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En Ghazir, Líbano, en 1959, donde las Franciscanas misioneras.
Tercera parte.
El mundo del sujeto, el mundo de la dignidad, el mundo
del amor pertenece al mundo en "TÚ",
como el mundo de la ciencia, según vimos, en la página de Rostand en que
comprendimos el paso del mundo en "ÉL" al mundo en "TÚ" que
crea la intimidad. El sabio en su laboratorio aplica naturalmente fórmulas que
pueden ser aplicadas por cualquiera, y es justamente lo que induce a Juan Rostand
en error sobre su propia actitud. Hace experiencias sobre ranas, sobre sapos,
sobre la herencia, sobre los genes, sobre los cromosomas, sobre agentes
microscópicos que determinan la forma o el color de los ojos, que determinan el
color del cabello, que determinan el tamaño de las alas en la mosca del
vinagre, y trata justamente de hacer aparecer ojos rojos en la mosca del
vinagre calculando, segmentando los cromosomas y tomándolos precisamente en el
punto que comanda la eclosión de los ojos. Y naturalmente, cualquiera con los
mismos instrumentos, con los mismos conocimientos técnicos, puede reproducir
esas experiencias, porque estamos en un mundo anónimo, en un mundo en
"ÉL", en un mundo que la máquina puede explorar.
Además, ahí se recurre ampliamente a la fotografía, a los
aparatos de grabación, mucho más precisos que la medida humana, y se podría finalmente hacer la mayor parte
de esas observaciones sin presencia humana, como se envían actualmente
satélites al espacio con aparatos que observan, graban y comunican.
Pero lo que un aparato nunca podrá hacer es escribir la página
en que Rostand habla de la verdad con todo el fervor, con todo el amor, con
toda esa pasión, y en que sentimos que está completamente comprometido en el
don de sí mismo a la verdad.
Nos damos cuenta, y esto es extremamente precioso, de que es necesario distinguir entre los
conocimientos en plural y los del mundo en "TÚ": los
conocimientos en plural están consignados en los libros, los pueden transmitir
a sus alumnos, dependen sobre todo de aparatos, de las fórmulas y de los
cálculos, y no suponen ninguna presencia humana, ninguna conciencia, ningún
amor. Los conocimientos en plural cambian continuamente, continuamente, pues un
físico puede escribir un libro: esto es
verdad en el momento en que lo escribo, y no es seguro que cuando el libro
salga de prensa, dentro de seis meses, sea todavía verdad porque como van las
cosas, con la rapidez de los descubrimientos físicos que caracterizan nuestra
época, no podemos estar nunca seguros de que lo impreso ahora siga siendo
verdad mañana. Los conocimientos no cesan pues de cambiar, no dependen de
un compromiso personal, provienen de una técnica, y cualquiera que conozca la
técnica es capaz de aplicar la fórmula y de emplear los aparatos
Pero esos conocimientos están infinitamente lejos
del conocimiento en singular, que es justamente diálogo que se sitúa en el
mundo en "TÚ", donde, a través de las observaciones
de laboratorio, de astronomía, de geología, de medicina, de psicología,
cualquier sabio podría escribir la misma página asombrosa, llena de admiración,
arrodillada ante la verdad, la verdad que no se puede poner en fórmulas, la verdad que es
una persona, una Presencia, que es intimidad y amanecer en
la mente del sabio: esa verdad es eterna,
esa verdad podrán encontrarla los sabios de todos los tiempos a condición
justamente de que se comprometan en buscarla con todo su ser, a condición de
que sean guiados por el amor de la verdad y que entren en el diálogo de persona
a persona.
El
verdadero sabio es siempre el que justamente no es
solamente técnico capaz de aplicar fórmulas, sino ante todo un contemplativo cuya
vida toda es dedicación a la verdad y amor de la verdad. Como decía uno de
ellos, el
verdadero sabio no es el que se levanta dos horas antes para leer el
último libro que ustedes no han leído todavía, sino es aquél cuya vida toda es luz, aquél
en quien se hace día porque se eclipsa completamente en la luz, porque ve el
mundo no sencillamente como un mundo de objetos, sino que lo ve a través de los
objetos porque hay entre ellos un orden, porque los objetos obedecen a leyes,
porque un
pensamiento circula a través de ellos, porque finalmente nos traen un
mensaje: a
través de los objetos descubre una presencia que lo llena de admiración y de
respeto, como decía Einstein:
"El hombre que ha perdido la capacidad de asombrarse y llenarse de
respeto es como si estuviera muerto!"
Esas palabras justamente se sitúan en el mundo en
"TÚ", que no es solamente el del diálogo y del matrimonio. Por eso, además,
un poeta inglés, Coventry Patmore, dijo: "Todo conocimiento digno de
ese nombre es conocimiento nupcial", es decir conocimiento de amor que responde al "Tú eres yo"
del matrimonio indio.