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En conferencia dada
a las Franciscanas misioneras en Ghazir, Líbano, el 26 de julio de 1959.
"Nuestra presentación del comunismo y la manera de superarlo e
integrarlo a la vez nos hará más fácilmente inteligible el pasaje de Pasternak
que ya leímos, donde hace alusión a la joven que es la Fuente de la Vida, que da en secreto e
ignorada de todos vida a un hijo que es la Vida de todos como lo llamarán más tarde, y que
él opone este acontecimiento silencioso, secreto al inmenso movimiento de
pueblo que nos cuenta el Éxodo bajo la dirección de Moisés.
Y señala justamente que en la Nueva Alianza este acontecimiento silencioso y
personal supera infinitamente todo ese movimiento de pueblo, expresando la
inmensa importancia de ese cambio.
¿Cómo pudo adquirir ese asunto humano de orden privado un valor igual a
la trasmigración de todo un pueblo? Y este es justamente el pasaje esencial: “Algo se puso en movimiento en el mundo. Roma
está muerta, muerto el poder del número, la necesidad impuesta por las armas de
vivir como todo un pueblo. Los jefes de los pueblos y los pueblos pertenecen
desde ahora al pasado: la personalidad, la predicación de la libertad, los
remplazaron. La vida humana individual se convirtió en la historia de Dios, llenó
de su contenido la extensión del universo” (extracto de “El doctor
Jivago”). Es admirable: “La vida humana individual se convirtió en la
historia de Dios, llenó de su contenido la extensión del universo”.
Y noten que esta solución que yo expresaba diciendo: “uno y todos” - y
justamente en se trata de salvar cada conciencia el bien personal que es el
verdadero bien común de todos. Noten que esa solución es la misma que dimos al
problema sexual. Es exactamente la misma solución: se trata de saber si el individuo
está ahogado en la especie o si es él el portador de la especie a la que da un
rostro. Y lo mismo aquí: se trata de saber si el individuo está ahogado
en la colectividad, si se pierde en el grupo y puede ser sacrificado al
grupo o al contrario, si es el
individuo o más exactamente la persona la que es portadora del grupo,
la que da su centro a la colectividad y la que constituye el primer bien común
de todos. Es aclarador reunir estos dos problemas y mostrar que en el fondo es
el mismo problema en los dos casos.
La persona es el centro de
gravitación del universo cristiano, y justamente en la
conciencia de cada uno es donde toda la sociedad y todo el Reino de Dios tiene
sus bases. Pero Jivago precisamente, o mejor Pastenak, se plantea el problema a
propósito de la humilde joven que es la Virgen María, y nos lleva así al misterio marial
de que vamos a hablar.
Hay algo que llama la
atención en el Génesis, y es que el pecado original es atribuido a una pareja, a una pareja y no a un individuo, precisamente porque el hombre, el
hombre es hombre y mujer. El hombre no es un ser solitario, es un ser que tiene
su igual, ese igual del que el Adán del Génesis siente necesidad cuando, al ver
desfilar todas las criaturas que nombra, no ve ninguna que le sea semejante.
Siente la necesidad de alguien igual, y Dios se lo dará al crear la mujer. El
hombre es pareja, o mejor trinidad: es trinidad ya que la pareja es
inseparable del hijo, que constituye la tercera persona. Y la Redención también será
una pareja; Jesús y María. O para ir hasta el principio, digamos que la Encarnación
también será una pareja: Jesús y María.
Y eso es extremamente importante porque si el plan de Dios, si la
presencia de Dios, si el pensamiento de Dios, si la vida de Dios sólo es
visible en un hombre, la revelación está
siempre inscrita en una persona humana, justamente porque la Revelación es la
presencia de la intimidad de Dios hecha sensible, y la intimidad de Dios no puede expresarse, como tampoco enraizarse sino en una intimidad humana. No se
cuelga una intimidad a una percha, como tampoco se pone sobre una mesa, una
intimidad, justamente porque no puede nunca transformarse en objeto, una
intimidad no puede revelarse sino en un sujeto, en una conciencia, en una
persona.
Entonces si es verdad que la Revelación del Pensamiento divino no puede tomar
forma sino en un hombre, Jesucristo, el pensamiento de Dios respecto de
la mujer no puede normalmente expresarse sino en una mujer. Sin duda,
Nuestro Señor es el Salvador de la mujer como es el Salvador del hombre, El es
para la mujer, como para el hombre, la
Vida de su vida. El es para la mujer, como para el hombre, la
fuente de todas las gracias. Sin embargo, Nuestro Señor en su vida histórica,
puesto que es hombre, no puede expresar de manera integral el misterio de la
mujer ni su vocación particular, y por eso, para que el hombre sea revelado
enteramente, en su doble aspecto masculino y femenino, es necesario que la
Encarnación, como la Redención, tenga también un aspecto femenino y
que al lado del segundo Adán tengamos la segunda Eva.
Hoy ya no tenemos dificultad en admitir el dogma de la Inmaculada Concepción
y el razonamiento que llevó a los teólogos a creer puede sorprendernos. Ese
dogma puede parecer separar a María de los demás seres humanos. En realidad,
ese privilegio le permite ser perfectamente madre de Dios y de todos los
hombres.
Me impresiona ver que en el mundo protestante, donde además comienzan a
descubrir de nuevo a la Virgen
y su lugar en la economía de la
Redención, me impresiona que hasta ahora el protestantismo no
haya sido más sensible a este aspecto tan profundamente humano del Evangelio.
Además, en el curso de este retiro, ustedes han debido estar impresionadas
viendo cómo, cada vez recuperamos los valores humanos a través de Cristo, todos
los valores humanos se revelan, crecen, se promueven, se aumentan en Cristo.
Y si al comienzo yo decía que el Evangelio es el Evangelio del hombre tanto
como el Evangelio de Dios, tuvimos de ello la prueba en cada una de las
meditaciones.
Es pues seguro que la economía redentora, el plan divino para con la
humanidad, estaría mutilado si no hubiera, al lado del segundo Adán, la segunda
Eva. Hay
pues una pareja, pero como es una pareja única, como es una pareja que no se
sitúa en la serie de las generaciones carnales, como es una pareja que va a
conducir toda la especie y a dar sentido a toda la Historia, esa pareja no puede estar unida por un lazo carnal, esa pareja sólo puede estar unida por un lazo de
gracia, por un lazo que se sitúa en las raíces mismas de la persona.
Y por eso, esa pareja no es una pareja
de esposos, es
una pareja que será constituida por la filiación y la maternidad.
Pero, es importante subrayarlo, la filiación será primero por parte de María,
ya que el primado en esta pareja pertenece eternamente a Jesús, y por eso María será primero la hija de su Hijo en el orden de la gracia antes de ser su
madre según la carne. Es lo que Dante, además, expresa
magníficamente en el último canto de la Divina Comedia que
comienza por estas palabras: “Virgen
madre, hija de tu hijo, humilde y exaltada más que toda criatura, término
definido por consejo eterno, tú eres la que ennoblece la naturaleza humana de tal suerte que
su Creador no desdeñe hacerse su criatura”.
¡Es admirable! María es pues la hija de su Hijo. Fue precisamente
engendrada a la gracia por el resplandor anticipado de la gracia de Cristo
sobre ella.
María es primero la hija de su Hijo. Es precisamente lo que será puesto
en valor en todas las definiciones dogmáticas sobre la santísima Virgen, y es
lo que la mayoría de los cristianos
ignoran, el cristocentrismo riguroso, el cristocentrismo riguroso del culto
marial en la Iglesia:
el centro
del culto marial es Cristo.
Y hay una epopeya admirable que ilustra de manera brillante ese
cristocentrismo del culto marial, es el largo proceso del dogma de la Inmaculada Concepción.
El dogma de la
Inmaculada Concepción fue definido, como ya lo saben, en
1854. Se necesitaron siglos y siglos para llegar a esa definición, y saben
quizás que cuando la fiesta de la
Concepción, – todavía no se llamaba la Inmaculada Concepción
– cuando la fiesta de la
Concepción fue introducida en el siglo XII en la catedral de
Lión, llegada de Inglaterra, porque fue e Inglaterra, bajo la influencia de San
Anselmo, donde la
Concepción de María fue celebrada por primera vez de manera
litúrgica en Occidente – cuando los canónigos de Lión introdujeron en su
iglesia la fiesta de la
Concepción, ¿quién protestó con violencia y pasión? ¡San
Bernardo! San Bernardo, el doctor marial, decía: “¡Pero cómo! ¡Deshonran al Hijo so pretexto de honrar a la madre! Sólo
la concepción de Jesús es concepción llena de gracia. ¡La Virgen no puede aceptar el
homenaje que ustedes le ofrecen, en detrimento de su Hijo!”
¿Porqué San Bernardo se llena de tanta pasión? Justamente porque
¡quiere defender en María la
Redención por Jesús! Porque si María está absolutamente fuera
del pecado original, como para San Bernardo no hay duda alguna de que ella
nunca cometió ninguna falta personal, entonces no tiene parte en la Redención. Cristo
no vino entonces por ella, Cristo no murió por ella, y entonces ¡la más
preciosa de las criaturas y la más santa escapa al orden de la Redención! Y sobre ese
obstáculo chocarán los teólogos durante siglos. Resistirán a la
influencia de la piedad popular, queriendo defender ante todo la universalidad
de la Redención
por Cristo, ya que nadie, ni siquiera la Virgen María, está
fuera de ella. Y si ella no tiene parte en la Redención en razón de
faltas personales, ya que ella nunca las cometió, sólo puede tenerla en virtud
del pecado original, que debe haberle llegado de alguna manera.
Es admirable, impresionante y
admirable que los doctores desenfrenados hayan resistido a la influencia de la
piedad popular por querer mantener el cristocentrismo absoluto del culto. ¿Y
cómo pudieron rodear ese obstáculo? Por un sesgo
singular: se dieron cuenta de que en la primera carta a los Corintios, en el
capítulo 15, en el texto griego (no en la Vulgata), se dieron cuenta de que San Pablo afirma
que todos los hombres serán transformados, pero que todos no resucitarán, es
decir que no resucitarán los que estén vivos al regreso del Señor, no pasarán
por la muerte, serán inmediatamente trasformados en gloria mientras los muertos
resucitarán con su cuerpo glorioso.
Y razonarán a partir de ese
capítulo diciendo: “Claro que los
creyentes, los fieles que estén vivos al regreso del Señor serán mortales como los
demás – en razón de su naturaleza humana deberían morir – de hecho no morirán
porque su muerte será impedida por el regreso de Cristo, que los asumirá
inmediatamente en la gloria eterna”.
Pues bien, algo análogo
sucedió en María. Dado que María descendía normalmente
y por generación carnal del primer Adán, habría debido ser alcanzada por el pecado
original, es decir nacer privada de los dones sobrenaturales y preternaturales
que caracterizaban al primer Adán. Pero como los que estén vivos en la última
generación serán impedidos de morir y su muerte será en cierto modo sepultada
en la Parusía,
por el regreso glorioso del Señor, así también para María, la obligación de
estar sometida al pecado original fue impedida por la elección divina que hacía
recaer sobre ella la gracia de Cristo, una gracia que previene en ella el
pecado original que había debido contraer a causa de su descendencia a partir
del primer Adán.
De suerte que – y esa es la conclusión que sacaron de esta analogía – de suerte que María fue más redimida que todos los demás ya
que ella recibió en sobreabundancia la gracia divina, que no solamente borró en
ella el pecado original, sino lo previno.
Entonces, ella entra eminentemente en el orden de la Redención, ella es la primera redimida, y así se
realiza justamente la magnífica intuición de Dante: “Ella es la hija de su Hijo”.
Es extremamente conmovedor ver que la Bula “Ineffabilis Deus” de Pío IX subraya que María fue redimida
de manera eminente, eminente. Así, lo que San Bernardo quería
salvaguardar, como Santo Tomás de Aquino, como todos los doctores que
resistieron a la corriente de la piedad popular, fue integrado, repetido,
canonizado si podemos decirlo, por la
Bula que define la Inmaculada Concepción,
al presentarnos a María como la primera de los redimidos.
Esa pareja única está pues formada
por esa misteriosa reciprocidad: María es la hija de Jesús en el orden de la gracia: en
ella eso va hasta las raíces de la persona, y llega al primer instante de su
experiencia para ordenarla hacia Jesús, a fin de hacer de ella la cuna viviente
de Jesús. Ella
se hará su madre por la sobreabundancia de su contemplación, en esa maternidad
de toda la persona que hace de ella la madre no solamente de Cristo sino de todo
el género humano en el orden de la Redención.
Esta ordenación, la volvemos a encontrar, idéntica, en el misterio de la Asunción. ¡El sentido de la
definición dogmática de la
Asunción no es en absoluto lo que se
piensa! el sentido de la definición dogmática es justamente centrar una creencia, que
estaba desde mucho tiempo, desde mucho tiempo, presente en la conciencia del pueblo cristiano
y que tenía el favor de la piedad popular en todas las Iglesias
cristianas según una tradición apostólica, el sentido de la definición es centrar esa
creencia en la persona de Jesucristo y mostrar precisamente que la Asunción no es sino un
corolario, una consecuencia de la pertenencia total de María a Jesús.
En efecto, si María está marcada en su persona misma por su relación
viva con Jesús, si ella es madre toda entera desde el primer instante de su
existencia en su concepción inmaculada, es que Jesús es, en un grado único, la Vida de su vida. Como
en ella la persona está antes de la naturaleza, toda su naturaleza gravita en
la luz de Jesús. Y por eso justamente su carne virginal se hará fecunda, porque
está toda entera penetrada por la
Vida que es Jesús. Y lo que decíamos de la Santa Humanidad de
Nuestro Señor en relación con el Verbo en que subsiste, hay que decirlo
analógicamente de María: ella está toda entera y siempre, sin la más mínima
fisura, ella
está toda entera presente a la
Vida de su vida que es Jesús, a la Vida que es nuestra vida, a la Vida que es su Vida eterna y
la nuéstra, porque la Vida
eterna es justamente Jesús que vive en nosotros, y ante todo Jesús que vive en
ella.
Lo que concluíamos diciendo que Jesús no podía morir de muerte suya, lo
diremos analógicamente de María: María
no podía morir de muerte suya. La muerte no tenía nada que purificar en ella,
la muerte no podía alcanzar nada en ella porque en ella todo estaba dado, la muerte no se
lleva sino lo que hemos rehusado dar. Todo lo que está dado, todo lo que se ha
hecho eterno en el amor no puede morir, y en María, todo se ha hecho
eterno en el amor y nada en ella puede morir.
Si muere, será entonces una muerte de conformidad, muerte de
identificación con su Hijo y por lo mismo con nosotros, una muerte
corredentora, una muerte interior, muerte de amor, muerte no corruptible, una
muerte que no puede conocer la desintegración y la corrupción del sepulcro,
porque no es una muerte que viene de la destrucción, de la ruptura en ella de las
energías orgánicas: es una muerte por dentro, una muerte por el centro, por la
compasión que le hace sufrir la
Pasión de Jesucristo, una muerte de conformidad, una muerte
de amor, que llama, naturalmente, quiero decir en virtud de las exigencias
mismas de la gracia y de la conformidad con Jesús, que llama la resurrección.
Y la resurrección, ¿qué es la
resurrección sino justamente el triunfo en María de la Vida de su vida que es Jesús? Y eso quiere decir que, como ella era en el primer
instante de su existencia en su Inmaculada Concepción toda entera de Jesús, en Jesús y para Jesús,
ella lo es idénticamente en su Asunción. Y ella manifiesta en su Asunción su total
pertenencia a Jesús, que es la
Vida de su carne tanto como la Vida de su espíritu.
Ella está pues toda situada
en la Luz de
Jesús. Y la definición dogmática tiene justamente ese efecto, como tiene el fin
esencial y único de centrar una devoción que podría desviarse y hacer de María
como un segundo centro de devoción cristiana, centrar esa creencia en el centro
único que es Jesús.
En María asunta, en María resucitada, triunfando de la muerte en María,
es Jesús el que triunfa y la victoria de Jesús en María sobre la muerte no
puede sino devolver a Jesús la gloria y afirmar que María entra de manera única y más que nadie en
el orden de la Redención.
Así se forma esa pareja misteriosa, única, del segundo Adán y la
segunda Eva, en que la humanidad podrá, bajo el doble aspecto masculino y
femenino, encontrar el plan divino y conocer toda la altura y todo el esplendor
de su vocación.
Pero ante de la resurrección de María y su cuerpo glorificado como cuna
virginal de Jesús, aprendemos una vez más la unidad del ser humano, aprendemos
que el ser
humano no es cuerpo de un lado y alma de otro, sino que es persona,
es decir que todo entero, el ser humano está llamado a vivir de Dios, que todo
ser humano está llamado a vivir eternamente, que el ser humano todo entero
recibe por Jesús una dimensión divina.
Y volvemos a las mismas conclusiones: el cuerpo es una persona,
el cuerpo no es un objeto. La impureza consiste justamente en tratar como
objeto esa realidad que es personal y personificada por la gracia y la
presencia de Dios y por su vocación de eternidad.
La pureza
consiste en tratar el cuerpo como persona, dándole un valor infinito. ¡Exactamente lo contrario de lo que uno se imagina! No se trata de
despreciarlo como una piltrafa o de despreciarlo como malo, sino de darle,
en la luz de la Asunción
de María y de la Ascensión
de Jesús, de darle por el contrario el valor de eternidad tratándolo siempre como
persona, como un misterio, como una realidad que no puede ser captada
por un contacto brutal y material, porque justamente, como una sonrisa es la
luz del interior que transfigura el rostro y le comunica la interioridad del
espíritu, así también todo el cuerpo, vestido de gracia y viviendo de
Jesucristo, se hace misterio de fe, misterio escondido en Dios, misterio que no
se puede alcanzar sino arrodillados de respeto y de amor, como se contempla a
María en su Asunción en el resplandor de la gloria de Jesús.
Y vemos una vez más la promoción de los valores humanos, la prodigiosa aventura del hombre llamado
a hacer de todo su ser un don que lo hace creador, vemos la armonía
maravillosa del hombre finalmente unificado, y ya no descuartizado entre un
cuerpo tirado hacia un lado y un espíritu tirado hacia el otro, toda la vida se
ennoblece, como decía Dante magníficamente, porque a través de la Virgen María el
Creador del mundo se hace criatura del género humano.
Es otro mundo, un mundo de luz, un mundo de hermosura, un mundo
inagotable, un mundo en que la muerte es vencida, un mundo en que la vida
triunfa en la eternidad de nuestra vida que es Jesús, un mundo en que el cuerpo llega a
ser la primera Biblia, en que el rostro humano es el primer Evangelio
porque, finalmente, ¿dónde leímos el Evangelio sino en la cara de los santos?
El Evangelio no nos conmueve en un libro, ¡tinta sobre papel!, toma
vida en la vida de los santos. ¡Y el primer Evangelio es la cara de Francisco y
de Clara transfigurada por la gracia, iluminada por el amor!
Y esa es nuestra vocación
justamente: inscribir así en toda nuestra vida, en todas las fibras de nuestra
carne, la presencia y la gracia de Jesús. Y por eso el
catecismo, por eso la predicación, por eso todo apostolado se resume finalmente
en el
resplandor de la gracia a través de vuestra cara.
Ustedes son el primer Evangelio. El
primer Evangelio es su rostro, cuando es gracioso como
lo es seguramente siempre, cuando está lleno de la gracia de Dios y lleva a los
demás el deseo maravilloso que es la Anunciación perpetua: “Te saludo, llena de gracia, el Señor es contigo”.
Esta conferencia
es parte de uno de los dos retiros de 24 conferencias cada una, que fueron
predicados a ocho días de intervalo. "Silence, Parole de vie"
Anne Sigier (Silencio, Palabra de Vida).