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September 2010 - Posts

  • 28-29/09/10 - Dios es Amor y sólo se abandona al amor (7ª parte)

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    En Ghazir, Líbano, en 1959, a las Franciscanas misioneras. 7ª parte

    Un padre de la Iglesia, Teófilo de Antioquía obispo de un lugar no muy lejos de aquí (Ghazir en el Líbano), y que vivió a fines del siglo segundo, Teófilo de Antioquia tiene una página magnífica en que dice: "Me pides que te muestre a mi Dios, y yo te digo: ¡Muéstrame primero qué hombre eres! Muéstrame primero si tus ojos son puros, si son capaces de contemplar la eterna belleza, si tu corazón está abierto, si puede superarse, si puede abrirse al eterno amor, muéstrame primero qué hombre eres y yo te mostraré cuál es mi Dios."

    No se preocupen entonces por las dificultades que puedan tener en el orden de la fe: siempre dependen del mundo en "él". Hay dificultades porque las cosas han sido tomadas desde afuera, porque han sido mal dichas o mal entendidas. Cuando se entra en la fe viva, en el diálogo con la persona misma de Jesucristo, todas las dificultades se evaporan porque se entra en la viva Luz del día y nos convertimos en esa Luz viva. Entonces ya no se trata de expresar con palabras lo que descubrimos, porque rebasa todo lenguaje, como tampoco podemos expresar en palabras al ser que amamos.

    Si podemos hacer la caricatura de alguien, es que se trata de un enemigo. Entonces uno encuentra en seguida dos o tres rasgos que lo sitúan, que lo hacen a la vez reconocible y ridículo, porque no lo amamos. No podemos describir a alguien que amamos. Un hijo que ama profundamente a su madre no sabe de qué color son sus ojos o sus cabellos, que además cambian durante la vida; tiene de ella una imagen imprecisa, tanto más profunda y tanto más viva cuanto que cubre toda la vida de su madre, suponiendo que tenga la dicha de conservarla por largo tiempo, y la reconoce en todas las etapas porque la reconoce en una luz interior a él mismo que comunica con el corazón de su madre.

    Ese es el único conocimiento de la obra del mundo y de Dios. Por eso me siento tan profundamente herido precisamente por los teólogos que recitan fórmulas sin comprometerse, que juegan con los silogismos, que hacen interminables distinciones sacando consecuencias de los principios que plantean, que describen el cielo, el purgatorio, el limbo, el comienzo y el fin del mundo, que saben todo lo que sucede en el alma de Jesucristo, hasta dónde llega su ciencia humana y su ciencia divina, y que nos hastían de Dios porque, como sabemos, si podemos embolsicar todo eso, basta tener en la biblioteca una suma teológica y acostarnos a dormir y cuando tengamos ganas de saber, tomamos el libro en que todo está expuesto y descrito. ¡Es absurdo!

    Dios es inefable, es imposible expresarlo. Si una persona humana es ya inexpresable, si se siente herida como de sacrilegio por toda intrusión en su conciencia, si no soporta de ser tratada como objeto, ¿cómo quieren que el Dios vivo, que es pura intimidad, que es puro interior y nada exterior (somos nosotros los que quedamos al exterior, no El), como San Agustín nos lo decía: "¡Tu estabas dentro pero yo estaba afuera!", cómo quieren que Dios se revele a alguien que lo trata como objeto?

     

  • 27/09/10 – Dios es Amor y sólo se abandona al amor (6a parte)

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    En Ghazir, Líbano, en 1959, a las Franciscanas misioneras. 6ª parte. (cf.10/11/06

    Es pues esencial, para que la fe dé toda su luz, - la fe que es, como dice el poeta, la luz de la llama de amor –, es necesario que la fe se ejercite y se mueva siempre en el mundo en "TÚ". Es inútil preguntarse lo que significa el pecado, lo que significa la Encarnación, lo que significa la Presencia real, lo que significa la gracia santificante, si no están de rodillas en el diálogo del Amor, pues no entenderán nada, ya que permanecen afuera. No se aprende a conocer a Dios hojeando un diccionario de teología o un catecismo superior, a menos que las palabras del catecismo se hagan sacramentos y que las entiendan como una confidencia, en el arrodillamiento del Amor. De otra manera no entenderán nada, y su Dios será únicamente un ídolo como el dios de Caifás y de los doctores de la ley.

    Pues la idolatría no está donde pensamos: la idolatría está con mucha frecuencia en religiosos y sacerdotes, en teólogos, en catequistas, porque tratan de Dios como un institutor trata de su tabla de multiplicación. Se habla de Dios así, por oficio, de manera profesional. Recuerdo a los redentoristas que, habiendo pintado un cuadro horroroso del infierno, capaz de ponerle a uno los cabellos de punta, lo que es tonto a mi modo de ver, saboreaban la copita de ajenjo después del sermón sin ninguna inquietud, porque habían hecho su trabajo, habían recitado fórmulas y para ellos eso era puro ruido.

    Es absolutamente esencial entrar en el Evangelio, en el arrodillamiento de la fe y del Amor. Dios no puede darse sino a nuestra intimidad. Por eso la revelación, que no está en las palabras, entiéndanlo bien: ¡La revelación no está en las palabras sino en las personas! No hay palabras que puedan hacerles conocer una persona, no las hay. Innumerables hombres y mujeres se han dicho "te amo", pero cuando esa palabra es verdad está sostenida por la vida; y entonces se hace luz si hay una persona en la palabra, si la palabra ya no es palabra sino presencia y vida.

    Una persona no puede manifestarse sino en otra persona; una intimidad no puede enraizarse sino en otra intimidad; un alma no puede intercambiarse sino con un alma, y Dios no puede intercambiarse sino en el diálogo de la fe y del amor, cuando nos identificamos con Él y nos sumergimos en Su luz y en su gozo.

    Entonces la revelación no está nunca en las palabras. La Biblia no es un diccionario de teología, aunque un diccionario de teología puede hacerse sacramento si está hecho por hombres que viven realmente lo que escriben. La Biblia es un sacramento, la Biblia es una persona, la Biblia es alguien, la Biblia es una presencia, porque bajo cada palabra está el Verbo de Dios. Pero no es el sentido de las palabras lo que constituye la revelación sino esa presencia misma, y los profetas no son los que recitaron palabras sino los que estaban llenos del Espíritu de Dios, llenos de El en su intimidad profunda, y que, a través de las palabras que pronunciaban, comunicaban la Presencia de Dios. La Revelación es Alguien, la revelación es una persona, la revelación es la Palabra eterna, la revelación es el Verbo de Dios, la revelación es inaccesible al que no se compromete, al que no ama.

     

  • 24-25/09/10 - Dios es Amor y sólo se entrega al amor (5a parte)

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    "San Pablo lo dijo de manera magnífica en el cántico de la caridad de la 1ª a los Corintios: "¡Si no tengo caridad, yo no soy sino un bronce que resuena y un címbalo que retiñe!"

    Tuve además una experiencia curiosa que me permitiré contarles. Necesitaba en cierto momento el apoyo de un libro que había escrito y al que me habían pedido hacer una corrección para darle el imprimatur. Como era una idea que deseaba mantener, quería encontrar una fórmula que guardara la idea y diera satisfacción al censor. Se trataba de esto: pensaba yo, y sigo pensando que la vida eterna será un descubrimiento continuo, y no un punto fijo en que ya no se aprende nada nuevo sino una inmersión cada vez más profunda, cada vez más maravillosa, en un Dios inagotable, de suerte que será siempre nuevo, según lo afirma la Escritura, "el que beba ya no tendrá sed, porque estará maravillosamente "colmado", y el que beba tendrá siempre sed porque deseará siempre hundirse más en esos abismos de luz y de amor".

    Eso era lo que yo deseaba salvar, y había ido a hablar con un teólogo que no era otro que el Padre Lebreton, decano de la facultad de teología de París. Y el hermano portero me había dejado subir hasta la célula del Padre Lebreton sin anunciarme. Eran como las 10 de la mañana. Le hice la pregunta y me respondió: ¡No, no, no, no, no! Entonces yo insistí: "¡No, no, no! Por favor, añadió, tengo tres horas de mi vida para el trabajo, entonces "¡no!". Y me hizo salir.

    Yo me dije: "¡Eso es! Uno puede escribir cantidades sobre la caridad, pero valdría mejor practicarla". Entonces yo guardaba hacia el Padre Lebreton no un resentimiento pues me pareció más bien divertido que ese gran hombre hubiera podido tener movimientos de impaciencia, que yo comprendía muy bien además. Pero tuve luego la sorpresa maravillosa de ver que el Padre Lebreton, que tuvo una enfermedad muy larga en que perdió más o menos conciencia de sí mismo, excepto cuando hablaba de Dios, el Padre Lebreton hizo una confidencia a uno de sus cohermanos que la publicó en "los Estudios", dijo: "Escuche, Padre, esta idea que me vino. Dios es una fuerza que nos atrae, una trascendencia que nos imanta, más que un objeto que se ofrece al conocimiento, pero no le digo más por miedo de parecer agnóstico".

    Entonces, la última palabra del Padre Lebreton es justamente que no se puede poner a Dios en un cajón, ric, rac, sí, no, sí, no. Ya no se puede describir lo que sucederá en la vida eterna o lo que no sucederá. Dios es justamente un imán que nos atrae, una fuerza que nos eleva, mucho más que un objeto que podamos encerrar en fórmulas.

    Y me alegré sobremanera por esta nota del P. Lebreton, porque en el fondo es justamente la respuesta a la pregunta que fui a plantearle. Lo que le preguntaba era si Dios que no puede ser encerrado en una fórmula, ¿no será en la vida eterna la fuente de una sorpresa, de una admiración inagotable? Pues bien, él mismo lo había descubierto finalmente, porque tenía una vida religiosa auténtica, porque había aceptado heroicamente el sufrimiento, porque había aceptado todas las humillaciones que implicaba la enfermedad, porque se había unido cada vez más profundamente con Dios. Entonces conocía a Dios ya no por medio de palabras o de lenguaje sino con el corazón, por medio de la unión, por el amor que es la única manera de conocerlo.

    Ustedes recuerdan además que préparándose para la muerte, Santo Tomás de Aquino comentaba el Cantar de los cantares y dijo antes de morir: "Todo lo que escribí es paja" Sentía que si había cumplido con su trabajo de profesor como se lo había impuesto la obediencia, utilizando su conciencia y su genio, eso no era nada comparado con lo que descubría en la contemplación: un mundo en "TÚ", el mundo del diálogo en que justamente Dios aparece no como objeto que se mete en un cajón, que se expresa en una fórmula, sino como un día vivo en que uno encuentra su propia intimidad.

    Esto es de importancia capital, porque las dificultades contra le fe vienen casi siempre de haber percibido en Dios un objeto, ¡un objeto!

    Conocí el caso de un artista, de un artista de talento extraordinario, que era hijo ilegítimo, cuya infancia había sido difícil, y que además no creía en nada, que estaba con una mujer separada de su marido, que tampoco creía en nada, y que era su amante. Y este hombre frecuentaba la casa de esa mujer que tenía una niña, una niña que crecía y crecía, y el hombre se dio cuenta de que la niña era hermosa, y que llegando a señorita era más hermosa todavía

    Y entonces se interesó por ella, y sintió que había entre él y ella cierta correspondencia. Y la joven también. La madre adivinó la atracción naciente y puso distancia, simplemente para mantener la dignidad misma de sus relaciones. Finalmente, la madre de la joven se convirtió muy seriamente; el artista por su parte se convirtió también, y naturalmente las relaciones se convirtieron en pura y simple amistad. La joven, que más o menos lo esperaba, se decepcionó y no le hizo ningún avance, y le guardó cierto rencor. El muchacho le pidió a su párroco que le buscara esposa, se casó simplemente para arreglar su vida como debía, y la joven no tuvo más recurso que casarse a su vez, con un hombre que ella no quería apasionadamente.

    Además, el artista seguía viendo a la madre de la joven en un plano de amistad transparente. Finalmente, cuando la madre fue a vivir con su hija, él fue a visitarla donde ella. Pensaba que si jamás encontraba a la joven a solas habría una catástrofe. Y un día, en efecto, sucedió que la madre no estaba.

    Entonces la joven se explicó, le expresó su resentimiento por la actitud que él había tenido con ella; él le dijo que no había hecho nada, pero que por su parte nunca había dejado de pensar en ella. Naturalmente, al final de las confidencias, cayeron el uno en brazos del otro, y ella se convirtió en su amante. Situación extremamente trágica, ya que ambos estaban casados, y tenían hijos. Y no se contentaron de esa unión sino que quisieron tener un hijo que fuera de los dos para sellar su amor que era su última suerte, que era finalmente su único amor…

    Entonces fue cuando yo supe, por la madre que había entrado en la confidencia, que la joven esperaba un hijo de él, pero el marido no sabía nada. Tuve ocasión de encontrar la pareja, el artista y la joven, y me hablaron de su amor con pasión y entusiasmo, diciendo que estaban dispuestos a reconocerlo ante el mundo entero.

    Yo sabía muy bien que el deber y todo eso eran palabras gastadas, que no había que pronunciarlas. Los escuchaba a la vez asustado y conmovido cuando no sé cómo me vino la idea de hablarles de Dios como Amor, diciéndoles que ciertamente Dios comprendía el amor mejor que nadie, que nunca se peca porque se ama, sino en la medida en que no se ama lo suficiente, en que no se ama infinitamente, en que no se va hasta el final del amor, en la medida en que uno se ama a sí mismo bajo nombre del amor, y que además Dios era víctima, ¡víctima!, inclusive primera víctima de esa falta de amor, porque El es el Amor, el Amor en nosotros, el amor como presencia, el Amor frágil, el Amor que puede ser herido de muerte.

    Y mientras yo hablaba, si saber además lo que me inspiraba, y ciertamente porque la gracia pasaba a través de mí, la joven me dijo de repente: "En el fondo, sabemos que vivimos en pecado". Ah, entonces no era un romance tan perfecto, ¡no era esa felicidad maravillosa de que hablaban! Había un gusano en el fruto, sabían muy bien que no era lo ideal a pesar de todo. Y él, a su vez, confesó que en el fondo no conocía a Dios sino a través de fórmulas, y de razonamientos, a través de un sistema, que nunca había pensado que Dios estaba en él como una presencia confiada a su amor, y que podía echarlo afuera, y que Dios no podía defenderse.

    Entonces se puso a sollozar, la mujer se puso a sollozar; ambos estaban perdidos porque de repente habían descubierto justamente un Dios que no era prohibición, ley, límite, sino un Dios que es vida, presencia, un rostro, un Amor interior en ellos".

     

  • 22-23/09/10 - Dios es Amor y sólo se entrega al amor.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 st1\:*{behavior:url(#ieooui) } /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} En Ghazir, Líbano, en 1959, donde las Franciscanas misioneras. 4ª parte (Cf. 08/11/2006).

    Es imposible conocer al hombre de otra manera que en la reciprocidad y cuando el hombre se siente tratado en objeto, se cierra y se protege contra la indiscreción de los demás, se rebela contra el menosprecio que lo reduce al rango de objeto y espera con tanta más violencia el amor que le abra las puertas del infinito trayéndole una intimidad a través de la cual la suya propia pueda abrirse."

    "Sólo conocemos al hombre en el mundo en "TÚ" y el verdadero sabio es el que se encuentra en estado de contemplación y ve en el mundo una Presencia. Con mayor razón, no podemos conocer a Dios sino en el mundo en "TÚ".

    Y entonces habrá mucho que decir, porque justamente hicimos de Dios un objeto del mundo, es decir muy exactamente un ídolo, y van a comprender. Cuando hice la primera comunión, el Hermano de las Escuelas Cristianas que nos dirigía durante el retiro nos contó esta historia: "Había unos niños que se preparaban a la primera comunión y entre ellos un muchacho solapado, agresivo, malo, impuro, que había ocultado en la confesión un pecado grave. Era naturalmente un pecado de impureza, ya que no había otros. Había pues cometido un sacrilegio en su primera comunión y al día siguiente el vicario que los había preparado a la comunión llevó los niños en caminada al campo. Era la época de las cerezas. Alquiló un cerezo e invitó a los niños a subir al árbol y coger cerezas, y naturalmente el más goloso fue ese muchacho: subió a la rama más alta… que se rompió y el muchacho quedó empalado en la rama, murió y fue al infierno".

    Oí esa historia y nunca la olvidé, como pueden observar. Pues bien, esa historia es a la vez idiota y criminal. Idiota porque si ocultó el pecado, nadie lo supo. ¿Cómo saber que lo había ocultado, si lo ocultó? Y luego, ¿cómo saber que murió en estado de pecado mortal si no se confesó antes? ¿Cómo saber que se fue al infierno? Esto es todavía más problemático. Es idiota del comienzo hasta el fin, y es criminal porque aprovecha de la emotividad de los niños de esa edad para inspirarles miedos de los que no podrán curarse jamás.

    Conocí a un hombre que había pasado por ese régimen. Había pasado toda la vida enseñando con dedicación maravillosa y estaba naturalmente lleno de escrúpulos que le habían inspirado respecto de la pureza y a los 65 años saltaba a 50 cm del piso en accesos de locura por miedo del infierno. Y decir que un hombre de tanto valor, tan digno, perdió el equilibrio hasta tener que ser internado en una clínica psiquiátrica porque lo habían llenado de escrúpulos imbéciles y criminales. Eso muestra bien el peligro mortal de hablar de Dios en el mundo en "ÉL".

    Dios no es un objeto del que podemos hablar como de geometría. Ahora bien, fuimos criados, al menos yo, en ese catecismo que era una especie de manual de geometría, donde se aprendía ¿Qué es…? ¿Qué es…? ¿Qué es…? ¿Qué es Dios? ¡Dios es esto! ¿Jesucristo? Jesucristo es esto… ¿Qué es la gracia? etc.… Creo además que ustedes estuvieron en la misma escuela, es decir que se aprendía exactamente como se aprende que 2 y 2 son 4. No se necesita compromiso para recitar las fórmulas y uno se imagina, uno se imagina, a fin de cuentas, que hizo conocer a Dios, ¡y lo hizo detestar! Eso fue todo.

    Es evidente que esa especie de mecánica verbal en que se trata a Dios como objeto no puede introducir nunca en el diálogo. Y es justamente la inmensa miseria del catecismo y de la enseñanza religiosa para millones de hombres. Saben de memoria el catecismo, pero no conocen a Dios, porque no han entrado nunca en la intimidad del Señor, porque Dios no ha sido nunca un descubrimiento personal, porque el corazón no se ha conmovido nunca, porque nunca experimentaron ante Dios el poder de admiración y de respeto, que es el alma de toda investigación científica. Y desgraciadamente no son solamente los catequistas, sino los teólogos, los teólogos los que se embarcaron en el mundo en "ÉL", y transformaron a Dios en objeto.

    Recuerdo la historia de la disputa ante el papa Clemente VI o VII entre jesuitas y dominicanos a propósito de la gracia. Gracia eficaz, gracia suficiente… ustedes conocen esa historia trágica en que los unos se aferraban al principio de causalidad, en que los dominicanos querían salvar la causalidad y los jesuitas la libertad. Y dos grandes teólogos se disputaban ante el papa, y el jesuita se reclamaba de San Agustín, teniendo en manos un libro de san Agustín y leyendo un texto. De repente el dominicano saltó, le arrancó el libro de las manos diciendo: "Usted truncó el texto, olvidó una conjunción, dijo "PERO" cuando debió decir "AHORA BIEN", y ¡el jesuita quedó tan perturbado que cayó muerto, de apoplejía! Entonces el papa, afortunadamente, prohibió toda discusión de ese tipo y prohibió a unos y otros tratarse de herejes, ¡pero tuvo que haber un cadáver!

    Los teólogos, desgraciadamente, se embarcaron en ese camino trágico, y existe un ejemplo monumental, el del Sumo Sacerdote Caifás. Caifás pasa su tiempo en el templo, ofrece el sacrificio, entra en el santo de los santos, conoce las Escrituras. Caifás y los fariseos enemigos de Cristo y los doctores de la ley que pasan su tiempo comentando la Palabra de Dios, ¡son gente altamente religiosa! Pero no, no conocen nada de Dios, justamente porque para ellos Dios es objeto. Es un monopolio del que aprovechan para aplastar a los demás con su desprecio y del que van a aprovechar pronto para hacer morir al Hijo de Dios. Porque no hay que olvidar que Cristo fue condenado por teólogos, condenado por sacerdotes, por hombres religiosos, condenado en nombre de las Escrituras, en nombre de la Ley, como enemigo de la religión.

    Es pues perfectamente claro que se puede hablar de Dios todo el día sin saber nada de El, ser enemigo de Dios, y bajo fórmulas exactas, poner un ídolo.

    Eso debería ser una advertencia clara para los catequistas. Por favor, no hagan recitar esas fórmulas rígidas a los niños antes de haber tratado de conducirlos al Dios vivo, al Dios que está en ellos, al Dios que es una fuente que brota en vida eterna, al Dios que es su espacio, su luz y su alegría: Dios es un secreto de amor y no se le puede conocer sino por medio del amor. Además, la Iglesia lo dice magníficamente en el responsorio del Jueves santo: "Ubi caritas et amor, Deus ibi est". Donde están el amor y la bondad, ahí está Dios."

     

  • 21/09/10 - Dios es Amor y sólo se entrega al amor.

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    En Ghazir, Líbano, en 1959, donde las Franciscanas misioneras. Tercera parte.

    El mundo del sujeto, el mundo de la dignidad, el mundo del amor pertenece al mundo en "TÚ", como el mundo de la ciencia, según vimos, en la página de Rostand en que comprendimos el paso del mundo en "ÉL" al mundo en "TÚ" que crea la intimidad. El sabio en su laboratorio aplica naturalmente fórmulas que pueden ser aplicadas por cualquiera, y es justamente lo que induce a Juan Rostand en error sobre su propia actitud. Hace experiencias sobre ranas, sobre sapos, sobre la herencia, sobre los genes, sobre los cromosomas, sobre agentes microscópicos que determinan la forma o el color de los ojos, que determinan el color del cabello, que determinan el tamaño de las alas en la mosca del vinagre, y trata justamente de hacer aparecer ojos rojos en la mosca del vinagre calculando, segmentando los cromosomas y tomándolos precisamente en el punto que comanda la eclosión de los ojos. Y naturalmente, cualquiera con los mismos instrumentos, con los mismos conocimientos técnicos, puede reproducir esas experiencias, porque estamos en un mundo anónimo, en un mundo en "ÉL", en un mundo que la máquina puede explorar.

    Además, ahí se recurre ampliamente a la fotografía, a los aparatos de grabación, mucho más precisos que la medida humana, y se podría finalmente hacer la mayor parte de esas observaciones sin presencia humana, como se envían actualmente satélites al espacio con aparatos que observan, graban y comunican.

    Pero lo que un aparato nunca podrá hacer es escribir la página en que Rostand habla de la verdad con todo el fervor, con todo el amor, con toda esa pasión, y en que sentimos que está completamente comprometido en el don de sí mismo a la verdad.

    Nos damos cuenta, y esto es extremamente precioso, de que es necesario distinguir entre los conocimientos en plural y los del mundo en "TÚ": los conocimientos en plural están consignados en los libros, los pueden transmitir a sus alumnos, dependen sobre todo de aparatos, de las fórmulas y de los cálculos, y no suponen ninguna presencia humana, ninguna conciencia, ningún amor. Los conocimientos en plural cambian continuamente, continuamente, pues un físico puede escribir un libro: esto es verdad en el momento en que lo escribo, y no es seguro que cuando el libro salga de prensa, dentro de seis meses, sea todavía verdad porque como van las cosas, con la rapidez de los descubrimientos físicos que caracterizan nuestra época, no podemos estar nunca seguros de que lo impreso ahora siga siendo verdad mañana. Los conocimientos no cesan pues de cambiar, no dependen de un compromiso personal, provienen de una técnica, y cualquiera que conozca la técnica es capaz de aplicar la fórmula y de emplear los aparatos

    Pero esos conocimientos están infinitamente lejos del conocimiento en singular, que es justamente diálogo que se sitúa en el mundo en "TÚ", donde, a través de las observaciones de laboratorio, de astronomía, de geología, de medicina, de psicología, cualquier sabio podría escribir la misma página asombrosa, llena de admiración, arrodillada ante la verdad, la verdad que no se puede poner en fórmulas, la verdad que es una persona, una Presencia, que es intimidad y amanecer en la mente del sabio: esa verdad es eterna, esa verdad podrán encontrarla los sabios de todos los tiempos a condición justamente de que se comprometan en buscarla con todo su ser, a condición de que sean guiados por el amor de la verdad y que entren en el diálogo de persona a persona.

    El verdadero sabio es siempre el que justamente no es solamente técnico capaz de aplicar fórmulas, sino ante todo un contemplativo cuya vida toda es dedicación a la verdad y amor de la verdad. Como decía uno de ellos, el verdadero sabio no es el que se levanta dos horas antes para leer el último libro que ustedes no han leído todavía, sino es aquél cuya vida toda es luz, aquél en quien se hace día porque se eclipsa completamente en la luz, porque ve el mundo no sencillamente como un mundo de objetos, sino que lo ve a través de los objetos porque hay entre ellos un orden, porque los objetos obedecen a leyes, porque un pensamiento circula a través de ellos, porque finalmente nos traen un mensaje: a través de los objetos descubre una presencia que lo llena de admiración y de respeto, como decía Einstein: "El hombre que ha perdido la capacidad de asombrarse y llenarse de respeto es como si estuviera muerto!"

    Esas palabras justamente se sitúan en el mundo en "TÚ", que no es solamente el del diálogo y del matrimonio. Por eso, además, un poeta inglés, Coventry Patmore, dijo: "Todo conocimiento digno de ese nombre es conocimiento nupcial", es decir conocimiento de amor que responde al "Tú eres yo" del matrimonio indio.

     

  • 18-20/09/10 - Dios es Amor y sólo se entrega al amor

    En Ghazir, Líbano, en 1959. (Textos ya publicados en noviembre de 2006)

    "Yo tenía en Lyón un amigo yugoslavo, que había sido ministro en su país y que habiendo rehusado seguir a Tito se vio rechazado por su país y apátrida. Tuvo pues que buscar trabajo para subsistir y encontró empleo en una fábrica de sedas. En esa fábrica, el patrón se hacía un honor de nunca responder al saludo de los empleados, no digo solamente de los obreros sino inclusive de los empleados. Esa actitud supone evidentemente que para el patrón todos los subordinados eran objetos. No estaban en el mismo plano que él; pertenecían a otra humanidad, y había que hacérselo sentir, dejando su saludo sin respuesta. Nada más injurioso para el que es objeto de tal desprecio, y nada puede impedir más toda relación humana porque para que un ser humano se comporte como tal necesita ser llamado y reconocido en su humanidad.

    Una mujer pobre que tuve el honor de conocer, me dijo estas palabras, unas de las más bellas que haya escuchado: "El gran sufrimiento de los pobres es que nadie necesita su amistad. Vienen donde nosotros en el último momento, cuando vamos a morir, vienen a traernos de qué subsistir, de qué prolongar nuestra miseria, para irse luego a Chamonix o a la Costa Azul con la conciencia tranquila para no tener nuestro cadáver en las manos. Pero nadie viene a vernos con el sentimiento de poder recibir algo de nosotros. Nadie cree que nosotros los pobres podemos dar algo. Nadie necesita nuestra amistad."

    Y ese grito era tanto más desgarrador cuanto que esa mujer había perdido un hijo que se había ahorcado. Otro había estado en prisión, los demás, desnutridos. Hacía 18 años que vivía con ese pánico, sin llegar a mantener su presupuesto, continuamente suspendida a un porvenir incierto con medios de fortuna que no le daban ninguna seguridad. Y para ella, el mayor sufrimiento no eran las desgracias que le habían caído encima a ella y a sus hijos, sino el desprecio de su humanidad, el haber sido tratada y ser continuamente tratada como objeto.

    Justamente, el hombre no es un objeto, es sujeto, sujeto, en el sentido de dignidad, sujeto en el sentido de fuente, que puede ser fuente y origen de un mundo nuevo. Por eso la única manera de encontrar a un hombre, de descubrir su verdadero rostro, de entrar en contacto con su verdad, es situándose en lo que Gabriel Marcel llama el mundo en "Tú". Gabriel Marcel, si no me equivoco, distingue el mundo en "TÚ" y el mundo en "ÉL". El mundo "Él" es el mundo de los objetos, el mundo mecánico, el mundo de la exterioridad, el mundo en que se habla del hombre diciendo "ése".

    El mundo en "TÚ", por el contrario, es el mundo de la reciprocidad, en que uno está siempre ante un igual, en que el alma busca el alma, la intimidad la intimidad, la persona la persona; ese mundo en "TÚ que se expresa en la vieja fórmula hindú del matrimonio en que el novio dice a la novia: "Tú eres yo". En adelante ya no soy yo, "tú eres yo".

    Vamos a darnos cuenta además de la importancia extraordinaria de ese mundo en "TÚ" si recordamos la novela de Oscar Wilde llamada "El retrato de Dorian Gray". En esa novela, la única que escribió ya que escribió sobre todo poemas y piezas de teatro, Dorian Gray es un joven apuesto, hermoso como Adonis, que posa para un pintor llamado Basilio. El pintor está muy apegado a su modelo a causa de su perfecta belleza, y trata de hacer de ese retrato su obra maestra. Mientras Dorian posa para Basilio llega un viejo perverso llamado Lord Henry que se impresiona con la belleza del joven y que demasiado viejo para llevar una vida de de juerga continua va a tratar de corromperse por un intermediario. Quiere pues tratar de arrastrar al joven a una vida desordenada y comienza por halagarlo con el fin de seducirlo, diciéndole: "Apuesto como es usted, ¡todos los puestos se le ofrecen, todos los éxitos le están prometidos, todas las conquistas le son posibles!"

    Dorian Gray escucha las sugestiones y algo se transforma en él, y el pintor lo nota en la siguiente sesión de pose. Sin embargo, contra toda previsión, contra los consejos de Lord Henry que quería corromperlo y lanzarlo a la gran vida, Dorian se enamora o cree enamorarse de una joven llamada Sibila Vane, actriz de teatros de barriada que él vio haciendo el papel de Julieta en la pieza de Shakespeare "Romeo y Julieta".

    Para él, esta joven tiene genio, él cree haber descubierto su genio, casi haberlo inventado, haberlo creado. Va cada noche al teatro, la aplaude, toma contacto con ella, se inflama, y le hace declaraciones de amor que la asombran y que terminan por conmoverla. Tiene siempre a Sibila Vane en la boca, habla de ella a sus amigos, los cansa hablando de su genio y de sus éxitos, e insiste para que vayan a ver el espectáculo.

    Los amigos, especialmente Lord Henry se hacen tirar las orejas y una noche van a ver el espectáculo, y esa noche Sibila se desempeña muy mal, como un aprendiz, como una niña de escuela primaria, de manera completamente tonta. El teatro se vacía después del primer acto. Dorian está furioso. Sus amigos se retiran discretamente y al final de la pieza salta al escenario y la regaña, la fulmina con su ira y su desprecio porque decepcionó su amor propio, lo ridiculizó a los ojos de sus amigos, y en fin, porque destruyó el mito del genio que creía haber creado.

    Entonces Sibila le responde con estas palabras extraordinarias y magníficas: "Mientras no conocía el amor yo podía jugar el papel del amor; ahora que lo conozco, ya no puedo". Y esas palabras, salidas del fondo de su corazón, son evidentemente la más hermosa confesión de su amor, y habrían debido poner a Dorian de rodillas si la hubiera amado realmente. En realidad no la amaba: se amaba a sí mismo a través de ella, la amaba como una joya que se exhibe, la amaba porque creía haberla creado, haberla descubierto, ser autor de su genio.

    Esas palabras de Sibila son pronunciadas en el mundo en "TÚ", hacen parte de la intimidad y se dirigen a la intimidad, y no encuentran ninguna resonancia en el corazón de Dorian, no son recibidas ni comprendidas. Sibila Vane comprende entonces inmediatamente que Dorian no la ama, que ese amor que despertó lentamente en ella encuentra solo un muro, y esa misma noche se suicida. Ahí vemos que en el mundo en "TÚ" la conversación es necesariamente diálogo, intercambio, las palabras sólo tienen valor en la medida en que son entendidas en la misma luz en que fueron pronunciadas.

     

    Otro novelista inglés, Charles Morgan, contemporáneo fallecido hace dos o tres años, en un libro admirable intitulado "Fountain", nos habla de cierta Julia, una inglesa que se casó con un oficial prusiano antes de la guerra del 14. Naturalmente, el oficial fue movilizado y ella fue invitada a Holanda, país que permaneció al margen del conflicto. Fue invitada por su padrastro, es decir por el segundo marido de su madre viuda que se casó con ese gentil hombre holandés. Este hombre, de gran bondad y muy rico, posee una espléndida propiedad y no quiere que la joven separada de su marido sea expuesta a los azares y las privaciones de la guerra. La invita pues a pasar esos años terribles en su castillo. Allá, ella se encuentra con a un oficial inglés herido y que según las convenciones de la Cruz Roja, pudo ser hospitalizado en Holanda, a condición de no volver al combate. Ahora bien, este oficial, cuya familia está relacionada con la madre de Julia, es también huésped del padrastro de Julia. El oficial fue también profesor de filosofía de Julia cuando daba su primer curso. Y como joven profesor, tuvo como primera clase la de Julia. Eso nos indica que la diferencia de edad entre ellos no era muy grande.

    Se encuentran en plano de amistad, despiertan nos recuerdos, salen juntos, se hacen confidencias y finalmente caen el uno en los brazos del otro, y ella se convierte en la amante.

    Durante ese tiempo, el marido pelea heroicamente en el frente y la guerra llega al final. El marido es mortalmente herido y los médicos no comprenden cómo puede sobrevivir con tales heridas. En realidad, sobrevive porque ama a su mujer con un amor total y desea ante todo volver a encontrarla, y ese deseo de volverla a ver moviliza todas sus energías y le da las fuerzas para resistir. Va también a Holanda, vuelve a ver a Julia y comprende inmediatamente que ella le fue infiel, que él se equivocó, que ese amor no existía, y que no hay reciprocidad, y muere.

    Estos ejemplos nos hacen sentir el poder de ese mundo en "TÚ", de ese mundo en que el conocimiento se funda en la reciprocidad. Ustedes saben que el alma humana, como ya lo vimos, sólo es penetrable a otra alma que está abierta para ella, y vimos que la joven que había sufrido de la terrible enfermedad de esquizofrenia, que esa joven desde la edad de 5 años se ejercitaba en pensar lo que no pensaba para que su mamá no adivinara en qué pensaba. Desde pequeña tenía el sentimiento de la intimidad, el sentimiento del universo interior, inviolable, sagrado, que sólo puede mostrarse en la confidencia con alguien en quien se tiene plena confianza.

    Es lo que constituye con frecuencia, como ustedes saben, los dramas familiares: sentados a la misma mesa, compartiendo el mismo pan, pero lejos, en los antípodas, justamente porque no es la proximidad material lo que permite el intercambio, al contrario: justamente por la gran cercanía con los demás, si se quiere guardar un secreto hay que cerrarse a doble llave, protegerse de la mirada indiscreta de los demás.

    Pero ese es el mundo que nos constituye, en ese mundo es donde somos realmente nosotros mismos, a ese mundo pertenece nuestra personalidad, si la tenemos.

     

  • 15-17/09/10 ¿Qué es un apóstol? Alguien que se eclipsa en Jesucristo.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Lausana. En 1955, el P. Zundel habla a unos niños...

    Acabamos de leer la hermosísima epístola de san Pablo. ¿Porqué? ¿Porqué leímos esa bella epístola de san Pablo esta mañana? Porque es domingo de sexagésima, y el domingo de sexagésima se celebraba la misa en Roma en la iglesia de San Pablo. Por eso, en honor de san Pablo, se leía este gran resumen de la vida de san Pablo que acaban de escuchar.

    ¿Qué es un apóstol? ¿Qué significa la palabra apóstol? ¿Qué quiere decir? Quiere decir Enviado. El Apóstol es alguien que es enviado. ¿Enviado por quién? Por Jesús, enviado por Jesús. ¿Y para qué, para qué lo envía Jesús? ¿Cómo?...

    -Para hacerlo conocer.

    -Muy bien.

    Había una niñita de ocho años que había hecho su primera comunión con otros niños y niñas, y después de la comunión, estaban charlando. Creían estar solos y que no había adultos cerca. Pero había uno que los estaba escuchando. Y contaban lo que habían sentido en el momento de comulgar. Unos decían: "¡Es el día más bello de mi vida!" Decían eso porque lo habían leído en un libro! ¡Es el día más bello de mi vida!" Otro dijo: "Yo recé por todas las almas del purgatorio! También lo había leído en un libro. Otro dijo: "¡Yo gané una indulgencia plenaria!" Lo había leído en un libro.

    Y la niñita de que les hablo, sin haberlo leído en un libro, habiendo verdaderamente comulgado, dijo esa frase – una de las más hermosas que yo conozca - : "¡Pues a mí Él me eclipsa!" ¡Magnífico! ¡Me eclipsa! ¿Qué quería decir? Me eclipsa. ¿Comprenden ustedes la palabra? ¿Qué quiere decir? Quiere decir que Jesús había tomado todo el lugar, y la pequeñita estaba llena de esa Presencia, de esa luz y de alegría.

    ¿Por qué nos eclipsa Jesús? Al menos nos eclipsaría si fuéramos realmente cristianos. ¿Por qué nos eclipsa Jesús? ¿Por qué? Cuando un niño o una niña zapatea diciendo: "¡Yo, yo, yo, yo, yo!" es interesante, ¿no? ¿Entonces nos eclipsa Jesús?

    Había una niña esquimal - ¿saben lo que es un esquimal? ¿Dónde viven los esquimales?

    ‑ "Cerca del mar.

    ‑ Sí, ¿de qué mar? ¿Del Mar Ártico? Viven en el hielo. Sus casas están bajo la nieve. Había pues una misión; unos misioneros estaban entre los esquimales y habían hablado del Niño Jesús. Era antes de navidad y habían prometido los misioneros que iban a mostrar algo magnífico a los niños que fueran juiciosos. Y cuando llegó la fiesta de navidad, hicieron un pesebre, y en el pesebre pusieron un magnífico muñeco comprado en un supermercado. Se imaginaban que los niños iban a estar maravillados y entre los pequeños esquimales había una niñita que había escuchado bien y, cuando la llevaron ante el pesebre y vio la muñeca, quedó completamente confusa.

    Entonces dejó el pesebre de papel y el muñeco y se fue delante del altar… ¡delante del altar! No le habían hablado de la Eucaristía y fue a arrodillarse con mucho silencio. Y el misionero le dijo: ¿Qué estás haciendo?" Y ella respondió: "¡OH! ¡Aquí Él está vivo, aquí Él está vivo!" Ella había entendido que el muñeco era una imagen, que no estaba vivo, pero que en el tabernáculo Jesús está vivo. ¿Y porqué lo había reconocido ella? Justamente porque en el tabernáculo Jesús se eclipsa, no hace ruido, está oculto esperando a todos los que ama, pero se oculta.

    ¿Ustedes conocen a santa Teresa del Niño Jesús? ¿Qué fue lo que ella hizo? ¿Qué hizo santa Teresita del Niño Jesús? ¿De qué murió? Y primero, ¿de qué murió? ¿Y cuándo, cuándo murió? En 1897, ¿es decir que hace cuánto? … 55… y 3… hace 58 años. ¿Y de qué murió?

    - De tuberculosis.

    La tuberculosis provoca fiebre. Entonces, el último día de su vida, Teresa estaba ardida de fiebre. ¿Y qué pasa cuando uno tiene fiebre? ¿Cómo?

     - Dolor de cabeza.

    - Uno tiene dolor de cabeza, y ¿qué más?

    - Sed, uno tiene sed, y ella quería beber, pero ya tenía paralizada la garganta, estaba muriendo y tragaba muy lentamente. Cerca de ella había dos hermanas cuidándola. Y ella pidió de beber. Le presentaron un vaso. Comenzó a beber, pero iba tan lento que las dos hermanas que estaban con ella cuidándola se durmieron. Entonces, Teresa, que iba a morir, para no despertarlas, se quedó con el vaso en la mano. ¿Qué piensan ustedes? Ella moribunda, no quiso perturbar el sueño de las dos hermanas que estaban bien aliviadas cuidándola.

    ¡Ella se eclipsaba! ¡Sí, maravillosamente: no hay ejemplo más bello de olvido de sí mismo!

    En Londres… ¿Dónde queda Londres? ¿Qué es Londres? ¿Saben geografía? ¿Qué es Londres? ¡La capital de Inglaterra! Bien.

    Londres es una ciudad… ¿de cuántos habitantes? 7 millones… ¿Cuántos tiene Suiza? 4 millones… Entonces en Londres, en una sola ciudad, hay más gente que en toda Suiza… En Londres hay grandes jardines, y en esos jardines, los domingos hay tribunas donde cada uno puede hablar, presentar las ideas que quiera, hacer publicidad de lo que quiera y también hay sacerdotes que vienen a hablar de Jesús.

    Y había un dominicano que era un santo, y se llamaba el P. Mac Nab. El P. Mac Nab tenía costumbre de ir los domingos a Hyde Park, uno de los jardines donde la gente paseaba y escuchaba… Y había alguien que venía todos los domingos a boicotearlo alboroteando. ¿Qué es alboroto?

    El ruido.

    Entonces, alguien venía a hacer ruido. ¿Porqué? Para impedirle hablar, para que no lo escucharan, alguien que no quería a Dios y no quería que hablaran de Él. ¿Qué podía hacer el P. Mac Nab? Podía darle puños, darle golpes… ¿Cómo?

    .... ¡tocar música!

    Tocar música. ¡Ah! ¡Maravilloso! En todo caso, el P. Mac Nab no se podía defender, no podía  dar patadas ni puños. Entonces, ¿saben qué hizo? Un domingo, al llegar a Hyde Park, cuando iba a subir a la tribuna vio al tipo que hacía bulla todos los domingos. Y pensó: "Bueno, ¡ya va a empezar y no me va a dejar hablar!" Entonces fue donde ese señor, se arrodilló ante de él y le besó los pies. El otro no esperaba eso, y quedó confundido, se fue y no lo volvieron a ver.

    ¿Porqué? Se conmovió, comprendió que el P. Mac Nab no era un charlatán ni un prestidigitador, sino que amaba de todo corazón al Señor.

    Entonces, un apóstol es alguien que… se eclipsa para mostrar a alguien más que a sí mismo, que se eclipsa para mostrar a Jesús. ¿Entendieron?

    ¿Han escuchado lo que dice el sacerdote al final de la misa? No hoy, porque hoy es distinto, pero generalmente, ¿qué es lo que dice al final de la misa? En latín. ¿Saben latín? Entonces, ¿qué dice el sacerdote al final de la misa? "Ite, missa est". ¿Qué quiere decir eso? "Ite, missa est" quiere decir: Vayan… es la misión, es el envío, los envían en misión. Entonces quiere decir: "Todos ustedes son enviados, todos ustedes son apóstoles".

    ¿Qué tienen que hacer? ¿Es verdad que son apóstoles? ¡Claro! El cristiano es esencialmente apóstol, enviado de Jesús. ¿Qué tienen que hacer ustedes?

    Hace cien años… ¿tienen ustedes reloj? ¿Tienen reloj? ¿Tú tienes reloj, chiquillo?

    ¡Pues tienen suerte! Hace cien años los niños no tenían reloj. Hace cien años un reloj era algo precioso.

    Pues escuchen bien. Había en Irlanda… ¿saben qué es Irlanda?

    -¡Sí! Muy bien. Hace cien años hubo hambre en Irlanda. La gente moría de hambre y en París había alguien que llegó a ser obispo de Lausana, se llamaba Monseñor Mermillod, e hizo un sermón a favor de Irlanda. Pidió dinero para ayudar a los irlandeses que morían de hambre. Entonces pasó entre la gente en la iglesia colectando, y un obrero pobre tenía reloj y lo puso en la colecta diciendo: "¡No se necesita saber la hora cuando un pueblo está muriendo de hambre!" Magnífico, ¿verdad? Eso es hacer un gesto de cristiano que sabe que es enviado por Jesucristo para mostrar el amor de Jesucristo.

    ¿Quién de ustedes ha visto a Jesucristo? ¿Ustedes lo han visto?

    Es la hostia.

    Sí, eso es, es verdad. Es la hostia, pero… ahí lo vemos con los ojos del corazón, y los ojos del corazón tienen buena vista. Pero ¿son ustedes una hostia? Claro que sí! Ustedes son hostia. ¿Porqué comen la hostia? Para transformarse en Jesús. Por eso comulgan, para ser transformados en Jesús, para poder mostrar el rostro de Jesús.

    Escuchen bien: ¿Saben qué es la Ascensión? ¿Qué es la Ascensión?

    ‑ ¿Cómo?

    Cuando Jesús subió al cielo. Es decir, cuando desapareció de la vista. Entonces, cuando Jesús desapareció de la vista, cuando se hizo invisible, ¿a quién envió?

    - Al Espíritu Santo.

    - ¿Y el Espíritu Santo a quién envió? ¿A quién?

    -A los apóstoles. Eso es, envió a los apóstoles. ¿Y después de los apóstoles?

     No, la Santísima Virgen es siempre enviada, pero no se muestra. Ella se eclipsa. ¿A quién envió? ¿Quién vino después de los apóstoles? ¿Se acabó todo cuando murieron los apóstoles?

    No.

    No. Entonces, no se acabó, pues nosotros estamos aquí

    ‑ Eso es. Envió a los sacerdotes, los obispos, al Papa, ¿y ustedes? ¿Ustedes no son enviados?

    ¡Sí! Entonces… ¿qué deben hacer los enviados? Deben mostrar el rostro de… ¿quién?

    ¡El rostro de Dios! ¡Maravilloso! ¡El rostro de Dios!

    Y para eso son cristianos. Ustedes son cristianos para mostrar el rostro de Jesús. ¿Verdad? ¡Formidable! Mostrar el rostro de Jesús. ¿Y cómo se muestra el rostro de Jesús?

    ¿Cómo se puede mostrar el rostro de Jesús? La niña o el niño que sólo piensa en sí mismo, que se jacta, que se muestra, que quiere ser siempre el primero, que pone zancadillas a los demás para impedirles avanzar, ¿está mostrando el rostro de Jesús?

    -¡No! Entonces, ¿cómo se muestra el rostro de Jesús? Recuerden la niñita que hizo su primera comunión: "¡Él me eclipsa!" Entonces, mostramos el rostro de Jesús cuando nos eclipsamos en Él, cuando pensamos en Él, cuando lo escuchamos y pensamos que lo llevamos dentro.

    Ahora van a comulgar. Van a comulgar y Jesús va a venir para transformarlos en Él, para que ustedes lleven su rostro y muestren su amor. Entonces, escuchen bien, niños queridos, ¿quieren pensar en esto? Pensemos todos que Jesús nos envía a mostrar su rostro.

    ¿Cómo es el rostro de Jesús? Cuando tienen ira, cuando dicen ¡No!, cuando zapatean, cuando rehúsan hacer un mandado, cuando son perezosos, ¿muestran el rostro de Jesús? ¡No!

    -No.

    -Entonces, ¿qué haría Jesús en lugar nuestro? ¿Qué haría Jesús, en mi lugar?

    -Diría "sí"

    ¡Eso es! Diría sí, y sería "" de la cabeza a los pies. ¿Entienden? Pidamos a Jesús que seamos "sí" de la cabeza a los pies, que nos eclipsemos y digámosle desde el fondo del corazón esta pequeña oración: "Jesús, eclípsame en ti para que yo pueda mostrar tu rostro".

     

  • 12-14/09/10 – Ser alguien, más bien que algo.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;}

    Homilía pronunciada en Lausana en 1959.

    "Los más grandes escritores son los que pueden decir cosas eternas con palabras muy sencillas.

    Una de esas grandes expresiones es la de Flaubert cuando dice: "¿Porqué desear ser algo cuando se puede ser alguien?" Estas palabras le fueron inspiradas cuando Baudelaire le pidió intervenir en apoyo de su candidatura a la Academia Francesa. Flaubert, escandalizado de que un poeta esperara otra recompensa que la de expresar la Belleza a la cual debe dedicarse, escribió en su diario la frase: "¿Porqué desear ser algo cuando se puede ser alguien?"

    Pasar de algo a alguien es justamente todo el problema del hombre. Se habla mucho de evolución, nos interrogamos sobre el origen del hombre: ¿De dónde viene? ¿Cuál es el origen de la vida? ¿Surge de una tormenta eléctrica, de una nube de gases? ¿Procede de los vegetales, de los minerales o de los animales? ¿Cuál es el origen de la vida?

    Esto es muy interesante, pero finalmente, el verdadero problema no será más bien: "¿Qué vamos a hacer nosotros de la vida?" Pues justamente nuestra situación en el mundo sólo tiene interés porque tenemos posibilidad de elegir. Pero sabemos por experiencia que la posibilidad de elegir tiene con frecuencia resultados catastroficos. ¡Falta mucho para que el hombre sea siempre, o con frecuencia, alguien! La mayor parte del tiempo es algo, un pedazo de universo, un momento de la especie, expresión de su raza, de su continente, del color de su piel, de los prejuicios del entorno, y si se acanalla, es peor que los animales. Nada más terrible que la crueldad del hombre contra el hombre.

    Entonces se comprende que cualquiera que sea la explicación que le demos de la evolución, esta no puede operar automáticamente el paso de algo a alguien. Este paso debe hacerlo cada uno. Es la vocación, el privilegio que recibimos y que nos da precisamente la posibilidad de ser hombres, de superarnos, de darnos, y esa posibilidad constituye justamente la grandeza y la dignidad del hombre. Pero es sólo posibilidad, y no se realiza así no más. Es un paso extremamente difícil. Inclusive podemos decir que en cierto modo es imposible mientras no hayamos encontrado al Dios vivo.

    En efecto, ¡no hay que dejarse engañar por la razón! ¡No es la capacidad de razonar lo que nos hace hombres! ¡Tampoco nos hace espíritu, pues podemos razonar sin fin para justificar las pasiones! Y además, en la actualidad sabemos que se puede practicar el lavado de cerebro, que uno puede dedicarse a embrutecer la inteligencia humana para hacerle admitir finalmente ideas que antes rechazaba con toda la fuerza del corazón y la mente. Se la puede embrutecer hasta llegar a que la gente diga cosas que no quería decir, confesar lo que deseaba callar, y hasta convertirse en propagandista de lo que antes le parecía errores y mentiras.

    La razón puede servir para todo. No es lo mismo que el espíritu, pues el espíritu es la capacidad de surgir, la capacidad de crear, la capacidad de dar, pero para ponerla en práctica le hace falta encontrar a quién darse. Y pues los hombres no encuentran a quién darse, no logran pasar de algo a alguien. Y si esta noche insisto, es porque esta semana tuvimos la dicha de celebrar la fiesta de san Francisco de Asís, y porque san Francisco de Asís es uno de los más grandes santos de toda la cristiandad, uno de los más extraordinarios, uno de los más magníficos, uno de aquellos cuya influencia permanece más actual, porque le fue dado descubrir la Pobreza de Dios. Este hombre que era todo ambición, que era esclavo de una pasión que lo llenaba por entero, que deseaba absolutamente hacer hablar de él, que quería llenar la Historia con sus hazañas, que pensaba, del burgués y del mercader que estaba destinado a ser, hacer un Señor, un príncipe, un conquistador! Deseaba deslumbrar a las damas en torneos asombrosos. Ese hombre, llegó poco a poco a descubrir la inmensidad de la generosidad divina, y encontró verdaderamente a Dios bajo la imagen de la Dama Pobreza.

    Vestido de un burdo hábito, ceñido con una cuerda, mendigaba su comida o participaba en los trabajos del campo! ¡Él gozaba comiendo un viejo mendrugo, un mendrugo de pan y bebiendo agua que sacaba de una fuente! ¡Él fue el primero en entrar hasta el fondo de los abismos de la Trinidad! ¡Él nos hizo entender, mediante la luz de su vida, que la Trinidad significa justamente que Dios da todo, que Dios es comunicación, que Dios no es alguien que se mira y se admira, sino Alguien que no cesa de darse en un eterno intercambio.

    Él nos hace comprender que en su expresión suprema, la existencia es vida de don, vida de caridad, vida de despojamiento, es vida de amor, vida que es todo el gozo de Dios, porque el gozo de Dios es el gozo de la pobreza, el gozo de la primera bienaventuranza del Evangelio: "Bienaventurados los que tienen alma de pobre" (Mt. 5:3). ¡Es la alegría del don total! Dios es Dios porque no tiene nada: la divinidad no es de nadie, porque es sólo la mirada del Padre hacia el Hijo y del Hijo hacia el Padre, en la unidad y el fuego del Espíritu Santo. Él nos hace penetrar en la intimidad del Corazón de Dios, nos hizo entender justamente que el sentido de la existencia estaba en hacer de todo nuestro ser un don, porque ante nosotros, o mejor, dentro de nosotros, hay Alguien a quien darnos, y que no cesa de proponerse a nuestro amor, no cesa de esperarnos en el fondo de nuestros corazones, en una palabra, no cesa de Darse a nosotros.

    ¡Y así justamente se abre una perspectiva totalmente nueva! Si la evolución debe continuar, no podrá ser automática. Nosotros tendremos que realizarla, y esa es justamente nuestra misión de hombres: reunir todas las fuerzas que actúan en el universo, darles rostro, realizarlas haciendo de ellas una ofrenda de luz y amor, en una palabra, ¡devenir alguien, desde algo que éramos! ¡Es una misión admirable! Es la dignidad cuyo privilegio tenemos que sentir, es una aventura que Cristo inscribió en lo más hondo de nuestra vocación bautismal. Justamente, tenemos que hacer pasar el mundo de la ceguera, es decir de la oscuridad, de la fatalidad, del determinismo que puede reinar en todos los niveles de la naturaleza… tenemos que hacer pasar el mundo a la esfera de la libertad, de la ofrenda, del don y del amor.

    Entonces comprenderemos que es absolutamente imposible, imposible para todos los que no han encontrado el rostro del Dios vivo, para quienes no han identificado en Dios la existencia con el Don, para todos los que no han recibido el Evangelio de la divina Pobreza, les es imposible asegurar o, mejor, realizar su vocación de hombres!

    ¡Pero la realiza con mucha frecuencia gente muy humilde! ¡Cuántas mujeres, cuántas humildes obreras desconocidas, cuyos nombres nunca estarán en la historia oficial! ¡Cuántas, siguiendo a san Francisco, han realizado en una cocina el don de sí mismas que constituye la grandeza suprema! Porque justamente, no es cosa de cultura libresca, ya que ser hombre, ser realmente alguien, sólo es posible para el que puede tomarse por entero y hacer de todas las fibras de su ser un don al Amor eterno y a todos los hermanos humanos que tienen dentro, sin saberlo, al Dios vivo que nos está esperando dentro de ellos, como tampoco cesa de esperarnos en lo más profundo de nosotros mismos. ¡No es cosa de técnica ni de habilidades, ni es cosa de posición social, sino únicamente de vocación silenciosa, de llamada que resuena en el fondo del corazón, de don realizado en el silencio!

    Como la grandeza de Dios consiste únicamente en su Amor y en su eterno despojamiento, así también la grandeza humana está toda en el don secreto realizado con frecuencia lejos de toda mirada humana, en un resplandor magnífico que atraviesa los muros y los mares para llegar a toda la humanidad en el circuito misterioso de la comunión de los Santos en que "toda alma que se eleva, eleva el mundo" (Elsabeth Leseur). Queremos concluir esta semana franciscana, recordar esa aparición fulgurante y única de san Francisco en la historia cristiana, queremos recordar que es bien verdad que el único problema esencial es finalmente lo que vamos a hacer con la vida que llegó hasta nosotros, sea cual fuere su origen, que nos llega como posibilidad de elección, de superación y de don.

    Y ya que el pobrecillo de Asís - y tantos otros que lo han seguido - realizó la grandeza suprema descubriendo y dejando brillar en toda su vida la grandeza de amor que es la de Dios, pidamos a Dios que nos ayude a entrar también en la aventura heroica, silenciosa y magnífica, aprendiendo cada día a darnos mejor en las cosas pequeñas que tejen la trama de la vida cotidiana, ¡y llevando a los demás según nuestras posibilidades, la luz de un rostro abierto y fraterno! Porque la más hermosa revelación del Dios de amor, el mejor medio de orientar a los que nos rodean hacia la grandeza del don de sí mismo, es llevar al medio en que vivimos la sonrisa, la sonrisa de la bondad divina.

    Eso es lo que salva al hombre de la desesperanza, cuando no se encuentra ante un muro, cuando encuentra por fin un rostro, cuando hay alguien, cuando hay un corazón, cuando hay amistad, cuando siente el soplo de una simpatía comprensiva, entonces comienza a entender que no está solo en el mundo, que no está abandonado, que no es solo una cosa en medio del universo, sino que tiene una posibilidad creadora, y que está llamado a una aventura infinita.

    ¡Pidamos que así sea, y que buscando en nosotros mismos la verdadera grandeza en la luz de la Pobreza divina, ayudemos a los demás a realizar, realizándonos nosotros mismos, en un don cada vez más silencioso y sonriente que nos hará pasar, que nos hará, de algo que éramos, devenir alguien, alguien vivo, alguien portador de vida, alguien que deja pasar a través de sí la sonrisa de la bondad divina".

     

  • 08-11/09/10 – El misterio de María

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    En conferencia dada a las Franciscanas misioneras en Ghazir, Líbano, el 26 de julio de 1959.

    "Nuestra presentación del comunismo y la manera de superarlo e integrarlo a la vez nos hará más fácilmente inteligible el pasaje de Pasternak que ya leímos, donde hace alusión a la joven que es la Fuente de la Vida, que da en secreto e ignorada de todos vida a un hijo que es la Vida de todos como lo llamarán más tarde, y que él opone este acontecimiento silencioso, secreto al inmenso movimiento de pueblo que nos cuenta el Éxodo bajo la dirección de Moisés.

    Y señala justamente que en la Nueva Alianza este acontecimiento silencioso y personal supera infinitamente todo ese movimiento de pueblo, expresando la inmensa importancia de ese cambio.

    ¿Cómo pudo adquirir ese asunto humano de orden privado un valor igual a la trasmigración de todo un pueblo? Y este es justamente el pasaje esencial: “Algo se puso en movimiento en el mundo. Roma está muerta, muerto el poder del número, la necesidad impuesta por las armas de vivir como todo un pueblo. Los jefes de los pueblos y los pueblos pertenecen desde ahora al pasado: la personalidad, la predicación de la libertad, los remplazaron. La vida humana individual se convirtió en la historia de Dios, llenó de su contenido la extensión del universo” (extracto de “El doctor Jivago”). Es admirable: “La vida humana individual se convirtió en la historia de Dios, llenó de su contenido la extensión del universo”.

    Y noten que esta solución que yo expresaba diciendo: “uno y todos” - y justamente en se trata de salvar cada conciencia el bien personal que es el verdadero bien común de todos. Noten que esa solución es la misma que dimos al problema sexual. Es exactamente la misma solución: se trata de saber si el individuo está ahogado en la especie o si es él el portador de la especie a la que da un rostro. Y lo mismo aquí: se trata de saber si el individuo está ahogado en la colectividad, si se pierde en el grupo y puede ser sacrificado al grupo o al contrario, si es el individuo o más exactamente la persona la que es portadora del grupo, la que da su centro a la colectividad y la que constituye el primer bien común de todos. Es aclarador reunir estos dos problemas y mostrar que en el fondo es el mismo problema en los dos casos.

    La persona es el centro de gravitación del universo cristiano, y justamente en la conciencia de cada uno es donde toda la sociedad y todo el Reino de Dios tiene sus bases. Pero Jivago precisamente, o mejor Pastenak, se plantea el problema a propósito de la humilde joven que es la Virgen María, y nos lleva así al misterio marial de que vamos a hablar.

    Hay algo que llama la atención en el Génesis, y es que el pecado original es atribuido a una pareja, a una pareja y no a un individuo, precisamente porque el hombre, el hombre es hombre y mujer. El hombre no es un ser solitario, es un ser que tiene su igual, ese igual del que el Adán del Génesis siente necesidad cuando, al ver desfilar todas las criaturas que nombra, no ve ninguna que le sea semejante. Siente la necesidad de alguien igual, y Dios se lo dará al crear la mujer. El hombre es pareja, o mejor trinidad: es trinidad ya que la pareja es inseparable del hijo, que constituye la tercera persona. Y la Redención también será una pareja; Jesús y María. O para ir hasta el principio, digamos que la Encarnación también será una pareja: Jesús y María.

    Y eso es extremamente importante porque si el plan de Dios, si la presencia de Dios, si el pensamiento de Dios, si la vida de Dios sólo es visible en un hombre, la revelación está siempre inscrita en una persona humana, justamente porque la Revelación es la presencia de la intimidad de Dios hecha sensible, y la intimidad de Dios no puede expresarse, como tampoco enraizarse sino en una intimidad humana. No se cuelga una intimidad a una percha, como tampoco se pone sobre una mesa, una intimidad, justamente porque no puede nunca transformarse en objeto, una intimidad no puede revelarse sino en un sujeto, en una conciencia, en una persona.

    Entonces si es verdad que la Revelación del Pensamiento divino no puede tomar forma sino en un hombre, Jesucristo, el pensamiento de Dios respecto de la mujer no puede normalmente expresarse sino en una mujer. Sin duda, Nuestro Señor es el Salvador de la mujer como es el Salvador del hombre, El es para la mujer, como para el hombre, la Vida de su vida. El es para la mujer, como para el hombre, la fuente de todas las gracias. Sin embargo, Nuestro Señor en su vida histórica, puesto que es hombre, no puede expresar de manera integral el misterio de la mujer ni su vocación particular, y por eso, para que el hombre sea revelado enteramente, en su doble aspecto masculino y femenino, es necesario que la Encarnación, como la Redención, tenga también un aspecto femenino y que al lado del segundo Adán tengamos la segunda Eva.

    Hoy ya no tenemos dificultad en admitir el dogma de la Inmaculada Concepción y el razonamiento que llevó a los teólogos a creer puede sorprendernos. Ese dogma puede parecer separar a María de los demás seres humanos. En realidad, ese privilegio le permite ser perfectamente madre de Dios y de todos los hombres.

    Me impresiona ver que en el mundo protestante, donde además comienzan a descubrir de nuevo a la Virgen y su lugar en la economía de la Redención, me impresiona que hasta ahora el protestantismo no haya sido más sensible a este aspecto tan profundamente humano del Evangelio. Además, en el curso de este retiro, ustedes han debido estar impresionadas viendo cómo, cada vez recuperamos los valores humanos a través de Cristo, todos los valores humanos se revelan, crecen, se promueven, se aumentan en Cristo. Y si al comienzo yo decía que el Evangelio es el Evangelio del hombre tanto como el Evangelio de Dios, tuvimos de ello la prueba en cada una de las meditaciones.

    Es pues seguro que la economía redentora, el plan divino para con la humanidad, estaría mutilado si no hubiera, al lado del segundo Adán, la segunda Eva. Hay pues una pareja, pero como es una pareja única, como es una pareja que no se sitúa en la serie de las generaciones carnales, como es una pareja que va a conducir toda la especie y a dar sentido a toda la Historia, esa pareja no puede estar unida por un lazo carnal, esa pareja sólo puede estar unida por un lazo de gracia, por un lazo que se sitúa en las raíces mismas de la persona. Y por eso, esa pareja no es una pareja de esposos, es una pareja que será constituida por la filiación y la maternidad.

    Pero, es importante subrayarlo, la filiación será primero por parte de María, ya que el primado en esta pareja pertenece eternamente a Jesús, y por eso María será primero la hija de su Hijo en el orden de la gracia antes de ser su madre según la carne. Es lo que Dante, además, expresa magníficamente en el último canto de la Divina Comedia que comienza por estas palabras: “Virgen madre, hija de tu hijo, humilde y exaltada más que toda criatura, término definido por consejo eterno, tú eres la que ennoblece la naturaleza humana de tal suerte que su Creador no desdeñe hacerse su criatura”.

    ¡Es admirable! María es pues la hija de su Hijo. Fue precisamente engendrada a la gracia por el resplandor anticipado de la gracia de Cristo sobre ella.

    María es primero la hija de su Hijo. Es precisamente lo que será puesto en valor en todas las definiciones dogmáticas sobre la santísima Virgen, y es lo que la mayoría de los cristianos ignoran, el cristocentrismo riguroso, el cristocentrismo riguroso del culto marial en la Iglesia: el centro del culto marial es Cristo.

    Y hay una epopeya admirable que ilustra de manera brillante ese cristocentrismo del culto marial, es el largo proceso del dogma de la Inmaculada Concepción.

    El dogma de la Inmaculada Concepción fue definido, como ya lo saben, en 1854. Se necesitaron siglos y siglos para llegar a esa definición, y saben quizás que cuando la fiesta de la Concepción, – todavía no se llamaba la Inmaculada Concepción – cuando la fiesta de la Concepción fue introducida en el siglo XII en la catedral de Lión, llegada de Inglaterra, porque fue e Inglaterra, bajo la influencia de San Anselmo, donde la Concepción de María fue celebrada por primera vez de manera litúrgica en Occidente – cuando los canónigos de Lión introdujeron en su iglesia la fiesta de la Concepción, ¿quién protestó con violencia y pasión? ¡San Bernardo! San Bernardo, el doctor marial, decía: “¡Pero cómo! ¡Deshonran al Hijo so pretexto de honrar a la madre! Sólo la concepción de Jesús es concepción llena de gracia. ¡La Virgen no puede aceptar el homenaje que ustedes le ofrecen, en detrimento de su Hijo!”

    ¿Porqué San Bernardo se llena de tanta pasión? Justamente porque ¡quiere defender en María la Redención por Jesús! Porque si María está absolutamente fuera del pecado original, como para San Bernardo no hay duda alguna de que ella nunca cometió ninguna falta personal, entonces no tiene parte en la Redención. Cristo no vino entonces por ella, Cristo no murió por ella, y entonces ¡la más preciosa de las criaturas y la más santa escapa al orden de la Redención! Y sobre ese obstáculo chocarán los teólogos durante siglos. Resistirán a la influencia de la piedad popular, queriendo defender ante todo la universalidad de la Redención por Cristo, ya que nadie, ni siquiera la Virgen María, está fuera de ella. Y si ella no tiene parte en la Redención en razón de faltas personales, ya que ella nunca las cometió, sólo puede tenerla en virtud del pecado original, que debe haberle llegado de alguna manera.

    Es admirable, impresionante y admirable que los doctores desenfrenados hayan resistido a la influencia de la piedad popular por querer mantener el cristocentrismo absoluto del culto. ¿Y cómo pudieron rodear ese obstáculo? Por un sesgo singular: se dieron cuenta de que en la primera carta a los Corintios, en el capítulo 15, en el texto griego (no en la Vulgata), se dieron cuenta de que San Pablo afirma que todos los hombres serán transformados, pero que todos no resucitarán, es decir que no resucitarán los que estén vivos al regreso del Señor, no pasarán por la muerte, serán inmediatamente trasformados en gloria mientras los muertos resucitarán con su cuerpo glorioso.

    Y razonarán a partir de ese capítulo diciendo: “Claro que los creyentes, los fieles que estén vivos al regreso del Señor serán mortales como los demás – en razón de su naturaleza humana deberían morir – de hecho no morirán porque su muerte será impedida por el regreso de Cristo, que los asumirá inmediatamente en la gloria eterna”.

    Pues bien, algo análogo sucedió en María. Dado que María descendía normalmente y por generación carnal del primer Adán, habría debido ser alcanzada por el pecado original, es decir nacer privada de los dones sobrenaturales y preternaturales que caracterizaban al primer Adán. Pero como los que estén vivos en la última generación serán impedidos de morir y su muerte será en cierto modo sepultada en la Parusía, por el regreso glorioso del Señor, así también para María, la obligación de estar sometida al pecado original fue impedida por la elección divina que hacía recaer sobre ella la gracia de Cristo, una gracia que previene en ella el pecado original que había debido contraer a causa de su descendencia a partir del primer Adán.

    De suerte que – y esa es la conclusión que sacaron de esta analogía – de suerte que María fue más redimida que todos los demás ya que ella recibió en sobreabundancia la gracia divina, que no solamente borró en ella el pecado original, sino lo previno.

    Entonces, ella entra eminentemente en el orden de la Redención, ella es la primera redimida, y así se realiza justamente la magnífica intuición de Dante: “Ella es la hija de su Hijo”.

    Es extremamente conmovedor ver que la Bula “Ineffabilis Deus” de Pío IX subraya que María fue redimida de manera eminente, eminente. Así, lo que San Bernardo quería salvaguardar, como Santo Tomás de Aquino, como todos los doctores que resistieron a la corriente de la piedad popular, fue integrado, repetido, canonizado si podemos decirlo, por la Bula que define la Inmaculada Concepción, al presentarnos a María como la primera de los redimidos.

    Esa pareja única está pues formada por esa misteriosa reciprocidad: María es la hija de Jesús en el orden de la gracia: en ella eso va hasta las raíces de la persona, y llega al primer instante de su experiencia para ordenarla hacia Jesús, a fin de hacer de ella la cuna viviente de Jesús. Ella se hará su madre por la sobreabundancia de su contemplación, en esa maternidad de toda la persona que hace de ella la madre no solamente de Cristo sino de todo el género humano en el orden de la Redención.

    Esta ordenación, la volvemos a encontrar, idéntica, en el misterio de la Asunción. ¡El sentido de la definición dogmática de la Asunción no es en absoluto lo que se piensa! el sentido de la definición dogmática es justamente centrar una creencia, que estaba desde mucho tiempo, desde mucho tiempo, presente en la conciencia del pueblo cristiano y que tenía el favor de la piedad popular en todas las Iglesias cristianas según una tradición apostólica, el sentido de la definición es centrar esa creencia en la persona de Jesucristo y mostrar precisamente que la Asunción no es sino un corolario, una consecuencia de la pertenencia total de María a Jesús.

    En efecto, si María está marcada en su persona misma por su relación viva con Jesús, si ella es madre toda entera desde el primer instante de su existencia en su concepción inmaculada, es que Jesús es, en un grado único, la Vida de su vida. Como en ella la persona está antes de la naturaleza, toda su naturaleza gravita en la luz de Jesús. Y por eso justamente su carne virginal se hará fecunda, porque está toda entera penetrada por la Vida que es Jesús. Y lo que decíamos de la Santa Humanidad de Nuestro Señor en relación con el Verbo en que subsiste, hay que decirlo analógicamente de María: ella está toda entera y siempre, sin la más mínima fisura, ella está toda entera presente a la Vida de su vida que es Jesús, a la Vida que es nuestra vida, a la Vida que es su Vida eterna y la nuéstra, porque la Vida eterna es justamente Jesús que vive en nosotros, y ante todo Jesús que vive en ella.

    Lo que concluíamos diciendo que Jesús no podía morir de muerte suya, lo diremos analógicamente de María: María no podía morir de muerte suya. La muerte no tenía nada que purificar en ella, la muerte no podía alcanzar nada en ella porque en ella todo estaba dado, la muerte no se lleva sino lo que hemos rehusado dar. Todo lo que está dado, todo lo que se ha hecho eterno en el amor no puede morir, y en María, todo se ha hecho eterno en el amor y nada en ella puede morir.

    Si muere, será entonces una muerte de conformidad, muerte de identificación con su Hijo y por lo mismo con nosotros, una muerte corredentora, una muerte interior, muerte de amor, muerte no corruptible, una muerte que no puede conocer la desintegración y la corrupción del sepulcro, porque no es una muerte que viene de la destrucción, de la ruptura en ella de las energías orgánicas: es una muerte por dentro, una muerte por el centro, por la compasión que le hace sufrir la Pasión de Jesucristo, una muerte de conformidad, una muerte de amor, que llama, naturalmente, quiero decir en virtud de las exigencias mismas de la gracia y de la conformidad con Jesús, que llama la resurrección.

    Y la resurrección, ¿qué es la resurrección sino justamente el triunfo en María de la Vida de su vida que es Jesús? Y eso quiere decir que, como ella era en el primer instante de su existencia en su Inmaculada Concepción toda entera de Jesús, en Jesús y para Jesús, ella lo es idénticamente en su Asunción. Y ella manifiesta en su Asunción su total pertenencia a Jesús, que es la Vida de su carne tanto como la Vida de su espíritu.

    Ella está pues toda situada en la Luz de Jesús. Y la definición dogmática tiene justamente ese efecto, como tiene el fin esencial y único de centrar una devoción que podría desviarse y hacer de María como un segundo centro de devoción cristiana, centrar esa creencia en el centro único que es Jesús.

    En María asunta, en María resucitada, triunfando de la muerte en María, es Jesús el que triunfa y la victoria de Jesús en María sobre la muerte no puede sino devolver a Jesús la gloria y afirmar que María entra de manera única y más que nadie en el orden de la Redención.

    Así se forma esa pareja misteriosa, única, del segundo Adán y la segunda Eva, en que la humanidad podrá, bajo el doble aspecto masculino y femenino, encontrar el plan divino y conocer toda la altura y todo el esplendor de su vocación.

    Pero ante de la resurrección de María y su cuerpo glorificado como cuna virginal de Jesús, aprendemos una vez más la unidad del ser humano, aprendemos que el ser humano no es cuerpo de un lado y alma de otro, sino que es persona, es decir que todo entero, el ser humano está llamado a vivir de Dios, que todo ser humano está llamado a vivir eternamente, que el ser humano todo entero recibe por Jesús una dimensión divina.

    Y volvemos a las mismas conclusiones: el cuerpo es una persona, el cuerpo no es un objeto. La impureza consiste justamente en tratar como objeto esa realidad que es personal y personificada por la gracia y la presencia de Dios y por su vocación de eternidad.

    La pureza consiste en tratar el cuerpo como persona, dándole un valor infinito. ¡Exactamente lo contrario de lo que uno se imagina! No se trata de despreciarlo como una piltrafa o de despreciarlo como malo, sino de darle, en la luz de la Asunción de María y de la Ascensión de Jesús, de darle por el contrario el valor de eternidad tratándolo siempre como persona, como un misterio, como una realidad que no puede ser captada por un contacto brutal y material, porque justamente, como una sonrisa es la luz del interior que transfigura el rostro y le comunica la interioridad del espíritu, así también todo el cuerpo, vestido de gracia y viviendo de Jesucristo, se hace misterio de fe, misterio escondido en Dios, misterio que no se puede alcanzar sino arrodillados de respeto y de amor, como se contempla a María en su Asunción en el resplandor de la gloria de Jesús.

    Y vemos una vez más la promoción de los valores humanos, la prodigiosa aventura del hombre llamado a hacer de todo su ser un don que lo hace creador, vemos la armonía maravillosa del hombre finalmente unificado, y ya no descuartizado entre un cuerpo tirado hacia un lado y un espíritu tirado hacia el otro, toda la vida se ennoblece, como decía Dante magníficamente, porque a través de la Virgen María el Creador del mundo se hace criatura del género humano.

    Es otro mundo, un mundo de luz, un mundo de hermosura, un mundo inagotable, un mundo en que la muerte es vencida, un mundo en que la vida triunfa en la eternidad de nuestra vida que es Jesús, un mundo en que el cuerpo llega a ser la primera Biblia, en que el rostro humano es el primer Evangelio porque, finalmente, ¿dónde leímos el Evangelio sino en la cara de los santos?

    El Evangelio no nos conmueve en un libro, ¡tinta sobre papel!, toma vida en la vida de los santos. ¡Y el primer Evangelio es la cara de Francisco y de Clara transfigurada por la gracia, iluminada por el amor!

    Y esa es nuestra vocación justamente: inscribir así en toda nuestra vida, en todas las fibras de nuestra carne, la presencia y la gracia de Jesús. Y por eso el catecismo, por eso la predicación, por eso todo apostolado se resume finalmente en el resplandor de la gracia a través de vuestra cara.

    Ustedes son el primer Evangelio. El primer Evangelio es su rostro, cuando es gracioso como lo es seguramente siempre, cuando está lleno de la gracia de Dios y lleva a los demás el deseo maravilloso que es la Anunciación perpetua: “Te saludo, llena de gracia, el Señor es contigo”.

     

    Esta conferencia es parte de uno de los dos retiros de 24 conferencias cada una, que fueron predicados a ocho días de intervalo. "Silence, Parole de vie" Anne Sigier (Silencio, Palabra de Vida).

     

  • 06-08/09/10 – Amigo mío, sube más arriba.

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} 4° domingo de adviento. Evangelio: Lc 3, 1-6. En Lausana, en 1959.

    En su Calígula, Camus nos presenta al emperador romano enloquecido e incapaz de ejercer su poder sino en el crimen. Tiene que inventar las cosas más degradantes, más extraordinariamente bajas, para sentirse omnipotente. Puesto que es omnipotente, sentirá su propia grandeza violando todas las reglas establecidas.

    En el Saint-Genet, Sartre afirma que el criminal, en el fondo, lo es cada uno de nosotros; que lo que nos parece abominable en los que condenamos y que los tribunales condenan es finalmente lo que abunda dentro de nosotros. Cada uno podría tomar el lugar del criminal, porque también nosotros tenemos deseos de matar, deseos de tomar el puesto de los demás, deseos de dominar, y si no tenemos el valor de ir hasta el final, nos deleitamos escuchando el relato de los crímenes cometidos por los que al menos fueron hasta el final de sus instintos.

    Hay algo cierto en todo eso. Es evidente que en todos se encuentra lo que Mauriac llama El nido de víboras.

    Nada es más difícil que poner en orden todos los sentimientos, todos los deseos y apetitos que surgen dentro de nosotros y que podrían efectivamente llevarnos a todas las bajezas si las circunstancias, y las costumbres que nos impusieron no determinaran cierta fachada, o mejor, no suscitaran cierta fachada que nos impide llegar a ser realmente criminales, al menos exteriormente.

    ¿Y qué hay en el fondo de todo eso, de toda esa agitación? Un psiquiatra dijo, creo: ¿En el fondo, qué es lo que queremos? ¿Qué es lo que nos agita? ¿Qué es lo que se agita en los instintos? ¿Qué es lo que nos lleva al crimen, o nos hace gozar del crimen cometido por los demás? ¿Qué es lo que nos da el gusto por lo sensacional constantemente explotado por el cine y por los periódicos? Es, dice Hesnard, El deseo de valer. Queremos valer, queremos que la vida tenga sentido, queremos poder estimarnos, admirarnos, es decir, queremos poder encontrarle gusto a la vida y un motivo para vivirla hasta el final.

    Y, bajo cierto aspecto, eso es absolutamente necesario. Si no creemos en el valor de nuestra vida, ¿porqué seguir viviendo, porqué no decirle adiós? Cada uno de nosotros tiene entonces una especie de necesidad de creer en el valor de su vida y finalmente todas las ambiciones, todos los desvíos, todos los crímenes y todas las represiones del crimen, vienen del deseo de valor que hay en cada uno de nosotros. Sea que nos rebelemos contra las disciplinas tradicionales, sea que las impongamos a los demás, siempre es con un deseo de valer.

    Y el deseo de valer se engrandeció, como ustedes saben, hasta una especie de desmedida en el grito de Nietzsche: "Si hubiera dioses, ¿cómo podría yo soportar no ser Dios?"

    Hasta allá, como en el mito de Prometeo, hasta allá quiere ir el hombre; no soporta que haya dioses si él mismo no lo es. Y en el fondo, ¿no es ese el evangelio del marxismo, la reivindicación de la divinidad por el hombre? ¿No es eso lo que hace el éxito de los comunistas en el mundo, en todos los pueblos desfavorecidos desde el punto de vista técnico y que acceden hoy a la independencia? ¿No es el evangelio más atrayente? ¡Es el hombre, el hombre el que es Dios, y no hay que buscar otros!

    Y ante este llamado del hombre, ante todo ese movimiento instintivo interior, ante el deseo de valer, ante el evangelio que pretende divinizar al hombre, ¿cuál es la respuesta de Jesús? Él nos trae el misterio de Navidad. Algo inesperado y maravilloso que se expresa bajo la pluma de los Padres de la Iglesia y que san Agustín condensa en una frase de infinita plenitud: "Dios se hizo Hombre para que el hombre se hiciera dios". Dios se hizo Hombre para que el hombre se hiciera dios.

    ¡Qué patético es ver que finalmente todo a lo que el mundo aspira, todo lo concede Cristo! Nadie conoce al hombre como el Hijo del Hombre. Cristo tomó la humanidad hasta la raíz y viene a enseñarnos que en efecto hemos de hacernos Dios. Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera dios.

    Pero es que justamente, en Jesús la divinidad es otra cosa que lo que imaginábamos, porque en Jesús la divinidad aparece como el amor, la eterna comunicación. Ser Dios ya no significa dominar. Ser Dios ya no significa poder aplastar a los demás, ser Dios significa dar, darse sin medida, despojarse eternamente y en Cristo la creación entera aparece como misterio de Pobreza, porque Dios se da eternamente; porque no guarda nada, porque es todo amor, porque la respiración de su ser es la generosidad, la creación surge y constituye a la vez un secreto inagotable y un llamado infinito al amor.

    Sí, eso es, ante ese Dios, ante el Dios que se revela en Jesucristo, la divinización del hombre aparece como posible, pero justamente en la línea del despojamiento, en la línea de comunicación, pues para ser Dios en sentido crístico es necesario no tener ninguna adherencia, no estar ligado por nada, ¡no apegarse a sí mismo en modo alguno! Es necesario que el "yo" mismo sea todo altruismo, impulso hacia el otro y generosidad. En efecto, es necesario que los santos, los que han vivido más profundamente el Evangelio, nos aparezcan como los que realizan la libertad de manera incomparable.

    ¿Qué pueden envidiarme?, decía san Francisco. ¿Qué pueden envidiarme? No tengo nada, nada, yo no soy nada socialmente. ¿Qué me pueden quitar, si estoy despojado de todo?

    Hasta la raíz del ser justamente, el hombre que camina con Dios, el hombre divinizado por la Presencia divina, liberado de sus apegos, sólo puede devenir un inmenso espacio de luz y amor en que está contenido el mundo entero.

    Y por eso, la moral de Jesús es: "Amigo mío, ¡sube más arriba!" (Lc. 14,10). ¡Sube más arriba, jamás es bastante! ¡Sube más arriba! Justamente, porque sólo puedes realizarte en Dios, sólo puedes satisfacer tus deseos yendo hasta el final, hasta el infinito, pero el infinito no es lo que tú creías. El infinito no está en exaltarte, en tornar alrededor de ti mismo, el infinito está en ser libre de ti, en ser verdaderamente fuente, origen, comienzo, espacio en que el ser pueda respirar, ser… y realizarse.

    Vamos hacia el misterio adorable de Navidad, y debemos encaminarnos allá en esta luz "El Señor está cerca. Ya llega", decimos en una antífona de hoy. No tardará, sino que va a iluminar los abismos de nuestras tinieblas. ¡Sí, eso es! Jesús ilumina nuestras tinieblas, pero nos revela que en las tinieblas existe ya un comienzo de luz, pues finalmente, hay en nosotros una aspiración inmensa a la grandeza, y eso está muy bien porque estamos llamados a la grandeza y la verdadera grandeza está en abandonarse, en superarse, en liberarse de sí mismo".

  • 31-08/05-09/10 – El principio de la moral

    Normal 0 21 false false false MicrosoftInternetExplorer4 /* Style Definitions */ table.MsoNormalTable {mso-style-name:"Tableau Normal"; mso-tstyle-rowband-size:0; mso-tstyle-colband-size:0; mso-style-noshow:yes; mso-style-parent:""; mso-padding-alt:0cm 5.4pt 0cm 5.4pt; mso-para-margin:0cm; mso-para-margin-bottom:.0001pt; mso-pagination:widow-orphan; font-size:10.0pt; font-family:"Times New Roman"; mso-fareast-font-family:"Times New Roman"; mso-ansi-language:#0400; mso-fareast-language:#0400; mso-bidi-language:#0400;} Carmelo de Matarieh, Mayo de 1972 

    "Les agradezco por la misa de esta mañana que cantaron admirablemente. Que fuente de frescura, de belleza y de alegría en esa misa de los Ángeles y qué lástima que se hayan sacrificado esas riquezas con cánticos tan pobres. Continúen entonces por favor, sigan cantando, sigan cantando…

    La crisis de la Iglesia: vimos que la crisis de la Iglesia tiene su fundamento en cierta concepción de Dios, digamos que la crisis adquirió tanta envergadura y extensión porque nos hemos equivocado sobre Dios. Nos equivocamos sobre Dios, lo situamos afuera y no lo hemos encontrado adentro todavía. Es natural rehusar un Dios exterior que aparece como amenaza y límite impuesto de afuera a la vida humana. Es natural sentir como una ofensa para la mente, como agresión contra el espíritu la intrusión de una autoridad que se impone y que parece negar la libertad y la dignidad del hombre.

    Vimos además que esa posición puede y debe ser superada, pues el verdadero Dios es interior y que al contrario, Él es el que funda nuestra dignidad y constituye el espacio en que se realiza la libertad. Él es toda la luz y toda la alegría de nuestra intimidad. Él es quien nos hace existir plenamente y es a través de Él como nos encontramos. En Él nos amamos, gracias a Él podemos vencer la muerte y hacernos eternos.

    Pero si es verdad que la crisis tiene este fundamento metafísico, es decir teológico, o dogmático si prefieren, es verdad que el fondo del problema, la crisis se manifiesta igualmente como consecuencia inevitable en el plano moral. Y pueden hacerse una idea de ello considerando por un lado las entrevistas, los artículos de periódicos y las presentaciones de la televisión francesa del Abad Barreau que ha hablado en público ampliamente sobre su matrimonio, pues reivindicaba el derecho a contraerlo y trató, honestamente hay que añadir, de obtener autorización de Roma para contraer su matrimonio. Pero procedió mal ya que comenzó por atacar las estructuras y la persona de Pablo VI. Lanzó una especie de reto a Roma, que terminó en cierto modo, me parece, por el rechazo de Roma,.

    Sea como fuere, sin insistir en los detalles del asunto, ahí tienen una imagen: un sacerdote – y otros hay que se han exhibido del mismo modo, que inclusive han celebrado eucaristías en sus casas, con presencia de la televisión. Es una imagen clara: hay pues consecuencias morales, hay una reivindicación del derecho a la felicidad humana, una reivindicación del derecho de amar, una reivindicación del derecho de no sentirse comprometido por el compromiso tomado sin saberlo, por no haber estado suficientemente maduro o por no haber hecho la experiencia del amor y que, habiéndola hecho, no se la puede negar.

    Otra imagen: un sacerdote obrero francés que se presenta igualmente a la televisión y declara que no tiene otra esperanza que el partido comunista. El partido comunista es el que hará triunfar la justicia y no hay otra manera de lograrla. ¿Y qué papel tiene Dios en eso? Pues él no lo sabe muy bien. ¿Es que su presencia en las filas comunistas hará que los demás presten más atención a Dios? Lo espera, pero no está seguro y de todos modos, él está comprometido en el partido comunista en nombre de la justicia de la que se hace campeón, con mucha generosidad además, pues ha aceptado la condición de sacerdote obrero con todas las privaciones que eso implica para él.

    Estas dos imágenes son bien claras. Por un lado el instinto, el instinto sexual con todo lo que puede representar de grandeza, de belleza, de generosidad y también de servidumbres claro está, y por otro lado, la reivindicación de una justicia que es continuamente rehusada por las clases poseedoras – es al menos lo que no paran de repetir – y entonces, una sola solución: el combate, la guerra con todo lo que conlleva, porque es evidente que el sacerdote que se compromete a fondo y no tiene otra esperanza que el partido comunista no puede no consentir con la guerra y con la dictadura que seguirá después, ya que si el partido comunista triunfa vendrá la dictadura. Entonces, ¿será asegurada por la dictadura la justicia que reivindica? ¿No aprendió bastante con las experiencias de los estados comunistas que permanecen bajo dictadura, incapaces de salir de ahí?

    Esto nos lleva a plantearnos el problema del origen de la moral, pues naturalmente, habiendo sacudido las certezas dogmáticas, habiendo puesto en duda la virginidad de María y la Presencia real en la Eucaristía, habiendo puesto en duda la divinidad de Jesucristo, también se ponen en duda los fundamentos de la moral.

    Se hace observar que la moral ha cambiado, que ha cambiado a través del tiempo, que no ha sido siempre la misma, que ciertas cosas eran admitidas en la Biblia misma, como la poligamia y el divorcio, sin hablar de la guerra que en ciertos momentos la Biblia considera como algo santo, como algo a lo que Dios obliga hasta masacrar totalmente pueblos que Él ordena combatir.

    Entonces, los que ya no quieren aceptar la moral tradicional, dicen que la moral no es constante, que no es siempre la misma, que corresponde a una historia y no representa nada absoluto. Los hombres la adoptaron según su conveniencia o según sus necesidades en ciertas épocas. Los faraones de Egipto se casaban frecuentemente con sus hermanas, sin duda por razones políticas. Entonces, aún el incesto de un hombre que se casa con su hermana, no ha sido considerado como algo infamante o prohibido.

    Entonces, ¿qué es lo permitido? ¿Qué es lo prohibido? No se sabe muy bien. Y vemos un caso que se produjo en Suiza precisamente, y que da lugar a un debate difícil y doloroso. Un profesor de la Universidad de Friburgo, un dominicano, hizo en Berna una conferencia pública que tuvo mucha resonancia, y en que él, profesor de moral, ponía justamente en duda la moral, declarando que la moral tiene carecer histórico y no absoluto, y que se pueden cuestionar cosas que hasta ahora habían sido consideradas como rigurosamente proscritas o prohibidas.

    Así, en el terreno sexual, él piensa que las prácticas solitarias de los adolescentes no deben ser tomadas como trágicas, no hay que ver en ellas un peligro para la salud, y pueden ser consideradas como preparación para el futuro. También considera las relaciones prematrimoniales entre jóvenes como una preparación al matrimonio, a condición de que sean estériles. Naturalmente, los jóvenes que tienen relaciones antes del matrimonio deben ser prudentes, no exponer a una vida difícil los hijos que puedan tener. Eso implica entonces que tomen precauciones, que utilicen preservativos y, naturalmente, eso implica que en la vida conyugal el placer sea considerado como un bien cuyo gozo no se debe limitar. ¿Por qué prohibir ese gozo, en fin de cuentas? ¿Por qué no aceptar, después de todo, la voluptuosidad como algo bueno, como algo que honra a Dios?

    Y todo eso es propuesto por un hombre que es sin duda irreprochable en su vida y que, creyendo hacer obra de sabio, constatando el carácter histórico de la moral, deduce que no se impone y que lo que se consideraba como resuelto, prescrito o prohibido, puede ser considerado bajo otras perspectivas.

    Y esto es importante, porque los que ya escogieron soluciones que corresponden a su experiencia, los sacerdotes que han decidido casarse y que han hecho público ante el mundo entero su matrimonio, como Jean-Claude Barreau, encuentran naturalmente en las opiniones del profesor una justificación suplementaria. En efecto, se encuentran haciendo parte del futuro pues les dicen que la moral es histórica, que es necesario encontrar una moral acorde con los conocimientos actuales. Pueden hacer figura de profetas y es además un argumento que se oye con frecuencia en la boca de sacerdotes casados, que son profetas del futuro.

    Por otra parte, todo eso lo cito sin juzgarlo. Puesto que nos hemos equivocado sobre Dios, no hemos reconocido al verdadero Dios, es muy natural que la moral ligada con el Dios tradicional esté también desquiciada. Si ya no se admite ese Dios, es evidente que tampoco se admita la moral que él garantizaba. Si se rechaza al Dios bíblico, si ya no se admite ese soberano, ese rey de reyes con su trono en el cielo y que nos dominaba con su poder, ya no se admitirán, desde luego, las prohibiciones bíblicas, pues además no son constantes y variaban con el transcurso del tiempo, como lo recuerda nuestro Señor además a los judíos cuando le hablan de divorcio.

    Llegamos pues a la cuestión de los orígenes de la moral. Los orígenes de la moral deben situarse en el hecho de que el hombre es incompleto, inacabado, es decir, no es enteramente determinado por sus instintos y sus inclinaciones, y está abierto a posibilidades mal definidas pero evidentes.

    Si comparamos una sociedad de hormigas o de abejas con una sociedad de hombres, vemos en seguida la diferencia. Una sociedad de hormigas no comporta dudas: todo está organizado a la perfección por una especie de mecanismo interno; cada hormiga sabe lo que debe hacer y lo hace. En un hormiguero existen diferentes funciones, lo mismo que en una colmena de abejas, hay diferentes funciones y cada abeja, cada hormiga cumple la función de su especialidad y todo funciona como se debe, a menos que un accidente destruya el hormiguero o la colmena. En una palabra, en fin, en el mundo animal, existe un determinismo bastante riguroso como para que el individuo no sea problema para sí mismo porque su mecanismo interno es suficientemente preciso para guiarlo. El animal no se sitúa pues como problema para sí mismo, no tiene que reflexionar sobre su conducta puesto que le es dictada por sus mecanismos internos.

    En cambio, el hombre es también un animal con instintos e inclinaciones, pero no es sólo animal justamente en virtud de la apertura, por ser inacabado, en virtud de las iniciativas que se le piden: debe tomar decisiones que no son automáticas, que no surgen espontáneamente de sus mecanismos internos. Tiene inmensas posibilidades. Si recuerdan las palabras de Pascal, el gran señor de la mente: "Por el espacio el universo me comprende y me engloba como un punto. Por el pensamiento, yo lo comprendo", ustedes tienen las dos vertientes de la vida humana: estoy comprendido en el universo, englobado en él, soy sólo un punto en el universo; pero en mi pensamiento, el universo no es más que un punto.

    Y este segundo aspecto de la vida humana nos abre inmediatamente el campo en que se sitúa, o en que va a surgir la moral. Claro que los primeros hombres no tenían el genio de Pascal. Estaban en una tierra inculta, hostil, amenazados por animales salvajes, no tenían técnicas, eran frágiles y necesitaban agruparse para defenderse y poder subsistir. Los primeros hombres no vieron que eran un punto en el universo y que el universo no era sino un punto en su pensamiento,.pero debieron sentir que tenían cierto poder de iniciativa, cierta capacidad, peligrosa, de elección. Debieron sentir que ese poder de iniciativa, ese poder de tanta decisión no ordenada por mecanismos internos, que ese poder de decisión podía terminar en anarquía, en desorden y por tanto en destrucción de la vida. Sintieron pues lo que designamos con la gran palabra libertad, lo sintieron como peligro y podemos estar seguros de ello, porque todas las ciudades del mundo tienen policías.

    ¿Qué significa la policía, sino que el grupo no puede tener confianza en las iniciativas de cada uno, que el grupo desconfía de la capacidad de iniciativa, que el grupo teme la libertad mal definida, como peligro de anarquía? Y podemos estar seguros a priori de que efectivamente una sociedad sin policía estaría condenada al pillaje y la anarquía hasta que se imponga una dictadura para evitar la destrucción del grupo o de la nación.

    Entonces, desde el comienzo, desde que el hombre tomó conciencia de esa fluctuación, de esa apertura, de ese carácter de inacabado, de ese poder de iniciativa, hubo o se sintió la necesidad de moral, es decir, la necesidad de una regla que se impusiera a todos los miembros del grupo, a fin de preservar el grupo contra la anarquía y por ende contra la destrucción.

    Si quieren, para dar un ejemplo presentado por Levi-Strauss de las sociedades primitivas – si se las puede llamar así – subsistentes todavía hoy, el incesto, es decir el matrimonio de un hombre con su hija o de una madre con su hijo está prohibido en todas partes. ¿Porqué? Porque tal promiscuidad sexual ponía en peligro la sociedad y habría provocado luchas constantes entre los machos y las hembras, o más bien entre los machos por la posesión de las hembras. Es un ejemplo entre otros. Hay pues una regla impuesta para la estabilidad del grupo.

    Esa regla tenderá a interiorizarse, es decir que el individuo será llevado por la presión del grupo a considerar la prohibición, las prohibiciones, las reglas, como algo que obliga, aunque no esté bajo la mirada de los demás, es decir que habrá cierta obligación de conciencia, o al menos que la regla será sentida como obligación de conciencia tanto más eficaz además cuanto que se apoyará sobre una divinidad. La moral estará cerca, desembocará en religión. La moral tratará de fundarse sobre un absoluto, es decir que la regla, para que la obedezcan, para obligar a todos, buscará el apoyo de una divinidad, es decir de un poder capaz de castigar las transgresiones. Así el individuo se siente tanto más obligado a conformarse con la regla pudiendo estar sometido a sanciones de una divinidad, testigo al que no puede ocultarse.

    Por otra parte, así es como nos llega la moral: nos instruyeron en una moral presentada como regla obligatoria, en nombre de la divinidad. Nos formaron en la vida moral por el Decálogo y en nombre suyo, Decálogo fundado en una revelación divina y garantizado por sanciones divinas, pues violar el Decálogo es ponerse en contradicción con Dios, y por ende correr el riesgo de sanciones terrestres y ulteriores, sanciones en este mundo y sobre todo en el otro. No escaparemos a la divinidad si estamos en rebelión contra las reglas impuestas por la divinidad.

    Entonces, hasta ahora, grosso modo hasta el comienzo de este siglo diríamos, la moral ha sido aceptada tal cual. Sin duda la violan con mucha frecuencia, pero en general no la niegan, no la niegan en su fundamento. Viene de Dios, del Dios bíblico. Está condensada en el Decálogo. El Decálogo constituye el conjunto de reglas que debemos seguir y su observancia es garantizada por la divinidad. La violación de esas reglas trae sanciones graves, que pueden ir hasta la condenación.

    Podemos ilustrarlo de manera caricatural con la especie de comedia que presentaba un predicador de retiros. Ese predicador hacía furor en los colegios religiosos, tenía naturalmente un sermón que provocaba el pánico en sus auditores hablándoles de la muerte. Y mientras predicaba se hacía entregar un telegrama anunciando la muerte de un joven que se encontraba además en situación culpable. El telegrama era pura invención. Se lo hacía mandar en el momento oportuno para poder suscitar el terror en la mente de sus auditores. No necesito criticar este acto insensato, pero está en la prolongación de esa moral bíblica, en la prolongación de la moral que nos hace afrontar sanciones eternas.

    Entonces, en nombre de una condenación posible, trataba de inculcar a sus auditores una conformidad indispensable con los mandamientos de Dios y principalmente, siendo el pecado de los pecados, con el mandamiento de la pureza.

    Esa moral, como acabo de recordarlo, ha sido puesta en duda y ya no es aceptada sino puesta en ridículo y vemos ahora, ¡Dios mío!, madres casi desnudas delante de sus hijos, que dicen que es… que se deben evitar las represiones, que es la mejor manera de no dar complejos a los hijos. ¡Bueno! Van a ver desnuda a su mamá, ¿y después? ¡Eso no tiene importancia! Al contrario, no habrá tapujos, llegarán a la adolescencia sin problemas. ¡Es evidentemente una visión muy corta de la situación!

    De todos modos, en esas estamos y aunque pueda pesarnos, debemos constatar que la situación es tal como acabo de recordarlo: una desafección total respecto de la moral, poniendo en duda todas las prohibiciones, gente honesta, es decir católicos que quieren ser fieles y admiten sin discusión la píldora anticonceptiva. Hay todo un esfuerzo de investigación sobre la cuestión ante el problema demográfico, frente al aumento trágico de la población gracias al cuidado que se da a los niños, gracias a la prolongación de la vida, ante ese inmenso problema alucinante además, la inmensa mayoría de los católicos se ponen al día con las prácticas anticonceptivas y declaran que no hay otro modo. Desde luego, nadie piensa en la castidad.

    Nadie piensa en Gandhi que a los 37 años hizo voto de castidad, pensando que había tenido suficientes hijos y que como tenía otras tareas que la procreación no tenía más solución que el voto de castidad. Lo hizo a los 37 años y lo guardó fielmente hasta el final de su vida.

    ¡Pues bien! Los cristianos que profesan la virginidad de Jesús y María jamás se plantean la cuestión, y eso es grave. Es precisamente porque no han visto nunca en la moral sino un freno, y eso es capital.

    Vimos que la sociedad primitiva debió recurrir a ese freno para no destruirse y precisamente la moral apareció tradicionalmente como un freno, como prohibición cuya necesidad ya no se reconoce, y al contrario, se la discute radicalmente, gracias a la difusión del freudismo. El freudismo se ha convertido en bien común, se difunde en todas partes y cualquiera puede hablarnos de represión y complejos, y hacerse un deber de evitar para sí mismo y para los demás, en particular a sus hijos, que surjan complejos y represiones que emponzoñen la vida e impidan alcanzar la felicidad que la tierra pueda ofrecerles.

    Hemos visto sacerdotes que han adoptado esta orientación. Los hemos visto renunciar a sus compromisos. Vimos un profesor de moral venir en su ayuda declarando que la moral es un fenómeno histórico y no conlleva nada absoluto y estamos pues en pie de obra; tenemos que plantear el problema moral y buscarle un fundamento más positivo.

    Es claro que la moral considerada como freno es obsoleta. Ya no podemos contar con ella. Es definitivamente discutida y es imposible restablecer su dominio. Entonces vemos un fenómeno bastante impresionante: el abandono casi generalizado de la confesión. Se puede decir que el 90% de la gente ha abandonado la práctica de la confesión. Hablo de los practicantes que comulgan además: comulgan, casi toda la Iglesia comulga, pero ya no se confiesan. Ya no hay sentido de responsabilidad, sentido de culpa. Uno se absuelve a sí mismo. Y si eso es verdad para los practicantes, imaginemos a los demás.

    Hay pues que volver al principio. ¿Cuál es el principio? Justamente, que el hombre es inconcluso, que sus mecanismos internos no van hasta el final, que debe tomar iniciativa, que se espera de él que decida y que la moral que le dictaba las decisiones y le servía de freno limitando la expansión de sus deseos, esa moral ha sido actualmente abandonada.

    Hay pues que renunciar a toda moral otra que el respeto de la bolsa y la propiedad. En eso, la mayoría de la gente, la mayoría de los practicantes en todo caso, están de acuerdo. Están de acuerdo con que se prohíba robar, que se prohíba llevarse sus bienes, que se prohíba atentar a la propiedad y la vida. En eso están todavía de acuerdo. Que intervenga la policía y que haya eventualmente prisiones para castigar los atentados contra la propiedad o la vida. Pero fuera de eso, todo está permitido, ¡todo! Hay afiches en la Plaza Pigale que muestran "¡El desnudo más audaz!" Todo se puede mostrar, todo se puede exhibir, y finalmente el coito público no se excluye. Eso no importa, finalmente: ¡es natural! ¡¿Porqué tanta historia para eso?!

    ¿Cómo hacer en esta situación, una vez más, tan grave como difusa? La mayoría de la gente no tiene filosofía qué proponer. No tienen argumentos sólidos, todo es difuso. Uno hace lo que quiere. No tiene obligaciones. Uno es indulgente. Católicos que han llevado además una vida ejemplar, comprometidos en problemas de educación, sin haber logrado la educación de sus hijos, tratan de educar los hijos de los demás evitándoles complejos. Católicos muy buenos, de comunión diaria, le dicen a una mujer con un marido infiel y que vive con otra mujer: "Señora, eso sucede, tenga paciencia, no es tan grave. Es un accidente de la vida. Si tiene paciencia, su marido vuelve. No le haga reproches. Cierre los ojos sobre sus aventuras. Acójalo con una sonrisa y finalmente, eso va a pasar". ¡Desde luego…!

    ¿Hay fundamento para la moral? Lo encontraremos tomando la otra pista, recordando al sacerdote comunista. ¿En qué se funda el sacerdote comunista que pone toda su esperanza en el partido, que quiere entonces ante todo que haya la Revolución, que acepta entonces que la guerra sea inevitable, que la dictadura se deba aceptar primero para que triunfe la justicia? Se funda sobre la justicia. Reivindica la justicia y esa reivindicación es ya mucho más simpática que la reivindicación de la voluptuosidad: es un núcleo respetable. Tiene razón de querer que los bienes de la tierra les aprovechen a todos. Tiene razón de pedir que todos los hombres tengan acceso a las riquezas de la tierra, ¿pero en qué funda su reivindicación de la justicia? Sólo puede fundarla en el sentido de la dignidad humana. ¿Y en qué fundar la dignidad humana si no reconoce un valor absoluto a la soledad del hombre, si no reconoce en la soledad del hombre una Presencia infinita? Si el hombre es sólo un organismo, si el hombre es sólo un manojo de instintos, ¿sobre qué se puede fundar la justicia?

    Entonces la justicia no puede ser sino reivindicación de una clase contra otra. No puede tener otro fundamento que el resentimiento, el deseo de venganza, el deseo de aplastar y hacer sufrir a los que nos han hecho sufrir, y eso ya no tiene nada de humano. Eso dará sólo un cambio de dueños: la propiedad pasará a otras manos, el poder pasará a otras manos. Habrá de nuevo una clase privilegiada que cometerá los mismos abusos, así lo mostró Djilas hace tiempo en Yugoslavia al precio de siete años de prisión. Hay una nueva clase de privilegiados, como lo muestra admirablemente en su libro Svetlana, la hija de Stalín.

    Es pues necesario encontrar ahora el fundamento de la justicia, el fundamento de la dignidad, en un espacio de generosidad del que cada uno sea capaz, a condición de disponer de un espacio de seguridad que le permita justamente encontrar, en el fondo de sí mismo, el valor infinito del cual pueda ser afirmación y revelación.

    Es decir que finalmente el carácter inconcluso del hombre, abierto a posibilidades infinitas, es un llamado hecho al hombre para crearse a sí mismo en su dignidad y grandeza. Es el llamado hecho al hombre a no sufrir su vida sino darla. Es el llamado hecho a todos para hacer de sí mismos un bien común, un bien universal, es decir que hay una moral esencialmente positiva, una moral creadora, una moral en que el hombre se hace hombre tomándose en manos, no para suscribir a los instintos animales que lleva en sí, sino para liberarse de ellos, para interiorizar toda disciplina, para hacer de toda regla una ocasión de expresar el don de sí mismo, para escapar a la esclavitud interior, para devenir realmente fuente y origen de un universo del que sea creador y, más aún, para expresar en su vida la Presencia que funda su dignidad, para dejar transparentar a través de sí mismo ese bien infinito que es Alguien.

    Porque esa es la gran aventura: el bien no es una prohibición que viene de afuera. El bien es una luz que brota de adentro. El bien es una Presencia que nos está confiada. El bien es un Amor que nos está esperando. El bien es un rostro, un Corazón, como Jesús nos lo revela en su agonía.

    Claro que en el Génesis el bien aparece como prohibición, porque estamos al comienzo de la Revelación, porque la humanidad era todavía incapaz de entrar plenamente en un orden de amor. Había pues que someterla a mandamientos. Esos mandamientos tenían que ser garantizados por sanciones y las sanciones debían ser inevitables, sostenidas por la divinidad. Había pues un régimen de temor, que era el comienzo de la sabiduría, como dice la Escritura.

    Pero en el lavatorio de los pies y en la agonía de nuestro Señor ya no se trata de prohibiciones, ya no se trata de mandamientos. Sólo se trata de un Amor que es víctima y que revela el bien como Alguien, que revela el bien como el Amor y que revela el mal como la muerte de ese amor crucificado por los que lo rehúsan.

    En esta perspectiva, pues, una nueva moral, una nueva moral eterna, nueva, quiero decir nueva con la novedad del Evangelio, nació con Cristo y tiene el Corazón de Cristo por centro y sanción. ¿Y cuál es la sanción? ¡El que no se libera de sus servidumbres internas, no existe!, no llega a ser humano, se queda en estado de embrión, al menos en la experiencia terrestre, aunque pueda proseguir la experiencia en otra parte, en un purgatorio que es quizá la posibilidad de realizarse y de encontrarse, para los que permanecieron embrionarios.

    Entonces, esa es la primera sanción: el ser que rehúsa ser hombre permanece en efecto por debajo de su humanidad, no existe como ser humano. Está lejos de ser un valor y un bien común. Deviene parásito de la humanidad y del universo y, lo que es mucho más grave, rehúsa que Dios se encarne a través de él, rehúsa comunicar ese bien infinito que lo está esperando en el fondo de su ser y se convierte en obstáculo permanente para el Reino de Dios que es la condición del reino del hombre, pues el hombre no alcanzará jamás su grandeza y su libertad ni su dignidad ni su universalidad si, en la soledad de cada uno, no se revela y se desarrolla ese bien divino que hace de cada uno la encarnación de Dios.

    Porque, finalmente, la moral creadora es una moral de encarnación, una moral que permite a Dios expresarse a través de nosotros, a través de nosotros, y comunicarse entre nosotros, y devenir precisamente el fermento de nuestra unidad, de la unidad entre los hombres, entre los individuos y los pueblos, y también el fermento de la unidad del universo, llamado todo entero a entrar en la libertad del eterno amor.

    Existe pues un origen de la moral, un origen eterno en el corazón de Dios, un origen infinito de la moral en la revelación de Cristo. Hay una moral que no es freno. Hay una moral, una moral que es principio de expansión, una moral que es el fundamento de nuestra liberación, una moral que, lejos de limitar el ser, lo crea, y cuya exigencia es infinita porque, justamente, esa moral está orientada hacia nuestra liberación interior. No nos pide soportar nada, sólo nos pide la virginidad del corazón y del cuerpo. Nos pide un respeto de la vida tal que sea siempre tratada como fin y jamás como medio, como decía Kant. Nos pide una justicia fundada en reconocer en cada uno una soledad portadora de Dios, una soledad fundada en la Presencia divina. Exige pues una justicia infinitamente rigurosa, pero que comporta esencialmente el respeto de esa soledad humana.

    Vean a Gandhi. Hizo voto de castidad a los 37 años, y fue también el hombre que proclamó la no violencia y la impuso a 4 ó 500 millones de indios, que se hallaban ante dos o 300 mil soldados británicos. ¿Y porqué impuso la no violencia? Justamente, porque reivindicó una justicia que no reivindicaba sólo la independencia de India en nombre del civismo indio. La justicia que reivindicaba, la reivindicaba también para los ingleses. "Ustedes no tienen derecho de dominarnos por la fuerza porque somos hombres como ustedes, tenemos la misma dignidad, o al menos estamos llamados a adquirirla, lo mismo que ustedes. Pero nosotros no tenemos derecho de matarlos, porque ustedes son hombres como nosotros y su soledad es un bien divino lo mismo que la nuestra. Vamos pues a oponernos a ustedes por todos los medios posibles, pero no atentaremos a sus vidas porque su vida es tan sagrada como la nuestra, pero sagrada por estar consagrada precisamente por una presencia divina que reconocemos en ustedes lo mismo que en nosotros".

    Se trata pues de toda una reconstrucción del hombre, una recreación del hombre cuya exigencia se esclarece con la luz del Evangelio. Pues si el hombre está en tal confusión es porque, no pudiendo ya soportar una moral que es freno, todavía no ha descubierto una moral ontológica, una moral creadora, una moral que le revele el sentido de su iniciativa, que le revele el sentido de su carácter inconcluso, que le abra el inmenso espacio de que habla Pascal: "Por el espacio, el universo me comprende y me engloba como un punto. Por el pensamiento, yo lo comprendo".

    Precisamente, Cristo nos revela ese espacio interior, le da sentido, mostrándonos en la divinidad, revelándonos en la Trinidad divina el sentido mismo de nuestra libertad, mostrándonos que sólo podemos realizarnos dándonos totalmente, haciéndonos totalmente transparentes al eterno amor, virginizándonos teniendo con nosotros un contacto oblativo como Dios que sólo tiene consigo mismo un contacto en que se comunica y no cesa de despojarse en el don que constituye el misterio de su vida íntima.

    Es pues cierto que la crisis moral, que es consecuencia de una crisis metafísica, la crisis moral que es consecuencia de una crisis sobre Dios, es cierto que será superada en la medida – y únicamente en la medida – en que encontremos al verdadero Dios en el fondo de nuestros corazones como exigencia de grandeza, como exigencia de libertad, como exigencia creadora, como exigencia de universalidad. La moral no es un freno. La moral es nuestra vocación de dioses. Si Dios creó dioses, justamente la moral, que por demás es mística mucho más que moral, la mística cristiana que es mística de encarnación, nos llevará a una aventura en que el esfuerzo constante por superarnos a nosotros mismos para no ser esclavos de los determinismos internos, de las opciones pasionales, en que todo ese esfuerzo aparece justamente como la nobleza suprema.

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    Ser con Dios creadores de un universo cuya sola exigencia es el amor, según la expresión de Agustín: "Ama et quod vis, fac", "Ama y haz lo que quieres". Pero estas palabras tienen ahora un sentido muy preciso: no se trata de hacer lo que uno quiera en el campo de los instintos no conquistados, sino de hacer lo que uno quiera porque uno sólo quiere una cosa, el amor, el Amor en persona, el amor que es Alguien, el amor que nos está esperando en lo más íntimo de nuestro ser, el amor que nos está confiado y que está puesto en nuestras manos.

    Y volvemos siempre al mismo punto, al silencio interior. Es evidente que si no nos encontramos ante el rostro de Dios escondido dentro de nosotros, si no somos conscientes de que se trata de Él, de que es su vida la que está en juego en cada una de nuestras decisiones, todavía no estamos ante el verdadero absoluto. Existe un absoluto, es el amor crucificado, el amor frágil, el amor que confía totalmente en nosotros y que se puso en nuestras manos confiándonos el destino de toda la creación. Entonces ustedes ven que lo que está en juego en esta crisis es todo el universo, toda la historia, todo Dios mismo.

    Si escuchamos, si escuchamos el De Profundis de Dios en el fondo de nuestros corazones, el De Profundis inscrito en las Vísperas de Navidad, si escuchamos ese llamado, haremos la experiencia de Claudel el día de Navidad de 1886, la experiencia extraordinaria que resume admirablemente el paso que debemos dar, que debe dar la humanidad, el cambio que la Iglesia debe realizar. Claudel que entra de paseo a la iglesia de Nuestra Señora, está aburrido. Busca emociones estéticas y oye las adorables Vísperas de Navidad cantadas entonces en el maravilloso canto gregoriano, y como entiende las palabras, su corazón se impresiona y descubre la eterna infancia y la desgarradora inocencia de Dios. Y descubrió entonces la eterna infancia y la desgarradora inocencia de Dios y ya no pudo resistir y, sin quererlo, se hizo creyente, irresistiblemente, hasta la muerte.

    Eso es lo mejor que podemos desear. Así es, en efecto, como la Iglesia volverá a encontrar todas las exigencias del Evangelio como fuente misma de libertad infinita, cuando cada uno encuentre en el fondo de su corazón la eterna infancia y la desgarradora inocencia de Dios".

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