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2-4/12/11 - ¡Dios, es cuando nos maravillamos!

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5 de febrero de 1961, en Lausana, en Nuestra Sra. del Valentín.

Un sacerdote al que vi una sola vez en mi vida, vino a mi pieza un día en Neuilly y me dijo: Por favor, dígame algo, algo que pueda llevar en mi viaje. Yo le dije: ¡Que Dios sea nuevo para Usted cada mañana! Y él se fue, de prisa, a coger su tren. Ya murió, y me emociona pensar que el único lazo entre nosotros fue esa frase: ¡Que Dios sea nuevo para Usted cada mañana!

En efecto, es imposible concebir una religión viva si Dios no es para nosotros nuevo cada mañana. Nos cansamos de lo que ya hemos visto, sentimos constantemente la necesidad de novedad. Y un amor que no descubre cada día en el rostro amado un rasgo que aun no había percibido está condenado a morir pronto.

La vida espiritual es un descubrimiento inagotable y, para que Dios sea objeto de amor apasionado, es indispensable que sea para nosotros cada día un nuevo descubrimiento. Estamos acostumbrados a hablar de Dios con palabras de catecismo, y nos parece estar en un circuito cerrado. En realidad, las palabras del catecismo, bien entendidas, son palabras sacramentos, son palabras abiertas, son palabras que nos invitan a entrar en una aventura inagotable y maravillosa.

No es un azar si en su liturgia la Iglesia ha reunido alrededor del altar los perfumes, los colores y los sonidos. No es un azar si los más grandes artistas trabajaron para la Iglesia y edificaron sus más hermosas obras maestras en la catedral y alrededor del altar del Cordero eternamente inmolado. Es justamente porque sentían que toda su nostalgia de la Belleza encontraría su más alta expresión y su realización suprema en Dios y para Dios.

Todos los grandes hombres, todos los genios, todos los sabios, todos los que van a la cabeza en la carrera de la humanidad son seres que han sabido admirar y maravillarse. Y fue Einstein, uno de los más grandes sabios de todos los tiempos, el que dijo estas palabras magníficas en que nos revela su alma: El que ha perdido la capacidad de maravillarse y de sentir respeto es como si estuviera muerto.

Es pues necesario que, de acuerdo con la belleza de este día en que sentimos tanta alegría volviendo a ver el sol, aprendamos a maravillarnos. Porque las oraciones que decimos juntos aquí en la iglesia, quieren introducirnos en la oración secreta y silenciosa, en la oración personal en que se expresa lo más íntimo nuestro.

Cada uno de Ustedes tiene sus gustos. Cada uno se siente atraído por cierto aspecto del universo: a unos les gustan los bosques, a otros el mar, a otros la montaña; a unos les gusta la música, a otros la poesía; a unos les gustan las matemáticas, a otros la astronomía, que las comprende de modo necesario, pero en su búsqueda, en su pasión, cada uno encuentra su fuente, la fuente que Jesús reveló a la samaritana cerca del pozo de Jacob, la fuente que nos hace entrar a todos y a cada uno en la vida eterna que es el Dios que vive en lo más íntimo de nuestros corazones.

No hay pues que pensar que nuestra oración se limite a las fórmulas que recitamos en la iglesia, en el rosario, en el vía crucis, en el padrenuestro o en el avemaría. La oración es la respiración misma del alma que descubre de repente el rostro impreso en nuestro corazón.

Y como cada uno es diferente, como cada uno es irremplazable y único, como Dios no se repite jamás al crear un alma sino que, justamente, le da, le confía un rayo de su propia luz y la llama a expresar su belleza en su propio lenguaje que es único, a fin de que todas las almas juntas constituyan una inmensa sinfonía en que no cesa jamás de cantarse la belleza de Dios.

Es pues necesario que cada uno consultemos nuestros gustos, que fuera de la oración comunitaria tengamos cada uno nuestra oración personal y que, cada día, siguiendo justamente el impulso interior, dando una vuelta a la pista, mirando los juegos de luz, admirando el ocaso sobre las montañas, respirando el silencio de la mañana, escuchando el canto de los pájaros, o escuchando un bello disco, leyendo un libro o contemplando una bella obra de arte, o admirando el sueño de un niñito, es indispensable que por todos esos caminos renovemos nuestra admiración, sin la cual el amor no puede mantenerse.

En el fondo, todos los santos fueron grandes apasionados y el mayor de todos, san Francisco de Asís, quiso morir escuchando el Cántico del Sol. Y san Agustín, queriendo expresar el movimiento más íntimo de su conversión, se vuelve hacia la belleza siempre nueva y siempre antigua que está dentro de nosotros, y en la cual encontramos la revelación más personal y viva de Dios, pues es Dios mismo escondido en nosotros como un sol cuya luz ilumina nuestra inteligencia y es el reposo de nuestro corazón.

Todos los santos son grandes apasionados y justamente porque son el entusiasmo de Dios, su vida se expresa y florece naturalmente en Dios.

También para nosotros la santidad, es decir la plenitud de adhesión que hace de la vida divina, como decía san Agustín, la vida de nuestra vida, para nosotros también, la santidad debe amoldarse al interior de ese impulso, de esa atracción que constituye nuestro gusto esencial, nuestra pasión dominante, y a través de la cual alcanzamos nuestro entusiasmo más total y profundo. Es, pues, necesario que cada uno, saliendo de los caminos trillados, no se sienta atado a fórmulas ni piense que para orar por la mañana o por la noche sea necesario decir cualquier cosa. Lo esencial es recogerse. Lo esencial es escuchar. Lo esencial es maravillarse. Porque cuando nos maravillamos, cuando admiramos, salimos necesariamente de nosotros, quedamos suspendidos de la belleza de Dios, gozamos de su Presencia, nos perdemos en su amor.

Y por eso, para nosotros, para cada uno, lo esencial no es tanto seguir tal o cual proceso conocido, sino mucho más, darnos cada día la posibilidad de maravillarnos. Si cada día durante cinco a diez minutos respiramos el silencio en que encuentra su origen nuestra vida, si cada día Dios se nos presenta bajo rasgos absolutamente nuevos, si, como dice un gran poeta, cada día somos promovidos a la dignidad de admiradores, entonces Dios ya no tendrá para nosotros ese rostro conocido que nos cansa y nos aburre.

¿Cómo podría Dios ser para nosotros fuente de aburrimiento y lasitud siendo realmente el origen de toda belleza, si todos los cantos del mundo tienen en Él su origen, si Él es el lazo de todas las ternuras y si todos los grandes contemplativos, sean sabios, poetas, músicos o místicos, si todos los grandes contemplativos a través del universo, que llega a ser para ellos transparente a Dios, han sentido en Él la fuente de un descubrimiento siempre inagotable.

El enamorado canta, dijo san Agustín. El que ama canta, justamente porque el amor brota de la admiración.

Tratemos de descubrir cuál es nuestra fuente de agua viva. Vamos cada día a ese pozo de Jacob donde nos está esperando Jesús para revelarnos el secreto más profundo de nuestro amor. Escuchemos, escondámonos en el corazón del silencio.

Entremos en la gran procesión de la Belleza y entonces descubriremos efectivamente un Dios que será nuevo cada mañana para nosotros, que revoluciona el lenguaje pero que contiene una verdad tan profunda: ¡Dios, Dios, es cuando nos maravillamos! ¡No lo olvidemos! ¡Dios, es cuando nos maravillamos!

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Dios es el amor mismo, y nada más. «¡Mírame!» decía Cristo a santa Ángela de Foligno: «¡Mírame y dime si ves en mí otra cosa que el amor!» Y la palabra amor que estaba tan prostituida, tan profanada, tan usada, esa palabra es una palabra divina. Es la única que en lengua humana pueda designar nuestro cielo interior, el sol escondido en toda conciencia humana, la ternura de la cual nuestras ternuras son mero reflejo. Pidamos pues al Señor ahora que nos abra los ojos, que dilate nuestro corazón y nos enseñe en el silencio en que su voz puede escucharse, que nos enseñe quién es Él y quiénes somos nosotros, para que salgamos de esta iglesia no como de costumbre, después de cumplir un rito obligatorio, sino con el deseo de saborear por fin toda la grandeza de nuestra vida, de darle todas sus dimensiones, de dejar transparentar a través de ella el rostro adorable del Eterno Amor. Y por eso, recojámonos para escuchar. En lo más profundo de nosotros mismos, digamos al Señor que no cesa de esperarnos allá en lo más íntimo nuestro: ¡Señor, ayúdanos a revelar tu rostro en nuestra sonrisa! Amén.

 

Comments

 

María del carmen said:

muchas gracias por estas traducciones, hacen mucho bien!

December 9, 2011 7:11 AM

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