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14/08/10 – Sermón sobre la unidad.

Lausan a, en el domingo de la unidad, en 1956."Cada año, en un período variable además, los musulmanes celebran un mes de ayuno, el mes del Ramadán, que les impone un ayuno riguroso desde la salida hasta la puesta del sol, y naturalmente, cuando el Ramadán cae en pleno verano, el día es largo y hay que trabajar bajo el peso del sol, sin beber, ni comer, ni fumar hasta la puesta del sol. Es una prueba inmensa, y uno ve que los que observan fielmente el Ramadán, funden y adelgazan a vista de ojo, justamente por lo inmensa la prueba.Ahora bien, al final de un Ramadán, viendo a un jardinero musulmán que yo sabía profundamente fiel a su ayuno, le dije: "¡Pues ahora debe usted estar bien cansado!" y él me respondió con una sonrisa admirable: "¡Uno puede hacerlo un mes al año por el buen Dios!"Imposible escuchar esa respuesta sin sentir toda la sinceridad de su fe, toda la autenticidad del don de esa alma sencilla que había dedicado todo su ayuno a una Presencia divina que era para él la vida de su vida. Imposible no sentirse de acuerdo con él. Imposible no sentir que finalmente se trata del mismo Dios.Recuerdo además, en otro sector, haber leído antes de la guerra un llamado de un pastor francés, un llamado a la paz expresado en términos tan humildes, tan conmovedores, en que uno sentía tanta caridad, tanto deseo de evitar la guerra, que era imposible no sentir de nuevo la Presencia de Cristo.Se habla siempre de desunión. También sería bueno hablar de la unidad ya realizada. Hay seres que viven de Dios, que viven de Él profundamente, y totalmente. No le dan el mismo nombre, pero ciertamente se nutren de la misma Presencia. Hay además una forma de unanimidad en ciertas actitudes.Recuerdo haber encontrado un médico en Saint-Etienne. Su hijo se preparaba para la primera Comunión, y el papá, hombre abierto y atento, estaba en el auditorio. Al fin de la semana, exactamente el domingo por la noche, después de una jornada dedicada a los enfermos, estaba agotado y oyó una llamada. Era fuera de Saint Etienne y no estaba obligado a responder. Pero él era médico y respondió. Había que operar inmediatamente al enfermo para salvarlo. El médico emprendió la operación. Sintió que sus fuerzas lo abandonaban pero fue hasta el final. El enfermo se salvó, y el médico murió.Ante esa fidelidad heroica al deber, ante ese don de sí mismo llevado hasta la muerte, todo el mundo se inclina evidentemente, todo el mundo siente que de verdad ésa es la actitud más profundamente humana. Igual que los verdugos de Auschwitz viendo al Padre Kolbe ofrecer su vida, ofrecerse a morir en lugar de uno de sus camaradas, a morir de hambre y sed, no hesitaron: sintieron que subía en ellos una especie de impulso de admiración que los elevaba y los honraba, sintieron que tocaban realmente a lo más grande que hay en el hombre.Entonces ya hay un acuerdo, una unidad realizada; y los hombres están quizás mucho más cerca unos de otros, están quizá mucho más unidos de lo que se imaginan, pero sienten todavía necesidad de explicaciones, y de fórmulas, o de lo que creen ser la fórmula de su comportamiento, y son casi siempre esas fórmulas lo que los separa, mientras se encontrarían tan bien, tan bien en la unidad de la vida.Por eso este día de la Unidad debe llamar nuestra atención sobre la comunión ya establecida entre los hombres, a fin de que en lugar de subrayar siempre el desacuerdo y la separación, pongamos en relieve la unión y la unidad.No podemos trabajar de modo más seguro por el acercamiento de los hombres sino confiando en los demás, admitiendo que es necesario apoyarse ante todo, no en lo que dicen sino en lo que hacen; poniendo todo en beneficio de la verdad, escuchando las resonancias profundas de su corazón y de su mente, a través de las palabras muy torpes a veces pero que si las escuchamos bien, dan exactamente el mismo sonido que lo más cercano de nuestro pensamiento y de nuestro corazón.Fenelon dice de manera inimitable y perfecta: "La diferencia de Dios es que no tiene diferencia", es decir que Dios no tiene fronteras, no excluye a nadie, es interior a cada uno, no tiene parcialidad, ama por igual a todos los hombres, está presente en lo íntimo de cada uno y quiere realizar a través de cada uno el Reino perfecto que es el Reino de la caridad, de la bondad y del amor.Seremos pues cristianos en la medida exacta en que nuestra diferencia sea no tener diferencias. Entonces, el dogma cristiano no es sino el sacramento de un espacio inmenso y de una libertad infinita. El dogma no busca limitar, excluir, sino al contrario impedirnos limitar y excluir, pues el error viene siempre de que ponemos límites demasiado pronto, nos encerramos en fronteras, no dejamos el corazón infinitamente abierto.Aprender a escuchar, acoger a los demás en el silencio del respeto y la bondad, en el silencio que es confianza en su lealtad, dejarlos explicarse a pérdida de vista, hasta que vean más claro su propia posición. Ése es con frecuencia, sin intervenciones indiscretas, el mejor modo de ponerlos en el camino de la verdad, de la verdad que no es una fórmula sino una Presencia, un rostro, una Persona, un corazón, en fin, la plenitud misma de nuestra vida.Si fuéramos todo acogida, acogida para todos, si rehusáramos poner etiquetas sobre los rostros, si admitiéramos que todo ser puede darnos cierto brillo de la Presencia y de la ternura divina, nos enriqueceríamos maravillosamente nosotros y seríamos para los demás la revelación más auténtica de la Presencia divina.Hay algo que supera todas las separaciones. Hay una unidad ya realizada entre los hombres, y podemos sentirla justamente allí donde un  deseo de respeto es todo acogida, todo deferencia y bondad, dando más importancia a los demás, dándoles la impresión de que los escuchamos, de que estamos listos a recibir algo de ellos, de que no somos simplemente personas seguras de la verdad, ni pretendemos arrojarla a la cara de los demás, si sienten que estamos humildemente arrodillados ante el misterio infinito del alma, ya que en toda alma hay un secreto que solo Dios puede penetrar; en toda alma hay una riqueza que sólo Dios puede desarrollar, en toda alma hay una revelación que ella sola puede hacernos.A los que tienen hambre, el Abbé Pierre no pregunta cuál es el color de su partido, por quién votan, qué piensan, o qué creen. Su hambre y la mía tienen el mismo color. Todos los hambrientos sufren del mismo modo. Primero hay que calmarlos, saciar su hambre y sacarlos de la miseria.¿Y después? Bah, no hay después: después veremos que nos entendemos, que nos amamos y estamos unidos. Entonces, ahí viene la confesión más conmovedora de uno de esos habitantes de la calle que él acogió y que le dijo: "Pues para mí, para mí, Dios es lo que usted está haciendo. Para mí, Dios es lo que usted está haciendo…"Qué admirable reconocimiento de la Presencia de Dios, sin discusión, sin fórmula, sin demostración, simplemente porque en un ser brilla la caridad de Dios, la caridad sin fronteras, una caridad que no excluye a nadie y de repente se reconoce e identifica Su rostro.Creo que no hay llamado más urgente en este día de la Unidad que el que trato de explicar en este momento, un llamado al silencio y al respeto. En vez de empecinarnos en explicaciones, tratemos simplemente de hacernos mutuamente confianza, en vez de desear unos para otros fórmulas hechas, aprendamos a escuchar, a escuchar el latido del corazón humano, a escuchar el secreto de las almas, a escuchar el murmullo de la gracia que trabaja en silencio a fin de consentir de todo corazón con el Reino de Dios que no puede difundirse sino a través de la bondad, la amistad, el tacto, la deferencia y el respeto.Entonces todos nos asombraremos viendo qué rápido podemos entendernos al encontrarnos unidos cuando nos creíamos separados, al apercibirnos de que las almas dan el mismo sonido porque en realidad viven de la misma Presencia y del mismo Amor.Los que verdaderamente predican a Dios, los que Lo comunican, los que lo hacen amar son los que menos hablan; porque saben que ninguna palabra puede expresarlo, pero saben también que es imposible resistir a su llamado cuando es simplemente en nosotros la sonrisa de la bondad. Eso es la Unidad. Al menos, así es como se realizará, mediante la sonrisa de la bondad, si vamos hasta el final de nuestra generosidad, si confiamos en la generosidad de los demás, y si los que nos rodean pueden pensar, si pueden decirnos un día: "Para mí, Dios es lo que usted está haciendo". 

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