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15-18/08/10 – Con María, tenemos que devenir la madre de Jesucristo.

Homilía pronunciada en Lausana, en la clausura del año mariano en 1954."Ustedes pudieron leer en los periódicos que un  niño se perdió, un niño de dos años, y sus padres, con inmensa ansiedad, temiendo un accidente, lo buscaban, habían alertado a los vecinos que lo buscaban también, y finalmente lo encontraron sano y salvo.La búsqueda de un niño perdido y amenazado es quizá la imagen más conmovedora y persuasiva de Dios, y al mismo tiempo nos da el sentido del Año Mariano.En el Año Mariano hemos sido invitados a meditar el misterio de la maternidad divina, el misterio de María, Madre de Cristo, ya que de él se trata por medio de ella, porque ella es la madre de Cristo, y si ella es objeto de tanta solicitud y amor, es justamente porque ella es la madre de Cristo. Ella es la Madre Virgen o la Virgen Madre, madre según el Espíritu, madre por el Espíritu, madre por todo su ser, madre con toda su persona.Y la misión que recibió, la misión que es una gracia única, la gracia más insigne que pueda recibir una mujer, precisamente la gracia que por ser don de Dios, don del Espíritu, es gracia comunicable.Es la ley de los dones del Espíritu: toda gracia recibida es una misión, toda gracia es un envío, toda gracia es finalmente comunicación, porque nadie recibe la gracia para sí mismo, ya que la gracia tiene por primer efecto liberarnos de nosotros mismos, arrancarnos a nuestros límites, abrirnos a Dios y a los demás. Y esa gracia desbordante, sobreabundante, incomparable de la maternidad divina, la Santísima Virgen no la recibió para ella sola, la recibió para comunicarla.Hay pues para toda alma cristiana cierta maternidad divina que realizar y que prolonga la de la Virgen María – y eso no es una consideración piadosa, es Cristo mismo el que lo proclama ante su madre diciendo: "El que cumple la voluntad del Padre que está en el Cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mt. 12:50).Es pues verdad que toda alma cristiana es, a su manera, madre de Dios. Veda el Venerable comenta este texto con un realismo admirable diciendo: "Debemos concebir por la inteligencia de la fe, concebir en la mente al Verbo de Dios, al Hijo Único, que lo engendremos y lo alimentemos de cierta manera en el alma y en el alma de los demás mediante la práctica del bien".No hay pues duda: hay que tomar a la letra la expansión del misterio pascual. Toda alma cristiana está llamada a ejercer la maternidad divina y, si podemos resumir en una palabra el sentido del Año Mariano y sacar de ahí dirección para toda la vida, me parece que no se podría escoger mejor que este pensamiento: que debemos ser, con María, madre de Cristo.Además, eso se comprende mejor si recordamos que, en el orden del espíritu sólo hay contacto mediante el amor. Los bienes del espíritu son los más preciosos, pero también los más frágiles. Nada es más frágil que la música. Nada es más poderoso que la música, pero basta un pequeño ruido para destruir la música, cuando hacemos ruido con nosotros mismos, somos impermeables a la música más bella. Y la ciencia más genial no puede nada si el alumno distraído se tapa los oídos. Es paradójico - pero salta a la vista en la experiencia más elemental – si la fuerza bruta puede aplastar lo que le resiste, la fuerza del espíritu sólo puede ofrecerse, proponerse, pero jamás imponerse. Y mientras más aumenta la fuerza del espíritu, más aparece su fragilidad.El amor no se puede forzar. Tampoco se puede forzar la intimidad. No se puede imponer la luz de la sabiduría. No se puede hacer resonar el canto del silencio que es la música en un alma tumultuosa que se cierra y se rehúsa.Ninguna imagen es pues más elocuente, más alta, más verídica y profunda que la imagen de un niño amenazado, de un niño perdido, de un niño frágil que reúne los dos caracteres de majestad y grandeza y de vulnerabilidad infinita. Pero si el Señor mismo nos da esa imagen, es pues infinitamente más que una imagen, es la más profunda realidad, hay una reciprocidad total entre Dios y nosotros; y si a cada instante nacemos de su corazón, y si somos totalmente fruto de su ternura, no puede vivir en nosotros sino haciéndose fruto de nuestra ternura, naciendo a su vez de nuestro corazón.Una vez más, aquí nos abren las analogías de la ternura humana horizontes ilimitados. La necesidad de amar que nos trabaja a todos, la necesidad de amar y ser amado, ¿qué es sino la necesidad de nacer de nuevo, de nacer en un corazón que nos adopta, de nacer en un yo de más, de nacer prácticamente, por libre elección, por elección de pura ternura?¿Y cómo podría Dios ignorar el secreto que está en el centro de todas las ternuras humanas? También Él quiere nacer en nosotros, busca en nosotros en cierto modo una vida más porque nos trata como iguales, no como mendigos incapaces de dar nada sino como hijos que serán después como esposas, cuyo "" es indispensable para el matrimonio de amor que quiere contraer con nosotros.Es pues cierto que entre Dios y nosotros existen los lazos únicos que expresan la maternidad divina. El misterio mariano que es el nuestro, se extiende a nosotros, entra en el centro de nuestra vida, dirige todas las orientaciones de nuestra fe y de nuestra acción, pues es claro que si Dios fuera simplemente una Ley, un mandamiento, una obligación, una justicia, una sanción, un juez, nos sería a la vez imposible amarlo e imposible estarle sometidos pues hay momentos en que la pasión humana que tiene por lo menos el color del amor, cualesquiera que sean sus ilusiones, es infinitamente más fuerte que todas las prohibiciones y todos los entredichos. Lo único que pueda hacer ceder la pasión es la fragilidad, la fragilidad de un niño, la fragilidad de una vida que está puesta en nuestras manos, un llamado a la confianza, un llamado a la generosidad.Uno de los rasgos más emocionantes de la historia de la Revolución rusa: alrededor de 1905, un revolucionario llamado Kolianeff había sido encargado de matar al hermano del Zar, al Gran Duque. Era la época terrible en que el Zar había respondido con cañones a una manifestación de obreros desarmados además y dirigidos por un sacerdote con iconos, que venían a pedir al Zar piedad y justicia.Y a ese asesinato colectivo, los revolucionarios habían respondido con un atentado contra el Gran Duque. Y Kolianeff había recibido el encargo de arrojar una bomba en la carroza del Gran Duque que iba al Teatro y, en el momento en que iba a ejecutar su encargo se dio cuenta de que unos niñitos estaban en la carroza del Gran Duque. Entonces le fue imposible ejecutar la orden recibida, porque no podía implicar a inocentes en ese acto que consideraba como acto de justicia y todo el comité revolucionario le dio razón, aunque el golpe hubiera fallado por esta vez, le dio razón porque todos sentían que la inocencia de un niño, la fragilidad de un niño es algo más fuerte que todas las diques del mundo y que es imposible atentar contra ese ser desarmado y que, precisamente por ser indefenso nos defiende de nosotros mismos, nos hace entrar en un mundo de piedad, de bondad, de generosidad y amor que nos revela a nosotros mismos un corazón nuevo que quizá nunca habíamos conocido o que habíamos olvidado desde hace mucho tiempo.Me parece que bajo este aspecto el misterio mariano nos introduce al corazón de la intimidad divina. Ese Dios niño, ese Dios hijo nuestro, ese Dios que quiere nacer de nosotros, ese Dios que busca cuna en nuestra alma, ese Dios cuya luz debe comunicarse por medio de nuestro amor a fin de suscitar en todas las almas nuevos focos y encender cada día una nueva Navidad, me parece que esta imagen o mejor, esta confidencia y esta iniciación que hemos sacado de la línea marial, nos lleva realmente al centro de nuestra tarea.En la vida, en la vida humana, en la vida de cada uno de nosotros, en la vida de todos los que nos rodean, hay una oportunidad para Dios. Cada alma es una oportunidad para Dios, cada alma puede devenir la revelación única, irremplazable, de un rasgo todavía desconocido del rostro de Dios. Cada alma puede ser un foco de vida eterna. Cada alma, cada ser, cada vida puede devenir la cuna de Jesucristo y, ante el Niño Dios, ante Dios hijo nuestro, el egoísmo queda infaliblemente desarmado, desarmado porque sabemos que Él las va a pagar, que Él va a sufrir, que Él va a ser opacado, limitado por nuestros límites, que Su rostro se va a eclipsar con nuestro egoísmo, mientras, al contrario, su rostro se va a revelar, va a brillar y a comunicarse alrededor de nosotros, si superamos el movimiento de hostilidad y de resentimiento, de celos, de vanidad, de sensualidad, en fin, todo lo que en nosotros brota espontáneamente del haz de irrespeto que somos, si no hubiera, más allá de nuestros instintos y de los llamados de la carne y la sangre, si no hubiera ese rostro infinitamente precioso y frágil del Niño Dios, de Dios nuestro hijo, que nos llama y nos solicita.Estoy seguro que si retenemos de este año mariano esta dirección que surgió necesariamente, porque es imposible que la Iglesia nos haya llevado al secreto de la maternidad divina si no hubiera ahí algo esencial y decisivo para el conocimiento y la conducta de nuestra vida cristiana. Es para que sepamos mejor quién es Cristo por lo que hemos sido conducidos a su madre, para que obtengamos por medio de ella la comunicación de su maternidad divina y que sepamos que Dios nos está confiado.Porque en la cristiandad, el Bien, la virtud en el terreno del Evangelio, no es la conformidad con un programa escrito negro sobre blanco en el papel, no es sometiéndose a una ley que se debe practicar so pena de las más terribles sanciones. En el cristianismo, el Bien es la vida, la vida de Jesús. En el cristianismo el Bien es Alguien. Es la Persona que ha encontrado su cuna en el seno de la Virgen y que quiere encontrarla en nosotros. Por eso, cada vez que faltamos voluntariamente de generosidad, la vida divina palidece, la Presencia divina se eclipsa, el rostro de Dios se eclipsa y finalmente, no hay en nosotros nada más que determinismos y egoísmos.Es absolutamente indispensable que se reanime en nosotros el sentido de una vida, de un compromiso personal con Jesús. Es Jesús el que es cuestionado. Su vida está en juego en la nuestra. Porque el Reino de Dios no es el reino de una fuerza que se nos impone contra nuestra voluntad. El Reino de Dios es la eclosión de vida, de luz, de gracia, de belleza, de ternura que brota en un alma que es respuesta viva al llamado del Dios vivo.Pidamos pues esta noche a la Santísima Virgen, exponiéndonos a la luz de su ternura virginal o mejor a la luz de la Presencia de Cristo que la llama por entero, pidámosle, abriendo nuestros corazones, participar en el misterio de la maternidad divina, ver realmente en Dios la suprema disponibilidad unida una suprema fragilidad, haber dado el amor infinitamente dado, desarmado, a fin de que lo cuidemos en nosotros y en los demás, que no impidamos jamás esa voz, que no la cubramos nunca con nuestro propio tumulto, y que, ante todas las solicitaciones de nuestro egoísmo y nuestras pasiones, a veces tan vivas y trágicas, tan dolorosas y desgarradoras, esté el dique Infranqueable del rostro del Niñito que es Dios, del Dios que es nuestro Hijito". 

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