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Homilía pronunciada en Lausana, en febrero de 1960.
"El evangelio de san Juan habla siempre del don de la vida eterna que
Jesús quiere darnos. No se trata pues de
ir al cielo como si el cielo estuviera allá arriba, como si fuera un lugar,
sino de entrar en la vida eterna.
Tendríamos mucho interés en modificar el lenguaje, recordando además que
cuando nuestro Señor habla del Reino de los Cielos no hace sino conformarse con
un hábito de lenguaje: ustedes saben que en tiempos de nuestro Señor los judíos
jamás pronunciaban el nombre de Dios. Entonces, por respeto, decían los Cielos, o el Trono, o la Sabiduría,
u otra cosa.
Entonces, en el Evangelio, el Reino
de los Cielos significa el Reino de Dios. Además, san Lucas emplea la frase
"Reino de Dios". San Juan
utiliza la palabra Reino de Dios una vez, justamente, cuando hace hablar a
Jesús con Nicodemo, en el célebre diálogo del capítulo 3. Pero cuando san Juan
habla de lo que vamos a vivir en la unión con Jesucristo que es todo el
Evangelio, habla de "la vida eterna".
Lo que debería enfriar a un canónigo y a nosotros cuando pensamos en el cielo,
es que asociamos la idea de cielo con la de muerte. Eso no debería ser, pues no
estamos destinados a la muerte sino a la vida.
El sentido de la existencia no está en prepararnos
a la muerte, sino a vencerla, vencerla hoy, mañana y todos los días, de
modo que al morir estemos bien vivos.
Van a entender además la importancia de este matiz esencial: no se trata,
en efecto, de saber si vamos a vivir después de la muerte, sino de si vamos a
vivir antes de la muerte. Pues no se trata de prolongar la vida física sino de
constituir en nosotros una fuente que mane hasta la vida eterna.
Y eso se verifica de manera admirable en la novela
de Graham Greene que ya han leído, El
poder y la Gloria. En esa novela, Graham Greene cuenta la historia de
dos sacerdotes. Uno de ellos será un renegado y el otro, un mártir, pero ambos
comienzan por ser malos sacerdotes. La revolución los obliga de repente a
escoger, a decidir. Uno de ellos abandona todo, se casa con su ama de llaves
para salvar la piel. Salva su pellejo, pero queda el mero pellejo. Se siente
que ya está muerto, que lo sostiene sólo el pellejo. Ya había renunciado a la
vida.
Al contrario, ante la persecución, el otro reacciona de manera
esencialmente diferente. Comprende que no tiene derecho de abandonar su rebaño
perseguido y, por primea vez en su vida, comprende lo que es ser sacerdote. ¡Y
se compromete a fondo! ¡A fondo! Afronta todos los peligros, renuncia
naturalmente a todos los placeres, se alimenta cuando puede, se ve obligado a
ejercer el ministerio por la noche, a huir inmediatamente después de celebrar
la misa y dar los sacramentos. Y a medida que pasa el tiempo crece y crece el
peligro, ponen a precio su cabeza, la policía ofrece sumas cada vez más
colosales para capturarlo. Y a medida que se da, se olvida, se purifica, se
purifica y va hacia el martirio aun sin saberlo, hacia un martirio que será el
bautismo de la inocencia y que cerrará su vida en una ofrenda perfecta.
Y uno siente que él va hacia la vida, y cuando lo fusilan al final de la
historia, se siente perfectamente que su muerte no es una derrota: su muerte es
una victoria pues, justamente, su muerte es un don, no la sufre, no va hacia la
muerte como alguien que se deshace y se descompone, sino como alguien que se
ofrece, que va hasta el final del testimonio y del amor.
Es muy claro que para el uno, el haber escogido
salvar la piel era justamente morir. Y para el otro, querer simplemente salvar
la verdad, salvar el amor, era salvarlo todo.
Nacimos con cierta cantidad de energía física. Las energías físicas son
limitadas, se gastan. Se gastan, y viene la muerte física, que es sólo un
accidente de la biología. Pero no somos sólo energías físicas: tenemos energías
espirituales, que pueden aumentar sin cesar, y portar la energía
físico-química. Si nos dejamos llevar sólo por la piel, los nervios, las
glándulas, ya estamos muertos. Pero, si llevamos la piel, los nervios, las
glándulas, si controlamos el organismo, entonces, poco a poco, todo el ser se
va a penetrar de una vida cada vez más abundante y podremos hacer del día de la
muerte la afirmación de la plenitud de nuestra vida!
Es lo que percibimos cuando muere san Francisco. ¡Es un cántico de alegría,
es tanta certeza, tanta luz, que se siente que ya está totalmente en el Dios
que lo habita! No ha cesado de vivir en el cielo en su interior, está en plena
vida eterna, ya sólo un fino velo lo separa del rostro de Jesús. Pero ya está
infinitamente vivo y su cuerpo está listo, listo como un lanzamisiles, está
listo a entrar en la cita con el Señor que está además en su interior. Porque va
a llegar, es decir a ver frente a frente al que no ha cesado de llevar en su
corazón.
No se trata pues de pensar en la muerte. No pensemos en ella. ¿Por qué? La
muerte es un accidente físico; hay que pensar en la vida; hay que hacer de cada
día una victoria sobre la biología, sobre las energías físico-químicas; hay que
transformarlas, ¡se trata de llevarnos y no de dejarnos llevar!
Se trata de afirmar en nosotros la fuente y el origen que debemos devenir,
haciendo de todo nuestro ser una afirmación de luz y de amor, para que la
muerte sea el último desarrollo de esta vida, que es ya la vida eterna. La
vida eterna es ahora. La vida eterna es hoy. La vida eterna está dentro, dentro
de nosotros.
Entonces, cuando nos hablan del cielo, asociándolo con la muerte para
darnos miedo, van contra el Evangelio. ¿Por qué tener miedo? El miedo no es un
sentimiento noble, no hay que cultivarlo. ¿Y miedo de qué? ¿De qué tener miedo,
si Dios es Amor? El único miedo que deberíamos sentir es de herir el Amor, es de no responder al llamado que
no cesa de resonar en lo más profundo de nosotros.
Comprendamos pues que nuestra vocación cristiana es justamente a entrar hoy
en la vida eterna, a transformar nuestra existencia en vida eterna. La vida del
cuerpo, la vida de los ojos, de las manos, la vida del trabajo, toda esta vida
debe transformarse en vida eterna, devenir toda entera ofrenda de luz y de
amor. ¡Entonces no tendremos que ocuparnos de la muerte porque la habremos
vencido! Y cuando las energías físicas
se apaguen simplemente, toda nuestra vida, que habrá brotado ya de una fuente,
brotará todavía más magnífica, y encontrará lo que jamás ha dejado de
descubrir: el rostro amado que está
inscrito en lo más profundo de nuestros corazones.
¿Y qué significa eso en la práctica? ¿Cómo vamos a
vencer la muerte? Miren, Cuando están en pleno trabajo y necesitan calma
para poder reflexionar y tocan de pronto a la puerta, o suena el teléfono,
o alguien se presenta, o alguien los solicita, naturalmente pueden
manifestar cierta impaciencia, o hacer sentir que los molestan. Entonces, los nervios los dominan, se dejan
manejar por la fatiga, por el mal humor, en una palabra, por la biología.
Pero si piensan: "Después de todo, quizás el que llega a mi puerta necesita encontrar en
mí la acogida de Jesucristo, necesita esperar, necesita encontrarle sentido a
la vida…" Si lo acojo con una sonrisa, con bondad, si pienso: "Después de todo, ése es mi trabajo, puesto
que es Dios quien me lo envía", entonces, justamente, el
haber triunfado de la impaciencia, del mal humor, del sentimiento de ser
importunado, de que les roban el tiempo, será un primer indicio, será una
primera victoria sobre la muerte.
Y así, cada día, desde la mañana hasta la noche, adaptándonos a las
circunstancias, aceptando las situaciones imprevistas, conservando la
flexibilidad del corazón y de la mente, podemos portar la biología,
transformarla, espiritualizarla, decantarla y, finalmente, toda estará penetrada
de vida, de vida divina, y la muerte no será ya sino el lanzamisiles de la
inmortalidad.
Es muy importante tener esta visión de la existencia, porque la palabra cielo
ha perdido tanto sabor. Se ha vuelto tan aburridora que ya ni se puede
mencionar. ¡Ya no le da deseos a nadie! Y se comprende, porque está tan fuera,
tan fuera de la realidad. Pero justamente, Jesús no viene a pedirnos que nos
ausentemos hoy para ir hacia el final de la vida que será mañana, o pasado
mañana, o dentro de 50 años. Él nos pide que entremos hoy, ahora, esta noche,
en este mismo instante en esa vida, que hagamos de este minuto una eternidad.
Miren, hay en la vida momentos que jamás olvidaremos. Cierto encuentro,
cierta mirada, cierta sonrisa, nos acompañarán la vida entera. Pero han sido
revelaciones de un instante. ¿Cuántas
mamás se acuerdan de la primera sonrisa de su hijo? ¡Muchas, estoy seguro!
¡Era la primera sonrisa, tan maravillosa que nunca la olvidan! ¡Y esa primera sonrisa emparaíza
toda su existencia!
Podemos entonces hacer del
instante un momento eterno, y así nos inmortalizaremos, venceremos la muerte e iremos hacia el que mora
en nosotros, no para entrar en un lugar, sino para fundirnos cada vez más íntimamente con Él.
Y así vamos a terminar este día en que san Pablo nos ha conducido a través
de su itinerario heroico. Vamos a terminar así este día, comprendiendo que cada
vez que nos dejamos dominar por los humores, por los resentimientos, los
rencores, fabricamos la muerte porque entonces simplemente nos dejamos llevar
por las energías físico-químicas, por la vitalidad animal; pero cuando subimos
la cuesta del resentimiento, del rencor, del mal humor, logramos una victoria
sobre la muerte y creamos vida eterna.
Conservemos pues este admirable pensamiento: no se
trata de morir o de prepararnos a morir, sino de vivir, de vivir cada vez más,
cada vez más intensamente, cada vez más apasionadamente, hasta hacer de la
muerte misma un acto libre, un acto de ofrenda, un acto de vida, ya que,
justamente, en Dios que es el rey inmortal de los siglos, no hay muerte. En Él,
que es el Rey inmortal de los siglos, todo es vida".