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Homilía para padres de familia…
"No existe teléfono en el cielo, no existe teléfono en el cielo y
entonces todo lo que se dice sobre Dios,
son hombres los que lo dicen ya que sólo pueden decirlo con autoridad, sólo
pueden decirlo de manera auténtica si se
han transformado, si la gracia de Dios los ha transformado y ha hecho de ellos
sacramentos vivos.
Jamás se debe olvidar el carácter sacramental de la revelación. No hay
oficina de información en el cielo que nos mande cada día un boletín de
noticias. Es imposible. Pero hay hombres que se hacen transparentes a Dios y
superan sus límites, poco o mucho, y en la medida en que los superan se hacen
capaces de hacernos presente a Dios.
Ese es el sentido profundo
del sacerdocio. La palabra sacerdocio significa exactamente: presentar, dar lo
sagrado y lo sagrado será siempre dado y presentado por hombres.
Con demasiada frecuencia olvidamos que no existen archivos celestiales
donde ir a buscar y con los cuales podamos confrontar el pensamiento del hombre.
Pero lo que sí existe es algo infinitamente más rico e importante que todos los
archivos, y son justamente los hombres de Dios. Esos hombres transformados en
Dios, esos hombres transparentes a Dios, que nos comunican su luz y su vida. Y
desde luego sólo nos la pueden comunicar si a nuestro turno nos transformamos
nosotros ya que recibir el mensaje del hombre de Dios, del sacerdote o del
profeta lo que es finalmente lo mismo, recibir su mensaje es vivirlo, pues no trae
luz si no lo vivimos. Y vivirlo es
comunicarlo, transformándonos en Él.
Y en la cadena de testigos, en la cadena sacerdotal y profética, en el centro de toda revelación está la humanidad
de Jesucristo. La sagrada humanidad de nuestro Señor, esa humanidad
enteramente despojada de sí misma, esa humanidad universal, esa humanidad sin
fronteras, lo que hace que Jesús se designe a sí mismo con el nombre de Hijo
del Hombre, Hijo de Hombre, es decir, hombre. Él es el Hombre, no sólo hombre
sino El Hombre, el Hombre en toda su plenitud, el Hombre eterno, el Hombre que
sobrevuela el tiempo y el espacio, el Hombre interior a cada uno de nosotros,
el Hombre que está en casa dentro de los otros.
Y la revelación que trae Jesucristo, la revelación en que Dios en persona
está presente, la revelación que no es una Palabra sino el mismo Cristo, la
revelación que se resume en su humanidad que es el primero y más perfecto
sacramento, esa revelación es inseparable de Él. No podemos ponerla en
palabras, no podemos encerrarla en un lenguaje, y por eso Cristo permanece,
permanece eternamente con nosotros, vivifica eternamente su palabra con su
Presencia. Tanto, que ser cristiano no
consiste en escuchar Palabras sino primero en unirse con una Persona. Es ante
todo vivir la vida que es Cristo mismo, es acogerlo, hacer de nuestra vida la
expresión de la Suya.
Y es ahí donde interviene el sacerdocio en sentido estricto, en el sentido
corriente de los sacerdotes. El sacerdocio interviene porque es imposible tener
acceso a Jesucristo, a Jesucristo presente en medio de nosotros, a Jesucristo
presente en el inmenso sacramento que llamamos la Iglesia, es imposible llegar
a Cristo así presente en la Iglesia, a Cristo que es la Iglesia como Él mismo
lo revela a Saulo a las puertas de Damasco: "Yo soy Jesús, a quien tú
persigues", es imposible acercarse a Cristo sin salir de nuestras
fronteras justamente porque en Jesús tenemos la revelación suprema, porque en
Jesús nada limita la presencia divina, porque en Jesús la transparencia es
total, porque en Jesús fue pronunciada la última palabra, la palabra que ya no
es palabra sino presencia capaz de iluminar todos los cielos, de totalizar toda
la historia y de devenir en nosotros la vida de nuestra vida.
Por eso, dada la riqueza misma y la plenitud de esa revelación que es una
Persona, para recibirla es necesario salir de sí mismo, devenir universal, es
precisamente el sentido de la palabra católico, devenir universal, superar sus
límites, entrar en la inmensidad del amor divino. Y ahí es donde juega su papel
el sacerdote en sentido estricto, nos introduce en la comunidad pues sólo tenemos acceso al tesoro infinito que
es Cristo haciéndonos comunidad, haciéndonos universal, llevando en nosotros el
destino de toda la humanidad y de todo el universo. Y la mediación del
sacerdote en sentido estricto del sacerdote que soy yo, es mediación
comunitaria, quiere precisamente mantenernos en ese horizonte infinito a fin de
que no vayamos a Cristo en la soledad de nuestro propio egoísmo, rebajándolo a
nuestra medida y dimensión, sino para que nuestra voluntad sea siempre la de ir
a Cristo en lo universal con todos y para todos.
Pero supuesto esto, supuesto el sacerdocio al que nos consagra la
ordenación que es uno de los siete sacramentos, dicho esto, queda que toda vida cristiana es vida sacerdotal,
toda vida cristiana es vida consagrada y, en el sentido de que el hombre es
revelación de Dios, es el sacerdocio tanto el de ustedes como el mío, tanto los
nuéstros como el del Papa, tanto el nuéstro como el de los apóstoles,
idénticamente el mismo, justamente porque es imposible recibir al Cristo real,
al Cristo universal, al Cristo sin fronteras, al Cristo que es interior a cada
hombre, recibir su humanidad, sin devenir universal uno mismo, y por lo mismo,
sin comunicar el don recibido.
En el orden del Espíritu, en el orden de la gracia, en el orden del amor,
la única posibilidad de recibir es dar. Habiendo recibido el mensaje, o mejor
además, la vida, viviendo de Jesucristo, si es auténtico, sólo podemos llevar
esa vida alrededor de nosotros difundiendo la luz y la alegría y por eso la
liturgia de hoy evoca justamente el sacerdocio real, el sacerdocio de toda la
comunidad eclesial, de toda la comunidad cristiana y finalmente de toda la
humanidad.
Entonces ustedes son sacerdotes, papas, obispos, tanto como los sacerdotes;
son sacerdotes y no tienen nada más que hacer después del bautismo; no tenemos
nada más que hacer desde el bautismo, seamos quienes seamos, no tenemos más que
hacer desde el bautismo, seamos quienes seamos, que transmitir esa presencia,
comunicarla, prepararle el camino, hacer estallar los límites que hacen
obstáculo a su efusión. Ustedes son sacerdotes por esencia y toda su vida esta
puesta bajo ese signo pues no tienen más que hacer que dar a Cristo para que el
mundo viva de Él.
Sin duda, no se trata de hablar de
Cristo, además no podemos hablar de Él si no lo vivimos, sino de vivir de Él de manera tan profunda
que todos los que nos rodean respiren su presencia. Y de manera muy
especial, ustedes son sacerdotes en su hogar. El sacramento del matrimonio,
como lo recuerda san Pablo a los Efesios, está ordenado esencialmente al
misterio de la Iglesia; por el matrimonio es como se realiza y se simboliza el
misterio de la Iglesia. El matrimonio está pues explícitamente ordenado a la
comunicación de Cristo que propaga a través del tiempo el cuerpo místico de
Jesús. Ustedes son sacerdotes, lo son en
grado único, lo son de manera irremplazable, ustedes que tienen el honor de ser
padres y madres. Porque es claro que ustedes son la primera revelación de Dios
a sus hijos, la primera y más indeleble, la primera y más indispensable, la
primera y más durable.
Y estamos aquí justamente en la verdad profunda, es decir que toda
comunicación de Dios a la humanidad se hace por medio del hombre. El sacramento
de esa comunicación es el hombre y ustedes lo son de manera eminente y única en
su hogar. ¿Cómo podrían sus hijos descubrir a Dios como libertad, como espacio,
como alegría, como felicidad inagotable, sino a través de ustedes? ¿Qué, si no
ustedes, va a despertar en llos el sentido de una dimensión y grandeza
infinita, infinita?
Observaron en Londres que los niños cuidados por la mamá – es decir los
niños en hospitales donde las mamás participaban en los cuidados procurados por
las enfermeras – se curaban dos veces más rápido que los demás. Penetrado de
amor, reconociendo el rostro de la mamá, el niño se colocaba inmediatamente en
un plano de resurrección que activaba todas sus energías físicas y concurría
maravillosamente a su curación.
Si el rostro de una madre
tiene tanto poder sobre el organismo de un pequeñito, se imagina su poder de
influencia sobre su alma,
su alma que aún no puede expresarse.
¿Qué podemos expresar aquí abajo además? ¡Nada! ¡No expresamos sino lo que
vivimos profundamente, cuando las palabras son superadas, cuando el lenguaje
estalla, cuando las palabras dan vida, cuando las palabras se hacen personas!
¡Entonces es claro que con el pequeñito no hay otro lenguaje que la mirada,
la sonrisa, la presencia, la influencia, la santidad de la madre y del padre!
Así se abre, así madura, con esa luz. Así se diviniza. Así respira a Dios. Y
cuando lo nombren sabrá inmediatamente de quién se trata, porque ya lo está
viviendo…
Ustedes no pueden penetrarse demasiado de la altura de la sublimidad de esa
vocación. En la paternidad y en la
maternidad hay un compromiso de santidad. Yo diría inclusive que el
compromiso es más riguroso, más grave, porque está más cargado de consecuencias
que el del sacerdote. Podemos cambiar de sacerdotes, podemos cambiar de
confesor, pero no podemos cambiar de padre ni de madre. Es una situación única,
un compromiso incomparable con cualquier otro, y está muy claro que la escala
de valores de un niñito, la lee, se impregna de ella a través de lo que ve en
su madre y su padre. Está pues muy claro que, para sus hijos, ustedes son el
sacerdocio de que hablamos, el sacramento vivo e indispensable de la revelación
de Dios, y lo son de manera eminente y única.
Un monje amigo mío decía algo que yo cito con gusto porque tiene mucho
humor: "Tengo tanta devoción comiendo mi sopa como celebrando la
misa", es decir que en el refectorio del monasterio, en la casa de Dios,
se siente en contacto con el Señor tanto como en el altar, porque es el mismo
Señor el que alimenta su cuerpo y su espíritu, el mismo amor es la única ley de
toda su existencia. ¡Y cómo es verdad a la mesa de una familia! El padre y la
madre que dan de comer a sus hijos, en nombre de Dios, le ofrecen en cierto
modo una eucaristía, el pan que ganaron con tanta paciencia, con tanto valor y
tanto amor, tiene una nueva dimensión que es la de su ternura y que es
realmente una especie de eucaristía. En un verdadero hogar, hay pues una
irradiación permanente de Dios que no es necesario expresar y que gana de no
expresarse pero que es tanto más evidente por cuanto que se respira.
Ustedes recuerdan que Bach salió de este mundo escuchando cantar la coral
"Todos los hombres deben morir".
¿Y quién cantaba esa coral? ¡Todas las familias de diez o más hijos, todas esas
familias en que todos eran músicos, todas esas familias que constituían ellas
solas una coral y una orquesta y podían llevar a ese santo de la música, o a
ese santo simplemente, al encuentro con la música eterna, al canto de la coral
que él mismo había armonizado!
Si su muerte que recuerda en cierto modo la de san Francisco, por lo
cristiana y por lo enraizada en la fe y en el amor, si su muerte puede ser
acompañada por toda esa orquesta familiar, si toda la familia puede cantar para
llevar al Señor a ese padre venerado que es uno de los más grandes artistas de
todos los tiempos, es sin duda porque toda la vida cotidiana era a esa imagen.
Es porque se vivía – sin decirlo – se vivía de esa Presencia. La respiraban y
se la comunicaban.
¿Por qué sus hogares no podrían ser a imagen de ese hogar? ¡Y no sólo sus
hogares! Porque en fin de cuentas, ¡toda la vida, el medio de trabajo tanto como
el hogar, es el campo de su apostolado! Claro que es necesario siempre respetar
el secreto de las personas. No se trata de violar los secretos, de imponer
nuestro modo de creer o de pensar. Eso es lo último y el medio más seguro para
violar a Dios. Dios es Libertad. Dios
es Espacio. Dios es Amor. Dios es Vida y Lo comunicamos sólo por la vida.
Pero, si tienen esa preocupación, si miran la vida en los dos planos, si
juegan sobre los dos tableros, si su música está en los dos registros, si
piensan que detrás de cada rostro de hombre o de mujer, de muchacho o de
jovencita, los está llamando esa posibilidad divina que quiere despertar y
desarrollarse por medio de ustedes, todo será maravillosamente transformado.
Pues ningún contacto dejará de ser ocasión para ustedes de ejercer a la vez y
difundir la revelación que son ustedes y de colaborar al brote y desarrollo del
reino de Dios.
Es pues seguro que el mensaje que leemos hoy celebra en toda la comunidad
cristiana un sacerdocio real. Ese mensaje nos concierne a todos. Se dirige en
particular a ustedes que podrían pensar que el sacerdocio es para algunos, que
llamamos habitualmente sacerdotes, ustedes que podrían pensar que son laicos y
que no se les pide tanto. Pero no es así. Se
trata de la confianza infinita que les hace Dios confiando a su amor Su propia vida
poniéndola en sus manos, pues ¿cómo pueden ustedes ser padre o madre hasta el fin sin comunicar a sus hijos la
vida divina?
Más aún: se trata de no dejar a Dios sin voz, sin palabra y sin rostro.
Puesto que no hay teléfono celeste, ustedes, cada uno, son la revelación de
Dios. ¡Y todas las palabras, todos los libros, todas las demostraciones y todas
mas apologéticas – yo iría hasta decir todos los sacramentos – todo eso es nada
porque no es eficaz si el hombre no se transforma!
¡Nada de eso puede penetrar hasta el fondo de nuestro ser, si nuestro ser
no se torna hacia Dios!
¡Ustedes son pues la primera
de todas las revelaciones, cada uno de ustedes para los demás, cada uno para su
hogar, cada uno en su medio de trabajo!
¡Así son ustedes sacerdotes,
indispensablemente, así son profetas, así son cristianos! ¡Así son Iglesia!
¡Así, en fin, ustedes son el sacerdocio real!"