Por
Antoine Schülé:
Desde hace 43 años Mauricio Zundel ha sido
mi compañero en el camino de la Fe, y doy mi testimonio con placer sobre la
experiencia espiritual que él me ha permitido y me permite vivir. A los 51
años, mido ahora la suerte que tuve de conocerlo en vida cuando yo era niño:
Fue su primera influencia; durante mi adolescencia, de 1974 a 1978, y después de su
paso de la vida al Nuevo Nacimiento, me siguió instruyendo con sus libros
publicados durante su vida: segunda influencia; como adulto, numerosas
publicaciones inéditas y grabaciones preciosas me han ayudado a explorar las
riquezas de la espiritualidad cristiana (católica y también ortodoxa) a partir
de sus reflexiones y según las cuestiones que me preocupan: tercera influencia.
Infancia
De niño en la parroquia del Sdo. Corazón
de Ouchy-Lausana (Suiza) donde fui bautizado, encontré a menudo al Padre
Mauricio Zundel entre 1967 y 1973, en el camino de la escuela o en actividades
parroquiales. La imagen más antigua que se grabó en mi memoria fue la de su
rostro grave, pero iluminado por una sonrisa. Pero lo que más me marcó fue su
manera de celebrar la Misa: él la vivía con tanta intensidad que, sin
comprender todo, yo percibía una hermosura que me daba una profunda alegría
interior. La celebración estaba puntuada de silencios llenos de una Presencia
que hablaba al corazón. En las misas para los niños sabía resumir un cuento o
una parábola para sacarle todo su sentido y los adultos no faltaban tampoco: la
iglesia se llenaba siempre. Dos rasgos principales lo caracterizaban: sabía
escuchar (en las confesiones) y cautivar la atención (misas y catecismos). El
tiempo pasaba con él sin que uno se diera cuenta. Sus palabras me marcaron porque
venían del corazón y eran fruto de meditaciones; ellas me prepararon para que
pudiera leerlo con provecho. Más tarde, a mis 15 años, el año de su nacimiento
para el cielo, comprendí que él nos ofrecía el fruto de su contemplación
permanente del Nuevo Testamento. Habiendo dejado la ciudad de Lausana en el 74,
pude beneficiar de su segunda influencia a través de sus libros.
Adolescencia
Tuve la suerte de comenzar la lectura por
sus libros más fáciles de abordar: Búsqueda
del Dios desconocido, que sigue siendo útil para comenzar a descubrir su
obra escrita para el que desea ocuparse de catequesis de adultos. Mi pasión
aumentó con El poema de la Santa Liturgia:
mi manera de vivir la Misa cambió completamente gracias a ese texto porque me
dio todo su sentido (sin M. Zundel, yo no habría podido saberlo a mi edad, aunque
estaba en un colegio católico). Después, último juego del azar o de la
Providencia, compré El Evangelio interior:
desde ese momento hasta mis 20 años leí alrededor de 13 libros de los 19 publicados
durante su vida. Y nunca he cesado de frecuentarlo para profundizar mi Fe.
Adulto
En los años 80 fui realmente feliz con las
publicaciones de sus homilías en las editoriales Sigier y Desclée y con algunos
de sus retiros grabados en casetes, distribuidos por el Taller del Carmelo.
Después vinieron numerosas ediciones de calidad que difunden bajo formas
diferentes el pensamiento de Mauricio Zundel: no he leído todo, pero sí una gran
parte. Sin ninguna duda, ha alimentado mi búsqueda de la verdad en la Fe su
intuición fundamental de la presencia de Dios en la vida, confortada más que
debilitada por la razón.
Los frutos del encuentro
En el plano interior, Mauricio Zundel me
ha ofrecido la serenidad que procura la confianza que ponemos en Dios, que es
tanto Padre como Madre. Pero necesité varios años para comprender que todo
hombre puede ser una catedral para la gloria de Dios y su corazón un
tabernáculo. Nadie sino el Creador conoce los secretos de un corazón.
¿Cómo puede Dios seguir creyendo en el
hombre? Como historiador y habiendo vivido numerosas circunstancias
particulares, he estudiado y visto tantas bajezas humanas que eso me parecía
totalmente imposible. Finalmente, la experiencia de la vida me ha permitido dar
razón a Mauricio Zundel: no hay que reducir la persona a uno de sus actos, tan
cruel como pueda ser; hay que aceptar que el peor criminal tiene todavía la capacidad
potencial de hacer el bien si su corazón se convierte: nada es imposible para
Dios. Pero ¡cómo me gustaría que hubiera más milagros! Repitiendo las palabras
del P. Pío a una persona que decía no creer en Dios, Zundel afirmaba con voz
fuerte: "¡Dios cree en el hombre!" El haber encontrado personalidades
admirables por su entrega, tanto conocidas (en el trabajo, por ejemplo) como
ocultas (en sus casas o en conventos) – hay tantas que los medios no mencionan
jamás, pero que existen – me ha reconciliado con el género humano. Pero los
celos, la hipocresía, la cobardía y el orgullo hacen estragos: el hombre tiene
que hacer tantos esfuerzos para no caer.
La lectura de Zundel cambió mi manera de
leer el Evangelio de san Juan y comprendí también la fuerza y la riqueza del
contenido de las epístolas de san Pablo. Me invitó también a leer los escritos
de san Agustín: eso fue y sigue siendo una dicha para mí. Pero, como para comer
el todo está en comenzar, seguí con la lectura regular de otros Padres de la
Iglesia y constato que me quedan muchos tesoros espirituales por descubrir y
que mi vida no será suficiente: continué con san Francisco de Sales, san
Ignacio de Loyola, Gregorio Nacianceno, Isaac el Sirio, san Bernardo, las
meditaciones de un Cartujo y muchas otras maravillas. Hay una sombra en el
tablero: la mayoría de los contemporáneos no los leen y no conocen esos
preciosos autores. ¡Si supieran todo lo que se están perdiendo!
Mi relación con los demás cambió: pude
acompañar a personas en dificultad, que no encontraban sentido, enfermos, en
fin de vida o buscando la Fe. La lectura de Mauricio Zundel permite sobre todo
ayudar al hombre legítimamente indignado a transformar su rebelión en actos
constructivos más bien que destructivos: en la época de crisis que conocemos,
sería bueno volver a leer a Mauricio Zundel para buscar otras soluciones que
las revoluciones que terminan en regresiones. Cada acompañamiento o acción que
he podido asumir ha aumentado mi Fe y me ha hecho saborear todas las
delicadezas espirituales de su pensamiento.
Discutiendo con no creyentes que se dicen
convencidos, he comprobado a menudo que esos no creyentes son en realidad
personas que creen en falsas imágenes de Dios: falsas imágenes dadas a veces
por "católicos practicantes". Nuestras sociedades occidentales se
descristianizan y se "sectarizan" en algunas minorías (y a veces como
en el mismo contexto social): Mauricio Zundel presenta pistas de reflexión
útiles para los cristianos que desean actuar en esa situación.
Él enfrentó los problemas de su época, que
son los mismos y quizá en otro grado que los de ahora. Su mensaje aporta elementos
esenciales para pensar en soluciones de futuro. Su estudio de las grandes
corrientes filosóficas le hizo subrayar sus fuerzas y sus flaquezas. Es un
teólogo pragmático, si puedo utilizar
este calificativo. Es también un místico y
me arriesgo a emplear esta palabra peligrosa que atemoriza a más de uno y
merece una breve aclaración. Él lo dice y lo repite: La Iglesia es el cuerpo
místico de Cristo y cada uno de sus miembros, según sus dones, debería
transparentar a Dios, como un vitral deja pasar la luz. Esperemos no ser un
vidrio opaco para los demás.
Su palabra es liberadora pues quiere que
cada uno escape a los determinismos culturales, sociales, familiares: el Nuevo
Testamento no cesa de dar ejemplos de ello pero es necesario tomar conciencia
de ello… Finalmente, Mauricio Zundel es un diapasón que nos pone en acorde con
la Voz interior, la Palabra de Dios, y hace posible una relación fecunda con
Dios en medio de nuestras actividades humanas: ése es el milagro de la Fe. En
su lectura del Nuevo Testamento, Mauricio Zundel da la definición mística del
hombre: no más que por eso sería necesario descubrirlo.
Mauricio Zundel puede hacer arder la Zarza
ardiente en el corazón del hombre: ese fuego que purifica, que calienta, que es
la Vida, que quema las escorias de todos los determinismos posibles a fin de
que el hombre pueda ser realmente hombre siguiendo al Hijo de Dios, en las
huellas de Jesús y empujado por el soplo del Espíritu.
La Tourette, noviembre de 2011.
antoine.schule@free.fr