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En Ghazir, Líbano, en 1959,
a las Franciscanas misioneras. 6ª parte. (cf.10/11/06
Es pues esencial, para que la fe dé toda su luz, - la fe que es, como dice
el poeta, la luz de la llama de amor –, es necesario que la fe se ejercite y se mueva siempre en el mundo en
"TÚ". Es inútil preguntarse lo que significa el pecado, lo
que significa la
Encarnación, lo que significa la Presencia real, lo que
significa la gracia santificante, si no están de rodillas en el diálogo del
Amor, pues no entenderán nada, ya que permanecen afuera. No se aprende a
conocer a Dios hojeando un diccionario de teología o un catecismo superior, a
menos que las palabras del catecismo se hagan sacramentos y que las entiendan
como una confidencia, en el arrodillamiento del Amor. De otra manera no entenderán nada, y su Dios será únicamente un ídolo
como el dios de Caifás y de los doctores de la ley.
Pues la idolatría no está donde pensamos:
la idolatría está con mucha frecuencia en religiosos y sacerdotes, en teólogos,
en catequistas, porque tratan de Dios como un institutor trata de su tabla de
multiplicación. Se habla de Dios así, por oficio, de manera profesional.
Recuerdo a los redentoristas que, habiendo pintado un cuadro horroroso del infierno,
capaz de ponerle a uno los cabellos de punta, lo que es tonto a mi modo de ver,
saboreaban la copita de ajenjo después del sermón sin ninguna inquietud, porque
habían hecho su trabajo, habían recitado fórmulas y para ellos eso era puro
ruido.
Es absolutamente esencial entrar en el Evangelio, en el arrodillamiento de
la fe y del Amor. Dios no
puede darse sino a nuestra intimidad. Por eso la revelación, que no está en las
palabras, entiéndanlo bien: ¡La revelación no está en las palabras sino
en las personas! No hay palabras que puedan hacerles conocer una
persona, no las hay. Innumerables hombres y mujeres se han dicho "te
amo", pero cuando esa palabra es verdad está sostenida por la vida; y
entonces se hace luz si hay una persona en la palabra, si la palabra ya no es
palabra sino presencia y vida.
Una persona no puede manifestarse sino en
otra persona; una intimidad no puede enraizarse sino en otra intimidad; un alma
no puede intercambiarse sino con un alma, y Dios no puede intercambiarse sino
en el diálogo de la fe y del amor, cuando nos identificamos con Él y nos
sumergimos en Su luz y en su gozo.
Entonces la revelación no está nunca en
las palabras. La Biblia
no es un diccionario de teología, aunque un diccionario de teología puede
hacerse sacramento si está hecho por hombres que viven realmente lo que
escriben. La Biblia
es un sacramento, la Biblia
es una persona, la Biblia
es alguien, la Biblia
es una presencia, porque bajo cada palabra está el Verbo de Dios. Pero no
es el sentido de las palabras lo que constituye la revelación sino esa
presencia misma, y los profetas no son los que recitaron palabras sino los que
estaban llenos del Espíritu de Dios, llenos de El en su intimidad profunda, y
que, a través de las palabras que pronunciaban, comunicaban la Presencia de Dios. La
Revelación es
Alguien, la revelación es una persona, la revelación es la Palabra eterna, la
revelación es el Verbo de Dios, la revelación es inaccesible al que no se
compromete, al que no ama.