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En Ghazir, Líbano, en 1959,
a las Franciscanas misioneras. 7ª parte
Un padre de la Iglesia, Teófilo de Antioquía obispo de un lugar no
muy lejos de aquí (Ghazir en el Líbano), y que vivió a fines del siglo segundo,
Teófilo de Antioquia tiene una página magnífica en que dice: "Me pides que te muestre a mi Dios, y yo te
digo: ¡Muéstrame primero qué hombre eres! Muéstrame primero si tus ojos son
puros, si son capaces de contemplar la eterna belleza, si tu corazón está
abierto, si puede superarse, si puede abrirse al eterno amor, muéstrame primero
qué hombre eres y yo te mostraré cuál es mi Dios."
No se preocupen entonces por las dificultades que puedan tener en el orden
de la fe: siempre dependen del mundo en "él". Hay
dificultades porque las cosas han sido tomadas desde afuera, porque han sido
mal dichas o mal entendidas. Cuando se
entra en la fe viva, en el diálogo con la persona misma de Jesucristo, todas
las dificultades se evaporan porque se entra en la viva Luz del día y nos
convertimos en esa Luz viva. Entonces ya no se trata de expresar con
palabras lo que descubrimos, porque rebasa todo lenguaje, como tampoco podemos
expresar en palabras al ser que amamos.
Si podemos hacer la caricatura de alguien,
es que se trata de un enemigo. Entonces uno encuentra en seguida dos o tres
rasgos que lo sitúan, que lo hacen a la vez reconocible y ridículo, porque no
lo amamos. No podemos describir a
alguien que amamos. Un hijo que ama profundamente a su madre no sabe de qué
color son sus ojos o sus cabellos, que además cambian durante la vida; tiene de
ella una imagen imprecisa, tanto más profunda y tanto más viva cuanto que cubre
toda la vida de su madre, suponiendo que tenga la dicha de conservarla por
largo tiempo, y la reconoce en todas las etapas porque la reconoce en una luz
interior a él mismo que comunica con el corazón de su madre.
Ese es el único conocimiento de la obra del mundo y de Dios. Por eso me siento tan profundamente
herido precisamente por los teólogos que recitan fórmulas sin comprometerse,
que juegan con los silogismos, que hacen interminables distinciones sacando
consecuencias de los principios que plantean, que describen el cielo, el
purgatorio, el limbo, el comienzo y el fin del mundo, que saben todo lo que
sucede en el alma de Jesucristo, hasta dónde llega su ciencia humana y su
ciencia divina, y que nos hastían de Dios porque, como sabemos, si podemos embolsicar
todo eso, basta tener en la biblioteca una suma teológica y acostarnos a dormir
y cuando tengamos ganas de saber, tomamos el libro en que todo está expuesto y
descrito. ¡Es absurdo!
Dios es inefable, es imposible expresarlo. Si una persona humana es ya
inexpresable, si se
siente herida como de sacrilegio por toda intrusión en su conciencia, si no
soporta de ser tratada como objeto, ¿cómo
quieren que el Dios vivo, que es pura intimidad, que es puro interior y nada
exterior (somos nosotros los que quedamos al exterior, no El), como San Agustín
nos lo decía: "¡Tu estabas dentro
pero yo estaba afuera!", cómo quieren que Dios se revele a alguien que
lo trata como objeto?