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En Lausana, en 1955.
"Según un periódico humorístico de antes de la guerra, dos campesinos
bávaros estaban conversando y uno de ellos decía: "¡Qué tontería, pero parece que Darwin tiene razón: nosotros descendemos
de los monos!" Y el otro respondió: "¡Sí!... Pero me gustaría ver al mono que se dio cuenta primero que ya
no era mono…" Este chiste está lleno de gusto y sabiduría porque nos
hace sentir toda la tragedia del simio pensante
que somos nosotros.
Simio pensante, simio, de acuerdo, ¿pero pensante? Esa es toda la
diferencia, pues cuando el simio se puso a pensar dejó de ser simio. Cuando
nace el pensamiento en el mundo ya no se puede volver atrás. ¡Qué cosa tan
formidable es el nacimiento del pensamiento! Sea cual fuere el momento en que
sucede, ¿cómo imaginar el despertar del pensamiento?
Un niñito que comenzaba a pensar se extrañaba con ese mundo interior que
despertaba en él y decía: "Mamá,
¿qué es lo que pasa? ¿qué es lo que pasa? Hay un mundo que se agita en mí: hay algo
que piensa, hay algo piensa…" Qué suerte para ese niño que tenía mamá
para protegerlo de enloquecerse.
Pero cuando surge el primer pensamiento de la Historia, ¡qué emoción, qué
estupor, qué susto, pues en adelante el hombre deberá escoger, ya no estará
protegido por sus instintos, ya no será llevado por la biología!
Taine se divertía diciendo, no, creyendo hablar seriamente hace un siglo:
"El hombre es sólo un animal de
especie superior que produce filosofías y poemas como el gusano de seda produce
capullos y la abeja colmenas". ¡Pero no! Hay justamente una distancia
infinita que subrayó Pascal: las abejas hacen colmenas hoy como ayer, ayer como
antes de ayer y como hace mil años, porque las guarda la naturaleza, las guarda
en los límites de su instinto.
¿Y qué hace que el hombre no permanezca en los límites de sus instintos? Fue,
justamente, que el pensamiento surgió, rompió los diques de los instintos, y ya
los instintos mismos no son seguros, ya no pueden guiarlo ni sostenerlo. Él los
mantiene. Él los debe orientar. Él debe escoger. Y ¿cómo escoger y decidir?
La Biblia, hablando de la prueba original, a la manera judía antigua, nos
dice que hay que reflexionar a la luz de la cruz. Y nos dice que, cuando el
hombre y la mujer habían degustado el fruto del árbol de la ciencia del Bien y
del Mal, se dieron cuenta de que estaban desnudos. ¿Qué significa esa desnudez
de la carne, al lado de la desnudez del pensamiento? ¡Eso es lo espantoso!
Cuando despierta el pensamiento, el hombre sabe que en adelante nada lo
sostiene, nada lo sostiene. Él debe sostener su vida, inventarla, crearla. ¿Y
cómo? ¿En qué dirección?
Nació, ahí está, existiendo, sin haber escogido existir y pronto morirá,
sin escogerlo tampoco, pero se puede plantear la cuestión: ¿Y antes? ¿Antes de
nacer yo? ¿Y antes?... ¿y antes de eso?... ¡Y eso, sin fin! ¿Y ante la muerte?
¿Y después… y después… y después? Y sin fin… Entra en el abismo de los Cómo y de los Por qué y recibe el golpe de la nada, porque no hay nada ante lo
cual no pueda preguntarse: ¿Y después? ¿Y después?
Un hombre persiguió a una mujer durante años: un pintor persiguió con su
amor a una mujer durante años. Una mujer lejana, que dejó el país donde él la
encontró. Sueña con ella, quiere casarse con ella, sólo ella existe. Al cabo de
siete años la encuentra por fin, pero ya es otra, otra! No la reconoce. Había
estado alimentando un sueño, quería el infinito, el infinito y descubre una pequeña
burguesa calculadora, que busca placer, que considera el matrimonio como una
seguridad. Y todo se derrumba: ¡ahora la conoce, y ya no puede amarla!
El escultor, el viejo Rodin, dice al joven Bourdelle: "Bourdelle, siempre estamos comenzando".
Al final de su carrera, el genial anciano constata que no ha expresado nada:
¡sólo estamos comenzando!
Einstein se espanta de que un sabio del siglo 19 como Helmholtz hubiera
creído que pronto se sabría todo. Saberlo todo es imposible y además no tendría
interés porque como dice Einstein, una imagen definitiva del Universo no
tendría interés. Se podría preguntar siempre: ¿Y después? ¿Y después? Y la
condición misma de la ciencia es que haya un después, y un después y
un después, sin fin…
Y santo Tomás de Aquino, al final de su vida, viendo todo lo que había escrito,
todos esos infolios, los encontró inútiles: "Todo lo que he escrito me parece pura paja".
Es la historia de la balanza del sueño de Baltasar: Mané, Tekel, Fares.
Pensar es pesar, y en la balanza del pensamiento, nada resiste, todo se vuelve
polvo porque el pensamiento se mueve para ir siempre más lejos, jamás podemos
detenerlo y toda realidad es muy ligera como para interesarle, demasiado
pequeña como para colmarlo, pues como decía magníficamente san Juan de la Cruz:
"un solo pensamiento del hombre es más
grande que el Universo y sólo Dios puede colmarlo".
El simio pensante es pues una situación extraordinariamente patética: está
muy lejos de ser mero animal, es un animal descentrado, un animal inquieto, un
animal que jamás encontrará reposo porque ahora, como dice Pascal, está orientado
hacia el infinito y todo lo finito es demasiado liviano para él, jamás podrá
contentarse con ello. Para contentarse tiene que enceguecerse, encanallarse
hasta la locura y hasta el crimen. Y por eso el pensamiento, siendo un don
magnífico, es un don lleno de riesgos y de riesgos infinitos, pues el
pensamiento mismo es capacidad de infinito.
¿Entonces cómo salir de ahí? ¿Dónde encontrará salida el simio pensante que
quiere ir siempre más lejos, que dirá siempre: ¿Y antes, y antes del antes? ¿Y
después? ¿Y después del después? – y sin fin… sin fin…?
En todo caso, el apetito del pensamiento no se apaga nunca: aunque nos
quedemos eternamente con hambre, jamás hay que falsificarlo. La grandeza del
hombre, aunque no tenga salida, está en ser una interrogación y si no hay
respuesta, en la rebeldía. Y en todo caso, que no se satisfaga con alimentos
terrestres antes de haberlos transformado, porque los alimentos terrestres no
pueden satisfacerlo si no añade una nueva dimensión, divina.
Pero justamente, ¿dónde está Dios? ¿Dónde encontrarlo? ¿Y cómo? ¿Cómo
encontrará reposo el simio pensante, cuando se sabe incapaz de satisfacerse con
nada finito, cuando ve que hay movimiento para ir siempre más lejos? ¿Cómo
encontrar reposo que no sea capitulación, reposo que no sea morfina, reposo que
no sea indigno de él?
Afortunadamente, tenemos ese maravilloso despertar de la inteligencia, con
la sed de conocimiento que no tiene fin, la posibilidad de crear cada vez más
admirable, ya que por fin el pensamiento inventa un mundo cada vez más lejos de
los sentidos, cada vez más fruto de instrumentos y cálculos, cada vez más
inaccesible a los ojos y las manos, cada vez más rico y más terrible. Y al lado
de eso está el despertar del corazón, el grito de la mujer pobre que es también
una experiencia, magnífica: "El
mayor sufrimiento de los pobres es que nadie necesita su amistad".
Entonces, ése es otro aspecto, complementario, del misterio del
pensamiento: ese grito del corazón, esa necesidad de dar, esa certeza de que la
dignidad humana está en la generosidad. ¡Qué revelación de la grandeza del
hombre! Esa mujer, aplastada por las necesidades materiales, por las
preocupaciones con sus hijos a los que puede apenas alimentar, tiene otra
necesidad maravillosa que representa todo su ser… Lo que la humilla, lo que la
crucifica más que el peso de sus necesidades materiales, es que nadie se da
cuenta de su dignidad, nadie la cree capaz de un gesto gratuito, nadie necesita
su amistad… donde se ilumina el otro universo, donde ese universo finito,
limitado, insultante, puede llegar a algo maravilloso, llegando a ser en
nuestras manos una ofrenda, una oblación de amor…
Entonces sí, por la intervención del corazón, por el grito de una
generosidad deseosa de darse, el pensamiento ya no aparece como un daño del
instinto, como un cáncer que hace proliferar los problemas y las cuestiones: el
pensamiento se abre hacia un mundo de generosidad. Y justamente, en ese
universo de generosidad se sitúa la vida divina. Porque en fin, ¿qué significa
darse por entero y dar consigo todo el Universo, qué significa ese don y a
quién se le puede dar, si no hay en el ser humano, en el hombre a quien uno da
su amistad, si hay en él justamente un valor, una Presencia, una grandeza, un
amor y una generosidad infinita?
Eso es lo que sentimos, eso es lo que experimentamos: hay un universo de
generosidad que es el único en que podemos vivir, el único en que el
pensamiento termina en la luz y la alegría, el único en que encuentra reposo el
corazón. Y eso es lo que llamamos Dios, el Dios escondido en lo más profundo de
nosotros, el Dios que suscita en nosotros el deseo de darnos que nos permite
salir de nosotros mismos, salir del universo en que estamos atollados y
arrastrarlo con nosotros, transformado en ofrenda de amor.
Así es pues como Dios viene a nuestro encuentro en lo más íntimo de
nosotros mismos, cuando descubrimos en el impulso generoso que surge en
nosotros y que hace que seamos justamente intimidad, que nuestra vida esté
dentro y que en ese interior haya un poder tan formidable que podamos superar
la biología, superar todas las necesidades, superar la muerte y hacer de la
muerte misma una ofrenda de libertad, como el Padre Kolbe en el Campo de Auschwitz.
San Francisco además llegaba a las más altas intuiciones de los más grandes
pensadores, él había descubierto que lo más hermoso en la vida es el acto de
dar libremente, el acto de dar libremente.
Existe pues un universo de libertad que es universo de generosidad. Existe
un mundo, un reino del corazón, un reino del amor, que es por identidad el
Reino de Dios. Era bueno hacer este recorrido porque justamente el Evangelio es
un realismo de formidable autenticidad.
No se trata de errar fuera de la vida, sino de tomar la vida en toda su
grandeza, con todas sus dimensiones, con todas sus angustias, con todas sus
esperanzas e interrogaciones y con la única respuesta que tiene, porque
justamente, el hombre es un grito hacia el infinito y que el infinito no está
en ninguna otra parte que en el reino del corazón justamente, donde se sitúa
nuestra dignidad, donde aprendemos con la mujer pobre, con Guehenno, y todavía
mejor con san Francisco, siguiendo a Jesucristo, que el gesto humano por
excelencia, que nos hace entrar en el secreto de nuestra intimidad, que nos
hace penetrar en el diálogo con Dios, es el acto por el cual nos convertimos
totalmente en ofrenda, lo que san Francisco en su inmensa sabiduría que llegaba
al corazón mismo de la humanidad, designaba como el acto de darse
libremente".