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Zundel

06-08/08/10 – Ser origen y creador.

En Lausana, en 1955. "El P. Teilhard de Chardin nos dejó un hermoso libro sobre El Fenómeno Humano en el que traza un panorama de la evolución donde cuenta a su manera la historia de los orígenes. Leí esa gran visión de poeta y de sabio con respeto y admiración. No es la única; hay otras, todas semejantes y plausibles, y habiéndolas recorrido todas y cada una, uno concluye: después de todo, nadie, nadie sabrá jamás el secreto de los orígenes, siempre se nos escaparán y después de todo, eso no es lo que nos interesa más apasionadamente, porque ya pasó, ya pasó… Cualquiera que sea la manera como nació el mundo, ahí estamos; ahí estamos embarcados y hay que saber lo que eso significa para nosotros hoy. Por eso, más que los orígenes lejanos, me apasiona el origen que debemos ser hoy, porque ese es el problema real. ¿Somos origen? ¿Somos creadores? ¿Somos el comienzo de un mundo y de una humanidad? ¿Es que nuestra vida cuenta? ¿Tiene sentido? ¿Es indispensable? Y justamente, el problema de los orígenes es de actualidad para cada uno de nosotros. Lo es para todo ser humano, hombre o mujer, en un momento de su vida. Y se plantea durante mucho tiempo, y con frecuencia. Se plantea con insistencia bajo la forma de una proposición muy sencilla: Tenemos la vida, y debemos transmitirla. Tenemos la vida y tenemos el poder de darla, y por consiguiente cada uno deviene el problema de los orígenes. Ahí está precisamente el tan mal planteado problema de la castidad. Todos, hombres y mujeres, tenemos el poder de dar la vida. Somos portadores de los elementos, del germen promesa de un hijo que nos solicita; y lo que llamamos con una palabra muy insuficiente y que se debería evitar, tentación, es simplemente el primer grito del hijo que quiere nacer, algo admirable y sagrado que debería abordarse de rodillas en el respeto y la acción de gracias. Porque justamente la vida está en nuestras manos, y nos toca decidir si el mundo debe durar. ¡Qué maravilla, que el hombre y la mujer estén llamados a ser creadores de vida humana! ¡Y que la vida humana, tan grande, tan secreta, tan misteriosa, tan llena de esperanza, que esa vida con promesa de eternidad esté confiada a nuestro amor! Claro que la mayor parte del tiempo el hombre y la mujer, el joven y la joven, la mayor parte del tiempo no saben lo que hacen. Sufren el vértigo de ese llamado. No ven su grandeza y su santidad. Olvidan al niño que hay en el fondo de su pasión, ese rostro adorable, ese rostro de luz, de inocencia y de grandeza. La mayor parte del tiempo el hombre y la mujer soportan la vida, soportan el poder de comunicarla, lo soportan como un vértigo, como un abismo en que se pierden y no ven toda su luz y su belleza. Sin embargo, confrontados con ese poder realmente divino, llamados a elegir, tienen que tomar cierta distancia. Tenemos que preguntarnos lo que significa, si no queremos sufrirlo, pues ¿qué significaría transmitir ciegamente la vida, transmitir una vida que no ha vivido uno mismo, delegar a otra generación el comprenderla y justificarla? Justamente, el problema de la castidad es empuñar la vida, mirarla de frente hasta el fondo de los ojos y preguntarle lo que quiere y lo que es ella. ¿Qué es y qué quiere la vida que viene de tan lejos, llega hasta nosotros y está en nosotros por un momento, la vida que viene del fondo de los siglos y puede comunicarse por medio de nosotros? Afortunadamente, para guiarnos, hay hombres que dieron a la vida todas sus dimensiones, que la vivieron con tal intensidad que vencieron la muerte y viven para siempre entre nosotros. Es claro que cuando nace un san Francisco de Asís la vida se justifica. San Francisco de Asís, sin hijos y sin posteridad: ¡no los necesitaba! Justamente, san Francisco de Asís nos revela el rostro de la vida porque vive entre nosotros, porque vive dentro de nosotros, porque cada día es fuente nueva de luz, de claridad y de alegría. Sabemos pues que en él la vida llega a una cumbre, que la vida tendía hacia eso, no a difundirse indefinidamente, a multiplicarse sin rima ni sentido, sino a devenir de repente, en un hombre, fuente inagotable y eterna. ¿A dónde van todas las generaciones que se suceden? Y qué significan? ¿Qué lazo hay entre ellas? ¿Y qué significa la abundancia de individuos en las ciudades populosas? ¿Qué significan las muchedumbres delirantes haciendo el mismo gesto, lanzando el mismo grito, envueltas en la misma pasión? ¿Qué significa todo eso? Justamente, nada, si la vida no deviene rostro de claridad, rostro de amor, rostro de libertad. Pero justamente, la vida contiene todos esos posibles y no hay padre ni madre que, inclinándose sobre la cuna de su hijito, no hayan esperado que un día realizara lo que ellos mismos no habían alcanzado. El problema de la castidad, justamente, confrontándonos, poniéndonos en frente de todos esos posibles, nos pide que los realicemos, porque es necesario realizar la vida para elegirla, para no sufrirla, para no ser víctimas de su poder, para conocerla verdaderamente. ¿Y en qué consiste el realizarla? Consiste justamente en acoger en sí mismo todas las generaciones, reunir en su corazón todos los pueblos y todos los individuos, es cesar de ser sólo un hombre, un hombre, un individuo, para devenir el Hombre, el Hombre, el Hombre en que se recapitula toda la Historia, el Hombre en que se recogen todos los siglos, el Hombre que es albergue de todos los pueblos y de todos los individuos. Entonces, en ese momento, la vida habrá tomado todas sus dimensiones, toda su grandeza, toda su belleza, y uno puede decidir si la transmite o no, según la vocación que uno tiene, porque uno se ha hecho vida. Uno se ha hecho; de todos modos, uno la difunde; de todos modos, uno la comunica; de todos modos, uno se hace fermento que la transfigura y la revela. Entonces uno alcanza el deseo del corazón, uno conoce la medida del amor. Sabe que ése es el verdadero amor, y no el entrar ciegamente en la trampa de la especie. Justamente, la grandeza del hombre está en no estar totalmente contenido en la especie, no ser simplemente un eslabón en la vida de la especie, sino en estar llamado a recogerla en sí mismo, totalmente, en ser su centro, su fuente y su origen. Así todos tenemos en la vida la ocasión patética de cometer una especie de pecado original pues cada vez que no respetamos ese poder confiado a nuestro amor, cada vez que no vemos en los elementos de la vida el rostro del hijito, cada vez que no damos un rostro luminoso a todas esas fuerzas oscuras, rehusamos ser origen, rehusamos ser creadores, soportamos, somos un resultado, nos engañamos en el tumulto de la especie, y la vida continúa horizontalmente, sin realizarse. Es, sin duda, bajo esta luz como se debe considerar el pecado original, como lo simboliza la tradición bíblica. Al comienzo, como hoy, era el mismo problema, el mismo privilegio, era la misma propuesta de amor, era el mismo universo, pero su fuente primera, puesta en manos del hombre y la mujer. Ellos tenían qué decidir si querían sufrir, ser un resultado, seguir simplemente siendo llevados por una evolución ciega, o si devenían creadores, si la vida iba a brotar de ellos como de una fuente, como de un origen. Eso es exactamente lo que significa el pecado original: rehusar ser origen, rehusar ser creador. No fue una trampa puesta por Dios para engañar a unos pobres gusanitos. Fue confiarles el privilegio mismo de la creación divina, para que no estuvieran en un mundo a soportar, sino en un mundo que responda a la decisión de su amor. Y así sigue siendo, y cada uno de nosotros está llamado a ser creador y origen de un mundo nuevo que quiere brotar de nuestro amor. Hombres y mujeres, jóvenes y señoritas, todos, no se dejen… no se dejen deslumbrar, no se dejen enceguecer por todas las tonterías de la literatura que los explotan como idiotas, como gente que no ha entendido, que explotan la excitación nerviosa donde caemos en la trampa de la especie. No les crean, eso no es el amor. El amor es otra cosa. Tiene dimensiones infinitas. Eso no es la vida, eso no es el cuerpo. El cuerpo en toda su belleza es justamente un cuerpo hecho tabernáculo de la vida, tabernáculo del hijo, cuerpo portador de la luz, portador de Dios, un cuerpo que no es un resultado, que no es un pedazo de universo, un cuerpo que es todo rostro, que lleva en sí mismo justamente la faz de Jesucristo. ¡Eso es algo! ¡Esa es la grandeza humana, justamente, la grandeza humana! ¡Somos creadores y a cada instante tenemos que decidir si vamos a ser resultado u origen! Escuchemos pues bien la propuesta de grandeza que nos hacen. Comprendamos que en Jesús, como dice san Pablo, no hay sí y no (2 Co. 1, 17-19). En Jesús hay sólo el "sí". En Jesús hay solamente el llamado al esplendor de una vida divinizada, en Jesús hay solamente la promoción de un Cuerpo resucitado, glorificado, transfigurado y prometido a la vida eterna. ¡Cómo hemos desconocido la grandeza del Evangelio, cómo hemos hecho de Dios un ídolo disminuido, cómo hemos hecho del hombre un ser enclenque, cuando tiene las dimensiones de su vocación divina, cómo hemos hecho de Dios un ídolo disminuido! Debemos encontrar todo eso para entrar en el gozo del tiempo pascual, porque si la cruz pasó entre nosotros, no fue para llevarnos al culto del sufrimiento, sino para vencer el sufrimiento y la muerte, para revelar la vida, para restaurarla en toda su dignidad y magnificencia, para hacernos tomar conciencia de la colaboración necesaria con la obra de Dios a que estamos continuamente llamados. En su prisión, después de un año de tortura y de rebeldía, Oscar Wilde descubre por fin la órbita de su alma y escribe estas palabras inmortales: "¿Quién puede calcular la órbita de su alma?" Esas palabras van lejos y merecen vivir, pero hay que añadir: "¿Quién puede calcular, quién puede medir la grandeza y la dignidad de su cuerpo?" pues todo el ser es glorificado en Jesús, el cuerpo tanto como el alma, la carne tanto como el espíritu, todo es un solo movimiento que debe ir hacia Dios, que debe expresar a Dios y crear una vida digna del hombre y digna de Dios. Ese "No me toques" que pronuncia Jesús (Jn 20,17), "No me toques", dice él a la Magdalena, no me toques porque tus manos no pueden coger a lo que aspiras. Hay que repetir: el cuerpo transfigurado no se puede tocar sino con manos de luz, porque su verdadera dimensión escapa a todo contacto opaco. El cuerpo humano, verdaderamente, el cuerpo hecho rostro de Dios, sólo es visible a una mirada interior llena de amor y de respeto, justamente porque ese cuerpo ha llegado a ser creador, origen, porque está revestido de una nueva dimensión, porque lleva el rostro de Jesucristo, porque está prometido a la resurrección".

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