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11-13/08/10 – Caminen como hijos de la Luz.

Lausana, 3er domingo de Cuaresma de 1960, Epístola: Ef. 5, 8-9 Evangelio Lc. 11, 14-28."Una joven que sufría de problemas mentales recibía la orden de quemarse y buscaba todas las ocasiones de hacerlo. Había una especie de vértigo de destrucción totalmente dirigido contra sí misma.No hay duda de que si este fenómeno se hubiera producido en tiempos de Jesús, se habrá visto ahí un caso típico de posesión diabólica. Ahora diríamos que se trata de esquizofrenia, en ese entonces se hablaba de posesión.La estructura misma del lenguaje impone esta explicación todavía hoy en la palabra árabe que designa la locura: "Madjinoun". Un "Madjinoun" es un hombre poseido por un "djinn", como lo sugiere la palabra misma. Que esta explicación corresponda o no a la realidad, es imposible hablar ese lenguaje sin percibir la presencia de la palabra "djinn". En la época de nuestro Señor, las explicaciones de este género estaban contenidas en la lengua corriente, y nuestro Señor no tenía ningún motivo para rehusar ese lenguaje, lo cual además no implicaba ninguna conclusión respecto a lo que Él mismo podría pensar.Por eso el evangelio de hoy al comienzo nos indispone porque nos da la impresión de presentar una demonología extremadamente primitiva. Pero se decanta si recordamos primero que el lenguaje imponía esa explicación a ciertos casos de enfermedad mental, y que era imposible hablar esa lengua sin suscribir en cierto modo a tales explicaciones por las palabras mismas que se pronunciaban.Lo que aumenta la dificultad es la acusación contra Jesús por parte de sus enemigos que afirmaban que Él mismo estaba aliado con los demonios. Entonces, ya no se trata simplemente de una explicación discutible sobre el origen de las enfermedades, sino de una acusación a propósito de una posesión espiritual. Porque decir que la locura es resultado de una posesión es quedarse en el plano físico. Y a los ojos de los antiguos, como a los de quienes creen todavía hoy en esas cosas, la posesión no implica ninguna culpabilidad en el poseso. Es como ser víctima de una enfermedad: la víctima no es culpable, y si recae en la enfermedad, si la enfermedad se renueva, tampoco es culpable. Se trata de un plano puramente físico que no implica ninguna responsabilidad.Pero cuando acusan a Jesús de complicidad con el demonio, se traslada evidentemente la acusación al plano espiritual; quieren ver en Él un agente del mal, un corruptor de la religión y de las buenas costumbres. Es infinitamente peor, y eso de por sí no tiene ninguna relación con la explicación ordinaria de la enfermedad mental como posesión.Yendo más lejos en la lectura del Evangelio, veremos que nuestro Señor no se detiene en ese tipo de explicaciones, y que para Él ése no es el debate, y que lo que importa es precisamente llevarnos al sentido de nuestra responsabilidad. Nada en el Evangelio nos autoriza a descargarnos de nuestras faltas y responsabilidades sobre el demonio.Al contrario, el capítulo que comienza por el relato que acaban de escuchar, la curación de un poseso que está mudo por causa de la posesión, nos hace sentir una subida hacia lo espiritual, porque nuestro Señor rehúsa absolutamente situarse en el terreno de lo preternatural, o sobrenatural milagroso, y cuando le piden un signo del Cielo, responde por el único signo que es Él. Él mismo es el signo que va a separar a los hombres, con prodigios sorprendentes e irresistibles. Al contrario, el Señor se ofrece al juicio de los hombres y cada uno se pronuncia conforme a su conciencia y según su fidelidad a su conciencia, o según su apego a sus propias tinieblas.Y en esta secuencia en que no cesamos de subir hacia el Espíritu, habrá precisamente un pasaje de gran belleza en que nuestro Señor va a retomar la comparación con la lámpara que da luz: la lámpara ilumina la casa, y la lámpara del cuerpo es el ojo. De ahí viene el admirable versículo: "Si tu ojo es sencillo, si tu ojo está sano, si tu ojo es claro, todo tu cuerpo estará lleno de luz" (Lc. 11, 34). Y si todo tu ser está lleno de luz, entonces la luz de la lámpara puede lograr, será sensible a la luz que se te ofrece en la lámpara eterna que es justamente el Evangelio de Jesucristo o mejor, Jesucristo mismo.En fin, todo el discernimiento, el juicio eterno, se realiza por nosotros, dentro de nosotros, resulta de nuestra adhesión a la luz o a las tinieblas. No se trata ya de culpar al tentador: somos nosotros la fuente y el origen de nuestro destino.Y no es posible dudar cuando vemos que San Lucas continúa el relato que no cesa de subir, con un ataque contra los fariseos y los doctores de la ley que hicieron de la religión un monopolio, que retiraron la clave de la ciencia, como dice nuestro Señor, pero no entraron al país de la verdad, e impidieron la entrada a los demás.Ellos son los verdaderos demonios, los verdaderos tentadores para el pueblo el cual admira espontáneamente los hechos y gestas del Jesús y le daría fácilmente su adhesión si no fuera desviado precisamente por los fariseos y los doctores de la ley que pretenden monopolizar la religión en provecho propio.El pasaje de la lámpara nos recuerda que el ojo es la fuente de toda luz o mejor, que la calidad de nuestra mirada determina nuestra posición respecto de la verdad; este pasaje subraya con gran belleza y admirable profundidad nuestra responsabilidad. La responsabilidad va tan lejos que el rostro que Dios tome para nosotros depende esencialmente de nuestra actitud personal. Y por eso no serán dados otros signos que el signo ambiguo y ambivalente que es Jesús mismo. Entonces uno interpreta según la decisión que haya tomado. Y entre los contemporáneos, unos lo condenan, lo odian, ven en él al enemigo número uno de la religión, de la tradición y de la libertad del pueblo de Israel, y los otros –pocos además – ven en él al que esperaban, adhieren a él con pasión, y hechos discípulos suyos, llevan el Evangelio hasta los confines de la Tierra.El rostro que tiene Dios en la humanidad, la idea que tienen de Él, depende pues esencialmente de la actitud que nosotros tomemos respecto de la verdad.Si tenemos el gusto de la verdad, si la buscamos con ardor, con sinceridad, es imposible que no estemos en la buena dirección, que nos llevará un día, tarde o temprano, al descubrimiento esencial. Además, Newman  lo dijo, lo experimentó magníficamente en su vida, él, que por un proceso tan imprevisto, a partir de una duda que había sido para él lo más amargo de la vida, una duda sobre la legitimidad misma de su Iglesia, llegó después de años de lucha, de dolor y agonía a encontrar la plena luz en la adhesión que dio a la Iglesia de la que sería una ilustración tan noble. Porque podía decir: "Jamás he pecado contra la luz". Y por no haber pecado jamás contra la luz, porf estar listo a sacrificarlo todo por la verdad, debía descubrirla infaliblemente.Pero sigue cierto, y es una constatación cuyas consecuencias son infinitas, que nuestra disponibilidad a la luz nos da la idea y la imagen que nos hacemos de Dios. Y cada vez que somos infieles a la luz, es inevitable que el rostro de Dios se deforme, se desfigure y tome aspectos de ídolo.Nuestra responsabilidad es pues inmensa pues decide de la imagen de Dios en la historia. Lo sabemos demasiado bien en la actualidad: si hay tantos hombres que rechazan a Dios, no es el verdadero Dios lo que rechazan sino la imagen que les damos de Él. Es bien evidente que si tuvieran delante una luz absolutamente inmaculada, sin ninguna mezcla de nosotros, de nuestros intereses y pasiones egocéntricas, no hay duda de que si la verdad les llegara bajo su verdadero rostro de transparencia y amor, no hay duda de que los tocaría y la reconocerían como el bien supremo al que aspiran su inteligencia y su corazón.Somos responsables de Dios, y en su vida en la historia, y no podemos descargarnos sobre el demonio de la imagen que damos de Él. Somos nosotros los que jugamos aquí el papel del demonio. Nosotros constituimos, o podemos constituir, para los demás la verdadera tentación cuando nuestro rostro traiciona el rostro de Dios y damos a los demás el sentimiento de una caricatura. Y así nos hacemos responsables del mundo entero. Somos responsables del hombre en la misma medida, infinita, en que somos responsables de Dios.Pues justamente, los demás, los que están fuera o que nos parecen estar fuera, no podemos pedirles que entre en el país de la verdad si no les aparece bajo los rasgos de la luz y del Amor a través de nuestra propia vida.Este Evangelio que parecía pues comenzar bajo auspicios de una creencia que no es la nuestra, pues ya no explicamos las enfermedades mentales por una posesión diabólica, cuando lo despojamos de los límites que el lenguaje imponía al discurso de Jesús, este Evangelio nos conduce finalmente al corazón mismo de nuestra libertad, invitándonos a la pureza de la mirada sin la cual es imposible descubrir el verdadero rostro de Dios y comunicar de él a los demás una revelación auténtica.Y es bueno que nos renovemos hoy precisamente, con la admirable comparación de la lámpara, en el sentimiento de nuestras responsabilidades. Tenemos una tarea inmensa que cumplir, puesto que el Evangelio no puede difundirse sino a través de nuestra vida.Y por eso, finalmente, el mundo del mal no es para nosotros un mundo que nos imaginamos como fuera de nosotros, sino más bien como dentro de nosotros. Hay una comunión en el mal que corresponde y que es el reverso de la comunión de los Santos. ¡Y si la santidad se difunde, si atraviesa todas las fronteras, si atraviesa todas las murallas, si permanece como fuente que brota hasta el fin de la historia, no es menos verdad en lo que concierne la comunión en el mal!El mal se difunde también, el mal crea un clima y lo sentimos bien cuando circulamos en la calle, cuando vemos los afiches, cuando vemos los espectáculos a que somos invitados, cuando vemos lo que se tolera en la vía pública, cuando vemos lo que ha sido casi imposible de hacer ahí, es decir, correctamente, los actos más profundos, más dignos del hombre han  desaparecido en la civilización occidental! En Oriente se ve aún gentes que oran en la calle, de rodillas en la calle, prosternados en las aceras, porque la adoración que es el acto más noble de su espíritu, no tienen que sonrojarse ante sus conciudadanos para quienes es un gesto completamente normal y natural! Para nosotros, la calle proscribe cada vez más lo más esencial para el hombre, precisamente lo que corresponde más profundamente a la dignidad de nuestro espíritu.Es quizás un signo de discreción. Interpretémoslo así: un signo del pudor del hombre que exige el silencio y el recogimiento del oratorio para la intimidad con Dios! Pero en todo caso es incontestable que hay en la calle como algo que pesa sobre todos y los lleva en cierta dirección. Y eso es más cierto aún en la intimidad de la oficina, del taller, y con mayor razón en la familia donde cada uno reacciona a los demás y hace pesar sobre ellos el peso de sus humores buenos o malos!Hay pues una corriente que nos alcanza, que circula a través de nosotros y determina más o menos, es decir provoca las reacciones de los demás. Y tenemos precisamente que defendernos contra esa forma de tentación que parte de nosotros y puede ejercer un peso de tinieblas sobre los demás. Y precisamente el mejor modo de persevarnos de ese papel de tentadores, que es el más peligroso ya que es el más cotidiano y visible, y que nos es imposible no ejercer desde la mañana hasta la tarde esa imantación buena o mala sobre los que nos rodean, el mejor medio de protegernos de ser tentadores para los demás es precisamente guardar lo que Jesús llama "la sencillez del ojo".Si cultivamos el gusto de la luz, si vamos en el sentido del sí, si no somos cómplices de los elementos oscuros que podemos encontrar en nosotros, si optamos siempre por lo que es positivo, y porqué no, no hay razón de que tomemos partido por los elementos más contestables de nosotros! Y el programa que mejor conviene a un cristiano es el que san Pablo enuncia en la segunda a los Corintios cuando dice: "En Jesús no hay sí y no, sino solamente sí" (2 Co. 1,9).Entonces, habiendo puesto en su lugar la fenomenología demoníaca, sabiendo que se trata de na explicación de las enfermedades mentales contestable además, es decir de las enfermedades físicas que no implican ninguna culpabilidad de por sí, ni responsabilidad, sabiendo al contrario que nuestra responsabilidad permanece total en el plano del espíritu, habiendo reconocido que el rostro de Dios y la idea que tienen de Él alrededor de nosotros depende precisamente de nuestra actitud y nuestras decisiones, saquemos del Evangelio de hoy simplemente la conclusión que sacó además elo apóstol san Pablo en la epístola que leímos en la liturgia de hoy: "Antes andaban ustedes en las tinieblas, pero ahora son luz. Caminen pues como hijos de la luz" (Ef. 5, 8-9).¡Qué admirable programa, qué sencillo y cómo canta en nuestros corazones! "Caminen como hijos de la luz". Se trata pues de deshacernos de nuestros desvíos y contorsiones, de enderezarnos alegremente, de ir al encuentro de la luz adorable que nos viene por Jesús y de considerar precisamente que somos cristianos para echar fuera las tinieblas, para iluminar la oscuridad, para restituir la alegría y para ser en el medio en que vivimos apelando continuamente a las fuerzas creadoras que son todas positivas y van en el sentido de la armonía y la belleza.Y volviéndonos hacia el gran amigo que es Newman, pidamos por su intercesión en lo secreto de nuestra oración, que tengamos como él el gusto por la luz y poder cantar con él el admirable cántico que compuso precisamente cuando luchaba contra las tinieblas con toda su aspiración a la luz: "Condúceme, oh dulce luz, en las tinieblas que me rodean, condúceme; no pido ver lejanos horizontes. Un solo paso a la vez me es suficiente. Condúceme, oh dulce luz". 

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