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En Ghazir, Líbano, en 1959, donde las Franciscanas misioneras. 5ª
parte.
"San Pablo lo dijo de manera magnífica en el cántico de la caridad
de la 1ª a los Corintios: "¡Si no tengo caridad, yo no soy sino
un bronce que resuena y un címbalo que retiñe!"
Tuve además una experiencia curiosa que me permitiré contarles. Necesitaba en cierto momento el apoyo de un
libro que había escrito y al que me habían pedido hacer una corrección para
darle el imprimatur. Como era una idea que deseaba mantener, quería encontrar
una fórmula que guardara la idea y diera satisfacción al censor. Se trataba
de esto: pensaba yo, y sigo pensando que la vida eterna será un
descubrimiento continuo, y no un punto fijo en que ya no se aprende
nada nuevo sino una inmersión cada vez más profunda, cada vez más maravillosa,
en un Dios inagotable, de suerte que será siempre nuevo, según lo
afirma la Escritura,
"el que beba ya no tendrá sed, porque estará maravillosamente
"colmado", y el que beba tendrá siempre sed porque deseará siempre
hundirse más en esos abismos de luz y de amor".
Eso era lo que yo deseaba salvar, y había ido a hablar con un teólogo que no era otro que el Padre
Lebreton, decano de la facultad de teología de París. Y el hermano portero
me había dejado subir hasta la célula del Padre Lebreton sin anunciarme. Eran
como las 10 de la mañana. Le hice la
pregunta y me respondió: ¡No, no, no, no, no! Entonces yo insistí: "¡No, no, no! Por
favor, añadió, tengo tres horas de mi vida para el trabajo, entonces
"¡no!". Y me hizo salir.
Yo me dije: "¡Eso es!
Uno puede escribir cantidades sobre la caridad, pero valdría mejor
practicarla". Entonces yo guardaba hacia el Padre
Lebreton no un resentimiento pues me pareció más bien divertido que ese gran
hombre hubiera podido tener movimientos de impaciencia, que yo comprendía muy
bien además. Pero tuve luego la sorpresa maravillosa de ver que el Padre
Lebreton, que tuvo una enfermedad muy larga en que perdió más o menos conciencia
de sí mismo, excepto cuando hablaba de Dios, el Padre Lebreton hizo una confidencia a uno de sus cohermanos que la
publicó en "los Estudios", dijo: "Escuche, Padre, esta idea que me vino. Dios es una fuerza que nos
atrae, una trascendencia que nos imanta, más que un objeto que se ofrece al
conocimiento, pero no le digo más por miedo de parecer agnóstico".
Entonces, la última palabra del Padre Lebreton es justamente que no se
puede poner a Dios en un cajón, ric, rac, sí, no, sí, no. Ya no se puede
describir lo que sucederá en la vida eterna o lo que no sucederá. Dios es justamente un imán que nos atrae, una
fuerza que nos eleva, mucho más que un objeto que podamos
encerrar en fórmulas.
Y me alegré sobremanera por esta nota del P. Lebreton, porque en el
fondo es justamente la respuesta a la pregunta que fui a plantearle. Lo que le
preguntaba era si Dios que no puede ser encerrado en una fórmula, ¿no será en
la vida eterna la fuente de una sorpresa, de una admiración inagotable? Pues
bien, él mismo lo había descubierto finalmente, porque tenía una vida religiosa
auténtica, porque había aceptado heroicamente el sufrimiento, porque había
aceptado todas las humillaciones que implicaba la enfermedad, porque se había
unido cada vez más profundamente con Dios. Entonces conocía a Dios ya no por
medio de palabras o de lenguaje sino con el corazón, por medio de la unión, por
el amor que es la única manera de conocerlo.
Ustedes recuerdan además que
préparándose para la muerte, Santo Tomás de Aquino comentaba el Cantar de los cantares y dijo antes de
morir: "Todo lo que escribí es
paja" Sentía que si había cumplido con su
trabajo de profesor como se lo había impuesto la obediencia, utilizando su
conciencia y su genio, eso no era nada
comparado con lo que descubría en la contemplación: un mundo en "TÚ",
el mundo del diálogo en que justamente Dios aparece no como objeto que se mete
en un cajón, que se expresa en una fórmula, sino como un día vivo en que uno
encuentra su propia intimidad.
Esto es de importancia capital, porque las dificultades contra le fe vienen casi
siempre de haber percibido en Dios un objeto, ¡un objeto!
Conocí el caso de un artista,
de un artista de talento extraordinario, que era hijo
ilegítimo, cuya infancia había sido difícil, y que además no creía en nada, que
estaba con una mujer separada de su marido, que tampoco creía en nada, y que
era su amante. Y este hombre frecuentaba
la casa de esa mujer que tenía una niña, una niña que crecía y crecía, y el
hombre se dio cuenta de que la niña era hermosa, y que llegando a señorita era
más hermosa todavía…
Y entonces se interesó por ella, y sintió que había entre él y ella
cierta correspondencia. Y la joven también. La madre adivinó la atracción
naciente y puso distancia, simplemente para mantener la dignidad misma de sus
relaciones. Finalmente, la madre de la joven se convirtió muy seriamente; el
artista por su parte se convirtió también, y naturalmente las relaciones se
convirtieron en pura y simple amistad. La joven, que más o menos lo esperaba,
se decepcionó y no le hizo ningún avance, y le guardó cierto rencor. El
muchacho le pidió a su párroco que le buscara esposa, se casó simplemente para
arreglar su vida como debía, y la joven no tuvo más recurso que casarse a su
vez, con un hombre que ella no quería apasionadamente.
Además, el artista seguía viendo a la madre de la joven en un plano de
amistad transparente. Finalmente, cuando la madre fue a vivir con su hija, él
fue a visitarla donde ella. Pensaba que si jamás encontraba a la joven a solas
habría una catástrofe. Y un día, en efecto, sucedió que la madre no estaba.
Entonces la joven se explicó, le expresó su resentimiento por la
actitud que él había tenido con ella; él le dijo que no había hecho nada, pero
que por su parte nunca había dejado de pensar en ella. Naturalmente, al final de las confidencias, cayeron el
uno en brazos del otro, y ella se convirtió en su amante. Situación
extremamente trágica, ya que ambos estaban casados, y tenían hijos. Y no se
contentaron de esa unión sino que quisieron tener un hijo que fuera de los dos
para sellar su amor que era su última suerte, que era finalmente su único amor…
Entonces fue cuando yo supe, por la madre que había entrado en la
confidencia, que la joven esperaba un hijo de él, pero el marido no sabía nada.
Tuve ocasión de encontrar la pareja, el artista y la joven, y me hablaron de su
amor con pasión y entusiasmo, diciendo que estaban dispuestos a reconocerlo
ante el mundo entero.
Yo sabía muy bien que el
deber y todo eso eran palabras gastadas, que no había que pronunciarlas. Los escuchaba a la vez asustado y conmovido cuando no sé cómo me vino
la idea de hablarles de Dios como Amor, diciéndoles que ciertamente Dios
comprendía el amor mejor que nadie, que nunca se peca porque se ama, sino en la medida en que no se ama lo suficiente,
en que no se ama infinitamente, en que no se va hasta el final del amor, en la medida en
que uno se ama a sí mismo bajo nombre del amor, y que además Dios era
víctima, ¡víctima!, inclusive primera víctima de esa falta de amor, porque El
es el Amor, el Amor en nosotros, el amor como presencia, el Amor frágil, el
Amor que puede ser herido de muerte.
Y mientras yo hablaba, si
saber además lo que me inspiraba, y ciertamente porque la gracia pasaba a
través de mí, la joven me dijo de repente: "En el fondo, sabemos que vivimos en pecado". Ah, entonces no era un romance tan perfecto, ¡no era esa felicidad
maravillosa de que hablaban! Había un gusano en el fruto, sabían muy bien que
no era lo ideal a pesar de todo. Y él, a su vez, confesó que en el fondo no
conocía a Dios sino a través de fórmulas, y de razonamientos, a través de un
sistema, que nunca había pensado que
Dios estaba en él como una presencia confiada a su amor, y que
podía echarlo afuera, y que Dios no podía defenderse.
Entonces se puso a sollozar,
la mujer se puso a sollozar; ambos estaban perdidos porque de repente habían
descubierto justamente un Dios que no era prohibición, ley, límite, sino un
Dios que es vida, presencia, un rostro, un Amor interior en ellos".