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5 de febrero de
1961, en Lausana, en Nuestra Sra. del Valentín.
Un sacerdote
al que vi una sola vez en mi vida, vino a mi pieza un día en Neuilly y me dijo: Por favor, dígame algo,
algo que pueda llevar en mi viaje. Yo le dije: ¡Que Dios sea nuevo para Usted cada mañana! Y él se fue, de prisa,
a coger su tren. Ya murió, y me emociona pensar que el único lazo entre
nosotros fue esa frase: ¡Que Dios sea
nuevo para Usted cada mañana!
En efecto, es imposible concebir una religión viva si
Dios no es para nosotros nuevo cada mañana. Nos cansamos de lo que ya hemos
visto, sentimos constantemente la necesidad de novedad. Y un amor que no
descubre cada día en el rostro amado un rasgo que aun no había percibido está
condenado a morir pronto.
La vida
espiritual es un descubrimiento inagotable y, para que Dios sea objeto de amor
apasionado, es indispensable que sea para nosotros cada día un nuevo
descubrimiento. Estamos acostumbrados a hablar de Dios con palabras de catecismo,
y nos parece estar en un circuito cerrado. En
realidad, las palabras del catecismo, bien entendidas, son palabras
sacramentos, son palabras abiertas, son
palabras que nos invitan a entrar en una aventura inagotable y maravillosa.
No es un azar si
en su liturgia la Iglesia ha reunido alrededor del altar los perfumes, los
colores y los sonidos. No es un azar si los más grandes artistas trabajaron
para la Iglesia y edificaron sus más hermosas obras maestras en la catedral y
alrededor del altar del Cordero eternamente inmolado. Es justamente porque
sentían que toda su nostalgia de la Belleza encontraría su más alta expresión y
su realización suprema en Dios y para Dios.
Todos los
grandes hombres, todos los genios, todos los sabios, todos los que van a la cabeza
en la carrera de la humanidad son seres que han sabido admirar y maravillarse.
Y fue Einstein, uno de los más
grandes sabios de todos los tiempos, el que dijo estas palabras magníficas en que nos revela su alma: El que ha perdido la capacidad de maravillarse
y de sentir respeto es como si estuviera muerto.
Es pues
necesario que, de acuerdo con la belleza de este día en que sentimos tanta
alegría volviendo a ver el sol, aprendamos a maravillarnos. Porque las
oraciones que decimos juntos aquí en la iglesia, quieren introducirnos en la
oración secreta y silenciosa, en la oración personal en que se expresa lo más
íntimo nuestro.
Cada uno de
Ustedes tiene sus gustos. Cada uno se siente atraído por cierto aspecto del
universo: a unos les gustan los bosques, a otros el mar, a otros la montaña; a
unos les gusta la música, a otros la poesía; a unos les gustan las matemáticas,
a otros la astronomía, que las comprende de modo necesario, pero en su
búsqueda, en su pasión, cada uno encuentra su fuente, la fuente que Jesús
reveló a la samaritana cerca del pozo de Jacob, la fuente que nos hace entrar a
todos y a cada uno en la vida eterna que es el Dios que vive en lo más íntimo
de nuestros corazones.
No hay
pues que pensar que nuestra oración se limite a las fórmulas que recitamos en
la iglesia, en el rosario, en el vía crucis, en el padrenuestro o en el
avemaría. La oración es la respiración misma del alma que descubre de repente
el rostro impreso en nuestro corazón.
Y como cada uno
es diferente, como cada uno es irremplazable y único, como Dios no se repite jamás al crear un alma sino que, justamente, le da,
le confía un rayo de su propia luz y la llama a expresar su belleza en su
propio lenguaje que es único, a fin de que todas las almas juntas constituyan
una inmensa sinfonía en que no cesa jamás de cantarse la belleza de Dios.
Es pues
necesario que cada uno consultemos nuestros gustos, que fuera de la oración
comunitaria tengamos cada uno nuestra oración personal y que, cada día,
siguiendo justamente el impulso interior, dando una vuelta a la pista, mirando
los juegos de luz, admirando el ocaso sobre las montañas, respirando el
silencio de la mañana, escuchando el canto de los pájaros, o escuchando un
bello disco, leyendo un libro o contemplando una bella obra de arte, o
admirando el sueño de un niñito, es indispensable que por todos esos caminos
renovemos nuestra admiración, sin la cual el amor no puede mantenerse.
En el fondo,
todos los santos fueron grandes apasionados y el mayor de todos, san Francisco de Asís, quiso morir
escuchando el Cántico del Sol. Y
san Agustín, queriendo expresar el movimiento más íntimo de su conversión, se
vuelve hacia la belleza siempre nueva y
siempre antigua que está dentro de nosotros, y en la cual encontramos la
revelación más personal y viva de Dios, pues es Dios mismo escondido en
nosotros como un sol cuya luz ilumina nuestra inteligencia y es el reposo de
nuestro corazón.
Todos
los santos son grandes apasionados y justamente porque son el entusiasmo de
Dios, su vida se expresa y florece naturalmente en Dios.
También para
nosotros la santidad, es decir la plenitud de adhesión que hace de la vida
divina, como decía san Agustín, la vida
de nuestra vida, para nosotros también, la santidad debe amoldarse al
interior de ese impulso, de esa atracción que constituye nuestro gusto esencial,
nuestra pasión dominante, y a través de la cual alcanzamos nuestro entusiasmo
más total y profundo. Es, pues, necesario que cada uno, saliendo de los caminos
trillados, no se sienta atado a fórmulas ni piense que para orar por la mañana
o por la noche sea necesario decir cualquier cosa. Lo esencial es recogerse. Lo
esencial es escuchar. Lo esencial es
maravillarse. Porque cuando nos maravillamos, cuando admiramos, salimos
necesariamente de nosotros, quedamos suspendidos de la belleza de Dios, gozamos
de su Presencia, nos perdemos en su amor.
Y por eso, para
nosotros, para cada uno, lo esencial no es tanto seguir tal o cual proceso
conocido, sino mucho más, darnos cada día la posibilidad de maravillarnos. Si
cada día durante cinco a diez minutos respiramos el silencio en que encuentra
su origen nuestra vida, si cada día Dios se nos presenta bajo rasgos
absolutamente nuevos, si, como dice un gran poeta, cada día somos promovidos a la dignidad de admiradores, entonces
Dios ya no tendrá para nosotros ese rostro conocido que nos cansa y nos aburre.
¿Cómo podría
Dios ser para nosotros fuente de aburrimiento y lasitud siendo realmente el
origen de toda belleza, si todos los cantos del mundo tienen en Él su origen,
si Él es el lazo de todas las ternuras y si todos los grandes contemplativos,
sean sabios, poetas, músicos o místicos, si todos los grandes contemplativos a
través del universo, que llega a ser para ellos transparente a Dios, han
sentido en Él la fuente de un descubrimiento siempre inagotable.
El enamorado
canta, dijo san Agustín. El que ama canta, justamente porque el amor brota
de la admiración.
Tratemos de descubrir cuál es nuestra
fuente de agua viva. Vamos cada día a ese pozo de Jacob donde nos está esperando
Jesús para revelarnos el secreto más profundo de nuestro amor. Escuchemos,
escondámonos en el corazón del silencio.
Entremos en la gran procesión de la
Belleza y entonces descubriremos efectivamente un Dios que será nuevo cada
mañana para nosotros, que revoluciona el lenguaje pero que contiene una verdad
tan profunda: ¡Dios, Dios, es cuando nos
maravillamos! ¡No lo olvidemos! ¡Dios, es cuando nos maravillamos!
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Dios es el amor mismo, y nada más. «¡Mírame!»
decía Cristo a santa Ángela de Foligno: «¡Mírame y dime si ves en mí otra cosa
que el amor!» Y la palabra amor que estaba tan prostituida, tan profanada, tan
usada, esa palabra es una palabra divina. Es la única que en lengua humana
pueda designar nuestro cielo interior, el sol escondido en toda conciencia
humana, la ternura de la cual nuestras ternuras son mero reflejo. Pidamos pues
al Señor ahora que nos abra los ojos, que dilate nuestro corazón y nos enseñe
en el silencio en que su voz puede escucharse, que nos enseñe quién es Él y
quiénes somos nosotros, para que salgamos de esta iglesia no como de costumbre,
después de cumplir un rito obligatorio, sino con el deseo de saborear por fin
toda la grandeza de nuestra vida, de darle todas sus dimensiones, de dejar
transparentar a través de ella el rostro adorable del Eterno Amor. Y por eso,
recojámonos para escuchar. En lo más profundo de nosotros mismos, digamos al
Señor que no cesa de esperarnos allá en lo más íntimo nuestro: ¡Señor, ayúdanos
a revelar tu rostro en nuestra sonrisa! Amén.