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Carmelo de Matarieh, Mayo de 1972
"Les agradezco por la misa de esta mañana que cantaron admirablemente.
Que fuente de frescura, de belleza y de alegría en esa misa de los Ángeles y
qué lástima que se hayan sacrificado esas riquezas con cánticos tan pobres.
Continúen entonces por favor, sigan cantando, sigan cantando…
La crisis de la Iglesia:
vimos que la crisis de la Iglesia tiene su fundamento en cierta concepción de
Dios, digamos que la crisis adquirió tanta envergadura y extensión porque nos
hemos equivocado sobre Dios. Nos equivocamos sobre Dios, lo situamos afuera y no lo hemos encontrado
adentro todavía. Es natural rehusar un Dios exterior que aparece como amenaza y
límite impuesto de afuera a la vida humana. Es natural sentir como una ofensa
para la mente, como agresión contra el espíritu la intrusión de una autoridad
que se impone y que parece negar la libertad y la dignidad del hombre.
Vimos además que esa
posición puede y debe ser superada, pues el verdadero Dios es interior y que al
contrario, Él es el que funda nuestra dignidad y constituye el espacio en que
se realiza la libertad.
Él es toda la luz y toda la alegría de nuestra intimidad. Él es quien nos hace
existir plenamente y es a través de Él como nos encontramos. En Él nos amamos,
gracias a Él podemos vencer la muerte y hacernos eternos.
Pero si es verdad que la crisis tiene este fundamento metafísico, es decir
teológico, o dogmático si prefieren, es verdad que el fondo del problema, la crisis se manifiesta igualmente como
consecuencia inevitable en el plano moral. Y pueden hacerse una idea de
ello considerando por un lado las entrevistas, los artículos de periódicos y
las presentaciones de la televisión francesa del Abad Barreau que ha hablado en
público ampliamente sobre su matrimonio, pues reivindicaba el derecho a
contraerlo y trató, honestamente hay que añadir, de obtener autorización de
Roma para contraer su matrimonio. Pero procedió mal ya que comenzó por atacar
las estructuras y la persona de Pablo VI. Lanzó una especie de reto a Roma, que
terminó en cierto modo, me parece, por el rechazo de Roma,.
Sea como fuere, sin insistir en los detalles del asunto, ahí tienen una
imagen: un sacerdote – y otros hay que se han exhibido del mismo modo, que inclusive
han celebrado eucaristías en sus casas, con presencia de la televisión. Es una
imagen clara: hay pues consecuencias morales, hay una reivindicación del
derecho a la felicidad humana, una reivindicación del derecho de amar, una
reivindicación del derecho de no sentirse comprometido por el compromiso tomado
sin saberlo, por no haber estado suficientemente maduro o por no haber hecho la
experiencia del amor y que, habiéndola hecho, no se la puede negar.
Otra imagen: un sacerdote obrero francés que se presenta igualmente a la
televisión y declara que no tiene otra esperanza que el partido comunista. El
partido comunista es el que hará triunfar la justicia y no hay otra manera de
lograrla. ¿Y qué papel tiene Dios en eso? Pues él no lo sabe muy bien. ¿Es que
su presencia en las filas comunistas hará que los demás presten más atención a
Dios? Lo espera, pero no está seguro y de todos modos, él está comprometido en
el partido comunista en nombre de la justicia de la que se hace campeón, con
mucha generosidad además, pues ha aceptado la condición de sacerdote obrero con
todas las privaciones que eso implica para él.
Estas dos imágenes son bien claras. Por un lado el instinto, el instinto
sexual con todo lo que puede representar de grandeza, de belleza, de generosidad
y también de servidumbres claro está, y por otro lado, la reivindicación de una
justicia que es continuamente rehusada por las clases poseedoras – es al menos
lo que no paran de repetir – y entonces, una sola solución: el combate, la
guerra con todo lo que conlleva, porque es evidente que el sacerdote que se
compromete a fondo y no tiene otra esperanza que el partido comunista no puede
no consentir con la guerra y con la dictadura que seguirá después, ya que si el
partido comunista triunfa vendrá la dictadura. Entonces, ¿será asegurada por la
dictadura la justicia que reivindica? ¿No aprendió bastante con las
experiencias de los estados comunistas que permanecen bajo dictadura, incapaces
de salir de ahí?
Esto nos lleva a plantearnos
el problema del origen de la moral, pues naturalmente, habiendo sacudido las
certezas dogmáticas, habiendo puesto en duda la virginidad de María y la
Presencia real en la Eucaristía, habiendo puesto en duda la divinidad de
Jesucristo, también se ponen en duda los fundamentos de la moral.
Se hace observar que la moral ha cambiado, que ha cambiado a través del
tiempo, que no ha sido siempre la misma, que ciertas cosas eran admitidas en la
Biblia misma, como la poligamia y el divorcio, sin hablar de la guerra que en
ciertos momentos la Biblia considera como algo santo, como algo a lo que Dios
obliga hasta masacrar totalmente pueblos que Él ordena combatir.
Entonces, los que ya no quieren aceptar la moral tradicional, dicen que la
moral no es constante, que no es siempre la misma, que corresponde a una
historia y no representa nada absoluto. Los hombres la adoptaron según su
conveniencia o según sus necesidades en ciertas épocas. Los faraones de Egipto
se casaban frecuentemente con sus hermanas, sin duda por razones políticas. Entonces,
aún el incesto de un hombre que se casa con su hermana, no ha sido considerado
como algo infamante o prohibido.
Entonces, ¿qué es lo permitido? ¿Qué es lo prohibido? No se sabe muy bien. Y
vemos un caso que se produjo en Suiza precisamente, y que da lugar a un debate
difícil y doloroso. Un profesor de la Universidad de Friburgo, un dominicano,
hizo en Berna una conferencia pública que tuvo mucha resonancia, y en que él,
profesor de moral, ponía justamente en duda la moral, declarando que la moral
tiene carecer histórico y no absoluto, y que se pueden cuestionar cosas que
hasta ahora habían sido consideradas como rigurosamente proscritas o
prohibidas.
Así, en el terreno sexual, él piensa que las prácticas solitarias de los
adolescentes no deben ser tomadas como trágicas, no hay que ver en ellas un
peligro para la salud, y pueden ser consideradas como preparación para el
futuro. También considera las relaciones prematrimoniales entre jóvenes como una
preparación al matrimonio, a condición de que sean estériles. Naturalmente, los
jóvenes que tienen relaciones antes del matrimonio deben ser prudentes, no
exponer a una vida difícil los hijos que puedan tener. Eso implica entonces que
tomen precauciones, que utilicen preservativos y, naturalmente, eso implica que
en la vida conyugal el placer sea considerado como un bien cuyo gozo no se debe
limitar. ¿Por qué prohibir ese gozo, en fin de cuentas? ¿Por qué no aceptar,
después de todo, la voluptuosidad como algo bueno, como algo que honra a Dios?
Y todo eso es propuesto por un hombre que es sin duda irreprochable en su
vida y que, creyendo hacer obra de sabio, constatando el carácter histórico de
la moral, deduce que no se impone y que lo que se consideraba como resuelto,
prescrito o prohibido, puede ser considerado bajo otras perspectivas.
Y esto es importante, porque los que ya escogieron soluciones que
corresponden a su experiencia, los sacerdotes que han decidido casarse y que
han hecho público ante el mundo entero su matrimonio, como Jean-Claude Barreau,
encuentran naturalmente en las opiniones del profesor una justificación
suplementaria. En efecto, se encuentran haciendo parte del futuro pues les
dicen que la moral es histórica, que es necesario encontrar una moral acorde
con los conocimientos actuales. Pueden hacer figura de profetas y es además un
argumento que se oye con frecuencia en la boca de sacerdotes casados, que son
profetas del futuro.
Por otra parte, todo eso lo cito sin juzgarlo. Puesto que nos hemos equivocado
sobre Dios, no hemos reconocido al verdadero Dios, es muy natural que la moral
ligada con el Dios tradicional esté también desquiciada. Si ya no se admite ese
Dios, es evidente que tampoco se admita la moral que él garantizaba. Si se
rechaza al Dios bíblico, si ya no se admite ese soberano, ese rey de reyes con
su trono en el cielo y que nos dominaba con su poder, ya no se admitirán, desde
luego, las prohibiciones bíblicas, pues además no son constantes y variaban con
el transcurso del tiempo, como lo recuerda nuestro Señor además a los judíos
cuando le hablan de divorcio.
Llegamos pues a la cuestión de los orígenes de la moral. Los orígenes de la moral deben situarse en
el hecho de que el hombre es incompleto, inacabado, es decir, no es enteramente
determinado por sus instintos y sus inclinaciones, y está abierto a
posibilidades mal definidas pero evidentes.
Si comparamos una sociedad de hormigas o de abejas con una sociedad de
hombres, vemos en seguida la diferencia. Una sociedad de hormigas no comporta
dudas: todo está organizado a la perfección por una especie de mecanismo
interno; cada hormiga sabe lo que debe hacer y lo hace. En un hormiguero
existen diferentes funciones, lo mismo que en una colmena de abejas, hay diferentes
funciones y cada abeja, cada hormiga cumple la función de su especialidad y
todo funciona como se debe, a menos que un accidente destruya el hormiguero o
la colmena. En una palabra, en fin, en el mundo animal, existe un determinismo
bastante riguroso como para que el individuo no sea problema para sí mismo
porque su mecanismo interno es suficientemente preciso para guiarlo. El animal
no se sitúa pues como problema para sí mismo, no tiene que reflexionar sobre su
conducta puesto que le es dictada por sus mecanismos internos.
En cambio, el hombre es también
un animal con instintos e inclinaciones, pero no es sólo animal justamente en
virtud de la apertura, por ser inacabado, en virtud de las iniciativas que se
le piden: debe tomar decisiones que no son automáticas, que no surgen
espontáneamente de sus mecanismos internos. Tiene inmensas posibilidades. Si recuerdan las
palabras de Pascal, el gran señor de la mente: "Por el espacio el universo me comprende y me engloba como un punto. Por
el pensamiento, yo lo comprendo", ustedes tienen las dos vertientes de
la vida humana: estoy comprendido en el universo, englobado en él, soy sólo un
punto en el universo; pero en mi pensamiento, el universo no es más que un
punto.
Y este segundo aspecto de la vida humana nos abre inmediatamente el campo
en que se sitúa, o en que va a surgir la moral. Claro que los primeros hombres
no tenían el genio de Pascal. Estaban en una tierra inculta, hostil, amenazados
por animales salvajes, no tenían técnicas, eran frágiles y necesitaban
agruparse para defenderse y poder subsistir. Los primeros hombres no vieron que
eran un punto en el universo y que el universo no era sino un punto en su
pensamiento,.pero debieron sentir que tenían cierto poder de iniciativa, cierta
capacidad, peligrosa, de elección. Debieron sentir que ese poder de iniciativa,
ese poder de tanta decisión no ordenada por mecanismos internos, que ese poder
de decisión podía terminar en anarquía, en desorden y por tanto en destrucción
de la vida. Sintieron pues lo que designamos con la gran palabra libertad, lo
sintieron como peligro y podemos estar seguros de ello, porque todas las
ciudades del mundo tienen policías.
¿Qué significa la policía, sino que el grupo no puede tener confianza en
las iniciativas de cada uno, que el grupo desconfía de la capacidad de
iniciativa, que el grupo teme la libertad mal definida, como peligro de
anarquía? Y podemos estar seguros a priori de que efectivamente una sociedad
sin policía estaría condenada al pillaje y la anarquía hasta que se imponga una
dictadura para evitar la destrucción del grupo o de la nación.
Entonces, desde el comienzo, desde que el hombre tomó conciencia de esa
fluctuación, de esa apertura, de ese carácter de inacabado, de ese poder de
iniciativa, hubo o se sintió la necesidad de moral, es decir, la necesidad de
una regla que se impusiera a todos los miembros del grupo, a fin de preservar
el grupo contra la anarquía y por ende contra la destrucción.
Si quieren, para dar un ejemplo presentado por Levi-Strauss de las
sociedades primitivas – si se las puede llamar así – subsistentes todavía hoy,
el incesto, es decir el matrimonio de un hombre con su hija o de una madre con
su hijo está prohibido en todas partes. ¿Porqué? Porque tal promiscuidad sexual
ponía en peligro la sociedad y habría provocado luchas constantes entre los
machos y las hembras, o más bien entre los machos por la posesión de las
hembras. Es un ejemplo entre otros. Hay pues una regla impuesta para la
estabilidad del grupo.
Esa regla tenderá a interiorizarse, es decir que el individuo será llevado
por la presión del grupo a considerar la prohibición, las prohibiciones, las
reglas, como algo que obliga, aunque no esté bajo la mirada de los demás, es
decir que habrá cierta obligación de conciencia, o al menos que la regla será
sentida como obligación de conciencia tanto más eficaz además cuanto que se
apoyará sobre una divinidad. La moral estará cerca, desembocará en religión. La
moral tratará de fundarse sobre un absoluto, es decir que la regla, para que la
obedezcan, para obligar a todos, buscará el apoyo de una divinidad, es decir de
un poder capaz de castigar las transgresiones. Así el individuo se siente tanto
más obligado a conformarse con la regla pudiendo estar sometido a sanciones de
una divinidad, testigo al que no puede ocultarse.
Por otra parte, así es como nos llega la moral: nos instruyeron en una
moral presentada como regla obligatoria, en nombre de la divinidad. Nos
formaron en la vida moral por el Decálogo y en nombre suyo, Decálogo fundado en
una revelación divina y garantizado por sanciones divinas, pues violar el
Decálogo es ponerse en contradicción con Dios, y por ende correr el riesgo de
sanciones terrestres y ulteriores, sanciones en este mundo y sobre todo en el
otro. No escaparemos a la divinidad si estamos en rebelión contra las reglas
impuestas por la divinidad.
Entonces, hasta ahora, grosso modo hasta el comienzo de este siglo
diríamos, la moral ha sido aceptada tal cual. Sin duda la violan con mucha
frecuencia, pero en general no la niegan, no la niegan en su fundamento. Viene
de Dios, del Dios bíblico. Está condensada en el Decálogo. El Decálogo
constituye el conjunto de reglas que debemos seguir y su observancia es
garantizada por la divinidad. La violación de esas reglas trae sanciones
graves, que pueden ir hasta la condenación.
Podemos ilustrarlo de manera caricatural con la especie de comedia que
presentaba un predicador de retiros. Ese predicador hacía furor en los colegios
religiosos, tenía naturalmente un sermón que provocaba el pánico en sus
auditores hablándoles de la muerte. Y mientras predicaba se hacía entregar un
telegrama anunciando la muerte de un joven que se encontraba además en
situación culpable. El telegrama era pura invención. Se lo hacía mandar en el
momento oportuno para poder suscitar el terror en la mente de sus auditores. No
necesito criticar este acto insensato, pero está en la prolongación de esa
moral bíblica, en la prolongación de la moral que nos hace afrontar sanciones
eternas.
Entonces, en nombre de una condenación posible, trataba de inculcar a sus
auditores una conformidad indispensable con los mandamientos de Dios y
principalmente, siendo el pecado de los pecados, con el mandamiento de la
pureza.
Esa moral, como acabo de
recordarlo, ha sido puesta en duda y ya no es aceptada sino puesta en ridículo y vemos ahora, ¡Dios mío!, madres casi
desnudas delante de sus hijos, que dicen que es… que se deben evitar las
represiones, que es la mejor manera de no dar complejos a los hijos. ¡Bueno!
Van a ver desnuda a su mamá, ¿y después? ¡Eso no tiene importancia! Al
contrario, no habrá tapujos, llegarán a la adolescencia sin problemas. ¡Es
evidentemente una visión muy corta de la situación!
De todos modos, en esas estamos y aunque pueda pesarnos, debemos constatar
que la situación es tal como acabo de recordarlo: una desafección total respecto
de la moral, poniendo en duda todas las prohibiciones, gente honesta, es decir
católicos que quieren ser fieles y admiten sin discusión la píldora
anticonceptiva. Hay todo un esfuerzo de investigación sobre la cuestión ante el
problema demográfico, frente al aumento trágico de la población gracias al
cuidado que se da a los niños, gracias a la prolongación de la vida, ante ese
inmenso problema alucinante además, la inmensa mayoría de los católicos se
ponen al día con las prácticas anticonceptivas y declaran que no hay otro modo.
Desde luego, nadie piensa en la castidad.
Nadie piensa en Gandhi que a los 37 años hizo voto de castidad, pensando
que había tenido suficientes hijos y que como tenía otras tareas que la
procreación no tenía más solución que el voto de castidad. Lo hizo a los 37
años y lo guardó fielmente hasta el final de su vida.
¡Pues bien! Los cristianos que profesan la virginidad de Jesús y María
jamás se plantean la cuestión, y eso es grave. Es precisamente porque no han
visto nunca en la moral sino un freno, y eso es capital.
Vimos que la sociedad primitiva debió recurrir a ese freno para no
destruirse y precisamente la moral apareció tradicionalmente como un freno,
como prohibición cuya necesidad ya no se reconoce, y al contrario, se la discute
radicalmente, gracias a la difusión del freudismo. El freudismo se ha
convertido en bien común, se difunde en todas partes y cualquiera puede
hablarnos de represión y complejos, y hacerse un deber de evitar para sí mismo
y para los demás, en particular a sus hijos, que surjan complejos y represiones
que emponzoñen la vida e impidan alcanzar la felicidad que la tierra pueda
ofrecerles.
Hemos visto sacerdotes que han adoptado esta orientación. Los hemos visto
renunciar a sus compromisos. Vimos un profesor de moral venir en su ayuda
declarando que la moral es un fenómeno histórico y no conlleva nada absoluto y
estamos pues en pie de obra; tenemos que plantear el problema moral y buscarle
un fundamento más positivo.
Es claro que la moral considerada como freno es obsoleta. Ya no podemos
contar con ella. Es definitivamente discutida y es imposible restablecer su
dominio. Entonces vemos un fenómeno bastante impresionante: el abandono casi
generalizado de la confesión. Se puede decir que el 90% de la gente ha
abandonado la práctica de la confesión. Hablo de los practicantes que comulgan
además: comulgan, casi toda la Iglesia comulga, pero ya no se confiesan. Ya no
hay sentido de responsabilidad, sentido de culpa. Uno se absuelve a sí mismo. Y
si eso es verdad para los practicantes, imaginemos a los demás.
Hay pues que volver al
principio. ¿Cuál es el principio? Justamente, que el hombre es inconcluso, que
sus mecanismos internos no van hasta el final, que debe tomar iniciativa, que
se espera de él que decida y que la moral que le dictaba las decisiones y le
servía de freno limitando la expansión de sus deseos, esa moral ha sido
actualmente abandonada.
Hay pues que renunciar a toda moral otra que el respeto de la bolsa y la
propiedad. En eso, la mayoría de la gente, la mayoría de los practicantes en
todo caso, están de acuerdo. Están de acuerdo con que se prohíba robar, que se
prohíba llevarse sus bienes, que se prohíba atentar a la propiedad y la vida.
En eso están todavía de acuerdo. Que intervenga la policía y que haya
eventualmente prisiones para castigar los atentados contra la propiedad o la
vida. Pero fuera de eso, todo está permitido, ¡todo! Hay afiches en la Plaza
Pigale que muestran "¡El desnudo más
audaz!" Todo se puede mostrar, todo se puede exhibir, y finalmente el
coito público no se excluye. Eso no importa, finalmente: ¡es natural! ¡¿Porqué
tanta historia para eso?!
¿Cómo hacer en esta situación, una vez más, tan grave como difusa? La
mayoría de la gente no tiene filosofía qué proponer. No tienen argumentos
sólidos, todo es difuso. Uno hace lo que quiere. No tiene obligaciones. Uno es
indulgente. Católicos que han llevado además una vida ejemplar, comprometidos
en problemas de educación, sin haber logrado la educación de sus hijos, tratan
de educar los hijos de los demás evitándoles complejos. Católicos muy buenos,
de comunión diaria, le dicen a una mujer con un marido infiel y que vive con
otra mujer: "Señora, eso sucede,
tenga paciencia, no es tan grave. Es un accidente de la vida. Si tiene
paciencia, su marido vuelve. No le haga reproches. Cierre los ojos sobre sus
aventuras. Acójalo con una sonrisa y finalmente, eso va a pasar".
¡Desde luego…!
¿Hay fundamento para la
moral? Lo encontraremos
tomando la otra pista, recordando al sacerdote comunista. ¿En qué se funda el
sacerdote comunista que pone toda su esperanza en el partido, que quiere
entonces ante todo que haya la Revolución, que acepta entonces que la guerra sea
inevitable, que la dictadura se deba aceptar primero para que triunfe la
justicia? Se funda sobre la justicia. Reivindica la justicia y esa
reivindicación es ya mucho más simpática que la reivindicación de la
voluptuosidad: es un núcleo respetable. Tiene razón de querer que los bienes de
la tierra les aprovechen a todos. Tiene razón de pedir que todos los hombres
tengan acceso a las riquezas de la tierra, ¿pero en qué funda su reivindicación
de la justicia? Sólo puede fundarla en el sentido de la dignidad humana. ¿Y en
qué fundar la dignidad humana si no reconoce un valor absoluto a la soledad del
hombre, si no reconoce en la soledad del hombre una Presencia infinita? Si el
hombre es sólo un organismo, si el hombre es sólo un manojo de instintos,
¿sobre qué se puede fundar la justicia?
Entonces la justicia no puede ser sino reivindicación de una clase contra
otra. No puede tener otro fundamento que el resentimiento, el deseo de
venganza, el deseo de aplastar y hacer sufrir a los que nos han hecho sufrir, y
eso ya no tiene nada de humano. Eso dará sólo un cambio de dueños: la propiedad
pasará a otras manos, el poder pasará a otras manos. Habrá de nuevo una clase
privilegiada que cometerá los mismos abusos, así lo mostró Djilas hace tiempo
en Yugoslavia al precio de siete años de prisión. Hay una nueva clase de
privilegiados, como lo muestra admirablemente en su libro Svetlana, la hija de
Stalín.
Es pues necesario encontrar
ahora el fundamento de la justicia, el fundamento de la dignidad, en un espacio
de generosidad del que cada uno sea capaz, a condición de disponer de un
espacio de seguridad que le permita justamente encontrar, en el fondo de sí
mismo, el valor infinito del cual pueda ser afirmación y revelación.
Es decir que finalmente el carácter inconcluso del hombre, abierto a
posibilidades infinitas, es un llamado hecho al hombre para crearse a sí mismo
en su dignidad y grandeza. Es el llamado hecho al hombre a no sufrir su vida
sino darla. Es el llamado hecho a todos para hacer de sí mismos un bien común,
un bien universal, es decir que hay una moral esencialmente positiva, una moral
creadora, una moral en que el hombre se hace hombre tomándose en manos, no para
suscribir a los instintos animales que lleva en sí, sino para liberarse de
ellos, para interiorizar toda disciplina, para hacer de toda regla una ocasión
de expresar el don de sí mismo, para escapar a la esclavitud interior, para
devenir realmente fuente y origen de un universo del que sea creador y, más
aún, para expresar en su vida la Presencia que funda su dignidad, para dejar
transparentar a través de sí mismo ese bien infinito que es Alguien.
Porque esa es la gran
aventura: el bien no es una prohibición que viene de afuera. El bien es una luz
que brota de adentro. El bien es una Presencia que nos está confiada. El bien
es un Amor que nos está esperando. El bien es un rostro, un Corazón, como Jesús
nos lo revela en su agonía.
Claro que en el Génesis el bien aparece como prohibición, porque estamos al
comienzo de la Revelación, porque la humanidad era todavía incapaz de entrar
plenamente en un orden de amor. Había pues que someterla a mandamientos. Esos
mandamientos tenían que ser garantizados por sanciones y las sanciones debían
ser inevitables, sostenidas por la divinidad. Había pues un régimen de temor,
que era el comienzo de la sabiduría, como dice la Escritura.
Pero en el lavatorio de los pies y en la agonía de nuestro Señor ya no se
trata de prohibiciones, ya no se trata de mandamientos. Sólo se trata de un
Amor que es víctima y que revela el bien como Alguien, que revela el bien como
el Amor y que revela el mal como la muerte de ese amor crucificado por los que
lo rehúsan.
En esta perspectiva, pues,
una nueva moral, una nueva moral eterna, nueva, quiero decir nueva con la
novedad del Evangelio, nació con Cristo y tiene el Corazón de Cristo por centro
y sanción. ¿Y cuál es la sanción? ¡El que no se libera de sus servidumbres
internas, no existe!, no llega a ser humano, se queda en estado de embrión, al
menos en la experiencia terrestre, aunque pueda proseguir la experiencia en
otra parte, en un purgatorio que es quizá la posibilidad de realizarse y de
encontrarse, para los que permanecieron embrionarios.
Entonces, esa es la primera sanción: el ser que rehúsa ser hombre permanece
en efecto por debajo de su humanidad, no existe como ser humano. Está lejos de
ser un valor y un bien común. Deviene parásito de la humanidad y del universo
y, lo que es mucho más grave, rehúsa que Dios se encarne a través de él, rehúsa
comunicar ese bien infinito que lo está esperando en el fondo de su ser y se
convierte en obstáculo permanente para el Reino de Dios que es la condición del
reino del hombre, pues el hombre no alcanzará jamás su grandeza y su libertad
ni su dignidad ni su universalidad si, en la soledad de cada uno, no se revela
y se desarrolla ese bien divino que hace de cada uno la encarnación de Dios.
Porque, finalmente, la moral creadora es una moral de encarnación, una
moral que permite a Dios expresarse a través de nosotros, a través de nosotros,
y comunicarse entre nosotros, y devenir precisamente el fermento de nuestra
unidad, de la unidad entre los hombres, entre los individuos y los pueblos, y
también el fermento de la unidad del universo, llamado todo entero a entrar en
la libertad del eterno amor.
Existe pues un origen de la
moral, un origen eterno en el corazón de Dios, un origen infinito de la moral
en la revelación de Cristo. Hay una moral que no es freno. Hay una moral, una
moral que es principio de expansión, una moral que es el fundamento de nuestra
liberación, una moral que, lejos de limitar el ser, lo crea, y cuya exigencia
es infinita porque, justamente, esa moral está orientada hacia nuestra
liberación interior. No nos pide soportar nada, sólo nos pide la virginidad del
corazón y del cuerpo. Nos
pide un respeto de la vida tal que sea siempre tratada como fin y jamás como medio,
como decía Kant. Nos pide una justicia fundada en reconocer en cada uno una
soledad portadora de Dios, una soledad fundada en la Presencia divina. Exige
pues una justicia infinitamente rigurosa, pero que comporta esencialmente el
respeto de esa soledad humana.
Vean a Gandhi. Hizo voto de castidad a los 37 años, y fue también el hombre
que proclamó la no violencia y la impuso a 4 ó 500 millones de indios, que se
hallaban ante dos o 300 mil soldados británicos. ¿Y porqué impuso la no
violencia? Justamente, porque reivindicó una justicia que no reivindicaba sólo
la independencia de India en nombre del civismo indio. La justicia que
reivindicaba, la reivindicaba también para los ingleses. "Ustedes no tienen derecho de dominarnos por
la fuerza porque somos hombres como ustedes, tenemos la misma dignidad, o al
menos estamos llamados a adquirirla, lo mismo que ustedes. Pero nosotros no
tenemos derecho de matarlos, porque ustedes son hombres como nosotros y su
soledad es un bien divino lo mismo que la nuestra. Vamos pues a oponernos a
ustedes por todos los medios posibles, pero no atentaremos a sus vidas porque
su vida es tan sagrada como la nuestra, pero sagrada por estar consagrada
precisamente por una presencia divina que reconocemos en ustedes lo mismo que en
nosotros".
Se trata pues de toda una reconstrucción del hombre, una recreación del
hombre cuya exigencia se esclarece con la luz del Evangelio. Pues si el hombre está en tal confusión es
porque, no pudiendo ya soportar una moral que es freno, todavía no ha
descubierto una moral ontológica, una moral creadora, una moral que le revele el
sentido de su iniciativa, que le revele el sentido de su carácter inconcluso,
que le abra el inmenso espacio de que habla Pascal: "Por el espacio, el universo me comprende y me engloba como un punto.
Por el pensamiento, yo lo comprendo".
Precisamente, Cristo nos revela ese espacio interior, le da sentido,
mostrándonos en la divinidad, revelándonos en la Trinidad divina el sentido
mismo de nuestra libertad, mostrándonos que sólo podemos realizarnos dándonos
totalmente, haciéndonos totalmente transparentes al eterno amor, virginizándonos teniendo con nosotros un
contacto oblativo como Dios que sólo tiene consigo mismo un contacto en que se
comunica y no cesa de despojarse en el don que constituye el misterio de su
vida íntima.
Es pues cierto que la crisis
moral, que es consecuencia de una crisis metafísica, la crisis moral que es
consecuencia de una crisis sobre Dios, es cierto que será superada en la medida
– y únicamente en la medida – en que encontremos al verdadero Dios en el fondo
de nuestros corazones como exigencia de grandeza, como exigencia de libertad,
como exigencia creadora, como exigencia de universalidad. La moral no es un
freno. La moral es nuestra vocación de dioses. Si Dios creó dioses, justamente la moral, que
por demás es mística mucho más que moral, la mística cristiana que es mística
de encarnación, nos llevará a una aventura en que el esfuerzo constante por
superarnos a nosotros mismos para no ser esclavos de los determinismos
internos, de las opciones pasionales, en que todo ese esfuerzo aparece
justamente como la nobleza suprema.
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Ser con Dios creadores de un universo cuya sola exigencia es el amor, según
la expresión de Agustín: "Ama et quod
vis, fac", "Ama y haz lo que
quieres". Pero estas palabras tienen ahora un sentido muy preciso: no se trata
de hacer lo que uno quiera en el campo de los instintos no conquistados, sino de
hacer lo que uno quiera porque uno sólo quiere una cosa, el amor, el Amor en persona,
el amor que es Alguien, el amor que nos está esperando en lo más íntimo de nuestro
ser, el amor que nos está confiado y que está puesto en nuestras manos.
Y volvemos siempre al mismo punto, al silencio interior. Es evidente que si
no nos encontramos ante el rostro de Dios escondido dentro de nosotros, si no
somos conscientes de que se trata de Él, de que es su vida la que está en juego
en cada una de nuestras decisiones, todavía no estamos ante el verdadero
absoluto. Existe un absoluto, es el amor crucificado, el amor frágil, el amor que
confía totalmente en nosotros y que se puso en nuestras manos confiándonos el
destino de toda la creación. Entonces
ustedes ven que lo que está en juego en esta crisis es todo el universo, toda
la historia, todo Dios mismo.
Si escuchamos, si escuchamos
el De Profundis de Dios en el fondo de nuestros corazones, el De Profundis inscrito
en las Vísperas de Navidad, si escuchamos ese llamado, haremos la experiencia
de Claudel el día de Navidad de 1886, la experiencia extraordinaria que resume
admirablemente el paso que debemos dar, que debe dar la humanidad, el cambio
que la Iglesia debe realizar. Claudel que entra de paseo a la iglesia de
Nuestra Señora, está aburrido. Busca emociones estéticas y oye las adorables
Vísperas de Navidad cantadas entonces en el maravilloso canto gregoriano, y
como entiende las palabras, su corazón se impresiona y descubre la eterna
infancia y la desgarradora inocencia de Dios. Y descubrió entonces la eterna
infancia y la desgarradora inocencia de Dios y ya no pudo resistir y, sin
quererlo, se hizo creyente, irresistiblemente, hasta la muerte.
Eso es lo mejor que podemos desear. Así
es, en efecto, como la Iglesia
volverá a encontrar todas las exigencias del Evangelio como fuente misma de
libertad infinita, cuando cada uno encuentre en el fondo de su corazón la
eterna infancia y la desgarradora inocencia de Dios".