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4° domingo de adviento. Evangelio: Lc 3, 1-6. En Lausana, en 1959.
En su Calígula, Camus nos presenta al emperador romano enloquecido e
incapaz de ejercer su poder sino en el crimen. Tiene que inventar las cosas más degradantes,
más extraordinariamente bajas, para sentirse omnipotente. Puesto que es
omnipotente, sentirá su propia grandeza violando todas las reglas establecidas.
En el Saint-Genet, Sartre afirma que el criminal, en el fondo, lo es cada
uno de nosotros; que lo que nos parece abominable en los que condenamos y que
los tribunales condenan es finalmente lo que abunda dentro de nosotros. Cada uno podría tomar el lugar del
criminal, porque también nosotros tenemos deseos de matar, deseos de tomar el
puesto de los demás, deseos de dominar, y si no tenemos el valor de ir hasta el
final, nos deleitamos escuchando el relato de los crímenes cometidos por los que
al menos fueron hasta el final de sus instintos.
Hay algo cierto en todo eso.
Es evidente que en todos se encuentra lo que Mauriac llama El nido de víboras.
Nada es más difícil que poner en orden todos los sentimientos, todos los
deseos y apetitos que surgen dentro de nosotros y que podrían efectivamente
llevarnos a todas las bajezas si las circunstancias, y las costumbres que nos
impusieron no determinaran cierta fachada, o mejor, no suscitaran cierta
fachada que nos impide llegar a ser realmente criminales, al menos
exteriormente.
¿Y qué hay en el fondo de
todo eso, de toda esa agitación? Un psiquiatra dijo, creo: ¿En el fondo, qué es
lo que queremos? ¿Qué es lo que nos agita? ¿Qué es lo que se agita en los instintos? ¿Qué es
lo que nos lleva al crimen, o nos hace gozar del crimen cometido por los demás?
¿Qué es lo que nos da el gusto por lo sensacional constantemente explotado por
el cine y por los periódicos? Es, dice
Hesnard, El deseo de valer.
Queremos valer, queremos que la vida tenga sentido, queremos poder estimarnos,
admirarnos, es decir, queremos poder
encontrarle gusto a la vida y un motivo para vivirla hasta el final.
Y, bajo cierto aspecto, eso es absolutamente necesario. Si no creemos en el
valor de nuestra vida, ¿porqué seguir viviendo, porqué no decirle adiós? Cada
uno de nosotros tiene entonces una especie de necesidad de creer en el valor de
su vida y finalmente todas las ambiciones, todos los desvíos, todos los
crímenes y todas las represiones del crimen, vienen del deseo de valor que hay
en cada uno de nosotros. Sea que nos
rebelemos contra las disciplinas tradicionales, sea que las impongamos a los
demás, siempre es con un deseo de valer.
Y el deseo de valer se engrandeció, como ustedes saben, hasta una especie
de desmedida en el grito de Nietzsche: "Si hubiera dioses, ¿cómo podría yo soportar no ser Dios?"
Hasta allá, como en el mito de Prometeo, hasta allá quiere ir el hombre; no
soporta que haya dioses si él mismo no lo es. Y en el fondo, ¿no es ese el
evangelio del marxismo, la reivindicación de la divinidad por el hombre? ¿No es
eso lo que hace el éxito de los comunistas en el mundo, en todos los pueblos
desfavorecidos desde el punto de vista técnico y que acceden hoy a la
independencia? ¿No es el evangelio más atrayente? ¡Es el hombre, el hombre el
que es Dios, y no hay que buscar otros!
Y ante este llamado del hombre, ante todo ese movimiento instintivo
interior, ante el deseo de valer, ante el evangelio que pretende divinizar al
hombre, ¿cuál es la respuesta de Jesús? Él nos trae el misterio de Navidad.
Algo inesperado y maravilloso que se expresa bajo la pluma de los Padres de la
Iglesia y que san Agustín condensa en una frase de infinita plenitud: "Dios
se hizo Hombre para que el hombre se hiciera dios". Dios se hizo
Hombre para que el hombre se hiciera dios.
¡Qué patético es ver que finalmente todo
a lo que el mundo aspira, todo lo concede
Cristo! Nadie conoce al hombre como el Hijo del Hombre. Cristo tomó la
humanidad hasta la raíz y viene a enseñarnos que en efecto hemos de hacernos
Dios. Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera dios.
Pero es que justamente, en Jesús la divinidad es otra cosa que lo que
imaginábamos, porque en Jesús la divinidad aparece como el amor, la eterna
comunicación. Ser Dios ya no significa
dominar. Ser Dios ya no significa poder aplastar a los demás, ser Dios significa dar, darse sin medida,
despojarse eternamente y en Cristo la creación entera aparece como misterio
de Pobreza, porque Dios se da eternamente; porque no guarda nada, porque es
todo amor, porque la respiración de su
ser es la generosidad, la creación surge y constituye a la vez un secreto
inagotable y un llamado infinito al amor.
Sí, eso es, ante ese Dios, ante el Dios que se revela en Jesucristo, la
divinización del hombre aparece como posible, pero justamente en la línea del
despojamiento, en la línea de comunicación, pues para ser Dios en sentido
crístico es necesario no tener ninguna adherencia, no estar ligado por nada, ¡no
apegarse a sí mismo en modo alguno! Es necesario que el "yo" mismo sea todo altruismo,
impulso hacia el otro y generosidad. En
efecto, es necesario que los santos, los que han vivido más profundamente el
Evangelio, nos aparezcan como los que realizan la libertad de manera
incomparable.
¿Qué pueden envidiarme?, decía san Francisco. ¿Qué pueden envidiarme? No
tengo nada, nada, yo no soy nada socialmente. ¿Qué me pueden quitar, si estoy
despojado de todo?
Hasta la raíz del ser justamente, el
hombre que camina con Dios, el hombre divinizado por la Presencia divina,
liberado de sus apegos, sólo puede devenir un inmenso espacio de luz y amor en
que está contenido el mundo entero.
Y por eso, la moral de Jesús
es: "Amigo mío, ¡sube más arriba!" (Lc. 14,10). ¡Sube más arriba, jamás es
bastante! ¡Sube más arriba! Justamente,
porque sólo puedes realizarte en Dios, sólo puedes satisfacer tus deseos yendo
hasta el final, hasta el infinito, pero el infinito no es lo que tú creías. El
infinito no está en exaltarte, en tornar alrededor de ti mismo, el infinito
está en ser libre de ti, en ser verdaderamente fuente, origen, comienzo,
espacio en que el ser pueda respirar, ser… y realizarse.
Vamos hacia el misterio adorable de Navidad, y debemos encaminarnos allá en
esta luz "El Señor está cerca. Ya
llega", decimos en una antífona de hoy. No tardará, sino que va a
iluminar los abismos de nuestras tinieblas. ¡Sí, eso es! Jesús ilumina nuestras
tinieblas, pero nos revela que en las tinieblas existe ya un comienzo de luz,
pues finalmente, hay en nosotros una aspiración inmensa a la grandeza, y eso
está muy bien porque estamos llamados a la grandeza y la verdadera grandeza
está en abandonarse, en superarse, en liberarse de sí mismo".