en un ser como él. Pero en su dignidad, vive eternamente, vive eternamente en su amor y es para nosotros una presencia que no cesa de hacer fermentar nuestra admiración y nuestra libertad.

En fin, así podemos ayudar a los seres queridos que están al otro lado del velo. Pues justamente, nada está terminado para siempre y si la vida debe ser una promoción continua a la inmortalidad, una victoria perpetua sobre la muerte, si debemos llevar la vida después de haber sido llevados por ella, no está dicho que una vez terminada la carrera todo esté realizado.

Y nuestros seres queridos que están al otro lado, y que están en comunicación con nosotros, que están en nosotros, pues finalmente ¿dónde está el cielo sino dentro de nosotros? ¿Dónde está el cielo y quién es el cielo sino Dios en quien vivimos y que vive en nosotros? Y todos nuestros seres queridos están ahí, en la Presencia divina que nos restituye toda presencia. Y podemos contactarlos con la misma realidad, con la misma plenitud con que entramos en contacto con Dios.

Mientras más estemos en contacto con Dios, más estamos en contacto con ellos. Y mientras más se enraíce nuestra intimidad en Dios, más comulga con su intimidad. Y mientras más nos elevemos, más los elevamos.

Y eso es lo magnífico: nuestro amor no sólo puede durar, no sólo puede comunicar, sino que nuestro amor puede crecer, puede aumentar. Podemos ayudar a las almas a subir, podemos darles un aumento de alegría inmensa con nuestra fidelidad y con nuestra propia subida hacia la luz y hacia el amor.

Es imposible escuchar la resonancia del Evangelio sin estar cada día más convencido de que hay en el Evangelio un conocimiento del hombre y una introducción al conocimiento del hombre que es única, que es incomparable, y maravillosa. En el fondo, sólo a la luz de la presencia de Jesucristo aprendemos las verdaderas dimensiones de nuestra vida, toda su grandeza y toda su belleza.

Y lo que acabamos de meditar nos demuestra que así es, pues la inmortalidad brilla a los ojos del espíritu como una tarea por realizar, una misión por cumplir siempre como un tesoro, un bien común por ser, como un don de sí mismo por realizar cada vez mejor, a fin de que el mundo entero encuentre en nosotros una respuesta a su angustia y que, elevándonos lo elevemos con él, con nosotros, pues toda alma que se eleva, eleva el mundo (Isabel Leseur)".

 

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