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31-07/02-08/10 – Toda vida cristiana es sacerdotal.

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"No existe teléfono en el cielo, no existe teléfono en el cielo y entonces todo lo que se dice sobre Dios, son hombres los que lo dicen ya que sólo pueden decirlo con autoridad, sólo pueden decirlo de manera auténtica si se han transformado, si la gracia de Dios los ha transformado y ha hecho de ellos sacramentos vivos.

Jamás se debe olvidar el carácter sacramental de la revelación. No hay oficina de información en el cielo que nos mande cada día un boletín de noticias. Es imposible. Pero hay hombres que se hacen transparentes a Dios y superan sus límites, poco o mucho, y en la medida en que los superan se hacen capaces de hacernos presente a Dios.

Ese es el sentido profundo del sacerdocio. La palabra sacerdocio significa exactamente: presentar, dar lo sagrado y lo sagrado será siempre dado y presentado por hombres.

Con demasiada frecuencia olvidamos que no existen archivos celestiales donde ir a buscar y con los cuales podamos confrontar el pensamiento del hombre. Pero lo que sí existe es algo infinitamente más rico e importante que todos los archivos, y son justamente los hombres de Dios. Esos hombres transformados en Dios, esos hombres transparentes a Dios, que nos comunican su luz y su vida. Y desde luego sólo nos la pueden comunicar si a nuestro turno nos transformamos nosotros ya que recibir el mensaje del hombre de Dios, del sacerdote o del profeta lo que es finalmente lo mismo, recibir su mensaje es vivirlo, pues no trae luz si no lo vivimos. Y vivirlo es comunicarlo, transformándonos en Él.

Y en la cadena de testigos, en la cadena sacerdotal y profética, en el centro de toda revelación está la humanidad de Jesucristo. La sagrada humanidad de nuestro Señor, esa humanidad enteramente despojada de sí misma, esa humanidad universal, esa humanidad sin fronteras, lo que hace que Jesús se designe a sí mismo con el nombre de Hijo del Hombre, Hijo de Hombre, es decir, hombre. Él es el Hombre, no sólo hombre sino El Hombre, el Hombre en toda su plenitud, el Hombre eterno, el Hombre que sobrevuela el tiempo y el espacio, el Hombre interior a cada uno de nosotros, el Hombre que está en casa dentro de los otros.

Y la revelación que trae Jesucristo, la revelación en que Dios en persona está presente, la revelación que no es una Palabra sino el mismo Cristo, la revelación que se resume en su humanidad que es el primero y más perfecto sacramento, esa revelación es inseparable de Él. No podemos ponerla en palabras, no podemos encerrarla en un lenguaje, y por eso Cristo permanece, permanece eternamente con nosotros, vivifica eternamente su palabra con su Presencia. Tanto, que ser cristiano no consiste en escuchar Palabras sino primero en unirse con una Persona. Es ante todo vivir la vida que es Cristo mismo, es acogerlo, hacer de nuestra vida la expresión de la Suya.

Y es ahí donde interviene el sacerdocio en sentido estricto, en el sentido corriente de los sacerdotes. El sacerdocio interviene porque es imposible tener acceso a Jesucristo, a Jesucristo presente en medio de nosotros, a Jesucristo presente en el inmenso sacramento que llamamos la Iglesia, es imposible llegar a Cristo así presente en la Iglesia, a Cristo que es la Iglesia como Él mismo lo revela a Saulo a las puertas de Damasco: "Yo soy Jesús, a quien tú persigues", es imposible acercarse a Cristo sin salir de nuestras fronteras justamente porque en Jesús tenemos la revelación suprema, porque en Jesús nada limita la presencia divina, porque en Jesús la transparencia es total, porque en Jesús fue pronunciada la última palabra, la palabra que ya no es palabra sino presencia capaz de iluminar todos los cielos, de totalizar toda la historia y de devenir en nosotros la vida de nuestra vida.

Por eso, dada la riqueza misma y la plenitud de esa revelación que es una Persona, para recibirla es necesario salir de sí mismo, devenir universal, es precisamente el sentido de la palabra católico, devenir universal, superar sus límites, entrar en la inmensidad del amor divino. Y ahí es donde juega su papel el sacerdote en sentido estricto, nos introduce en la comunidad pues sólo tenemos acceso al tesoro infinito que es Cristo haciéndonos comunidad, haciéndonos universal, llevando en nosotros el destino de toda la humanidad y de todo el universo. Y la mediación del sacerdote en sentido estricto del sacerdote que soy yo, es mediación comunitaria, quiere precisamente mantenernos en ese horizonte infinito a fin de que no vayamos a Cristo en la soledad de nuestro propio egoísmo, rebajándolo a nuestra medida y dimensión, sino para que nuestra voluntad sea siempre la de ir a Cristo en lo universal con todos y para todos.

Pero supuesto esto, supuesto el sacerdocio al que nos consagra la ordenación que es uno de los siete sacramentos, dicho esto, queda que toda vida cristiana es vida sacerdotal, toda vida cristiana es vida consagrada y, en el sentido de que el hombre es revelación de Dios, es el sacerdocio tanto el de ustedes como el mío, tanto los nuéstros como el del Papa, tanto el nuéstro como el de los apóstoles, idénticamente el mismo, justamente porque es imposible recibir al Cristo real, al Cristo universal, al Cristo sin fronteras, al Cristo que es interior a cada hombre, recibir su humanidad, sin devenir universal uno mismo, y por lo mismo, sin comunicar el don recibido.

En el orden del Espíritu, en el orden de la gracia, en el orden del amor, la única posibilidad de recibir es dar. Habiendo recibido el mensaje, o mejor además, la vida, viviendo de Jesucristo, si es auténtico, sólo podemos llevar esa vida alrededor de nosotros difundiendo la luz y la alegría y por eso la liturgia de hoy evoca justamente el sacerdocio real, el sacerdocio de toda la comunidad eclesial, de toda la comunidad cristiana y finalmente de toda la humanidad.

Entonces ustedes son sacerdotes, papas, obispos, tanto como los sacerdotes; son sacerdotes y no tienen nada más que hacer después del bautismo; no tenemos nada más que hacer desde el bautismo, seamos quienes seamos, no tenemos más que hacer desde el bautismo, seamos quienes seamos, que transmitir esa presencia, comunicarla, prepararle el camino, hacer estallar los límites que hacen obstáculo a su efusión. Ustedes son sacerdotes por esencia y toda su vida esta puesta bajo ese signo pues no tienen más que hacer que dar a Cristo para que el mundo viva de Él.

Sin duda, no se trata de hablar de Cristo, además no podemos hablar de Él si no lo vivimos, sino de vivir de Él de manera tan profunda que todos los que nos rodean respiren su presencia. Y de manera muy especial, ustedes son sacerdotes en su hogar. El sacramento del matrimonio, como lo recuerda san Pablo a los Efesios, está ordenado esencialmente al misterio de la Iglesia; por el matrimonio es como se realiza y se simboliza el misterio de la Iglesia. El matrimonio está pues explícitamente ordenado a la comunicación de Cristo que propaga a través del tiempo el cuerpo místico de Jesús. Ustedes son sacerdotes, lo son en grado único, lo son de manera irremplazable, ustedes que tienen el honor de ser padres y madres. Porque es claro que ustedes son la primera revelación de Dios a sus hijos, la primera y más indeleble, la primera y más indispensable, la primera y más durable. 

Y estamos aquí justamente en la verdad profunda, es decir que toda comunicación de Dios a la humanidad se hace por medio del hombre. El sacramento de esa comunicación es el hombre y ustedes lo son de manera eminente y única en su hogar. ¿Cómo podrían sus hijos descubrir a Dios como libertad, como espacio, como alegría, como felicidad inagotable, sino a través de ustedes? ¿Qué, si no ustedes, va a despertar en llos el sentido de una dimensión y grandeza infinita, infinita?

Observaron en Londres que los niños cuidados por la mamá – es decir los niños en hospitales donde las mamás participaban en los cuidados procurados por las enfermeras – se curaban dos veces más rápido que los demás. Penetrado de amor, reconociendo el rostro de la mamá, el niño se colocaba inmediatamente en un plano de resurrección que activaba todas sus energías físicas y concurría maravillosamente a su curación.

Si el rostro de una madre tiene tanto poder sobre el organismo de un pequeñito, se imagina su poder de influencia sobre su alma, su alma que aún no puede expresarse.

¿Qué podemos expresar aquí abajo además? ¡Nada! ¡No expresamos sino lo que vivimos profundamente, cuando las palabras son superadas, cuando el lenguaje estalla, cuando las palabras dan vida, cuando las palabras se hacen personas!

¡Entonces es claro que con el pequeñito no hay otro lenguaje que la mirada, la sonrisa, la presencia, la influencia, la santidad de la madre y del padre! Así se abre, así madura, con esa luz. Así se diviniza. Así respira a Dios. Y cuando lo nombren sabrá inmediatamente de quién se trata, porque ya lo está viviendo…

Ustedes no pueden penetrarse demasiado de la altura de la sublimidad de esa vocación. En la paternidad y en la maternidad hay un compromiso de santidad. Yo diría inclusive que el compromiso es más riguroso, más grave, porque está más cargado de consecuencias que el del sacerdote. Podemos cambiar de sacerdotes, podemos cambiar de confesor, pero no podemos cambiar de padre ni de madre. Es una situación única, un compromiso incomparable con cualquier otro, y está muy claro que la escala de valores de un niñito, la lee, se impregna de ella a través de lo que ve en su madre y su padre. Está pues muy claro que, para sus hijos, ustedes son el sacerdocio de que hablamos, el sacramento vivo e indispensable de la revelación de Dios, y lo son de manera eminente y única.

Un monje amigo mío decía algo que yo cito con gusto porque tiene mucho humor: "Tengo tanta devoción comiendo mi sopa como celebrando la misa", es decir que en el refectorio del monasterio, en la casa de Dios, se siente en contacto con el Señor tanto como en el altar, porque es el mismo Señor el que alimenta su cuerpo y su espíritu, el mismo amor es la única ley de toda su existencia. ¡Y cómo es verdad a la mesa de una familia! El padre y la madre que dan de comer a sus hijos, en nombre de Dios, le ofrecen en cierto modo una eucaristía, el pan que ganaron con tanta paciencia, con tanto valor y tanto amor, tiene una nueva dimensión que es la de su ternura y que es realmente una especie de eucaristía. En un verdadero hogar, hay pues una irradiación permanente de Dios que no es necesario expresar y que gana de no expresarse pero que es tanto más evidente por cuanto que se respira.

Ustedes recuerdan que Bach salió de este mundo escuchando cantar la coral "Todos los hombres deben morir". ¿Y quién cantaba esa coral? ¡Todas las familias de diez o más hijos, todas esas familias en que todos eran músicos, todas esas familias que constituían ellas solas una coral y una orquesta y podían llevar a ese santo de la música, o a ese santo simplemente, al encuentro con la música eterna, al canto de la coral que él mismo había armonizado!

Si su muerte que recuerda en cierto modo la de san Francisco, por lo cristiana y por lo enraizada en la fe y en el amor, si su muerte puede ser acompañada por toda esa orquesta familiar, si toda la familia puede cantar para llevar al Señor a ese padre venerado que es uno de los más grandes artistas de todos los tiempos, es sin duda porque toda la vida cotidiana era a esa imagen. Es porque se vivía – sin decirlo – se vivía de esa Presencia. La respiraban y se la comunicaban.

¿Por qué sus hogares no podrían ser a imagen de ese hogar? ¡Y no sólo sus hogares! Porque en fin de cuentas, ¡toda la vida, el medio de trabajo tanto como el hogar, es el campo de su apostolado! Claro que es necesario siempre respetar el secreto de las personas. No se trata de violar los secretos, de imponer nuestro modo de creer o de pensar. Eso es lo último y el medio más seguro para violar a Dios. Dios es Libertad. Dios es Espacio. Dios es Amor. Dios es Vida y Lo comunicamos sólo por la vida.

Pero, si tienen esa preocupación, si miran la vida en los dos planos, si juegan sobre los dos tableros, si su música está en los dos registros, si piensan que detrás de cada rostro de hombre o de mujer, de muchacho o de jovencita, los está llamando esa posibilidad divina que quiere despertar y desarrollarse por medio de ustedes, todo será maravillosamente transformado. Pues ningún contacto dejará de ser ocasión para ustedes de ejercer a la vez y difundir la revelación que son ustedes y de colaborar al brote y desarrollo del reino de Dios.

Es pues seguro que el mensaje que leemos hoy celebra en toda la comunidad cristiana un sacerdocio real. Ese mensaje nos concierne a todos. Se dirige en particular a ustedes que podrían pensar que el sacerdocio es para algunos, que llamamos habitualmente sacerdotes, ustedes que podrían pensar que son laicos y que no se les pide tanto. Pero no es así. Se trata de la confianza infinita que les hace Dios confiando a su amor Su propia vida poniéndola en sus manos, pues ¿cómo pueden ustedes ser padre o madre hasta el fin sin comunicar a sus hijos la vida divina?

Más aún: se trata de no dejar a Dios sin voz, sin palabra y sin rostro. Puesto que no hay teléfono celeste, ustedes, cada uno, son la revelación de Dios. ¡Y todas las palabras, todos los libros, todas las demostraciones y todas mas apologéticas – yo iría hasta decir todos los sacramentos – todo eso es nada porque no es eficaz si el hombre no se transforma!

¡Nada de eso puede penetrar hasta el fondo de nuestro ser, si nuestro ser no se torna hacia Dios!

¡Ustedes son pues la primera de todas las revelaciones, cada uno de ustedes para los demás, cada uno para su hogar, cada uno en su medio de trabajo!

¡Así son ustedes sacerdotes, indispensablemente, así son profetas, así son cristianos! ¡Así son Iglesia! ¡Así, en fin, ustedes son el sacerdocio real!"

 

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