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19 de febrero, 1955, en N.Sra. del Valentín, Lausana.
"Encargado por un tiempo de la capellanía de un gran
hospital, yo estaba sometido al reglamento de todos los capellanes y debía ir
al hospital a las 4 a.m.
para asistir a los enfermos, antes de que entraran en servicio las enfermeras,
de suerte que yo era casi el único, el único ser viviente presente en esos
muros en la segunda parte de la noche en que comienza a instalarse en los
enfermos cierta remisión, como presintiendo la llegada del día.
En el inmenso
hospital había un profundo recogimiento que me daba cada vez la misma
impresión que yo me formulaba interiormente: "La humanidad que sufre es más
hermosa que la humanidad que se divierte". Los bares nocturnos no
muy lejanos ofrecían un contraste impresionante y uno sentía que la humanidad
sacada del circuito de la banalidad cotidiana, la humanidad sufriente y
recogida, estaba infinitamente más cerca de la existencia auténtica que la
humanidad que goza.
Y no es que las distracciones sanas no entren plenamente
en el programa de la vida cristiana, sino que el gran convento de enfermos que
es un gran hospital no puede dejar de dar la impresión de la grandeza humana,
en una humanidad que no hace nada, no produce nada y se limita simplemente a
hacer algo magnífico e incomparable como es el existir.
El día de los enfermos nos recuerda precisamente esta
prodigiosa verdad: hay en la vida una
especie de zona inútil, inútil y tanto más preciosa, donde no se hace nada, no
se produce nada, pero existe y rinde testimonio a la dignidad y la grandeza
humanas.
Esa zona inútil donde se sitúan precisamente toda la
grandeza y toda la dignidad humanas, la conocen ustedes en una serie de
experiencias que constituyen las horas más preciosas de su vida: un niñito, ¿qué era el pequeñín, el recién nacido que
fue confiado un día a su ternura, sino justamente un ser inútil, un ser que no
producía nada y al que no pensaban pedir nada, claro está, sino que existiera?
¡Y qué bello que exista! Ahí está, con todas sus innumerables posibilidades.
Pronto vendrá la sonrisa que es la respuesta de su corazón al de ustedes y la
alegría será tan grande que se sentirán en el paraíso, y cuando vean dormidito
a ese bebecito, lo verán totalmente sumergido en la confianza como si se sintiera
custodiado por un amor infinito y tendrán de nuevo la impresión de un valor
inagotable, de un espectáculo que, para su corazón de padre o de madre, supera
en hermosura todos los espectáculos del mundo en esa existencia gratuita y
silenciosa donde parece circular una vida divina.
Es lo mismo
cuando despierta el primer amor, el amor en flor que es simplemente el
reconocimiento de dos seres que se sienten de repente interiores el uno al otro.
Es suficiente. El mundo extraño en que vive la mayoría de los hombres, el mundo en que
se anda con la máscara del abismo de convenciones, en que se asfixia la vida,
de repente ese mundo se abrió en una intimidad en que se enraíza su intimidad
como si de repente el peso del yo que les habían impuesto desde el nacimiento
se hubiera dilatado en otro yo, otro yo libremente asumido, que les parecía
como un universo infinito.
Y al amoblar la casa trataron de arreglarla con la mayor
elegancia, la mayor armonía y belleza para que no fuera simplemente el abrigo
de su corazón sino que permitiera que el alma respirara, y el corazón se
encontrara, para que al entrar en ella sintieran la acogida viva, como sucede
siempre cuando estamos ante la belleza. Espontáneamente, porque tienen gusto,
porque tienen disposiciones para las cosas del espíritu, porque no les basta,
no les basta beber y comer, hicieron de su casa una obra maestra de armonía y
alegría, con los medios que tenían.
Así hacían eco
al mundo prodigioso del arte que es, por excelencia, el mundo inútil, el mundo
que no tiene valor material, el mundo que literalmente no sirve para nada pero
que es un mundo indispensable a la civilización humana, un mundo tan precioso
que para albergar las obras de arte se construyen museos que valen catedrales
porque se sabía que en las obras de arte había una presencia, y que por ellas
podía la humanidad hacer un encuentro que la arrancaba justamente a sus límites
y la establecía en su verdadera dimensión, dándole el sentido de su destino
infinito.
Y ustedes
saben que cerca del mundo de los artistas está el mundo de los sabios y que los
sabios jamás nos conmueven más profundamente como cuando dan testimonio de su
pasión por la verdad. Un astrónomo que observa nebulosas, nebulosas que huyen y nos explica su misterioso
destino, que calcula su velocidad de alejamiento, que puede predecir cuándo
estarán absolutamente fuera de alcance para nuestros más potentes telescopios,
ese astrónomo no produce nada, no añade nada al poder utilitario de la técnica.
Simplemente busca, busca la verdad que lo consume con maravillosa pasión, lleva
en sí mismo la luz que lo transfigura y que nos ilumina y le estamos
agradecidos justamente de que sea un hombre inútil y nos revele ese otro
universo que es el único universo respirable, el de la infancia, del amor, de
la gracia y la hermosura, y del arte y el verdadero saber.
El día de los enfermos debe ayudarnos a recuperar el
sentido de lo inútil, la dimensión de la gracia y de la gratuidad porque nada
nos es más necesario.
Si Europa está en situación lamentable, si somos
verdaderos bárbaros, si no salimos de una guerra sino para entrar en otra, es
justamente porque ya no tenemos el
sentido de una existencia que se desenvuelve en dos registros, uno visible
y útil en que la técnica se desarrolla y tiene éxito – y eso es magnífico –
magnífico justamente en la medida en que la técnica deviene poder de liberación
para penetrar más en el mundo de lo inútil que es el mundo del hambre, el mundo
de los valores absolutos, el mundo del espíritu y del pensamiento, el mundo del
sentimiento y del corazón, el mundo de la infancia y del amor, del arte y de la
ciencia.
La técnica no tendría sentido si no fuera concebida en
ese espíritu de liberación, si no debiera procurarnos la divina ociosidad que
permite a cada uno, que debiera permitir a cada uno desarrollar en sí mismo la
dimensión de gracia y de gratuidad y alcanzar su verdadera estatura de hombre,
donde justamente deviene creador, centro, origen y comienzo, donde atesora,
donde acumula en su corazón y en su mente una luz y una bondad que podrán
circular por todas las conciencias humanas y devenir para cada una el fermento
de una liberación más rápida y profunda.
Nadie se extrañaba cuando la India tenía el privilegio de
vivir bajo a égida de Gandi, nadie se extrañaba de sus ayunos y de su
recogimiento. Todos sentían que precisamente en esos momentos inútiles, en esos
momentos no productivos en que Gandi comunicaba con la divinidad, en que asumía
en su ayuno las faltas y errores de su pueblo, y quizás aún más, las faltas y
crímenes de sus enemigos que él quería hacerse amigos, todos sentían que ahí
era justamente donde se preparaba la liberación de India, porque la liberación
no podía significar nada si no significaba, como en la mente de ese gran santo,
precisamente el acceso de India a la dignidad humana, el acceso de todos los
hindúes a los valores del espíritu, el hacer posibles a todos el ocio eterno en
que el hombre comunica con el infinito.
La salvación nos vendrá de la mirada que se mueve en esos
dos planos, del descubrimiento de los dos registros de la existencia humana en
que, finalmente, el poder del corazón, como dice Francisca Pastorelli, el poder
del corazón es el único poder porque ahí es donde cada uno de nosotros puede
encontrarse, descubrir su verdadero rostro, explicarse la emoción ante la
infancia, el encanto del amor, la pasión del arte y de la verdadera ciencia. No
saldremos de la barbarie sino encontrando el sentido de la dimensión segunda y
eterna. Sin duda nadie tiene más horror que yo mismo de la ostensión de un
proselitismo indiscreto. No se trata de ostentar a Dios. No se trata de
asesinar a los demás con nuestras convicciones ni de querer salvar a los demás
contra su voluntad. Todo eso es absurdo.
La salvación
es justamente la flor de la libertad. La salvación es salvarse de sus límites,
acceder a su verdadera intimidad, entrar en el reino interior donde uno deviene
por fin uno mismo en el diálogo silencioso con el eterno Amor.
No se trata en modo alguno de querer una sociedad clerical
en que la Iglesia tenga un puesto oficial y donde uno deba asistir
compulsivamente a la misa o comulgar por Pascua. Todo eso es totalmente
contrario al deseo de una conciencia cristiana fiel al Evangelio. ¡No! Lo
realmente necesario es simplemente la conciencia de todas las riquezas del
hombre, de todo su poder, de toda su grandeza y de toda su belleza.
Y justamente, la grandeza del hombre está en poder,
mediante los gestos cotidianos, mediante el oficio, la profesión, mediante la
técnica, mediante el laboratorio, mediante el cálculo, sin decir nada, rendir
testimonio existiendo en un nivel más alto, existiendo como fuente y origen,
poder rendir testimonio de algo, o mejor, de Alguien que nos está esperando a
cada uno en el fondo de nosotros mismos y en quien vamos a realizar nuestra
verdadera identidad.
En efecto, el
hombre que está así enraizado en su intimidad divina, no necesita hablar.
Beneficia de una distancia inmensa que le da también una serenidad maravillosa.
Sabe que nada puede tocar el tesoro con que se identifica y que en el fondo de
sí mismo existe ya un mundo eterno en que todos los valores que merecen vivir
están presentes y son imperecederos. Por eso ya está por encima de la muerte, como atestigua
ese gran prelado en las masacres de septiembre, que esperaba, con su pierna
quebrada, su turno para subir al cadalso, y que decía a sus verdugos, con
maravillosa cortesía: "Señores,
ustedes ven que no puedo ir a donde voy a morir. Por favor, tengan la bondad de
llevarme". ¡Pues bien! El hombre que puede mirar el cadalso con esa
serenidad y tratar con esa cortesía a sus verdugos, es porque está enraizado en
un mundo invencible e inviolable, es porque ya se ha hecho eterno en el eterno
Amor, ya alcanzó su rostro auténtico, ya se hizo su propia eternidad.
Y eso es lo que se nos propone hoy. Estamos en el centro
de la cultura auténtica y de la verdadera civilización y, aunque debamos
ciertamente guardar la mayor discreción sobre las cosas del alma, aunque un
pudor magnífico nos impida prodigar el nombre de Dios a todo trance, debemos
tanto más asegurarnos la distancia sin la cual no llegaremos nunca a la
grandeza ni a la serenidad. Será además el mejor medio de reconocer la dignidad
y de promover la grandeza de los demás, pues jamás sabremos qué es el hombre si
lo tomamos simplemente por fuera, si sólo lo percibimos como objeto, sin ser
conscientes de que más allá de su rostro visible está el misterio adorable
confiado a toda conciencia humana y que es el Dios vivo.
Entonces esta
mañana, pensando en todos los queridos enfermos por quienes queremos orar, y
que nuestra compasión quiere ayudar, y que nuestro amor quiere tratar de elevar
hasta el Corazón de Dios, pidamos también a Dios que nos dé el reconocimiento
de nuestra verdadera humanidad, la toma de conciencia de un universo a dos
registros en que lo visible deja transparentar lo invisible, en que el tiempo
se hace eternidad, en que todo lo que se despliega en el espacio es imagen y
símbolo y sacramento de Dios. Entonces la vida nos aparecerá en toda su
hermosura y la amaremos con un amor totalmente nuevo y la viviremos con un
entusiasmo más apasionado porque justamente no se trata de prepararnos a la
muerte, sino de vencer la muerte, de remontar la corriente del mal y hacer aparecer en el rostro del hombre,
como un misterio adorable, el rostro del eterno Amor".